EL
PENSADOR
Autor: Antonio Orozco
Fuente: Arvo.net
Fecha: 22.10.2008
En estos
días, tenemos expuestas en la calle
Santiago, de Valladolid, varias famosas
estatuas de Rodin, entre ellas la magnífica
y conocida como
«El
Pensador, de Rodin».
Recientemente apareció en la prensa una
viñeta que decía: “esto [lo de pensar] les
pasa por no tener una ideología”. Evidente.
Con una ideología no hace falta pensar. Si
la realidad es redonda y la ideología dice
que es cuadrada, ¡es cuadrada! No importa
que las cuentas no cuadren y que todo vaya
manga por hombro. Se vota lo que dicta el
jefe y ya está. El líder, se dice ahora.
¡Lejos de nosotros la funesta manía de
pensar!, como plasmaron en los carteles,
según dicen, los partidarios de Fernando VII.
Si uno piensa, mucho ¿quiénes van a ocupar
los ministerios y entretener a los
periodistas?
«El
rey»,
también llamado el Ceporro,
un simpático y rudo
personaje creado por
Alvaro Pombo - en la divertida y entrañable
novela La aparición del eterno
femenino -, afirma muy serio: «Pensar
se puede fácilmente una cosa y su contraria.
Lo que tiene de peor pensar es eso:
que lo que no sales es de dudas». Hombre, no
siempre es así. Yo he salido de bastantes
dudas, pensando. Leyendo y pensando. Y
hablando con otros de lo que piensan, de lo
que saben y de lo que dudan. Lo malo es
querer dudar en serio de todo. Entonces se
acaba dudando en serio de todo, hasta de sí
mismo, de si uno duda o se imagina que duda.
Hay tres cosas
indudables: la existencia real del mundo, mi
existencia real, y tu real existencia. No
importa el orden con que estos conocimientos
hayan llegado a mi consciencia. Si dudo de
ellas entonces lo mejor es echarse a dormir
o ir al psiquiatra. Pero si no, entonces, de
estas verdades tan sencillas y elementales
brotan cascadas ingentes de verdades, cada
una de las cuales puede convertirse a su vez
en premisa de una fascinante constelación de
certezas. Cuando sabemos que uno y uno son
dos, ya estamos viendo que dos y dos son
cuatro y que dos mil y dos mil son cuatro
mil y que cuatro y cuatro mil son... Decía
Rabindranath Tagore que
«cuando
llega la verdad parece última su palabra;
pero su última palabra da siempre luz a otra
palabra».
R. M. Rilke en su Cuarta elegía
asegura que
«cuando
pensamos una cosa, enteramente, estamos ya
sintiendo el despliegue de la otra».
Tener una
verdad como tal, aunque no se tenga a la
vista todo el despliegue de la verdad, es
tenerla
«toda»
en cierta manera y para siempre. Cuántas
veces nos ha sucedido que tratábamos de
adquirir cierta verdad vislumbrada. Con
«ésa»
nos daríamos por satisfechos. Pero al
tenerla ya, esa verdad nos ha abierto la
ventana a un campo insospechado de verdades
inauditas, que nos reclamaban la atención y
nos invitaban a proseguir las pesquisas sin
descanso. Aunque ahora quizá no sepamos por
donde tirar, son tantas las posibilidades
que su cúmulo puede incluso aturdirnos. Las
maravillas de la verdad y el incontable
número de verdades que están esparcidas por
todas partes puede desorientar al poco
avisado, como el que sale a la luz del día
después haber habitado largo tiempo en la
oscuridad. Pero si vamos acomodando con
paciencia nuestra retina, descubrimos paso a
paso paisajes asombrosos en el ámbito de la
verdad y difícilmente podremos abandonarlo.
Desde el momento en que el
intelecto o entendimiento comienza su
operación específica - inteligir - ya
no puede parar. No cesa de desvelar y
descubrir nuevas verdades. Suceden noches
oscuras del pensamiento, inquietudes y
crisis dolorosas, pero se presiente que al
fin todo habrá valido la pena.
El
profesor y maestro Leonardo Polo nos hacía
notar, a comienzos de los 60, que después de
ver que A es B y B es C, no solamente es
verdad que A es C, sino que incluso el
«luego»
es verdad. El modo de proceder, la génesis
del pensamiento también es verdad. El
«luego»
del silogismo también es verdad. Por eso
decía, parafraseando otra sentencia
filosófica menos feliz, que
«la
verdad verdadea siendo verdad».
Razonar es participar en el despliegue de la
verdad, que no es temporal, porque cuando
nosotros descubrimos la verdad, la verdad ya
era. Para Marx la verdad no era más que el
éxito del saber operativo, de la práxis.
No entendía la verdad más que como resultado
y había de comprobarse en la práxis. Pero
«dos
y dos son cuatro»
no es el resultado de una operación de
Carlos Marx, ni de ninguno de nosotros. Es
una verdad matemática que ha existido
siempre. Es anterior a todo lo temporal. Y
es lógico, porque toda verdad en tanto que
verdad es
«siempre».
Claro es que se nos ocurren muchas cosas que
han empezado a ser en el tiempo, de modo que
no podemos decir que su verdad haya sido
siempre, en el sentido físico:
«Napoleón
fue derrotado en la batalla de Waterloo».
Hasta que no sucedió no hubiera sido verdad
decirlo. Tampoco lo dijo nadie. En cambio,
cuando yo digo
«Napoleón
fue derrotado en la batalla de Waterloo»,
estoy diciendo algo que fue y que será
verdad siempre. La verdad nos sitúa
en el
«siempre»,
nos transporta más allá del tiempo, la
conocemos intemporalmente.
Todo esto no excluye el error, por
supuesto, porque yo puedo hacer un uso
inadecuado del «nous» (intelecto), como
puedo hacer un uso inadecuado de una
taladradora utilizándola para pulir el
suelo. No podré sorprenderme si en lugar de
pulirlo lo machaco. Hay que utilizar el
intelecto, pero no de cualquier manera, sino
de acuerdo con las reglas de su uso, que son
las leyes de la Lógica (una de las partes
importantes de la Filosofía). Cada
instrumento debe utilizarse según la
naturaleza de su ser y de su finalidad. El
intelecto es una herramienta espléndida,
casi increíble, que encierra no pocos
enigmas y misterios, pero nos permite vivir
con una intensidad y una calidad
infinitamente superiores a los demás seres
de nuestro universo.
«El
mono con pantalones»
El
filósofo, a pesar de lo lejana que ve la
inmensidad trascendente de la Verdad, se
sabe mucho más cercano a ella que el
«mono
con pantalones»
de que habla C.S. Lewis.
«Mono
con pantalones»
es según Lewis el que
«es
incapaz de concebir el Atlántico como algo
más que un montón de toneladas de fría agua
salada»
(en La abolición del hombre, I, Ed.
Encuentro, p. 14). Un premio Nobel de
Biología (Severo Ochoa), ya fallecido, solía
decir: «no somos más que pura química».
Extraña alquimia esa que puede afirmar de sí
misma que es pura química. El filósofo tal
como aquí se entiende, no se conforma con
ver el mundo con los ojos ni siquiera con
los ojos ayudados por el microscopio
electrónico. Aspira a verlo con el
intellectus, capaz de intus-legere,
de leer dentro, en la intimidad del ser
y "desvelarlo" progresiva e indefinidamente.
En la mínima gota de agua ya entrevé el
Niágara y el Atlántico. No se limita a ver
los fenómenos de las cosas, lo que
aparece a los sentidos, el dato, el hecho
positivo, observable y verificable por
métodos empíricos. En la más pequeña verdad
descubre el resplandor del Absoluto.
Por
esos derroteros anda la vida del «nous», la
vida del verdadero filósofo, amador de la
sabiduría, buscador del sentido de la vida,
que utiliza el intelecto para lo que está:
para pensar la verdad de las cosas,
del mundo, de sí mismo y de Dios (Verdad
Fontal). No escatimará ningún esfuerzo
intelectual que sea menester para dar razón
de cada una de las verdades que afirma y
sostiene. Y no bastará que diga cosas
coherentes. No bastará que nos muestre
premisas que a su vez exigen otras premisas
para ser probadas. El filósofo habrá de
mostrarnos que
«todo»
su argumento se sostiene sobre una roca real
firme, sobre certezas indubitables. Una cosa
es que se abra un mar de dudas ante nosotros
cuando ponemos proa a la verdad; y, otra
distinta, sostener un montón de certezas
sobre una duda. Pensando, entramos en dudas,
pero también alcanzamos muchas verdades y si
nuestra voluntad no bloquea el pensamiento,
muchos alcanzan la Verdad que a la vez es
Bondad y Vida eterna.
Por cierto,
siempre me ha parecido que el pensador de
Rodin no es el icono de los pensadores.
Al margen de su incuestionable valor
artístico he de decir que el
pensador real raramente
adopta la incómoda
postura del Pensador de
Rodin. Por lo menos a mí, se me disipan
muchas dudas en el autobús, y pienso
mientras conduzco el
coche, leyendo, conversando y, sobre todo,
bajo la ducha:
es éste un
momento, aunque breve, privilegiado para el
chispazo de la síntesis feliz.