Por Enrique Sueiro
Arvo Net, 13 de mayo 2005
- Si
fuera su mujer, le envenenaría el
café.
- Si fuera su marido, me lo bebería.
La
enjundia de este diálogo aumenta
cuando él es Winston Churchill, ex
primer ministro, y ella Lady Nancy
Astor, primera mujer en el
Parlamento británico. La anécdota no
pasaría de tal si no fuera por la
habilidad sui géneris del veterano
político en sus relaciones
personales. Otra perla, extraída de
un cruce de correspondencia iniciada
por el escritor George Bernard Shaw
en la que enviaba a Churchill dos
entradas para su nueva obra:
- Venga
a mi comedia y tráigase un amigo, si
es que tiene un amigo.
- Tengo un compromiso para el día
del estreno, pero iré a la segunda
representación, si es que la hay.
Lo que
para un individuo cualquiera sería
sólo un matiz de su carácter se
convierte en referente institucional
cuando la visibilidad del
protagonista aumenta. Entonces, el
estilo personal se mimetiza con la
comunicación corporativa. Por este
par de relatos no sería justo
generalizar todo el carácter
británico, ni siquiera de su clase
dirigente. Basta con el contrapunto
conciliador de Tony Blair o el humor
de Gilbert K. Chesterton. El
escritor inglés gestionaba con
maestría aspectos menos estéticos de
su imagen personal. En vez de
disimular sus 136 kilos, ofrecía un
argumento de peso: era uno de los
ingleses más caballerosos porque,
cuando se levantaba en el autobús,
permitía sentarse a tres señoras.
Sobre
modos de ser, suele decirse que hay
de todo en todas partes. Es verdad,
como también que algunos talantes
personales sirven mejor que otros
para perfilar una adecuada imagen
institucional. Cuando carecemos de
otras fuentes de información,
nuestra percepción de una entidad se
basa sólo o casi en nuestra
experiencia directa con unas pocas
personas que pertenecen a ella.
Encarnar con hechos los mensajes
retóricos
Algo
parecido sucede a la hora de
bautizar al recién nacido. Nos gusta
o no un nombre según la vivencia
personal con los Albertos,
Franciscos o Eustaquios que
conocemos. A veces influyen otros
factores, como el que cuentan de un
estudio de percepciones: pidieron
elegir entre dos fotos de mujeres
similarmente atractivas. El
veredicto inicial de empate se
desequilibró radicalmente cuando,
además del rostro, añadieron debajo
sus nombres: María y Gertrudis.
En
ciertos niveles, no cabe deslindar
lo personal de lo institucional. Así
de claro lo tenía Ben Bradlee, ex
director de The Washington Post:
borracho en casa, “asunto suyo”;
borracho en los pasillos del Senado,
“asunto nuestro”. La reputación
pública de una corporación se
robustece cuando crece, antes y con
mayor solidez, dentro de ella misma.
Por eso, nada mejor que encarnar en
primera persona los principios de la
empresa que dirige, el equipo que
coordina, la familia que sostiene…
Me
encantó conocer el caso de un
directivo, defensor de la
comunicación y la trasparencia
(hasta aquí, nada nuevo, porque eso
lo dicen todos). Conforme se iba
incorporando gente a su equipo de
trabajo, entre los primeros
documentos que entregaba incluía su
propio currículum para que los
nuevos conocieran de primera mano
esos datos de interés. Más de uno se
reirá al leer esto, pero me parece
una acción efectiva para combatir el
deporte de moda creciente, el
googling. Se trata de conseguir
en internet (mediante buscadores del
estilo de Google) información sobre
el currículum o la vida del jefe
nuevo, la suegra que viene, el novio
a la vista, etc.
Como no
podemos evitar la curiosidad natural
de los demás, qué mejor que
adelantarnos a informarles de algo
que acabarán sabiendo. Además de
tomar la iniciativa de darnos a
conocer, dentro de unos límites
razonables, aseguramos que la
información que les llega no sólo es
correcta por partir de la fuente
directa, sino que facilita una
explicación apropiada del contexto.
Del
detalle personal a la reputación
corporativa
Más
estilos ejemplares. Una veterana
directiva pedía a sus más cercanos
colaboradores que ejercieran con
ella la crítica edificante. En
concreto, reclamaba ayuda para que
su actuación personal se ajustara a
lo que ella misma predicaba. Cuando
le decían algo que no le gustaba,
seguía estos pasos: escuchaba con
atención, agradecía el comentario,
reflexionaba sobre el contenido y lo
incorporaba (o no) a su reajustada
conducta.
Intentaba practicar, en su casa y en
su oficina, una coherencia que le
previniera de reproches como el que
Franz Kafka dirigió a su padre: “Tú,
que tan prodigiosa autoridad tenías
a mis ojos, no respetabas las
órdenes que tú mismo dictabas”. Nos
puede pasar a cualquiera.
A
quienes un estilo de trasparencia
inteligente les parezca ingenuo,
siempre les quedará la opción
maquiavélica y preferir ser temido a
ser amado. Se lleva mucho.
Para
contrarrestar el mal trago del café
inicial, un toque de empatía con
otro talante bien forjado. Margaret
Thatcher confiesa en sus memorias
que su presunto carácter férreo
hallaba momentos de refundición:
“Frecuentemente me retiro después
para revisar mis puntos de vista a
la luz de lo que he oído. De hecho,
incluso alguno de mis seguidores me
han acusado de prestar demasiada
atención a quienes no están de
acuerdo conmigo”. Magnífico estilo
personal-institucional.
*
Profesor asociado de Comunicación
Universidad de Navarra
7 de mayo de 2006
En: Heraldo
de Aragón