A lo largo de estos 55 últimos años, he leído algunas de las cosas que cuentan los físicos sobre el universo. Pasaron siglos en los que todo el mundo pensaba que la tierra era el centro y que el sol y la luna y las estrellas daba vueltas alrededor. Después se descubrió que sucedía al revés, la tierra daba vueltas alrededor del sol, porque no era más que uno de los planetas del sistema solar. El verdadero centro era el sol. Más tarde, se descubrió que el sol tampoco era el centro. No era más que una estrella de una inmensa galaxia, la Vía Láctea y encima estaba situado en una zona no ya poco céntrica, sino más bien en un especie de rincón de la galaxia. Finalmente, se descubrió que la Vía Láctea no es más que una de las innumerables galaxias que existen. En fin, que la tierra había pasado de ser el centro del universo a ser una mota de polvo mínima, un punto insignificante y marginal de un suburbio del universo.
Pero la ciencia no se detiene en su sorprendente actividad. Ahora resulta que ve el universo "curvo", de tal suerte que si por una hipótesis absurda pudiéramos disparar una flecha con la fuerza suficiente para recorrer todo el espacio en teórica línea recta, al fin acabaría realmente en el punto de partida. Parece claro que el universo de la ciencia experimental es finito. Sin embargo, si pudiéramos recorrerlo en línea recta nunca llegaríamos a un extremo o borde, andaríamos siempre volviendo al punto de partida. Porque, y esto es una consecuencia que parece lógica, cada punto del universo en cierto modo puede considerarse como centro de coordenadas espaciales.
Si esto es así, es verdad que yo mismo soy un punto insignificante del cosmos y a la vez centro del mismo. Y como el mundo es una parábola del Reino de los Cielos - lo han dicho varios pensadores eminentes, entre ellos, que yo recuerde, Bernanos y Ratzinger -, resulta que nos viene como anillo al dedo el hallazgo de los físicos, porque para Dios, que es infinito, cada ser humano es casi nada y al mismo tiempo centro de su atención. Casi nada porque Él mismo nos ha sacado de la nada; y a la vez somos muchísimo, porque nos ha hecho a su imagen y semejanza. Además, nos ha llamado a ser de hijos de Dios.
Cuando uno descubre a Dios como Padre y comienza a tratarle en consecuencia, quizá no se plantea el problema de cómo puede ser que Dios, siendo tan grande el universo y tantos millares de millones sus hijos, pueda atenderme con todo su infinito interés, infinito Amor. Es posible que pasado el tiempo se lo cuestione y comience a dudar de ser centro del amor de la Trinidad. Dios tendrá muchas cosas que hacer, yo son una insignificancia para el Dios inmenso, me conoce, sí, me ama, también, pero es imposible que se interese tanto por mí como por ciertas personas excelentes, a quienes les ha hecho o les hace milagros y se les revela de una manera extraordinaria. Llegamos incluso a comprender que sea así, que Dios no se ocupe demasiado de nosotros y que así nos luzca el pelo y las cosas no nos salgan como nosotros desearíamos. Dios está muy ocupado, somos demasiados. Dios se ha pasado al decir: "Creced y multiplicaos; llenad la tierra". Si fuérmaos menos tocaríamos a más amor de Dios y las cosas nos saldrían mucho mejor.
Es el momento de pedir auxilio a la física contemporánea, si yo la he entendido bien. Y si no, da igual. Es preciso convencerse, porque es verdad, de que cada persona es centro de la mirada amorosísima de Dios, como si fuera el único hijo que tuviera. Rigurosamente cierto. Yo no soy Napoleón, pero soy el centro del universo y estoy en el centro de la Mirada de la Trinidad.