Se
cuenta
que, en
cierta
ocasión,
descendía
Einstein
de un
avión y
al pie
de la
escalerilla
una de
las
personas
que le
recibían
le
preguntó:
—Por
favor,
Mr.
Einstein,
explíquenos
en pocas
palabras
su
teoría
de la
relatividad.
—Señora,
replicó
el
genial
científico,
para
explicarle
a usted
mi
teoría
de la
relatividad
necesitaría
disponer
de lo
que
usted
entiende
por
eternidad.
El mismo
grado de
ignorancia
manifiestan
quienes
creen
que
Einstein
estableció
definitivamente
el
relativismo
gnoseológico,
como si
hubiese
demostrado
que toda
verdad
fuese
relativa,
que no
hubiera
ninguna
verdad
absoluta,
con
vigor y
vigencia
universal.
Mucho
más
equivocados
se
encuentran
quienes
piensan
que por
la mente
del
científico
pasara
la idea
de que
había
terminado
con la
distinción
entre el
bien y
el mal,
que
habría
establecido
por fin
la
"verdad"
del
"relativismo
moral"
(una
verdadera
contradicción
en los
términos).
En otras
palabras,
que no
habría
verdad
que
fuera
tal
(verdad)
en todos
los
lados y
todos
los
tiempos;
que todo
dependería
del
observador
de los
fenómenos,
como más
tarde
establecería
la
física
cuántica,
que, por
cierto,
de algún
modo
traumatizó
a
Einstein.
Habría
de
resultar
superfluo
decir al
hombre
moderno,
al
postmoderno
y al
supermoderno
que
física
es
física,
no
ética.
Ciencias
distintas
se
refieren
a
objetos
distintos
y
requieren
métodos
e
instrumentos
diferentes.
Por lo
que toca
al
conocimiento
la
pretensión
relativista
es que
nada
puede
afirmarse
sino es
en el
contexto
de una
cultura
o de
otras
circunstancias
específicas
o
individuales
del
interesado.
La
versión
popular
del
«todo es
relativo»
se
expresa
con la
bien
conocida
copla:
En este
mundo
traidor
nada es
verdad
ni
mentira,
todo es
del
mismo
color
del
cristal
con que
se mira.
Seguramente
un buen
relativista
borraría
lo de
«traidor».
Nos
quedaríamos
sin
rima,
pero
permanecería
el
criterio
esencial:
todo es
del
color
del
cristal...
De
entrada,
cabría
objetar
que no
todo lo
que
conozco
depende
del
color
del
cristal,
porque
siguiendo
con
el
cuento,
hay algo
que
obviamente
conozco
independientemente
del
color;
por
ejemplo,
el
cristal.
El
cristal
no es un
color ni
su
naturaleza
depende
de color
alguno.
Ciertamente
conozco
bastante
bien el
cristal
(aunque
no de
modo
exhaustivo),
y
podría
conocerlo
bastante
en sus
propiedades
esenciales
aunque
padeciera
de
daltonismo.
Lo que
pretende
el
relativismo
no es
que un
objeto
que por
un lado
se ve
cóncavo,
sea y
pueda
verse
por el
otro
lado
convexo.
Esto no
es
relativismo,
es
realismo.
Lo que
quiere
decir
propiamente
el
relativista,
si tiene
algún
sentido,
y
sin
salirnos
del
mismo
ejemplo,
es que
una cosa
puede
ser
cóncava
y
también
convexa
¡por
el mismo
lado!,
en
función
de los
condicionamientos
que
sufran
los
observadores.
Seguramente
pocos
relativistas
considerarían
oportuno
este
ejemplo
y quizá
lo
tomarían
como un
golpe
bajo.
Ahora
bien, si
no lo
admiten,
ya no
son
estrictos
relativistas,
porque
están
reconociendo,
aunque
sea con
la boca
pequeña,
que hay
verdades
objetivas
y que
como
tales
las
podemos
conocer.
En todo
caso, el
relativismo
de que
hablamos,
necesariamente
incoherente
en la
práctica,
se da
con
mucha
frecuencia
en el
discurso
contemporáneo.
Una
consecuencia
de su
tesis es
que 2 +
2 son 4
para una
cultura,
época o
civilización,
pero
podrían
no serlo
en otra
época,
civilización
o
cultura.
EL
CASO DEL
ABORTO
Por
poner un
ejemplo
cercano
y que
mantiene
en casi
todo el
mundo
las
espadas
en alto,
tomemos
la
polémica
sobre el
aborto.
La
biología
enseña
que el
embrión
humano
es
ser
humano.
La
consecuencia
que saca
inmediatamente
una
persona
realista
es la
siguiente:
luego
el
aborto
es un
homicidio
injustificable.
El
relativista
replicará:
¡Ah, no!
A usted
puede
parecerle
un
crimen
el
aborto,
pero
esto se
debe a
sus
condicionamientos
individuales
o
culturales;
pero
para
otros
como yo
el
aborto
es cosa
perfectamente
justificable
y
merezco
su
respeto.
El
corolario
suele
ser:
Luego,
hágase
mi
voluntad.
O sea,
que una
misma
acción y
bajo el
mismo
ángulo
(acabar
con la
vida de
un ser
humano)
para
unos es
un
crimen y
para
otros
una
bendición.
¿Ambos
tienen
razón?
El
relativista
tiene
complicada
la
respuesta.
Si dice
que sí,
incurre
en una
contradicción
demasiado
evidente.
Si dice
que no,
tendrá
que
reconocer
el
derecho
a
defender
la vida
contra
el
aborto.
Pero al
relativista
le
parece
que «la
verdad»
sobre
del
aborto
es
relativa
y,
paradójicamente,
por ello
mismo no
está
dispuesto
a
conceder
que sea
en
verdad
malo. Lo
que
suele
hacer
entonces
es
tachar
de
fanáticos
a
quienes
defienden
el valor
sagrado
de la
vida
humana.
Me exige
que yo
respete
su
postura,
se niega
a
aceptar
la
posibilidad
de que
yo tenga
razón y
en modo
alguno
detendrá
su
propósito
de
aborto.
Uno se
acuerda
de la
ley del
embudo,
para mí
lo
ancho,
para ti
lo agudo.
El
relativista
implícitamente
niega lo
mismo
que
explícitamente
afirma.
Además,
para él,
todo lo
que no
es
relativismo
es
fanatismo
y
antidemocrático.
Conviene
pues
profundizar
en cada
una de
las
posturas,
la del
fanático
y la del
relativista.
Son muy
de
agradecer,
por
cierto,
análisis
como los
que nos
ofrece
el
profesor
Antonio
Millán
Puelles,
en un
libro
titulado
El
interés
por la
verdad.
Nos
inspiramos
ahora en
algunos
aspectos
de su
análisis
del
relativismo
(El
interés
por la
verdad,
Rialp,
Madrid
1998, pp.
143 y ss.)
EL
FANÁTICO
Comencemos,
pues,
por
definir
al
fanático,
tanto
para
cuando
nos
llamen
así como
para
cuando
estemos
a punto
de
llamarlo
a otros.
Como es
sabido,
«fanático»
viene de
«fan»,
de donde
proviene
también
«fanal».
Fanático
es quien
se
siente
«iluminado»
por la
verdad y
a la vez
«profeta»
con
derecho
a
imponer
la
verdad a
todo el
mundo y
a
cualquier
precio,
por
cualquier
medio.
Es claro
que la
característica
del
fanático
no es
precisamente
el amor
a la
verdad
(para lo
cual se
necesita
no ser
fanático)
sino la
carencia
de la
virtud
moral de
la
tolerancia.
En
consecuencia
no se
arredra
ante el
uso de
la
violencia
física o
moral.
Para el
fanático
—explica
Millán—,
ser
tolerante
es hacer
traición
a la
verdad.
Pensando
de esta
manera,
el
fanático
ignora
que la
tolerancia
no
supone
aceptar
por
verdadero
lo
falso.
El
fanático,
con
razón,
considera
que la
falsedad
es un
mal,
pero de
esta
verdad
saca una
falsa
consecuencia:
que
tolerar
equivale
a
aprobar
o
aplaudir.
El
fanático
acierta
al
mantener
incólume
la
distinción
entre la
verdad y
la
falsedad.
Acierta
también
en
reconocer
que la
verdad
tiene un
valor
absoluto
(no es
preciso
ser
fanático
para
reconocerlo)
y que lo
falso en
tanto
que
falso es
objetiva
y
absolutamente
inválido.
Se
equivoca
al
menos en
la
pretensión
de
comunicar
la
verdad
—o lo
que él
tiene
por tal—
mediante
la
violencia
física o
moral.
EL
RELATIVISTA
Por su
parte,
el
relativista,
de
entrada,
tiene la
apariencia
de
una
humildad
sublime:
yo no
soy
capaz de
conocer
verdades
absolutas.
Sostiene
(frente
al
escepticismo
radical)
que el
hombre
puede
conocer
"verdades",
pero a
la vez
afirma
que
ninguna
verdad
posee
valor
absoluto
(definitivo
y
universal,
para
todos).
Una
verdad
sólo
podrá
serlo
dentro
de un
espacio
o lugar
y
tiempo,
o época,
o
cultura,
determinados.
En otras
palabras,
ninguna
verdad
es
válida
universalmente,
sino en
función
de la
peculiar
constitución
(bien
específica,
bien
individual)
del
sujeto
que se
las
representa.
Parece
que no
cabe
mayor
prudencia
en el
aprecio
de la
propia
capacidad
de
conocer,
por lo
que, el
relativista,
da la
impresión
de
hallarse
en
óptimas
condiciones
para
vivir la
virtud
moral de
la
tolerancia.
De
hecho
—dice
Millán—,
la
apología
que
actualmente
se hace
de la
tolerancia
es, en
numerosas
ocasiones,
una
profesión
de fe
relativista.
Hay
renombrados
políticos,
juristas,
y hasta
algún
que otro
moralista
adepto
del
progresismo,
que se
empeñan
en
repetir
que si
no se es
relativista
no cabe
ser
tolerante.
Ahora
bien,
quienes
piensan
de esta
manera
no
resultan
en el
fondo
tan
humildes
como en
la
superficie
lo
parecen.
Se
atribuyen
el
monopolio
de la
virtud
moral de
la
tolerancia,
negándola
en
absoluto
—no de
una
manera
relativa—
a
quienes
discrepan
de
ellos.
No
tienen
la
humildad
de
tolerar
que
puedan
considerarse
tolerantes
quienes
no
aprueban
el
relativismo.
Y en
realidad
tampoco
son
relativistas.
No
pueden
serlo
porque
su
afirmación
de la
tesis
relativista
es
absoluta,
no
relativa
a su vez.
Con
otros
términos,
el
relativista
implícitamente
afirma
lo que
explícitamente
niega:
la
existencia
de
verdades
universalmente
válidas.
Millán
Puelles
concluye
que
hay sólo
dos
relativismos
humanamente
posibles:
uno
es el
relativismo
inconsecuente,
esto
es,
el que
se
expresa
de una
manera
absoluta;
el otro
es
relativismo
irreflexivo,
de
quien
advierte
que se
contradice
al
expresarse
pero no
le
importa.
El
relativista
ha de
reconocer
que,
desde su
punto de
vista,
no
existe
fundamento
objetivo
para
entender
y
sostener
la
virtud
de la
tolerancia
como
preferible
al
fanatismo.
¿Por qué
hemos de
preferir
la
tolerancia
al
fanatismo?
El
relativista
carece
de
respuesta
satisfactoria,
porque
la
respuesta
habría
de ser:
«depende...».
La
tolerancia,
¿cuenta
o no
cuenta
con un
fundamento
razonable,
o sea,
con una
razón
objetiva?
Si la
respuesta
es
rotundamente
sí, se
ha
descalificado
el
relativismo;
si la
respuesta
es no,
entonces
el
relativismo
carece
de
fundamento
racional
para
afirmar
el valor
de la
tolerancia.
Sólo le
queda el
recurso
de decir
algo
así: «es
que
obviamente
es
preferible».
Pero
teniendo
en
cuenta
que el
fanático
no lo ve
nada
claro,
la
postura
relativista
se
muestra
arbitraria,
voluntarista
y
dogmática.
En
resumidas
cuentas,
es en sí
mismo
contradictorio.
Lo cual
explica
que haya
tan
pocos
relativistas
consecuentes.
En
rigor,
es
imposible
ser
consecuente
con el
relativismo,
como no
se puede
ser
consecuente
sobre la
base de
que dos
más dos
sean a
la vez
tres y
medio,
cuatro y
cinco.
EL
CRISTIANO
Por el
contrario,
la
doctrina
cristiana
enseña,
por una
parte,
que lo
falso no
tiene
nunca
derecho
a
presentarse
como
verdadero;
y por
otra,
que «la
verdad
debe
presentarse
amable,
no
agria,
ni
molesta,
ni
impuesta
a la
fuerza o
con
violencia,
pues de
otro
modo se
haría
imposible
la paz
entre
los
individuos
y los
pueblos,
cuando
el Hijo
mismo
encarnado,
Príncipe
de la
paz, por
su cruz
reconcilió
a todos
los
hombres
en
Dios...»
(Concilio
Ecuménico
Vaticano
II,
Gaudium
et spes,
n. 78).
En el
relativismo
moral
la
tolerancia
es una
actitud
carente
de
fundamento
racional.
En
cambio,
para el
cristiano
como
tal,
la
tolerancia
es una
virtud
moral
necesaria
y
opuesta
al vicio
de la
intolerancia.
Si un
cristiano
es
intolerante
—lo que,
como se
sabe,
ha
sucedido
más de
una
vez—,
siempre
se le
podrá
argumentar:
usted
actúa
contrariamente
a su fe;
ahonde
un poco
más en
los
contenidos
de su
credo,
sobre
todo en
lo
afirmado
por su
Maestro:
es
preciso
amar no
sólo a
los
amigos,
sino
también
a los
enemigos.
Es
posible
que el
cristiano,
sin
dejar de
serlo,
al
contrario,
pasando
a ser
mejor
cristiano,
se
convierta
a la
tolerancia.
Razones
hay para
ello.
En
cambio,
el
relativista
carece
de
fundamento
para
convencer
a nadie
de la
necesidad
de la
tolerancia.
No podrá
invocar
con
éxito el
credo
relativista,
precisamente
porque
éste
consiste
en la
negación
de todo
fundamento
absoluto
respecto
a la
verdad y
al bien.
Él mismo
se
encontrará
en
momentos
de
crisis
difíciles
de
superar,
porque
ser
tolerante
siempre,
en una
larga
vida, es
sin duda
bastante
arduo.
¿Quién
está,
pues,
más
inclinado
al
respeto
al
discrepante
y a las
minorías?
¿quién
se
encuentra
más
próximo
al ideal
democrático,
el
relativista
o el
cristiano?
No
acuso,
me lo
planteo,
invito a
la
reflexión.
Cabe
añadir
que «el
verdadero
y buen
cristiano
ha de
entender
que
dondequiera
que se
encuentre
la
verdad,
es cosa
propia
de su
Señor» (San
Agustín,
De
Doctrina
christiana,
cap.
XVIII,
núm.
28). En
consecuencia,
si el
discrepante
manifiesta
estar en
posesión
de una
verdad
hasta
entonces
desconocida
por el
cristiano,
éste
debe
entender
que se
encuentra
con algo
así como
un
mensajero
divino
—aun
pudiendo
ser éste
un
relativista
en
desliz—,
portador
de algo
cuyo
copy
right
eterno
resulta
ser...
del
Espíritu
Santo.
¿Alguna
ideología
puede
ofrecer
un
fundamento
más
sólido
para la
convivencia
en la
comprensión,
la
tolerancia,
la
libertad
y la
democracia?
A lo que
se
opondrá
el
cristiano
–naturalmente,
con los
medios
legítimos
a su
alcance-
es a lo
que se
opone a
estos
valores.
Con ello
no
presta
un
servicio
sólo a
los
creyentes,
si a
todas
las
gentes.
Vale la
pena
leer
despacio
una
palabras
del
entonces
Cardenal
Ratzinger
en la
Introducción
de su
libro
"Una
mirada a
Europa"
(Rialp,
1993)
[los
subrayados
son
nuestros]:
UN
PROBLEMA
MUY
SERIO
«Nos
encontramos
ante un
problema
muy
serio :
la
antítesis
entre
tolerancia
y
verdad,
que es
cada vez
más el
dilema
de
nuestro
tiempo.
Falta
todavía
respecto
a este
problema,
decisivo
para la
supervivencia
de
Europa y
de las