El Bautismo
del Señor
en el Jordán
Primer misterio de luz
Antonio Orozco Delclós
Arvo.net, 08.01.2008
Revisado, 08.01.2009
«Misterio de luz es ante todo el
Bautismo en el Jordán. En él, mientras
Cristo, como inocente que se hace
"pecado" por nosotros (2 Co 5, 21),
entra en el agua del río, el cielo se
abre y la voz del Padre lo proclama Hijo
predilecto (Mt 3, 17 par.), y el
Espíritu desciende sobre Él para
investirlo de la misión que le espera»
(RMV). Así glosa el papa Juan
Pablo II el primero de los misteriosos
luminosos del Santo Rosario, al
introducir la nueva parte.
El río Jordán, nace al pie del monte Hermón
en medio de un bello paisaje de montaña
cubierto de bosques; se estrecha en una
garganta basáltica por donde se precipita
hasta desembocar en el lago Genesaret (Tiberíades
o Mar de Galilea), a más de 200 metros bajo
el nivel del Mediterráneo; lago de agua
dulce y abundantes peces. Reanuda su curso
partiendo de la ribera sur del lago y va
deslizándose entre numerosos meandros
–siempre alrededor de un eje casi
perpendicular- por la impresionante fosa de
Ghor, a lo largo de 100 kilómetros, hasta
desembocar en el mar Muerto, a 403 metros
por debajo del nivel del mar, a los que se
suman otros 400 de profundidad. Es el lugar
más profundo de la superficie de nuestro
planeta. Sus aguas son tan salobres que no
admiten fauna piscícola. Sepultura de la
Pentápolis, se diría lugar de los muertos y
cementerio de los pecados arrastrados aprisa
desde las alturas a esas simas estériles.
Como los antiguos profetas, y aun con más
vigor que ellos, Juan predica a la vera del
Jordán la conversión y un «bautismo de
penitencia». Así llamado porque lo recibían
quienes se reconocían pecadores, para
purificarse. Aquel bautismo no podía borrar
el pecado de los orígenes, pero, con la
humildad y la contrición, podía perdonar
otros muchos. Dios habla a los hombres con
lenguaje humano, hecho de signos y símbolos.
El agua "viva" limpia y purifica: es símbolo
de la purificación interior; el agua es
también símbolo de la vida y de la muerte,
incluso símbolo de la vida que se inicia en
la tierra y salta gozosa hasta la
eternidad.
Dios Hijo «se vacía»
Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos van
pasando por el rito bautismal, hasta que
sólo queda, aguardando, Jesús de Nazaret. El
Señor, con una humildad impresionante,
maravillosa, solicita el bautismo a Juan,
como un pecador más. Se había movido con
soltura en medio del pueblo, pero no le
conocían, no había hecho nada que llamase la
atención, ningún milagro, ninguna palabra
más alta que la otra. Había mantenido firme
el compromiso de la Encarnación: asumir sin
ventaja alguna la humana existencia, sin
aprovecharse para nada personal de la
omnipotencia de su divinidad. Ahora pide el
"bautismo de penitencia"…
Comprendemos la dificultad de Juan: «Soy
yo quien necesita ser bautizado por ti,
¿cómo vienes tú a mí? Respondiendo Jesús le
dijo: Déjame ahora, así es como debemos
nosotros cumplir toda justicia. Entonces
Juan se lo permitió» (Mt 3, 14-15). La
respuesta de Jesús no admitía réplica: era
preciso cumplir hasta los detalles más
pequeños establecidos por el Padre celestial
en el diseño de la salvación, por
insignificantes o superfluos que pudieran
parecer. Jesús ama la libertad de su Padre,
sapiente y amorosa, aunque Juan no la
comprenda. Dios sabe más y quiere que la
soberbia que llena el mundo, sea superada y
redimida por la humildad más honda.
«Nuestro Señor –enseña el Catecismo de la
Iglesia Católica-
se sometió voluntariamente al Bautismo de S.
Juan, destinado a los pecadores, para
"cumplir toda justicia" (Mt 3,15). Este
gesto de Jesús es una manifestación de su
"anonadamiento" (Flp 2,7)» (CEC 1224). Por
eso, Juan Pablo II enlaza la escena del
Bautismo en el Jordán con la asombrosa
expresión de san Pablo a los de Corinto: «pro
nobis peccatum fecit»: Dios Padre «lo
hizo pecado» (sustantivo, no verbo), es
decir –según el ritual de los sacrificios
expiatorios del Antiguo Testamento- «lo hizo
víctima por el pecado» o «sacrificio por el
pecado». Carga con los pecados de todos para
expiarlos con su vida, pasión y muerte, en
el colmo de la humildad, del «vaciamiento» o
«despojamiento» (kénosis) de toda
apariencia de gloria divina o humana, que se
consumará en la ignominia de la Pasión:
«Ecce homo», aquí tenéis al hombre, dirá
Pilato, cuando ni siquiera humano parece, un
guiñapo. «Pasmaos agradecidos ante este
misterio, y aprended: todo el poder, toda la
majestad, toda la hermosura, toda la armonía
infinita de Dios, sus grandes e
inconmensurables riquezas, ¡todo un Dios!,
quedó escondido en la Humanidad de Cristo
para servirnos. El Omnipotente se presenta
decidido a oscurecer por un tiempo su
gloria, para facilitar el encuentro redentor
con sus criaturas» (AD, 111) ¿Cómo no
llorar ante nuestras soberbias y
vanaglorias?
Todo pecado es una negación práctica del
Amor infinito y por eso supera siempre
infinitamente al hombre finito que lo
comete. La autorredención es imposible. Por
eso el Verbo se hace carne, para sufrir en
la medida de la expiación –amor, contrición,
penitencia- que ningún otro ser humano puede
realizar. De algún modo se identifica
amorosamente con todos los pecadores que han
sido, son y serán. Su amor no tiene medida;
su entrega es total. Él es el Redentor del
mundo, el Cordero de Dios –dirá más tarde el
Bautista- que carga con los pecados del
mundo para borrarlos con su sangre redentora
(Cfr. Jn 1, 29).
Jesús entra en las aguas del Jordán. Las
aguas cantarían, si pudieran, con la
creación entera. La pequeña muchedumbre
centra en Cristo su mirada. La Virgen María
¿está allí? En aquel entonces..., no
sabemos. Pero en nuestra contemplación
de la escena, con infancia espiritual,
tenemos derecho a tomar su mano y abrirnos
paso hasta la orilla del Jordán y tocar las
mismas aguas que bañan los pies de Jesús. El
agua sepulta el cuerpo santo del Cristo,
anticipando simbólicamente su Pasión y
Muerte, el entierro del grano de trigo que
ha de morir para dar espigas bien granadas.
En seguida emerge radiante el rostro del
Dios humanado. Permanece en oración. Y en
esto, el Espíritu que se cernía sobre las
aguas de la primera creación desciende sobre
Cristo, como preludio de la creación nueva
(Mt 3,16-17). (cfr. CEC 1224).
La voz del Padre
Se abren los cielos y, en forma de paloma,
símbolo de reconciliación y de paz, el
Espíritu Santo se posa sobre Jesús,
indicando que, en efecto, Él es el Cristo,
el Ungido de Yahvé, el Mesías anunciado por
los profetas. Parece que la «luz
inaccesible» en donde habita el Padre ha
venido a llenar el valle del Jordán, inunda
la escena -sin deslumbrar-, baña la
humanidad del Señor y acaricia el rostro
bellísimo de Nuestra Madre, que contempla
radiante el evento. Nunca había visto a su
Hijo tan radiante y su corazón materno se
llena de gozo cuando se oye la voz –grave,
solemne, recia, tierna- del Padre celestial:
«Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me
complazco» (Mt 3, 17). Revelación
maravillosa no sólo de quién es
Jesús, sino también de cómo es: tan
amable que colma la infinitud del amor de
Dios Padre. Cuántas veces la Virgen Madre
había dicho lo mismo, con palabras
semejantes del corazón o de los labios, en
silencio, y también en voz alta, hablando
con sus parientes, amigos, vecinos: «Éste es
Jesús, mi Hijo», de tal forma que se
entendía perfectamente: «Este es mi Amado,
mi Único, en quien se encuentran y encuentro
todas mis delicias». Sólo el Padre Dios y
Ella, Madre Virgen, pueden decir
literalmente lo mismo. Jesús, Verbo
encarnado «es» la Alegría. ¿Cómo no va a ser
también nuestra alegría? Nada hay más amable
que Cristo. En Él encontramos toda la
bondad, toda la verdad, toda la sabiduría,
toda la belleza, todo el amor. Y todo del
modo más perfecto, en su misma fuente y
raíz: El Amor por quien, con quien y
para quien el Padre ha hecho todas las
cosas, y sin Él nada ha sido hecho de cuanto
existe (cfr. Jn 1,3): «De Él, por Él y para
Él son todas las cosas. A Él la gloria por
los siglos. Amén» (Rom 11, 36).
En Cristo lo tenemos todo: «El Señor es,
para nosotros, Rey, Médico, Maestro, Amigo.
Es Rey y ansía reinar en nuestros corazones
de hijos de Dios […] Es Médico y cura
nuestro egoísmo, si dejamos que su
gracia penetre hasta el fondo del alma […]
Es Maestro de una ciencia que sólo El
posee: la del amor sin límites a Dios y, a
todos los hombres […] Es Amigo, el
Amigo: vos autem dixi amicos, dice.
Nos llama amigos y El fue quien dio el
primer paso; nos amó primero. Sin embargo,
no impone su cariño: lo ofrece. Lo muestra
con el signo más claro de la amistad:
nadie tiene amor más grande que el que
entrega su vida por sus amigos [...] Si
nos ve fríos, desganados, quizá con la
rigidez de una vida interior que se
extingue, su llanto será para nosotros vida:
Yo te lo mando, amigo mío, levántate y anda,
sal fuera de esa vida estrecha, que no es
vida» (CP, 93).
Cristo Jesús hace las delicias del Padre
Celestial. Él nos dice "son mis delicias
estar con los hijos de los hombres" (Prov 8,
31). Habitar entre nosotros, convivir,
tratarnos, compartir penas y alegrías,
alentarnos, bendecirnos…, le encanta. ¿Cómo
no vamos a encontrar en Él nuestras
delicias? ¿Cómo no va a encantarnos su
trato, su conversación, contemplarle,
andarnos con contemplaciones, volcar nuestra
imaginación creativa al servicio de ese amor
humano y divino? La escuela de María
es la mejor. Ella nos enseña a conocer cómo
es Jesús, cuáles son sus gustos, sus
intereses, sus amores. En esa escuela
aprendemos un fiat constante a las
más pequeñas insinuaciones y sugerencias del
Espíritu, la fortaleza junto a la Cruz, la
constancia en el amor, la entrega –con
heroísmo casi inadvertido- al pequeño deber
de cada momento; la rectificación inmediata
después de cada olvido o negligencia o
desamor.
Por Cristo, con Él y en Él
A la vera del río -tras el velo de la
humildad- le descubrimos como el compendio
de todas las perfecciones, atrayentes como
un imán poderoso. Así nos es más fácil
entender las palabras que un día nos dirá:
«Sed perfectos como mi Padre celestial es
perfecto». De entrada parece un
despropósito, pero al pensar que «por Él,
con Él y en Él» hace el Padre todas las
cosas, comprendemos que también nosotros,
con su gracia, podremos hacerlo: Per
Ipsum, et cum Ipso et in Ipso. Así
cantan los sacerdotes en la Santa misa; y
san Josemaría traducía así: ¡por mi
Amor!, ¡con mi Amor!, ¡en mi
Amor!
(Forja 541). Todos respondemos:
Amen!, ¡que así sea! Que todo lo hagamos
por Él, con Él y en Él, como el Padre
celestial, como la Virgen Santísima.
«(…) "Per Ipsum, et cum Ipso, et in
Ipso" -¡Únete a ese gesto.
Más: incorpora esa realidad a tu vida» (Forja
541). «Vive la fe, alegre, pegado a
Jesucristo. -Ámale de verdad
-¡de verdad, de verdad!-,
y serás protagonista de la gran
Aventura del Amor, porque estarás cada día
más enamorado» (Forja 448).
«Yo estoy enamorado», afirmaba sin rubor san
Josemaría, en cierta ocasión: «ho un
amore!, tengo un Amor». «¡No hay más
amor que el Amor!» (Camino
417). Es el mismo amor del Padre Dios y de
la Madre Nuestra. De Él –con el Padre,
origen del misterio trinitario- procede la
Persona-Amor, la Persona-Don, que aparece en
aspecto de paloma y, a su vez, le conducirá
por los caminos de Palestina, hasta el colmo
del amor, en la Cruz.
Vocación bautismal
«En el Bautismo, Nuestro Padre Dios, ha
tomado posesión de nuestras vidas, nos ha
incorporado a la de Cristo y nos ha enviado
el Espíritu Santo» (RMV). En este
misterio de luz, se insinúa el sacramento
que nos alumbra a la nueva vida de hijos,
incorporándonos a la vida de Cristo; nos
hace miembros suyos, como sarmientos unidos
a la vid. Comenzamos a ser con Cristo y en
Cristo, para llegar a ser -«todos» (Forja
74)- no ya alter Christus, otros
Cristos sino
Ipse Christus, el mismo Cristo.
¿Cómo se hará esto, siendo cada uno de
nosotros tan poca cosa? (cfr. Lc 1,
34). El Espíritu Santo, autor del misterio
de la encarnación del Verbo, se ha
manifestado en su Ungido y enseguida lo
«empujará» al desierto (Mc 1, 12) y luego
–con la misma suavidad y fortaleza- le
conducirá hasta la Cruz y a la gloria de la
Resurrección. Si –luchando con nuestros
defectos y miserias- somos dóciles a la
acción del Espíritu Santo, pisaremos donde
ha pisado Cristo y llegaremos al
cumplimiento perfecto de nuestra vocación
bautismal: la santidad. Cuanto más
configurados con Cristo, seremos más
hijos, más amados, recibiremos más amor
y daremos más amor, así hasta la «plenitud
de la filiación divina», santidad plena.
Cada día, más «conformes» con la imagen del
Hijo, buscando el modo de agradar y dar más
alegrías a nuestro Padre Dios y a nuestros
hermanos los hombres.
La comunión eucarística obra el prodigio de
hacernos «con-corpóreos» y «con-sanguíneos»
con Cristo. Nos participa el vigor de su
vida divina y humana, la fortaleza de su
Espíritu, la vibración de su corazón
enamorado. Participamos de su amor al Padre
y de su docilidad al Espíritu Santo, que le
conduce y nos conduce con Él a todos los
sitios. «La fuerza y el poder de Dios
iluminan la faz de la tierra» (CP,
128), llenan nuestro corazón, que –como el
de María Virgen- ya no puede vivir si no es
por Él, con Él y en Él. Otra cosa sería
rebajar la categoría humana y cristiana que
nos corresponde como hijos de Dios en
Cristo. Por eso, pedimos siempre: «¡enséñame
a amar!» (Camino
423). «Dame, Señor, el amor con que quieres
que te ame» (Forja 270). «Perseverar
es persistir en el amor, "per Ipsum et
cum Ipso et in Ipso...", que realmente
podemos interpretar también así: ¡El!,
conmigo, por mí y en mí». (Surco
366)
Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra,
muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu
vientre. Préstanos tus ojos y tu mirada
para descubrir los infinitos tesoros de amor
que arden en el Corazón de tu Hijo.
Enséñanos todo aquello que sea «delicia» de
la Trinidad, hasta las cosas más pequeñas,
las «menudencias heroicas» que le conmuevan,
los detalles de extrema delicadeza en el
trato con todos, la perseverancia en la
oración, en el trabajo y en el apostolado…
Nos acogemos a la Hija de Dios Padre, Madre
de Dios Hijo, Esposa y Sagrario del Espíritu
Santo. Dócil a la Persona-Amor y en virtud
de su fiat! nos engendró en Cristo.
Nos ve y nos mira del mejor modo posible:
«en Él», como hijos únicos.
«En Él» hemos de ver y amar. Y con este
aparente rodeo, no se conoce y ama menos a
las criaturas, sino más, porque se ven más
tal como son y están llamadas a ser. La
mejor manera de conocer y amar es «en
Cristo». La mejor manera de conocer y amar
«en Cristo» es conocer y amar «en María».
El Bautismo de Jesús en el Jordán es
epifanía de la Santísima Trinidad, inicio de
la singladura del Ungido de Yahvé por los
caminos de Palestina hasta la Resurrección
pasando por la Cruz. Es, pues, el momento de
tomar una gran decisión: seguirle a
dondequiera que vaya, «tan de cerca como
Santa María, su Madre, como los primeros
doce, como las santas mujeres, como aquellas
muchedumbres que se agolpaban a su
alrededor. Si obramos así, si no ponemos
obstáculos, las palabras de Cristo entrarán
hasta en los pliegues del alma y del
espíritu, hasta el fondo del alma y nos
transformarán. Porque la palabra de Dios
es viva y eficaz, y más penetrante que
espada de dos filos, y se introduce hasta en
las junturas y tuétanos, y discierne los
pensamientos y las intenciones del corazón
(CP, 107). Nos queda quizá un
largo trecho. Días de luz, misterios
luminosos; días oscuros, misterios
dolorosos. Pero siempre al final
resplandecerá la luz definitiva de los
misterios de gloria y «¡haremos que arda
el mundo, en las llamas del fuego que
viniste a traer a la tierra!... Y la luz de
tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las
inteligencias, en un día sin fin» (SR)
-----------------------------------
Notas
RVM: Juan Pablo PII, Carta Apostólica
Rosarium Virginis Mariae, n. 21
SR:
San Josemaría, Santo Rosario, "El
Bautismo del Señor".
AD:
Id., Amigos de Dios.
CP:
Id., Es Cristo que pasa.