Escribe: Pilar Cambra
Redactora-Jefe del diario Expansión.
Vienen diciendo que, tras los males del colectivismo y del socialismo, de ese hacer pasar los intereses de la mayoría por encima de las necesidades de la persona, soplan vientos de individualismo en las ideologías, en los modos y en las costumbres. El pendulazo, que se llama: un «yo», poderoso y bien nutrido es lo que toca ahora, tras largos tiempos de no menos gordos e imperiosos «nosotros». Debe ser bien verdad eso que vienen diciendo... Porque noto yo una proliferación tremenda a mi alrededor de perros verdes.
Me voy a explicar, que buena falta hace tras escribir eso tan raro que acabo de escribir de los perros verdes que retozan, incansables, en torno mío. E, incluso, dentro de mí.
La presente tendencia al individualismo, como reacción al colectivismo, tiene una cosa buena-buenísima: uno está de nuevo solo frente al mundo para lo mejor y para lo peor. Uno no puede escudarse/esconderse/camuflarse tras la masa, tras eso tan vago que son los «demás» o las «circunstancias» para quitarse muertos de encima o para colgarse medallas que no le corresponden. El individualismo hace que los méritos vuelvan a ser personales e intransferibles, fruto del sudor de la propia frente. Y las culpas también vuelven a ser personales e intransferibles, producto de la propia maldad, de la ignorancia o la imprudencia. Pero el rostro no tan amable del asunto es, como he dicho, la superabundancia de perros verdes. «Es más raro que un perro verde a cuadros», se suele decir... El nuevo individualismo, en efecto, nos induce a pensar que uno es muy raro, muy peculiar, muy suyo para sus cosas. «Lo que me pasa a mí no le pasa a nadie»... «Tengo un problema único en el universo mundo»... «No me des consejos, porque ninguna solución me sirve a mí»... «¿A quién quieres que consulte, si nadie me va a entender?»... Reacciones de ese tipo, sensaciones de ese tenor, son las que conforman lo que yo llamaría el síndrome del perro verde a cuadros.
El síndrome del perro verde a cuadros, causado por virus de soberbia y bien regadito por lágrimas de soledad y amor propio, se puede diagnosticar ahora, con el neo-individualismo, en todas partes: en la familia, en la empresa, en las relaciones amorosas y hasta en los momentos de enfermedad y dolor. Nadie quiere ser igual a los demás; nadie quiere que le apliquen remedios que ya hayan sido aplicados antes, con o sin éxito; nadie quiere que la vecina le diga cuántos gramos de sal hay que poner en la sopa para que salga perfecta; nadie quiere que el compañero de trabajo le transmita su experiencia sobre cómo hay que redactar una nota de gastos razonable... El perro verde aborrece la manada, los consejos de la manada, la cariñosa palmada en el hombro de los viejos del lugar y de la manada, la amable regañina de las viejas del lugar y de la manada. El perro verde, además de solitario, es un poco sordo por la parte del egoísmo...
Yo entiendo al perro verde. Yo, muchos días y muchas veces, soy un perro verde. Y, cuando lo soy, me percato de que lo que me impulsa a decir eso de «lo que me pasa a mí, no le pasa a nadie» es, sobre todo, la necesidad de mimo, de afecto, de una caricia en la mano o en el alma. Los perros verdes ladramos lastimeramente en busca de un poco de amor en una sociedad despegada, superficial, áspera, competitiva, erizada de pinchos cual cardo borriquero. Y todo eso me parece razonable. Y hasta justo. Y hasta necesario.
Lo que ya no me parece tan razonable ni tan justo ni tan necesario es que la búsqueda de mimo nos lleve a encerrarnos en nuestra concha como un caracol, a sentirnos incomprendidos y maltratados cual perros verdes... Basta leer libros y periódicos, basta ver la televisión, escuchar la radio o, mucho más sencillamente, andar por la calle mirando y estar en nuestra propia casa escuchando a la familia para percatarse de que eso tan raro que me pasa a mí le pasa a mucha gente, a casi todo el mundo: que estamos tristes, que cobramos poco, que hemos engordado, que nos duele la espalda, que nos hemos enamorado, que hemos comprado una alfombra maravillosa muy barata, que nos han abandonado o que nos hemos encontrado. Lo más divertido de los perros verdes es que los perros verdes somos incontables y bastante igualitos.
Una vez, un cura ya muy viejecillo decía que, tras pasar años y años confesando a la gente, no había escuchado más de diez pecados diferentes. Siempre los mismos. Las virtudes tampoco han cambiado ni cambiarán: siete son y en siete se quedarán hasta el Apocalipsis... Y de esa materia, pecados y virtudes, estamos hechos todos los hombres. Todos.
Arvo Net, 7 de marzo 2004
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