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ESPERAMOS A DIOS CON ROSTRO HUMANO (Antonio Orozco Delclós)

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Adviento

 ESPERAMOS A UN DIOS CON ROSTRO

 Por Antonio Orozco-Delclós

Arvo.net
Actualización: 26.11.209

 «Estamos ya habituados al término «adviento» -decía Juan Pablo II-. Sabemos qué significa; pero precisamente por el hecho de estar tan familiarizados con él, quizá no llegamos a captar toda la riqueza que encierra dicho concepto. Adviento quiere decir "venida". Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene?, y ¿para quién viene? En seguida encontramos la respuesta a esta pregunta. Hasta los niños saben que es Jesús quien viene para ellos y para todos los hombres. Viene una noche en Belén, nace en una gruta que se utilizaba como establo para el ganado. Esto lo saben los niños, lo saben también los adultos que participan de la alegría de los niños y parece que se hacen niños ellos también la noche de Navidad.» (JPII, 29 de noviembre de 1978)

 Necesitamos volver una y otra vez sobre las verdades más conocidas, para ahondar en ellas y arrancarles luces nuevas: ¿Quién viene? Jesús. ¿Quién es Jesús? Es Cristo, el Mesías, el Salvador, el Señor. ¿Quién es Cristo? «Cristo es la alfa y la omega, el principio y el fin. Gracias a Él, la historia de la humanidad avanza como una peregrinación hacia el cumplimiento del Reino, que él mismo inauguró con su encarnación y su victoria sobre el pecado y la muerte. Por eso, Adviento es sinónimo de esperanza: no es la espera vana de un dios sin rostro, sino la confianza concreta y cierta del regreso de Aquél que ya nos ha visitado, del "Esposo" que con su sangre ha sellado con la humanidad un pacto de eterna alianza. Es una esperanza que estimula la vigilancia, virtud característica de este singular tiempo litúrgico. Vigilancia en la oración, alentada por una expectativa amorosa; vigilancia en el dinamismo de la caridad concreta, consciente de que el Reino de Dios se acerca allí donde los hombres aprenden a vivir como hermanos».

 Esperamos a un Dios con rostro humano

 Esperamos a un Dios con rostro; con un rostro humano que es verdaderamente de Dios. Es el misterio esencial del cristianismo, el misterio de la Encarnación. No somos náufragos a la deriva con esperanzas inciertas de salvación. No somos nosotros los que hemos de construir puentes entre la tierra y el cielo. Hay un puente, un Pontifex, un constructor de puentes que se ha hecho él mismo Puente: Jesucristo, Dios humanado. Dios viene en busca del hombre. El amor a Dios no procede de nosotros, es Dios quien nos ha amado primero y viene a darnos su amor y su vida para salvarnos. Una y otra vez vuelve, año tras año… con nueva ilusión, con rostro de niño.

 Podía haber venido hombre adulto, poder tenía para ello. Pero no, quiso asumir una existencia igual a la nuestra con la única salvedad del pecado. Llega a la tierra despojado de toda gloria divina y de toda posible gloria humana. Aquel minúsculo ser humano casi invisible es sacratísimo, tiene valor divino, es la naturaleza humana de una Persona divina. Así fulmina Dios la soberbia, la vanagloria, la codicia, la envidia, de la estupidez. Es el inicio de una nueva era. Dios ya tiene rostro humano. Hay un rostro humano que manifiesta el rostro de Dios. Hay un embrión que es Dios y se está gestando en el seno de una Virgen.

 Adviento, tiempo mariano

 Tiempo para acompañar a la Virgen grávida durante las últimas semanas de su Buena Esperanza, cuando el peso de Jesús se hace sentir más. Ella va nutriendo en su seno –teje que teje- la naturaleza humana del Hijo Unigénito del Padre. Y siente el peso, peso dulce, del Hijo de Dios humanado.

 Vive a la letra lo que unos siglos más tarde dirá Agustín: «mi amor es mi peso» (Amor meus, pondus meus). Se refería el obispo de Hipona a que así como todas las cosas tienden a su centro de gravedad, su corazón se precipitaba al Amor inmenso de Dios, como atraído por irresistible imán. María llevaba en su seno inmaculado al verdadero Centro de todas las cosas, de todo amor.¡Qué responsabilidad! ¡Qué cuidado! ¡Qué olvido de sí!

 Adviento es tiempo para acompañar a Nuestra Madre y «ayudarla» a llevar el peso de Dios, el peso de Jesús hasta Belén. Es tiempo de confidencias con la Portadora de Dios Hijo, hecho Niño en su seno. Es muy propio, porque lo más parecido a la Virgen de viaje a Belén es el cristiano de viaje por el mundo, sobre todo cuando acaba de recibir a Jesús Sacramentado. El cristiano que vive de la fe está en gracia de Dios y es templo del Espíritu Santo, es asiento de la Trinidad, que habitan en el alma del «justo». Habitualmente –solía decir san Josemaría- en nuestro corazón hay «un cielo». Habita o –como dicen los teólogos intensificando la hondura de la expresión- «inhabita» Dios Uno y Trino.

 --¿Cómo es posible? ¡Si no se nota nada!

 Preciso es reconocer que nuestra sensibilidad es escasa. San Pablo dice que el Espíritu Santo clama en nuestro corazones el grito de nuestra filiación divina: «Abbá!», ¡Padre! (más exactamente: ¡Papá!). Escucha. ¿No oyes? Tal vez te faltan algunos años de silencio interior. Tendrías que empezar ya a entrenarte un rato cada día. Lo mejor es acudir a la Virgen Madre:

 --Mamá, no oigo nada.

 --Ven, hijo mío. Con este tapón en los oídos, ¿cómo vas a oír?

 Su maternidad se extiende a tantas gente. Muchas no conocen a su Madre ni a su Padre, no saben de su filiación divina ni de su filiación mariana y andan por derroteros que separan de su Hijo. Ha de ser un peso grave éste, para Ella.

 Con Ella se aprende a llevar el peso de Dios, lo que Dios ha querido poner sobre nuestros hombros.

 En primer lugar, el peso de la propia existencia, que al avanzar el tiempo va haciéndose más gravoso. La famosa «levedad del ser» sólo puede parecer leve al que vive en la espuma de la vida; no a quien vive la hondura de la existencia, en profundidad. En ocasiones incluso el «ser», la existencia, la vida, puede hacerse muy pesada. Además, siempre es preciso llevar el peso de otros, según la máxima del Apóstol: «llevad los unos las cargas de los otros». En ocasiones, se hace largo el camino. «Sucede que a veces me canso de ser hombre», como escribió el poeta.  Es el momento de decírselo claramente, sin tapujos, a Jesús, que se preocupó de aquellos que le siguieron durante tres días y les multiplicó los panes y los peces «no sea –dijo, antes del comenzar el prodigio- que les falten las fuerzas en el camino».(Mt 15, 32). El Señor está en ese detalle vital. Por otro lado, cuando falta algo, por material que sea, la Madre de Dios siempre será atendida por su Hijo. Dirá: «No tienen vino». Y el vino correrá en abundancia, al menos en la medida que sea menester. En el vino de Caná se engloban todas las necesidades vitales del hombre y María es la sapientísima -¡graciosísima, llena de gracia humana y divina!- presentadora de la indigencia de sus hijos así como la Administradora del Paraíso.

 En ocasiones, nos ayudará a comprender que lo que nos hace falta no es justamente vino, sino la voluntad de no tomarlo y caeremos en la cuenta de que el peso de la existencia –el yugo de Cristo-, es suave y el peso ligero…, cuando permitimos que Él y Ella lo lleven con nosotros.

 El peso del trabajo, de las relaciones familiares, profesionales, sociales, económicas, de la debilidad física o moral, es llevadero y quizá incluso liviano y gozoso, si lo llevamos con el espíritu de quien sabe que todo es para el bien de los que aman a Dios. De este modo vivimos el espíritu de penitencia y purificación –tan propio del tiempo de Adviento-, como debe ser, con alegría honda, esperanzada y agradecida.

 Dios carga sobre nosotros «su peso» para que con Él, por Él y en Él santifiquemos esta existencia de corta duración, santificando todo lo que toquemos: los deberes de estado, los deberes de cristianos coherentes, para arribar con el espíritu enhiesto, purificado, entero, al Belén eterno, punto de referencia cierto e indispensable para recorrer con garbo el camino de la vida en la tierra.

 Tiempo de alegrarse con María

 Adviento es, pues, tiempo para conversar con María. ¿De qué? ¿Acerca de qué solemos conversar las personas? De los puntos que tenemos en común, de las coincidencias. Hemos comenzando por el saludo del Ángel: ¡Alégrate! Una feliz coincidencia. ¿Acaso un cristiano no ha oído nunca de parte de Dios a un ángel –un padre, una madre, un hermano, un amigo, un pastor…- que le haya dicho «¡alégrate!», porque eres cristiano, porque has hallado gracia ante Dios, porque en las aguas del bautismo el Espíritu ha descendido sobre ti, te ha ungido y te ha llenado de gracia, te ha hecho santo, hijo de Dios, consorte de la divina naturaleza, partícipe de la vida divina…?

 ¿Nunca te ha dicho nadie esto? Va siendo hora. La alegría irá in crescendo, a medida que pasen los días y se incremente el peso de la responsabilidad.

 María es mujer singular, belleza única. Pero los hijos de Dios participan de todas las facetas de su gracia. Descúbrelas. Acércate, pregunta, infórmate. «El hombre tiene el derecho, e incluso el deber, de preguntar para saber. Hay asimismo quienes dudan y parecen ajenos a la verdad que encierra la Navidad, aunque participen de su alegría. Precisamente para esto disponemos del tiempo de Adviento, para que podamos penetrar en esta verdad esencial del cristianismo cada año de nuevo» (JPII, ibid.).

 De momento preguntemos directamente a la que ya es Madre de Dios, cómo fue su alegría el día de la Anunciación, al comienzo de «su» Adviento. Enseguida se ve que no tiene palabras para decirlo, ha de emplear sus ojos, su mirada, su sonrisa, sus manos, ahora juntas en actitud orante, enseguida abiertas con los brazos abiertos para abrazar la entera creación y al Creador…; su gesto, su respiración, toda Ella…. Tendría que saltar y bailar para decírnoslo adecuadamente. Pero quizá no hiciera nada de esto. Algún día lo sabremos.

 «Llena de gracia»

 ¿También en esto coincidimos con Nuestra Madre? Pues, sí, en cierta en medida, sí. Nosotros con medida, Ella sin medida. La Virgen es llena de gracia desde el momento de su concepción inmaculada. Nosotros necesitamos del Bautismo enseguida de nacer, para borrar el pecado de origen y restaurar la original imagen de Dios que somos. En ese sacramento, con el agua se derrama el Espíritu Santo, nos limpia, nos purifica, nos llena de su vida y de su amor. Nos convierte en templos suyos y de la Trinidad, somos ya miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Nuestra medida es desde luego menor que la de la Madre de Dios, Llena de gracia desde el momento de su Concepción Inmaculada. Nos aventaja pues en modo prácticamente infinito. Pero la gracia que los bautizados hemos recibido en el sacramento del bautismo es una medida también «llena». En cada momento de nuestra vida recibimos toda la gracia que somos capaces de recibir. Esa capacidad nos la da Dios, pero también depende de nosotros. Depende de nuestra humildad. Es humilde la persona que «anda en verdad». La verdad es que «Dios es Dios» y «el hombre es criatura». Somos receptores. Dios es pura generosidad. Nos da lo que queremos: «Pedid y se os dará». La palabra de Dios no puede fallar. Dios es la verdad y la fidelidad.

 Si no tenemos más gracia, más participación en la vida divina, más intimidad con Dios, es por falta de deseos. Toda la vida cristiana, dice Agustín, «consiste en un santo deseo» (sanctum desiderium est). El deseo ha de ser santo, fuerte, vehemente, audaz, persistente, tenaz; la petición, confiada, llena de fe, hasta conseguir lo que pedimos. Cuanto más pedimos, más deseamos, más aumenta la capacidad de recibir. Quizá pedimos poco, porque deseamos poco y así recibimos poco. «Al que tiene se le dará y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado». ¿No es una injusticia? Al que tiene poco se le quita aún lo poco que tiene. Dios no es injusto. Nos está diciendo que nadie tiene derecho a decir que tiene poco, o a quedarse con poco. Todos estamos en condiciones de recibir mucho y hemos de querer recibir mucho; no un día ni dos, sino todos los días, hasta que recibamos el ciento por uno y la vida eterna. Palabra de Dios que así la recibiremos.

 Si acaso hemos perdido por el pecado la gracia santificante, que nos abre y une a la intimidad divina, es menester ir corriendo a la confesión sacramental. De lo contrario no coincidiríamos con la Llena de Gracia. Pero aún así, Ella estaría muy cerca, esperando ansiosa el momento de poder asirnos de la mano y conducirnos al sacramento de la penitencia. Entonces: «Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…». Recobramos la gracia bautismal, la filiación divina «viva», la vida «en Dios». Coincidimos con María, no sin su asistencia. Ella misma nos ha llevado de la mano y ahora nos mantiene bajo su manto. Volvemos a estar «llenos de gracia», en la medida de nuestra capacidad de recibir.

 Ahora es cosa de comprender que la «gracia santificante» es vida. Y la vida no puede estarse quieta, no puede parar ni sosegar hasta hallar su plenitud posible. Si está llena nuestra capacidad de recibir, esa capacidad nuestra no es la mayor posible. Se precisa ensanchar el corazón, amar más, pedir más, ambicionar más, porque necesitamos más, porque el Amor de Dios es infinito, nos ama infinitamente y quiere darnos infinitamente más. Nos ha creado con una naturaleza finita pero abierta por el entendimiento y la voluntad al Infinito Absoluto. No hay otro descanso para el ser racional que la posesión del don infinito que Dios nos tiene preparado, para el que nos ha creado y al que nos llama. ¿Y si el peso de Dios me fatiga hasta el extremo? Me acogeré a la Virgen grávida y a San José. Y una suerte de ingravidez – la ingravidez del enamorado- elevará mi espíritu y tirara del cuerpo hasta llegar al Belén eterno. Mi amor es mi peso, mi peso es el Amor. El Amor no pesa, tiene alas para volar hasta lo más alto.

 Cada día, a cada hora, a cada rato, en todo momento, la gracia –el Amor de Dios- nos busca, nos requiere, nos hace señas para que advirtamos su cercanía, su voluntad de donación. Destinada a crecer, a semejanza de Jesús –y por tanto, de María- que creció en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres. Se columbra una Luz a lo lejos. Se adivina cercano el cielo de Belén, los pastores, los Ángeles, la estrella, los Magos... Y el rostro humano de Dios. Allá haremos un alto en el camino, pausado y sabroso, para adorar mucho y besar al Niño. Luego, le seguiremos - con María y José -, con semblante alegre, a dondequiera que vaya.♦

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Enviado por Arvo Net - 26/11/2009 ir arriba

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