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Luis Olivera
Periodista
Arvo Net, 24.12.2006
Tengo la impresión de que la
gente está perdiendo el poder gozar
de la Navidad, porque la ha
identificado sólo con el consumo, no
tener trabajo y el regocijo de comer
y beber mejor de lo habitual.
Perdido de vista el origen auténtico
de la fiesta -algo importante, que
sucede-, se preguntan con asombro si
realmente ocurre algo de verdad.
Que se nos diga que nos alegremos el día de
Navidad -dice Chesterton- “es
razonable e inteligente, si se
entiende el nombre de la fiesta”.
(“Christmas” = “la misa de Cristo”).
Uno no puede ser frívolo así, de
repente, salvo que exista una razón
seria para serlo. No se puede
empezar ni siquiera una francachela
por una herencia que es ficticia. O
celebrar un milagro del que se sabe
que sólo es un engaño.
El resultado de desechar el
aspecto sobrenatural de la Navidad,
y de elegir sólo el lado humano, es
exigir demasiado de la naturaleza
humana. Hoy, nuestra tarea
consistiría, por tanto, en rescatar
la festividad de la frivolidad. Es
la única forma de que vuelva a ser
realmente festiva, incluso para los
que dicen deprimirse por Navidad.
El propio Miguel de Unamuno escribió
en el ya lejano 1908, con firmes
trazos, un “Cántico de Navidad”,
donde dice, sin tapujos:
«¡Fecundo misterio!
¡Dios ha nacido!
(..) ¡No, Dios no nace!
¡Dios se ha hecho niño!».
Es un misterio: sobrepasa
nuestra capacidad, es algo divino;
“uno no puede hablar del misterio,
uno debe ser cautivado por él” (René
Magritte). No en balde reconoce el
poeta vasco que “¡Dios ha nacido!”
tres veces en pocos versos, siempre
entre admiraciones. Más
todavía: “¡Dios se ha hecho niño!”,
carne como la nuestra. Es un hombre
como nosotros. Por eso exclama
-admirado-, después: “¡Gracias, Dios
mío!”.
Y, como él, otros ilustres poetas:
Rubén Darío, Lorca, etc,” Otro
poeta, Luis Rosales, también escribe
del contenido profundo de estos
días, agregando:
“La Virgen, a mirarle no se
atreve,
y el vuelo de su voz arrodillada
canta al Señor, que llora
sobre el heno”.
Ese Niño-Dios, “más hermoso
que el sol bello”, como dice el
villancico tan conocido, que los
niños sí continúan entendiendo.
Porque los más pequeños poseen el
sentido serio -y hasta solemne- de
la gran verdad: que la Navidad es un
momento del año en el que pasan
cosas que no suceden siempre. Y es
que sólo una vez y en cada Navidad
“el Hijo del Hombre, el Verbo/
encarnado/ se hizo Dios en una cuna/
con el canto de la niñez campesina,”
(Unamuno). Al poeta mallorquín J.Mª
Forteza, ya fallecido, se le escapa:
“ cómo me duele ser hombre/y no un
niño de verdad ”.
Todos ellos nos enseñan que
hay que hacerse niños otra vez,
dejar todos los prejuicios en el
perchero, para poder construir un
Belén en nuestro interior: “Al
temblor del sol naciente / seré,
Dios mío, un belén” (J.Mª Forteza).
Porque “¡el reino / tan soñado / de
los cielos es del niño soberano, /
del niño, rey de los sueños, /
corazón de lo creado!” (Unamuno).
Sólo los niños son capaces de captar
el verdadero espíritu de la Navidad
en ese otro Niño que se hace hombre
cada Nochebuena.
Pero es un Niño molesto para
nuestra civilización placentera y
consumista. Porque “todo un Dios se
recrea / sobre la paja encendida”“,
en un canto a la pobreza: “estás
desnudo y solo” (L. Rosales). Pero
hasta el heno, hoy, se ríe. Y es
que, como escribió Luis de Góngora:
“Hoy, a la Aurora del seno / se le
ha caído un Clavel./ ¡Oh, qué
glorioso está el Heno / porque ha
caído sobre él!”. Hay que vaciarse
de cosas inútiles, para ser capaces
de captar lo que sucede tan cerca de
nosotros: “... libre de mentiras
bellas,/ me eché a andar tras las
estrellas” (José Mª Pemán). Los
pastores tuvieron que dejar sus
rebaños para ver al Redentor. Y sus
lechos cálidos. Y andar en la noche,
porque “Tú, con la muerte/ nos das
la vida que nunca acaba, / la vida
de la vida” (Unamuno). “Alguien da
más por menos”.
Sólo cabe agradecer -como D.
Miguel- el misterio de este Niño:
“¡Gracias, Señor! Gracias de haber
nacido en nuestro seno,/ (..) pues
al hacerte niño / nos haces dioses”,
si queremos creer libremente.
Este Niño viene a atarnos -si
queremos- a El sin escapatoria. Pero
-a la vez- trae toda la alegría del
mundo para que los hombres libres
puedan reírse.
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