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LOS TIBURONES (Pilar Cambra) |
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LOS TIBURONES |
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Los tiburones humanos, como sus homónimos animales, se mueven sigilosamente, en las aguas profundas y en la oscuridad y atacan por sorpresa y sin misericordia.
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PERSONAS HUMANAS:
Los peleones
Escribe: Pilar Cambra
Redactora jefe del diario Expansión.
Ya quiere decir algo -supongo que bastante- el hecho de que una de las especies (?) humanas (?) de más reciente aparición y más características de estos tiempos que son los nuestros haya sido bautizada como la de los tiburones. Incluso ha nacido un verbo bárbaro, «tiburonear», para describir su actividad y sus hazañas.
Los tiburones humanos, como sus homónimos animales, se mueven sigilosamente, en las aguas profundas y en la oscuridad y atacan por sorpresa y sin misericordia. Los periódicos nuestros de cada día nos hablan de los mordiscos de estos tiburones en las empresas, en la política, en la sociedad. Entre sus hábitos de comportamiento se cuenta, por ejemplo, el comprar barato a los pobres desgraciados que se han arruinado y vender caro a quien quiera comprarles, a otros tiburones; no sin antes haber destrozado a dentelladas la empresa o negocio adquirido para colocar mejor los restos de su voracidad. También en la política hay tiburones que se deleitan aferrando, con los afilados colmillos de la descalificación y el insulto, la pantorrilla del rival. Y no la sueltan hasta que dejan al rival sangrando y cojo. Los tiburones sociales nadan, sinuosos, por todos los mares y ríos: huyen con miedo cobarde ante cualquier mención a la ética, a la moral, a portarse como Dios manda. Si se sienten fuertes, muerden; si están débiles, se esconden en sus cuevas esperando un caldo de cultivo más turbio, más opaco, que es el propicio para ellos.
Los tiburones, muchas veces consagrados como mitos y modelos porque, a pesar de sus horribles dentaduras, se enmascaran tras fortunas fabulosas, jets privados y rubias con piernas de escándalo, son asquerosos.
Pero, ¿quién osaría tirar la primera piedra o el primer arpón contra ellos? Porque, ¿quién de nosotros no ha sido tiburón -o tiburona- alguna vez, un instante?, ¿quién no ha tiburoneado un poquito en los últimos días, en los últimos meses, en los últimos años?
No hay excusas para el asco que nos damos cuando nos ponemos en este plan depredador y vivimos la vida a mordiscos -a mordiscos en la yugular de los demás-. Pero si hubiera una excusa sólo podríamos hallarla en el principio esencial que nos hemos dado a nosotros mismos para regir la sociedad: la competitividad.
Observen ustedes cómo lanzamos al vuelo las campanas de la alegría, el retozo y el aleluya cuando decimos eso de «ésta es una sociedad muy competitiva». Y observen también cómo repicamos a duelo, quebranto y desánimo cuando nos acusan de ser «una sociedad poco competitiva». En esa piscifactoría de la dichosa «competitividad» es en la que nos criamos todos como alevines de tiburones.
Se ha dicho, desde antiguo, que la vida es lucha. Y, desde luego, basta vivir dos días en esta Tierra para comprobarlo en nuestras carnes morenas: lucha es nacer; y comenzar a ir al parvulario; y estudiar; y encontrar un trabajo; y currárselo; y cumplir con Hacienda; y formar una familia como es debido; y permanecer fiel a la novia, al novio, al marido, a la mujer o a los amigos; y tener bien controlada la tarjeta de crédito; y no ponernos morados de bombones; y aguantar a la abuela que está más pesada que el plomo. Y lucha -la lucha suprema- es también morirse.
Pero, ¿es lucha y pelea en buena lid machacarle la cabeza al compañero de trabajo, a base de insidias y murmuración, para ocupar el puesto que, en justicia, le corresponde a él? ¿Es sano inyectarles a los niños tantas y tan prematuras dosis de competitividad que, por ejemplo, están aprendiendo ruso a los tres años cuando apenas saben balbucear un correcto castellano? ¿Entendemos por competitividad, por sociedad y comportamientos competitivos, masacrar a los hijos en el vientre de sus madres cuando existe la presunción de una malformación, de una deficiencia? ¿Nos sentimos orgullosos de ser los más peleones del barrio cuando no reaccionamos ante posibles legalizaciones de la eutanasia, que no es otra cosa que asesinar a los viejos y enfermos que han dejado de ser competitivos?
Sentirnos peleones, con fuerza para la lucha noble, es un timbre de gloria. Pero entre pelear y masacrar media un abismo.
Haciendo un repaso rapidito y superficial de la Historia, lo más competitivo que me viene a la memoria son los gladiadores romanos, predecesores señeros de los actuales tiburones. Tan competitivos eran que su único objetivo, su única misión vital, era matar o morir. O morir matando.
Si ése es el modelo de competitividad al que nos encaminamos, a mí que me borren. Y que me apunten en la lista de los cobardicas.
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