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ESPÍRITU SANTO, ABOGADO (Antonio Orozco)

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ESPIRITU SANTO PARACLITO (ABOGADO)

Antonio Orozco
Arvo.net
 
 
Jesús, en el Evangelio de San Juan, al Espíritu Santo le llama, en griego, Parákletos. Y así también le llama San Juan en su primera Carta (Cf 1 Jn 2, 1).
 
Parákletos es, como bien sabéis, una palabra griega que quiere decir etimológicamente y vertida al latín, "ad vocatus", esto es, "aquel que es invocado", "llamado junto a", y se dice de una persona a la que se llama para que esté junto a otra con la finalidad de que le atienda, le hable, le guíe, le entienda, proteja, consuele, defienda, interceda, etcétera.
 
Por eso algunos Padres de la Iglesia traducen Parákletos en el sentido de "Consolador". Pero Juan Pablo II enseña que para captar plenamente el sentido de lo que Jesús dice del Espíritu Santo, "es menester recurrir al original griego Parákletos" (Juan Pablo II, Audiencia general, 24 V 1989)
 
Pues bien, sin ignorar que algunos Padres de la Iglesia usan Parákletos en el sentido de «Consolador»  especialmente por lo que se refiere a su acción en la Iglesia , el Papa, en su catequesis sobre la Tercera Persona divina, prefiere contemplar al Espíritu Santo como «Abogado Defensor» (cf Ibíd.). Y añade que este término permite captar también la estrecha afinidad entre la acción de Cristo y la del Espíritu Santo. Jesús, en efecto, dice que el Espíritu Santo es "otro Paráclito" que, cuando suba al Cielo, enviará en su lugar. Por tanto, Él, Jesús, el hombre Jesús (que es Dios), es asimismo paráclito (cfr. JP II, ibíd.). 
 
Jesús se hizo hombre para ser el "abogado defensor" del hombre en pecado. Dio su vida, hasta la última gota de su Sangre por nosotros. Esa Sangre, que se hará presente dentro de unos minutos sobre el altar, es como un formidable e incontestable alegato ante el Padre Dios y por eso mismo el gran consuelo nuestro, nuestro tesoro, nuestra gran fuerza.
 
Dice San Juan: «Hijos [Hijitos míos] míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él» (1 Jn 2, 1 6)
 
"Si alguno peca  acabo de leer , tenemos a un abogado ante el Padre: a Jesucristo, el Justo" (1 Jn 2, 1). Nos lo dice para que nos llenos de confianza y de propósitos firmes de no ofender sino de amar sobre todas las cosas a ese Dios cuya misericordia es infinita.
 
Junto al Padre, en el Cielo tenemos a Jesucristo como abogado. Junto a nosotros, más aún, si estamos en gracia de Dios, en nosotros, tenemos al Espíritu Santo Abogado. La acción del Espíritu Santo en la intimidad de nuestros corazones es muy semejante a la de Cristo, "constituye casi su prolongación" (Juan Pablo II, Ibíd.). Cristo quiere que este "otro Paráclito", el otro Yo divino, esté de continuo trabajando en nuestro interior por nuestra santificación, basta que le permitamos hacerlo.
 
El es el Amor de Dios en Persona; es el fuego de Pentecostés, que abrasa y purifica todo pecado y enciende en Amor a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo. Sigue haciéndolo. Su poder diviniza a quienes lo desean, nos endiosa, nos enamora en el Amor que es Dios. 
 
Pero para que El haga esa obra de maravilla, es preciso querer. San Pablo dice: "no contristéis al Espíritu Santo". Los que no quieren amar a Dios, no pueden, no son capaces de recibirlo. Si no quieren el perdón, no pueden recibirlo. Nada más deseado por el Señor que acogerlos en su corazón, pero si el hombre no quiere, Cristo no puede.Dios no juega con la libertad de su criatura. Lo mismo pasa con el conocimiento del esplendor de la Verdad, de la Sabiduría, de la Belleza, del Amor infinito que es Dios.
 
Si queremos, si se lo pedimos de corazón, el Espíritu Santo estará encantado de ser nuestro Paráclito, nuestro Abogado, nos purificará en el Sacramento de la Penitencia y a lo largo de nuestra vida de trabajo coherente. Será nuestro Maestro interior, que nos recordará y nos ayudará a entender, por dentro, las enseñanzas de los maestros externos que El nos pone en la Iglesia: el Papa, el Colegio Episcopal, y las demás personas constituidas en legítima autoridad. "El os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho" (Jn 14, 25). Así podremos conocer gozosamente cómo ha de ser nuestra vida cristiana, cómo tenemos que seguir a Cristo para llegar al Hogar Eterno del Padre, a nuestro Hogar definitivo. 
 
"El dará testimonio de mí" (Jn 15, 26), dice el Señor.
 
El Espíritu Santo Paráclito será el abogado defensor de los Apóstoles, y de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, serán en la Iglesia los herederos de su testimonio y de su apostolado, especialmente en los momentos difíciles que comprometerán su responsabilidad hasta el heroísmo. Jesús lo predijo y lo prometió: «os entregarán a los tribunales... seréis llevados ante gobernadores y reyes... Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de como o qué vais a hablar... no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros».
 
También en este sentido tan concreto, el Espíritu Santo es el Paráclito Abogado. Se encuentra cerca de los Apóstoles, más aún, se les hace presente cuando ellos tienen que confesar la verdad, motivarla y defenderla. Él mismo se convierte, entonces, en su inspirador. Él mismo habla con las palabras de los fieles y juntamente con ellos y por medio de ellos da testimonio de Cristo y de su Evangelio. Ante los acusadores, El Espíritu Santo viene a ser como el «Abogado» invisible de los acusados, por el hecho de que actúa como su patrocinador, defensor, confortador.
 
Con el Espíritu Santo darán valientemente testimonio de Jesús. Durante las persecuciones contra los Apóstoles, contra los primeros cristianos, y también en las persecuciones que no cesan a lo largo de los siglos, se verificarán las palabras que Jesús pronunció en el Cenáculo: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré junto al Padre..., él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio».
 
Del primer mártir, Esteban, que estaba «lleno del Espíritu Santo» dice san Lucas que los adversarios «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba" (Act   ). También en los siglos sucesivos adversarios de la fe cristiana han continuado y continúan ensañándose contra los anunciadores del Evangelio, apagando a veces su voz con violencia física, otras por la fuerza del poder político o fáctico. Sin embargo, no han conseguido sofocar la Verdad de la que eran portadores: ésta ha seguido fortaleciéndose en el mundo con el poder del Espíritu Santo. Se cumple el antiguo dicho: «donde una puerta se cierra, otra se abre»
 
Sed paráclitos para ellos. Ser justos y a  la vez, confortadores, auxiliadores, conductores del Espíritu Santo. Acercar a Dios de algún modo a parientes, colegas, amigos, etc.. El Espíritu Santo ayuda con la luz de su fuego. Ayudará a descubrir la armonía necesaria entre la Justicia, el Derecho y la Moral y los vínculos que mantienen indisociables las realidades que representan. 
 
No hay que temer la poquedad persona. Dice Teresa de Jesús: "Gusta Su Majestad de querer que resplandezcan sus obras en gente flaca, porque hay más lugar de obrar su poder y de cumplir el deseo que tiene de hacernos mercedes" (Conceptos, cap. III)
 
Defender el derecho, que se dé cada uno lo suyo, que los derechos humanos se respeten siempre y en todas partes es tarea de todos. Teniendo en cuenta que, como personas no podemos tratar a las personas sólo con justicia. Es preciso llegar a la caridad. Por tanto no olvidemos que Paráclito significa también Consolador. Cómo combinar estas dos facetas del Espíritu no es siempre cosa fácil. Invocar al Espíritu Santo para ello, será la primera medida para acertar.
 
Fijémonos por último en estas palabras tan esperanzadoras: "A Dios no hay que poner término, que en un momento puede llegar un alma a lo más subido... Poderoso es Su Majestad para todo lo que quisiere hacer, y ganoso de hacer mucho por nosotros" (Sta. Teresa de Jesús, Moradas sextas, cap. XI)
 
Junto a Cristo Paráclito y al Espíritu Santo Paráclito, está la Santísima Virgen Paráclito: Abogada nuestra, Consoladora de los afligidos, que vuelve a nosotros sus ojos tan misericordiosos, para que hoy tomemos la decisión de ser más humanos siendo más cristianos, más paráclitos, en la vida profesional y en la vida familiar y social.♦
 
 
 
Enviado por Arvo.net - 31/05/2009 ir arriba

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