Por PILAR CAMBRA
Redactora jefe del diario Expansión.
El libro Alicia en el país de las maravillas es, con perdón, como el cerdo: de él puede aprovecharse todo... Los adultos van al hueso de este cuento y los niños se quedan en la molla del relato. A los niños, por ejemplo, les encanta la posibilidad de trasladarse, con sólo cerrar los ojos, a un país en el que las marsopas hablan y las cartas de la baraja se convierten en soldados. O, al menos, les encantaba hasta que los extraterrestres de Spielberg y los monstruos de los videojuegos rompieron toda esta barraca y metieron otra marcha, más bien alucinógena, en la imaginación infantil...
Los adultos, más conservadores, seguimos manteniendo una cierta fidelidad al clásico de Lewis Carroll. Hay quien se hipa y medita con la figura del conejo blanco, que se tira todo el cuento entero corriendo, sudando angustia y sin llegar jamás a ninguna meta importante... Lo que se llama un conejo estúpidamente estresado, como algunos hombres y mujeres que yo conozco y que llevan piel de conejo bajo su dermis de animales racionales... Hay quien ha visto en la infame e histérica Reina de Corazones el estereotipo de todos los tiranos que en el mundo han sido y serán: dictadores políticos o sociales cuyo capricho es ley y cuyo humor bilioso hace que se pasen la vida pensando, aunque no lo digan, «¡Que le corten la cabeza a todo el que no sea mi menda!»...
Recuerdo a un ilustrísimo economista español que, hace ya algún tiempo, estuvo sus buenas dos o tres horitas tratando de explicarme los problemas que aquejaban a España y cómo había que solucionarlos. Al final, que es a lo que vamos, recurrió a Alicia en el país de las maravillas y me dijo: «Resumiendo: lo que España tiene que hacer, como escribió Carroll en su cuento, es correr mucho para quedarse en el mismo sitio en el que está». ¡Toma ya p"allá!
Desde que lo leí -y cada vez que lo releo-, mis personajes predilectos del cuento son el Sombrerero Loco y la Liebre de Mayo... Permítanme que les dé un poco la vara y les recuerde la escena: en el curso de sus aventuras, Alicia se topa con dos extravagantes seres, el sombrerero y la liebre, completamente airados, que meriendan en un jardín incontables tazas de té y no menos incontables tartas. Ríen, se pitorrean uno del otro -y de Alicia, naturalmente-, corren, saltan, cantan y, en fin, están felices cual corcho en alta mar. Alicia pregunta por el motivo de tanta juerga. «Es nuestro no-cumpleaños, niña tonta», le responden, más o menos. Alicia que, la verdad, un poco pazguata sí que es- les dice: «Querréis decir que es vuestro cumpleaños ¿no?»... Al sombrerero y a la liebre les da un ataque de ira al ver lo imbécil que es Alicia y le gritan: ¡Es nuestro no-cumpleaños, estúpida!... ¿No comprendes que día de cumpleaños no hay más que uno al año y, en cambio, hay trescientos sesenta y cuatro de no-cumpleaños para celebrar? ¡Lo que hay que festejar son los no-cumpleaños!»...
Ahora, en octubre, suelo acordarme del Sombrero Loco y de la Liebre de Mayo. Porque durante julio, agosto y septiembre todos hemos estado deseándonos unos a otros, muy cortés y educadamente, aquello de «¡Felices vacaciones!» porque éstas son, desde luego, la gran fiesta del año. Pero, llegado octubre, no hay ni un alma caritativa que nos diga «¡Felices no-vacaciones, corazón!»... Y, sin embargo, nos quedan once largos meses por delante sin más verbena que el trabajo-el fin de semana-el trabajo-el fin de semana y todo así y todo en ese plan. Sugiero que empecemos a practicar la costumbre de felicitar las no-vacaciones, de darnos también albricias por lo rutinario, por lo normal, por lo aburrido, por lo incómodo, por lo reiterativo, por el cansancio de todos los días y por el merecido descanso de otros días, más bien pocos.
No me parecería una costumbre lela o hipócrita... No es aquello de decir con la boca a cuantos nos rodean «¡Felices no-vacaciones!» al tiempo que pensamos con recochineo «¡Pero joróbate y baila, que tienes que trabajar como un forzado a galeras, igual que yo!». No, no es eso... Es que, honradamente, en todos los días de no-vacaciones puede haber una pizca de vacación para el cuerpo y para el espíritu: una conversación grata, una calle bien barrida, una música agradable, una caricia inesperada, un kilo de menos -o de más-, un atardecer de luces soberbias, un chaparrón que deja las hojas de los árboles a estrenar, unos zapatos que no duelen y, en fin, el propio trabajo magníficamente hecho, esa tarea tan redondamente acabada como lo permitan nuestras fuerzas, esa sensación de haber cumplido con el deber y de haber ido más allá del deber que hace decirse a sí mismo a un amigo mío: «Un cigarrito p"al pecho, por lo bien que lo hemos hecho...» Y, en seguida, enciende el pitillo con el que se premia.
Queridos Sombrereros Locos, queridas Liebres de Mayo: preparad las tazas y los platos, el té y las tartas y que empiecen a correr las rondas de felices no-cumpleaños y felices no-vacaciones. Por lo bien que lo hemos hecho y lo bien que lo vamos a hacer.
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© 2002 Pilar Cambra
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