Por
Antonio
Orozco
Delclós
Arvo Net, 1
de febrero
2006
Eros
y agapé,
un binomio
que el papa
Benedicto ha
sabido
recuperar en
su original
dinamismo,
como fórmula
magistral
que explica
lo más
profundo del
acontecer
humano,
reflejo
fascinante
del inefable
Amor divino.
Era menester
comenzar
aclarando
los
términos. Lo
«erótico»
nos sonaba,
como es
natural, a
lo que
–viniendo de
lejos- suena
en un mundo
donde el
amor «se
hace», en
«un acto»
tan
arrebatador
como fugaz,
al extremo
de
expresarse
con un verbo
que ya
sugiere la
«cosificación»
de quienes
lo
practican.
Aquí sólo
haré una
reflexión
personal
sobre la
relación
eros-agapé
sugerida por
la reciente
encíclica
pontificia
Dios es
amor.
«¿Cree usted
en el
amor?»,
preguntó en
cierta
ocasión
Howard Mumma
a Jean Paul
Sartre. «Sí,
creo en el
amor –dijo
el
escritor-,
pero no hay
más amor que
los actos de
amor» [El
existencialista
hastiado]. Este
modo
puntual,
efímero, de
entender la
relación
sexual es
consecuente
con la
negación de
la
posibilidad
de
establecer
una
auténtica
comunicación
intersubjetiva
(entre
personas).
Es un
problema
tremendo, un
verdadero
callejón sin
salida en el
que se metió
la llamada
filosofía
moderna
desde el
momento en
que se creyó
que los
sujetos –las
personas-,
no pueden
conocer nada
más que lo
que hay en
su propia
subjetividad.
Como yo no
puedo dar un
paso más
allá de mi
cuerpo,
tampoco
puedo pensar
más allá de
mi
pensamiento.
Este
argumento
sofístico ha
tenido y
tiene
consecuencias
teóricas y
prácticas
disolventes,
de enorme
trascendencia
a lo largo
de la
historia,
especialmente
a partir de
Emmanuel Kant (1724
– 1804),
por más que
haya sido a
pesar suyo.
El problema
es que si yo
no puedo
conocer más
que a mí
mismo y a
mis
productos
subjetivos,
no puedo
conocer cómo
es el mundo
exterior, ni
la
interioridad
del otro;
ni, por
supuesto, a
Dios en modo
alguno. El
sujeto
permanece
encapsulado
en sí mismo,
sólo con sus
productos.
Así como no
hay nada más
práctico que
una buena
teoría, nada
hay más
nefasto que
una teoría
torpe. Por
eso, aunque
no lo crean,
las teorías
filosóficas
influyen
mucho más de
lo que
parece en la
vida social,
en los
patios de
los
colegios, en
el cine, en
la
televisión,
en la
familia y yo
suelo decir
que hasta en
el modo de
conducir,
tanto un
automóvil
como la
entera vida
personal.
El ambiente
«se masca»,
y lo que se
masca, una
de dos, o
alimenta o
indigesta.
El ambiente
se nutre de
filosofías y
siempre hay
alguna
dominante.
De ellas
suelen vivir
los
políticos,
los que
hacen las
leyes y los
que se
encargan o
debieran
encargarse
de hacerlas
cumplir. Si
la filosofía
dominante es
el
subjetivismo,
la verdad
universal
desaparece
–no es
posible
comunicar
verdades, se
ha perdido
la noción
común de
verdad-; y
lo bueno se
confunde con
lo que me
apetece aquí
y ahora. Es
decir, el
eros sin
más - el
«acto», pero
no de «ser»
(persona),
sino de
poseer, de
dominar, de
sentir, de
tener
sensaciones
cuanto más
intensas
mejor - se
convierte en
la tracción
dominante y
más
exigente: el
eros puro y
duro parece
llenar el
horizonte
mental del
hombre, en
sus
variantes de
posesión
siempre
insatisfecha,
de dominio y
placer
sensual.
Da lo mismo
cómo y con
quien sea;
en
definitiva
no hay
comunicación
personal,
intersubjetividad;
el «otro» es
mero objeto,
cosa,
alguien con
quien se
juega, no ya
en el
sentido de
compañero de
juego, que
esto en
principio es
estupendo;
sino en el
sentido de
que el otro
ha venido a
ser el
objeto
del juego,
la cosa con
la que se
juega, el
muñeco con
el que uno
se divierte.
Entonces,
cuando el
juego deja
de producir
sensaciones,
deja de
interesar y
el objeto,
el juguete,
se deja. Se
acabó el
eros y no
hay más. A
por otro
eros, a por
otro objeto,
a ver si hay
suerte. Y si
no hay
suerte, la
desesperación,
abrazarse a
«Tánatos»,
el dios de
la
disolución y
de la
muerte,
también de
vieja
estirpe
pagana:
Empédocles
de Agrigento
habló de él
en el siglo
V antes de
Cristo y le
sirvió a
Freud
precisamente
para
completar su
teoría sobre
el eros.
Éros y
Tánatos, los
dos grandes
motores que
impulsan el
vivir
humano…
hacia la paz
del
cementerio.
Pero al
margen del
mito y la
teoría
freudiana,
es evidente
que el dios
eros a
solas, el
eros puro y
duro, sin
norte y sin
pauta, es
narcisismo,
soledad, a
solas o
entre dos, o
en
colectividad;
soledad
siempre,
soledad
estéril. No
crea nada,
no procrea,
no enriquece
a la
persona, al
contrario,
la conduce
al hastío,
al
aburrimiento
y de ahí a
la tumba, al
entierro de
lo que
hubiera
podido ser
realmente
sublime.
Sin duda es
el eros
moderno y
posmoderno
lo que nos
ha conducido
a la cultura
de la
muerte, al
horror a la
vida, al
miedo a los
hijos, al
refugio del
hedonismo,
que a su vez
desencadena
una espiral
de hastío y
violencia
(véase buena
parte de la
gente joven,
como
atestigua la
prensa a
diario).
Juan Pablo
II y ahora
Benedicto
XVI, con
estilos
diferentes,
nos muestran
que la
cultura
cristiana,
lejos de
oponerse a
los valores
auténticos
que han
fraguado
extra muros
de la
Iglesia, no
es que los
asuma, los
contiene en
sí, y, con
la luz del
Logos
– Verbo,
Palabra,
Razón,
Sentido
divino- los
salva de sus
carencias,
deterioros o
descalabros.
Todo lo
humano ha de
ser
redimido,
rescatado de
algún
egoísmo que
lo carcome
desde la
raíz.
Eros
es una
realidad
puesta por
Dios en el
corazón del
hombre y de
la mujer
creados a
imagen suya,
para que
entre ambos
completen la
imagen
divina,
elevándose
así a una
cumbre de
perfección
–verdad,
bondad,
belleza,
sabiduría,
amor,
libertad,
felicidad-
partícipe de
la divina y
la
multipliquen
indefinidamente
en el mundo
entero:
«¡creced y
multiplicaos!».
Sed
fecundos,
llenad la
tierra. No
tengáis
miedo a
conoceros.
«Conocer» es
la palabra
bíblica para
expresar la
unión
conyugal. El
eros entre
los esposos
no deriva en
erotismo, no
es narcismo
entre dos,
es
comunicación
de personas,
cuerpos
animados por
alma
espiritual
inmortal.
Mediante el
cuerpo, eros
hace
saltar por
los aires
la barrera
entre el tú
y el yo.
«Saltar por
los aires»,
es una
expresión
que tomo, de
Joseph Ratzinger
en un
contexto
semejante.
Con una
palabra más
cristiana,
la unión de
los esposos
es
comunión
de personas
a imagen de
la comunión
trinitaria
(tres
Personas en
un solo
Dios). Es
una
maravilla.
Podría
decirse que
aquí todo
salta por
los aires,
el
subjetivismo
y el
objetivismo,
porque se
crea una
realidad
nueva, donde
el tú y el
yo
permanecen,
a la vez que
el yo vive
en el tú y
el tú en el
yo. El otro,
que no era
una cosa
sino una
persona,
lejos de
cosificarse,
se ha
agigantado
como
persona: es
el tú que
llena al yo
y ambos
crecen, el
uno en y
para el
otro.
De este modo
tenemos un
acto que
está llamado
por
naturaleza a
no reducirse
a un
episodio
fugaz,
porque ha
creado un
«nosotros»
sin
barreras. A
veces se
habla de
ciertos
anticonceptivos
en términos
de
«barrera».
Está muy
bien dicho:
los
anticonceptivos
son
barreras
que niegan
la
naturaleza
misma del
acto
conyugal, de
suyo
destinado a
hacer saltar
por los
aires
cualquier
«barrera»
entre los
esposos en
la comunión
del
«nosotros».
Además, eros
tiene poder
creador, o
si se
prefiere,
poder de
participar
en el poder
creador de
Dios; y si
no vienen
hijos de la
carne, como
el hombre es
más que
carne, y eros se
transforma
en ágape,
vienen hijos
del
espíritu.
Porque el
amor
conyugal no
se reduce a
estériles
actos
puntuales
satreanos.
Son actos en
los que se
involucra la
persona
entera, con
todo lo que
es –muy
especialmente
masculinidad
y femineidad-,
cuerpo y
espíritu,
con su
dimensión
temporal y
su dimensión
de
eternidad.
Si no se
cosifica al
otro, el
«nosotros»
creado
permanece,
informa y
configura
todo el
vivir de
ambos,
constituye
una unidad
de vida,
convierte a
los dos en
una sola
historia, un
mismo viaje
con el mismo
destino: la
felicidad
que se
encuentra en
la plenitud
del Amor
divino, de
la que ellos
son imagen.
Resumiendo
mucho (todo
es un
resumen, no
hay más
tiempo
ahora): la
seguridad en
la
consistencia
del
«nosotros»
se asienta
–no se
olvide- y se
nutre en el
Cuerpo de
Cristo, real
y
sustancialmente
presente en
la
Eucaristía,
Cuerpo en el
que se
halla, como
dice san
Pablo,
toda la
plenitud de
la divinidad
corporalmente
[Col 2, 9].
El eros, que
despierta en
la
adolescencia,
como deseo
indeterminado,
encuentra,
Dios
mediante, lo
anhelado:
otro yo,
fascinante
de belleza y
toda suerte
de bondades,
no sólo
sensitivas,
porque se
adivina un
universo
interior
semejante y
distinto al
propio
dentro,
lleno de
sorpresas
apasionantes.
Si es
correspondido
y el
enamoramiento
prospera, se
comprende
que, como
dice Joseph
Ratzinger,
«el amor se
recibe
únicamente
amando», que
no se puede
solo
recibir; que
el eros
«adolece»,
es
insuficiente,
y, si va
solo, se
pervierte:
lejos de
unir,
separa,
irrita,
aburre,
desespera.
Al dios eros
no se le
puede dejar
solo, es
más, hay que
someterlo a
una
ascesis,
que
significa
lucha
atlética,
olímpica,
optimista
(conduce a
lo óptimo
posible),
necesaria.
Porque «El
eros
ebrio e
indisciplinado
no es
elevación, «
éxtasis »
hacia lo
divino, sino
caída,
degradación
del hombre»
y
sería
lamentable
que lo que
ha nacido
para elevar,
madurando,
hunda en el
hastío. «Resulta
así evidente
–dice
Deus caritas-
que el
eros
necesita
disciplina y
purificación
para dar al
hombre, no
el placer de
un instante,
sino un modo
de hacerle
pregustar en
cierta
manera lo
más alto de
su
existencia,
esa
felicidad a
la que
tiende todo
nuestro ser»
(n. 4).
La ascesis
-como digo,
con la
experiencia
de muchos-,
resulta
apasionante:
uno, porque
la persona
no puede
aspirar a
menos, ya
que ha sido
creada a
imagen de
Dios, lo
cual indica
que su ser
es de una
gran riqueza
interior,
incomparable
con
cualquier
otro ser de
nuestro
mundo; en
este sentido
nadie es
pobre o
indigente:
el más
miserable
tiene mucho
que dar
(basta
pensar, como
recordaba
Juan Pablo
II, que un
solo
pensamiento
del hombre
vale más que
todo el
universo
material).
Dos, porque
es un hecho
tanto de
experiencia
como
revelado por
Dios mismo,
que
«hay mayor felicidad en dar que en recibir» [Hch 20,
35], es
decir, hay
más dicha en
la fase
agapé
que en la
fase eros.
Agapé es
amor-don,
el amor
que
libremente
se
autodetermina
y compromete
a vivir un
nosotros
permanente
en mutua
donación.
Esta
situación
viene
reclamada
por el mismo
eros
inicial, no
es algo que
haya que
añadir con
calzador,
desplazando
a aquél.
Forma parte
de la
estructura
armónica de
la
existencia.
«La
inclinación
a dar –decía
Juan Pablo
II- está
radicada en
lo más hondo
del corazón
humano: toda
persona
siente el
deseo de
ponerse en
contacto con
los otros, y
se realiza
plenamente
cuando se da
libremente a
los demás».
[Juan Pablo
II,
Mensaje para
la Cuaresma
2003,
7.I.2003].
El agapé, el
donarse de
la persona a
lo que ha
empezado a
desear con
cierta
necesidad de
su
naturaleza,
no es tanto
un
imperativo
moral – el
doble
«mandamiento»
del amor -
como un
imperativo
vital.
Otro tanto,
con los
debidos
matices (mutatis
mutandis),
habrá que
decir de
cualquier
otro amor
verdadero,
como el de
amistad (philia),
a la
familia
-hijos,
padres,
abuelos...-, a
cualquier
prójimo,
el amor al
propio trabajo,
etc.
Ahora habría
que releer
la Encíclica
entera;
habrá que
hacerlo.
Si la
persona se
reprime y no
se da,
necesariamente
se frustra.
Por eso,
reducir la
libertad a
liberación o
liberaciones,
a recibir y
poder hacer
cosas –
incluido
«hacer el
amor» - es
un riesgo a
superar. El
mismo
«recibir» no
es un fin,
no es el
momento
culminante
de la
felicidad.
La plenitud
se alcanza
en el donar
donándose.
La criatura
desea. Dios
no puede
desear
porque nada
le falta.
Dios ama,
Dios es
amor. El
amor es
superior al
deseo. [Cfr.
L. POLO,
Sobre la
existencia
cristiana,
130]. Esta
es la
radical
novedad
cristiana
que nos
recuerda el
Papa
Benedicto.
«¿Qué puede
haber más
allá de la
tendencia a
poseer y de
la posesión
misma? –se
pregunta
Leonardo
Polo-.
Obviamente,
el donar.
Donar es dar
sin perder,
el ganar sin
adquirir o
el adquirir
dando» [Ibid].
La creación
es donación
del ser. Ser
criatura es
exactamente
tener el ser
íntegra y
continuamente
recibido de
Dios que lo
otorga. Si
una criatura
es creada a
imagen y
semejanza de
Dios,
entonces
vivir a la
altura de su
dignidad ha
de ser
donación. Es
recibir (sin
eso no sería
nada); y a
la vez dar.
Sin dar,
negaría su
propio ser.
En cambio,
«darse
sinceramente
a los demás
es de tal
eficacia,
que Dios lo
premia con
una humildad
llena de
alegría»
[San
Josemaría
Escrivá,
Forja,
n. 591].
ANÁMESIS
Finalmente,
digamos,
recuperando
el hilo de
la cuestión
del
subjetivismo,
que la
apertura del
sujeto al
mundo y a
Dios queda
resuelta si
se ha
entendido
algo de lo
dicho. La
vida misma
lo declara y
la reflexión
advierte su
evidencia.
La persona
se halla
constitutivamente
abierta
a toda la
realidad.
Cuando
Aristóteles
dice que el
hombre es
quodammodo
omnia: de
algún modo
todas las
cosas,
quiere decir
no sólo que
el ser
humano es un
suerte de
microcosmos,
sino que es
capaz de
asimilar
cognoscitivamente
todo cuanto
existe; se
refiere a la
apertura
constitutiva
del ser
humano a
todo lo
real, Dios
incluido.
Vivir con
naturalidad
es un
continuo
saltar
barreras,
más que
nada,
barreras
inventadas
entre yo y
el otro,
entre yo y
el mundo,
entre yo y
Dios. Lo más
problematizado
es esta
última
relación.
Sin embargo,
la reflexión
cristiana
sobre el
hecho y la
noción de
creación
descubre con
nitidez que
la criatura
existente no
es sólo algo
que ha sido
creado, sino
que es
toda ella
creación en
acto, al
extremo de
poder
afirmar que
en Dios
"vivimos,
nos movemos
y
existimos",
como dice
Pablo en el
Aerópago,
citando por
cierto a
"algunos de
vosotros"
(atenienses)
[Hch 17,
28]. De ahí
que la
Iglesia
afirme sin
titubeos en
su
Catecismo
algo
elemental:
que
EL HOMBRE ES
"CAPAZ" DE
DIOS, y
explica:
«El
deseo de
Dios está
inscrito en
el corazón
del hombre,
porque el
hombre ha
sido creado
por Dios y
para Dios; y
Dios no cesa
de atraer al
hombre hacia
sí, y sólo
en Dios
encontrará
el hombre la
verdad y la
dicha que no
cesa de
buscar»
(n. 27).
Este deseo
de Dios es
indestructible,
por oculto
que esté
bajo
numerosas
capas de
sedimentos
alienantes
sobre la
conciencia.
En ella,
permanece,
según Joseph
Ratzinger,
la
anamnesis
[un
cierto
recuerdo]
del Creador,
que se
identifica
con el
fundamento
de nuestra
existencia,
en la
cual
descansa la
posibilidad
y el derecho
a la
actividad
misionera
[J.
Ratzinger,
Verdad,
valores,
poder,
Rialp, 4ª ed.
2005, p.
67]. Explica
el cardenal
prefecto,
hoy papa
Benedicto,
que «esta
anamnesis
del origen,
que resulta
de la
constitución
de nuestro
ser, que
está hecho
para Dios,
no es un
saber
articulado
conceptualmente,
un tesoro de
contenidos
que se
pudiera
reclamar,
sino un
cierto
sentido
interior,
una
capacidad de
reconocer,
de suerte
que el
hombre
interpelado
por él y no
escindido
interiormente
reconoce el
eco en su
interior. Ve
que eso es a
lo que
remite su
naturaleza y
hacia lo que
tiene que
ir» [ibid.]
De ahí el
empeño del
actual
Romano
Pontífice
por hacer
entender no
sólo que
Dios es
Cáritas,
Agapé, en sí
mismo, sino
que habita
entre
nosotros,
más aún en
nosotros. De
un modo
sobrenatural,
por la
Gracia,
participación
en la vida
íntima de
Dios, pero
también, de
modo
natural, por
creación.
Recuerda las
palabras de
san Basilio:
"El amor de
Dios no
descansa en
una
disciplina
impuesta
sobre
nosotros
desde fuera,
sino que
está
infundida
constitutivamente
en nuestra
razón como
una
capacidad y
una
necesidad...
La chispa
del amor
divino
[está]
albergado en
nosotros»
[p. 66]. Me
recuerda la
expresión de
san
Josemaría:
"Nos ha dado
el Creador
la
inteligencia,
que es como
un chispazo
del
entendimiento
divino, que
nos permite
-con la
libre
voluntad,
otro don de
Dios-
conocer y
amar..» [Es
Cristo que
pasa,
24]. Ahí
está la
chispa de la
vida
humana:
en la luz de
la razón
natural, que
es ley para
los gentiles
de los que
habla Pablo
a los
Romanos [2,
14-15], que
no conocen
la Ley
revelada.
De ahí -tema
recurrente
del papa
Benedicto-
que los
Mandamientos
no sean algo
impuesto.
Tenemos
anamnesis
de ellos
en la
conciencia.
Cita
Ratzinger a
Agustín: "No
podríamos
decir con
seguridad
que una cosa
es mejor que
otra si no
hubiera sido
grabado en
nosotros una
comprensión
fundamental
de lo bueno»
[p. 67].
En rigor, el
subjetivismo
mutila al
sujeto, al
encerrarle
en sí mismo,
le cierra a
sí mismo. Un
grave error
sobre la
doctrina de
la Iglesia
católica es
el de creer
que vulnera
la
conciencia
imponiéndole
desde fuera
de ella
cosas
extrañas. El
cardenal
Ratzinger
recuerda que
la Iglesia
enseña que