| PERSONAS HUMANAS:
El especialista
Escribe: Pilar Cambra
Redactora-Jefe de EXPANSIÓN
Suena a “thriller”, ¿a que sí?: a mucha acción, intriga, dolor de barriga, ensaladas de tiros y tipos audaces y listísimos... Como aquel escuchimizado McGuiver de la famosa serie televisiva que era capaz de fabricarse un destornillador con un paquete de cigarrillos y una llave maestra con un imperdible; o el duro Clint Eastwood, policía o guardaespaldas impenetrable, que donde pone el ojo, pone la bala… El “especialista” tiene un cartel estupendo en nuestros tiempos. Se diría que casi el mejor. Hoy, o eres especialista en algo –en el estudio de fósiles trilobites en los montes de Teruel, por ejemplo-, o ya te puedes dar por perdido, por desocupado, por un Don Nadie… “Usted, ¿a qué se dedica?”: “A especializarme en el mapa genético de la tomatera almeriense”… Y quedas como un señor.
Lo malo empieza cuando el “especialista” baja del pedestal, se despoja de su aura, planta los pies en el suelo y, ¡zas!, aterriza en nuestro mundo: en el suyo, en el mío, en el de ustedes-vosotros.
Porque, en el cine y en las ofertas de empleo –poco curro hay para quien no haya obtenido tropecientos másters en la ciencia y el arte de enhebrar agujas…-, la mona de la especialidad la pintan de miedo. Pero en la vida, ¡ay en la vida!, ¡qué agobio cuanto te das de bruces con el que va por ella –por la vida, digo- de “especialista”!…
El niño en casa, por un poner: “¡Que saques la basura al rellano, Jorge!”. “De eso, nada –responde la criatura que ya tiene madera incipiente de especialista-: a mí lo que me toca es recoger la mesa”. “¿Quieres atender al teléfono, Vanesa?”; pues no, naranjas de la China: Vanesita sólo responde al estímulo especializado de hacer su cama… Y llamas al electricista para que te cambie el tubo de neón de la cocina, porque tú eres una negada para el voltio y te dan calambres en cuanto te aproximas a un interruptor; al fin, como si viniera de las Cruzadas o de dar la vuelta al mundo en velero, llega el “chispas” tras semanas y semanas de espera; mira y remira el neón y te hunde en la miseria con un veredicto inapelable: “Señora: no se lo puedo cambiar; esto no es de mi especialidad”…
La plaga de la “especialidad” se extiende, imparable y arrasadora, por todos los campos y ámbitos: el educativo, el profesional; incluso por el del ocio y las aficiones. Hay lectores que “sólo” catan ciencia-ficción porque cualquier otro género les produce urticaria; viajeros que “sólo” se interesan por trekingg y te miran con asombro cuando confiesas que a ti te gusta dormir en un hotel, ya ves que excentricidad… Hay “especialistas” en márketing que no saben un pimiento de procesos de fabricación y les importan un bledo sus lagunas de conocimiento; hay “especialistas” en fabricación a los que les trae el fresco el márketing y se pasan las técnicas de venta por el forro de las narices… Hay científicos iletrados, que huyen como de la peste de las novelas, y novelistas que no se saben la tabla de multiplicar del cinco, que es la más facilita… Hay, en fin, multitud de gente que, lamentablemente, ve la vida por un canuto estrecho y limitado: el de su “especialidad”; fuera de ella, ya pueden repicar a rebato las campanas del mundo entero: el especialista sigue con sus anteojeras puestas tan a gusto.
¡Benditos, sí, benditos sean los especialistas!: los cirujanos expertos en láser que nos permiten prescindir para siempre de nuestras gafotas de miope; los financieros que hacen florecer nuestros míseros ahorros acertando siempre con el fondo de inversión más rentable; los diseñadores-magos se inventan ropa para disimular el rollito de manteca en el que se ha convertido nuestra cintura… ¡Benditos sean los “especialistas” que, gracias a su devoto y sacrificado estudio, salvan nuestras vidas y nuestras haciendas, nuestra estética, nuestro presente y nuestro futuro!
Vale. Pero así, en general, convendría que la existencia del común de los mortales no se viera afectada en exceso por la calentura de la especialización. Porque una vida plena, robusta, feliz, es omnívora. Como dijera el especialista en nutrición más afamado de España, el doctor Grande Covián, “hay que comer de todo, aunque sea en plato de postre”. Me apunto.
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