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EPIFANÍA (Antonio Orozco Delclós) |
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Feliz Año Nuevo, El secreto de la felicidad.

¡FELIZ AÑO NUEVO!
El secreto de la felicidad
Antonio Orozco
Arvo Net Editor
1 de enero 200 8
¡Feliz
Año Nuevo! Lo hemos dicho y oído millares de
veces. Es el deseo sincero y unánime en la
inminencia y entrada del nuevo año. Pero
¿qué es un deseo de ese estilo? ¿Como el que
espera la lluvia o el sol? ¿Depende de
factores ajenos, incontrolables? El azar, la
suerte, quizá... La felicidad depende de
cada uno, no es inasequible, no ha de
quedarse en una simple ilusión. Es a la vez
don y quehacer. Tiene una fuente y se puede
beber en ella. Hay un elixir para tomar
sorbo a sorbo, aunque el primero pueda saber
amargo.
¿Dónde
está la fuente? ¿Dónde el elixir? ¿Alguien
tiene el secreto de la felicidad? ¿Sonaría a
petulacia decir «yo»? Probablemente. Sin
embargo, si lo tenemos, es obligado decirlo.
«El
cristiano posee el secreto, conoce el camino
para alcanzar la felicidad» [1]. Toda la
obra del Redentor -a quien, conmovidos,
hemos contemplado sonriente entre los brazos
de su Madre Virgen, en la gruta de Belén-,
así como cada una de sus palabras y gestos,
son parte integrante del gran secreto. Jesús
de Nazaret, en la víspera de su Pasión, nos
confía el último porqué de toda su palabra,
la Palabra, y de toda su obra: «digo estas
cosas en el mundo para que tengan mi gozo
completo en ellos mismos» [2]. Perfecto Dios
y perfecto hombre, Cristo es la plenitud de
la alegría. El Verbo se ha humanado para
compartir con nosotros su felicidad eterna,
inmensa y sin sombras.
Todo ser
humano, desea irresistiblemente ser feliz.
Es lo natural. ¡Hay naturaleza
humana! «¿Para qué nos ha creado Dios?».
La respuesta «es absolutamente segura: Dios
ha creado al hombre para hacerlo partícipe
de su felicidad» [3]. ¿Y el camino?. «Yo soy
el Camino» [4], afirma Cristo. Principia en
el heno de un pesebre y transita por el
madero de un patíbulo. ¿Qué tiene que ver la
felicidad con un sendero semejante? ¿Esto es
el camino de la felicidad? ¿No se busca por
veredas bien distintas? Cierto, y por ello
es que no alcanzan su objetivo. Cuando la
felicidad se busca en los bienes de afuera,
el hombre desespera de ser feliz, se hunde
en una suerte de melancolía infinita. Ahí
sólo cabe hallar destellos fugaces: «aún no
empieza el placer y ya se termina» [5]; el
sentimiento de frustración es inevitable.
Por eso
quizá, decía Paul Claudel, «no hay nada para
lo que el hombre sirva menos que para la
felicidad; nada que tan deprisa le canse».
Sin embargo, añade, «en el hombre hay una
necesidad espantosa de felicidad y es
preciso que se le dé su alimento, pues de lo
contrario acabará devorándolo todo». Sí, es
preciso proclamar el secreto de la
felicidad.
La
felicidad es una cierta plenitud. ¿Plenitud
de qué? ¡De vida! ¿De qué género de vida?
Ante todo, de la vida que nos da el «ser
persona» sin lo cual ni siquiera podríamos
desear la felicidad. Si la deseamos de un
modo insaciable es porque la dimensión
espiritual de nuestro ser –irreductible a
materia o vida sensitiva- se encuentra en
tensión al Infinito: Verdad, Bondad,
Belleza, Sabiduría, Libertad, Amor
infinitos.
Lo
primero que
es preciso plenificar, pues, en la vida
humana es el
entendimiento, facultad espiritual
creada para la verdad. En el error, o en
posesión sólo
de
«pequeñas verdades» (las del micro o
macrocosmos), no se puede ser feliz, si
entendemos por felicidad una situación
honda, estable, segura, definitiva. Es
preciso nutrir el espíritu con el
conocimiento de aquella gran Verdad, que no
es «algo», sino «Alguien»: «Yo soy la
Verdad» [6]. Como éstas no son palabras de
un loco, han de ser de Dios. No hay
felicidad humana sin el conocimiento
personal de Dios, manifestado en Cristo. Es
necesario el estudio de Cristo, aprender a
Cristo, tratarle. Está a nuestro alcance. Se
ha quedado en la Eucaristía y nos acompaña
siempre.
Después
del entendimiento, enseguida o a la vez hay
que ocuparse de la otra facultad espiritual, la
voluntad, esa
capacidad prodigiosa de amar siempre más. No
le bastan los «amores pequeños», y los
mezquinos le crispan. Hay amores humanos
grandes, nobles, maravillosos. Aun así, el
corazón aspira al gran Amor sin medida, sin
sombras y sin final que –en términos de san
Josemaría- «sacia sin saciar». El corazón
humano no es así feliz hasta tanto no se
encuentra lleno del Amor inmenso de Dios, es
decir, mientras el Amor en Persona, no
encuentra cabida en él [8].
La felicidad, la
alegría, no se encuentra sola, aislada. La
búsqueda de la felicidad en sí misma o por
sí misma está destinada al fracaso. Es
natural, bueno, necesario e inevitable
querer ser feliz. Pero es insensato
empeñarse en serlo al margen de lo que
necesita
la persona para ser plenamente persona:
sabiduría y amor de Dios. Don y tarea. No se
puede saciar el hambre tragando piedras. La
felicidad es el fruto íntimo del amor
verdadero, su pulpa sabrosa; y no cabe
disfrutarla si no es en el
amor, en la donación de sí al gran y
definitivo amor, fruto que en la tierra sólo
en un árbol madura: el de la Cruz gloriosa
de Cristo Resucitado. No es tan raro esto,
no es ininteligible. Preguntad a las madres,
interrogad a los enamorados y os dirán cosas
que han hecho gozosamente, por sus amores,
cosas que «desde fuera» lo llamaríamos
«cruces». Además, sabiendo aunque sólo sea
un poco, de «las cosas que Dios tiene
preparadas para los que le aman» [10], ya se
pregustan aquí, se anticipa la felicidad
eterna. Las personas vivimos más desde el
futuro que del pasado y del presente. De lo
contrario, el diagnóstico no podría ser otro
que "profunda decrepitud del espíritu;
encefalograma espiritual plano".
Hay un
elixir, hay una fuente:
-
«El último
día de la fiesta, el más solemne, Jesús
puesto en pie, gritó: ' Si alguno tiene
sed, venga a mí, y beba ; el que crea en
mí ', como dice la Escritura: De su seno
correrán ríos de agua viva. Esto lo
decía refiriéndose al Espíritu que iban
a recibir los que creyeran en él. » [11]
«el que
beba del agua que yo le dé, no tendrá
sed jamás, sino que el agua que yo le dé
se convertirá en él en fuente de agua
que brota para vida eterna. » [12]
«yo soy
el Alfa y la Omega, el Principio y el
Fin; al que tenga sed, yo le daré del
manantial del agua de la vida gratis.
Esta será la herencia del vencedor: yo
seré Dios para él, y él será hijo para
mi.» [13]
La felicidad es plenitud de vida. En el Niño
que hemos visto nacer en Belén «habita la
plenitud de la divinidad corporalmente» [Col
2, 9]. No hemos celebrado simplemente un
nacimiento, como advertía Joseph Ratzinger,
hoy Benedicto XVI: «En
la Navidad no celebramos el día natalicio de
un hombre grande cualquiera, como los hay
muchos. Tampoco celebramos simplemente el
misterio de la infancia o de la condición de
niño. Ciertamente que lo puro y lo abierto
del niño nos hace esperar, nos proporciona
esperanza. Nos da ánimos para contar con
nuevas posibilidades del hombre. Pero si
nosotros nos aferramos demasiado a eso sólo,
al nuevo comienzo de la vida que se da en el
niño, entonces lo único que podría quedar en
definitiva sería la tristeza: porque también
esto «nuevo» acaba por hacerse algo viejo y
usado. También el niño entrará en el campo
de concurrencia y de rivalidad de la vida,
participará en sus compromisos y en sus
humillaciones, y, como remate de todo,
acabará siendo, igual que todos, presa y
botín de la muerte.
» Si
nosotros no tuviéramos otra cosa que
celebrar que sólo el idilio del nacimiento
de un ser humano y de la infancia, entonces
en último extremo no quedaría nada de tal
idilio. Entonces nada tendríamos que
contemplar más que el morir y el volver a
ser; entonces cabría preguntarse si el nacer
no es algo triste, puesto que sólo lleva a
la muerte. Por eso es tan importante
observar que aquí ha ocurrido algo más: el
Verbo se hizo carne. «Este niño es hijo de
Dios», nos dice uno de nuestros villancicos
navideños más antiguos. Aquí sucedió lo
tremendo, lo impensable y, sin embargo,
también lo siempre esperado: Dios vino a
habitar entre nosotros. Él se unió tan
inseparablemente con el hombre, que este
hombre es efectivamente Dios de Dios, luz de
luz y a la vez sigue siendo verdadero
hombre.»
[Card. J. Ratzinger, Y
el Verbo se hizo carne].
La Navidad es
la fiesta del Nacimiento de la Vida en
plenitud corporalmente, que permanece [14]
y se nos da en la Eucaristía.
Al desear
a todos los colaboradores, amigos y lectores
de Arvo un
feliz Año Nuevo, pido a la Madre de Dios y
Madre nuestra que pongamos los medios
oportunos para conocer más y más a su Hijo,
y al Padre y al Espíritu Santo. De tal
conocimiento brotará un amor que irá in
crescendo, al compás del paso firme y
gozoso, sin desmayos, por el Camino de la
Vida plena.
¡Feliz
Año Nuevo!.
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Notas
1 JUAN PABLO II, Homilía,
2I-X-1979.
2 Jn 17,13.
3 JUAN PABLO II, l, c.
4 Jn 14, 6.
5 San Josemaría ESCRIVÁ, Camino,
n. 753.
6 Jn 14, 6.
7 Cfr. 1 Jn 4,8.
8 Cfr. Rom 5, 5.
10 Cfr. 1 Cor 2, 9
11 Jn
7, 37-39
12 Jn 4, 14
13 Apc 21, 6-7
14 Cf.
CEC, n. 1085; A. Orozco, El
Niño existe
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©Arvo.net,
10/01/2009 Edita
Asociación
Arvo, Salamanca; Coordina: Antonio
Orozco Delclós Todos los derechos reservados.
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Enviado por Arvo Net - 29/12/2005 |
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