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EL INVERTEBRADO (Pilar Cambra)

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EL INVERTEBRADO

Este adorable personaje dice de vez en cuando: “Yo creo en muy pocas cosas; sólo en tres o cuatro; pero en esas… ¡En esas creo a morir!” Y es cierto.

PERSONAS HUMANAS:
El invertebrado


Escribe: Pilar Cambra
Redactora-Jefe de EXPASION


Respetable señor/a invertebrado/a:

Espero que al recibo de ésta se halle usted en su plácido y fláccido estado acostumbrado; o sea, en su cómoda posición vital e ideológica de “ahí me las den todas a mí y que le vayan dando al mundo”…

Hace tiempo, queridos invertebrado de variado sexo, edad y condición, que siento una acuciante tentación de montarles a ustedes – uno a uno, no en tropel o rebaño – una “cita a ciegas” – para ustedes, no para mí – con un amigo mío que disfraza de cinismo su bondad de pan candeal porque le da cierto corte ir de tío guay por la vida. Pero bueno, lo que se dice bueno, lo es hasta las cachas. Este adorable personaje dice de vez en cuando: “Yo creo en muy pocas cosas; sólo en tres o cuatro; pero en esas… ¡En esas creo a morir!” Y es cierto.

Me molaría un ciento organizar un encuentro entre este creyente selectivo y ustedes, los invertebrados, que son como la penosa herencia que nos queda de aquella posmodernidad que nos comió el coco con enrevesadas y tóxicas versiones del “nada es verdad ni es mentira”, del eterno escepticismo que ha hecho tanto daño a la Humanidad como el denostado – y con razón - fanatismo.

Vosotros, invertebrados, sois los del “no sabe, no contesta” de las encuestas; sois los que abomináis de la aceptación del Bien y el rechazo del Mal como de una distinción cavernícola y que no puede llevar más que a enfrentamientos y disputas sanguinarias – “¿blanco o negro?: déjate de extremismos, chica… Mejor el gris, que es la capa que a todos nos tapa”- ; sois los que llamáis “tolerancia” a la dejación de vuestros principios, a la cobardía ante las decisiones duras que ponen a prueba vuestras convicciones; sois el gregario Vicente, que sólo se atreve a ir a donde va mucha, muchísima, toda la gente; sois los que bramáis contra determinados hábitos y costumbres –“¡esos horarios de copas de los niños, que no me dejan dormir tranquila!”; “¡qué horror de programa de televisión el que estoy viendo desde hace un mes, sin fallar un día!”; “pero, ¿cómo se puede publicar este bodrio pornográfico que me acabo meter, con fruición, entre pecho y espalda con el nombre de “novela”?”; “este consumismo acabará con nosotros: te lo digo yo que salí ayer de compras y dejé la tarjeta de crédito tiritando… ¡Qué precios, chica!”- sin querer admitir lo evidente: que esos hábitos y costumbres no nos los impone por decreto un dictador invisible; son “nuestros” hábitos y costumbres y no desaparecerán hasta que nosotros no nos desenganchemos de ellos y le plantemos cara a lo que se presenta como inevitable hasta que deja de serlo.

Y es que, estimados invertebrados, a vosotros os sobra carne – michelín, diría yo para ser más precisa – de comodonería y os falta esqueleto de coraje y fuerza de voluntad… En realidad y aunque parezca lo contrario, no os estoy echando una bronca de aquí te espero, guardia. La verdad es que hago un examen público y descarado de conciencia porque también yo me levanto demasiadas jornadas fláccidas, arrebujada en las excusas para no hacer lo que debo, sintiendo mis convicciones como una molesta piedra en el zapato del alma… O sea, invertebrada; y al que no le haya dado alguna vez el aire de tirar por la borda sus convicciones para echar una cana al aire, precisamente, que arroje la primera piedra…

Lo que a mí me preocupa, queridos invertebrados, no es la flaccidez esporádica, ese nuestro quitarnos la faja moral de vez en cuando – y arrepentirnos de haberlo hecho casi al momento-; lo que me inquieta es vuestra instalación permanente en la tumbona de la dejadez ética. Y, encima, os abanicáis con el pay-pay de la prepotencia y nos consideráis tontos de baba a cuantos, a trancas y barranca, cayendo y levantándonos, errando y corrigiendo, pretendemos mantener una coherencia, un comportamiento acorde con nuestras creencias, una dignidad, una cosa… Además, lo que yo observo, queridos invertebrados, es que tenéis una capacidad reproductora tipo coneja: cada vez sois más y más y más los que vais por la vida de “flexibles” cuando, en realidad, estáis haciendo la puñeta a una sociedades que, cada vez, se encuentran más desorientadas, más desnortadas, más sin rumbo, más perdidas. Por vuestra culpa: por mor de vuestras habilidades de saltimbanquis entre una convicción y otra.

No me quiero poner apocalíptica, pero me temo que, en cualquier momento, os sobrevenga una metamorfosis kafkiana: que os acostéis siendo mujeres y hombres y os levantéis transformados en gusanos, el paradigma del invertebrado. ¡Qué lástima para vosotros y para nosotros!

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25/07/2005 ir arriba
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