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CONCEBIR A CRISTO (Antonio Orozco Delclós)

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CONCEBIR A CRISTO


CONCEBIR A CRISTO

«María es mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente». Palabras que llevan dentro un carga inmensa de fe, de razón, de vida y de siglos, que bien podría causar un encendimiento de amor en un corazón abierto.

por Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net, Diciembre 2003
Actualización: XII.2005

 

 

El 7 de diciembre de 2004, víspera de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, antes de rezar el Angelus, desde la ventana de su estudio que da a la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II habló del significado del Adviento y pidió a María Inmaculada, que «nos ayude a preparar bien ‘el camino del Señor’, dentro de nosotros y en el mundo». El horizonte del Papa, como el de cualquier fiel cristiano no puede ser otro que éste: «el mundo».

 

«La entera liturgia de Adviento –añadía el Pontífice- hace eco al Precursor (San Juan Bautista), invitándonos a salir al encuentro de Cristo que viene a salvarnos. Nos preparamos a recordar el nacimiento que tuvo lugar en Belén, hace unos dos mil años; renovamos nuestra fe en su regreso glorioso al final de los tiempos. Nos disponemos al mismo tiempo a reconocerlo presente entre nosotros: El nos visita efectivamente también en las personas y en los acontecimientos cotidianos». La vida ordinaria es el lugar habitual de encuentro con Cristo. «Nuestro modelo y guía –agregó el Papa- en este itinerario característico del Adviento es María, mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente. En Ella, preservada inmaculada de todo pecado y llena de gracia, Dios ha encontrado la ‘tierra buena’ en la que ha depositado la semilla de la nueva humanidad».

 

Parecen, éstas, palabras «inocentes» - «María es mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente»- y, sin embargo, llevan dentro un carga inmensa de fe, de razón, de vida y de siglos, que bien podría causar un encendimiento de amor en un corazón abierto.

 

No siempre concedemos su valor a lo que tenemos, a lo que hay en nuestra mente  -«sólo» en nuestra mente-, como si no tuviera consistencia alguna, como si los pensamientos, intuiciones y conceptos tuviesen una existencia ideal no sólo en el sentido incorpóreo o inmaterial, sino también en el sentido de inconsistente, inoperante o transitorio y caduco, de cosa que va y viene, que pasa y se va sin dejar apenas un recuerdo cada día más diluido en el archivo oscuro de la memoria. Quizá el temor de creer –como ciertamente ha sucedido y sucede en la historia del pensamiento- que nuestra mente “crea” la realidad, como si las cosas existieran sólo en la medida en que las conozco y en tanto en cuanto son pensadas, nada más. No, mi pensamiento no crea el mundo, ni a sus pobladores, ni a Dios. Pero conoce, descubre, y vive y crece conociendo y descubriendo. Y conociendo, ama. Y conociendo y amando la persona crece, se enriquece, va siendo «más».

 

Nuestro crecimiento como personas gravita y en cierto modo determina nuestra vida cotidiana, nuestra vigilia y nuestro sueño, nuestro trabajo y nuestro descanso. Nuestros heroísmos y nuestras vilezas, dependen de lo que conocemos. Ojos que no ven corazón que no siente. No siempre hacemos lo que sabemos bueno y evitamos lo que sabemos malo. A veces, como acontecía al apóstol Pablo «no hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero». Pero si tengo la mente poblada de ideas buenas, de conceptos adecuados a la verdad, la bondad y la belleza, podré elegir y hacer la verdad, lo bueno y lo bello. De lo contrario, no. Si tengo juicios  equivocados o confusos, si no sé distinguir el bien del mal, mi conducta, mi vida, podrá irá de mal en peor.

 

El saber no da por sí solo la virtud (la fortaleza de espíritu, el dominio de sí, la libertad de escoger lo que realmente quiero), pero la facilita. De ahí la importancia de «poblar» bien, de «amueblar» bien, de «formar» bien nuestra cabeza, es decir nuestra «mente» (mens sive animus). Sólo así podré enfilar el camino de la verdad, del bien y de la belleza, en una palabra, de la sabiduría.

 

De lo que haya en mi mente, depende lo hay en mi corazón, en mis manos, a mi alrededor, en «mi vida». Hay un camino que es verdad y vida, uno solo, muy ancho, polifacético y multiforme, pero uno sólo: Cristo. Él es a la vez Camino, Verdad y Vida: Dios y hombre verdadero. Y, antes de hacerse hombre, envió un ángel a la Virgen María para anunciarle que había sido escogida para ser Madre virginal de Dios Hijo, que en Ella se haría «carne». Es decir, algo «increíble». Pero la Virgen creyó. Acogió en su mente la palabra de Dios que a la vez era el anuncio de que el «Logos» («Palabra» y «Razón», Persona Segunda de la Trinidad) iba a encarnarse en su seno. Por la fe colosal de su capacidad inmensa de recibir con toda humildad, concibe en su mente al «Logos» divino, entiende y concibe mentalmente el misterio de la Encarnación del Verbo. Y por haberlo concebido así en su mente es mucho más bienaventurada que por haberlo engendrado físicamente.

 

¿No es grandioso esto? ¿No es para detenerse a pensar? Decía que éste no es un pensamiento inventado por Juan Pablo II, contiene una carga de siglos. Tenemos testimonios de que ya en el siglo III se tenía esta idea. Concretamente, Orígenes (185– 254), considerado Padre de la Iglesia, afirma que «El Señor abre en el seno maternal del alma [cristiana], para que sea engendrado el Logos de Dios, y así el alma se haga Madre de Cristo" (Selecta in Genesim, PG 12, 124 C). «¿O no sabes - pregunta Orígenes, como cosa que hubiera de tenerse por sabida - que de la semilla de la palabra de Dios que se siembra nace Cristo en los corazones de los oyentes?" (Homilía sobre el Levítico, 12,1 7). Es una doctrina que de Orígenes pasó por muchos caminos y variantes - San Máximo Confesor, San Agustín, Juan Escoto Eurígena - hasta la mística alemana (cfr.  Schmaus, Teología dogmática,  t. V, p. 74)".

 

San Gregorio Nacianceno (330-390) asegura que «cada alma lleva en sí como en un seno materno a Cristo. Si ella no se transforma por una santa vida, no puede llamarse Madre de Cristo. Pero cada vez que tú recibes en ti la palabra de Cristo, y le das forma en tu interior, modelándola en ti como en un seno materno por la meditación, tú puedes llamarte Madre de Cristo" (Sobre el ciego y Zaqueo, 4: PG 59, 605). Otro de los grandes Padres, San Gregorio de Niza, enseñará en resumidas cuentas que «el alma virgen concibe al Verbo y lo entrega al mundo».

 

En una de una las lecciones de la Liturgia de las Horas, se afirma que «también se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda (análogamente, como María y la Iglesia).  Todo lo cual, la misma Sabiduría de Dios, que es Palabra del Padre, lo dice universalmente de la Iglesia, de modo especial de la Virgen María, e individualmente de cada fiel. Por eso dice: Habitaré en la heredad del Señor. La heredad del Señor en su significado universal es la Iglesia, en su significado especial es la virgen María y en su significa individual es también cada alma fiel. Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos» (Beato Isaac, Sermón 51: PL 194, 1862-1863. 1865). Y en otro lugar recoge un texto de San Ambrosio, en el que, al referirse a las palabras de Isabel a María, «dichosa tú que has creído», dice: «Pero también vosotros sois dichosos porque habéis oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios y proclama sus obras. Que resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que este espírítu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando integra la castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios. / El que alcanza, pues, esta perfección proclama, como María, la grandeza del Señor y siente que su espíritu, también como el de María, se alegra en Dios, su salvador; así se afirma también en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor" (San Ambrosio, Comentario sobre el Evangelio de San Lucas, libro 2, 19, 22-23. 26-27: CCL 14, 39-42; LIT HOR, 21 lect. del 21 de dic.; el texto subrayado lo cita San Josemaría Escrivá en Amigos de Dios, n. 281)

 

Así, pues, la mente del cristiano es capaz, con la gracia de Dios, por obra del Espíritu Santo, de formar, concebir -«engendrar»- espiritualmente a Cristo en su seno. Es un prodigio que obra el Espíritu en el alma en gracia, enamorada de Dios, que lo asemeja a la Virgen María.

 

Por eso es tan importante «formar» a Cristo –Verdad, Bondad, Vida, Belleza…- en nuestra mente, para que nuestra vida se conforme con la suya. Tener una idea clara, un concepto claro de Cristo, tener en la mente una imagen cada vez más adecuada de Cristo es vital para el cristiano y para el mundo.

 

                Santo Tomás de Aquino se fija en otra dimensión del misterio que consideramos. Dice que Cristo «tenía una generación eterna y otra temporal, y antepone la eterna a la temporal…  Aquellos que hacen la voluntad de mi Padre le alcanzan según la generación celestial (... ). Todo fiel que hace la voluntad del Padre, esto es, que sencillamente le obedece, es hermano de Cristo, porque es semejante a Aquel que cumplió la voluntad del Padre. Pero quien no sólo obedece, sino que convierte a otros, engendra a Cristo en ellos, y de esta manera llega a ser como la Madre de Cristo" (Tomas de A., Comentario sobre S. Mateo, 12, 49-50). La fe, unida a la pureza, a la piedad, a la caridad, nos hace hermanos, padres y madres de Cristo.  Tiene más miga de lo que parece lo que decía Jesús muy cerca de su Madre: «quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 50).

 

Realmente, - Dios es es magnífico, ¡es sorprendente!.  Nos lleva de asombro en asombro.  El mundo sobrenatural de la gracia desconcierta a nuestros pobres esquemas humanos.  Y así, en la Sagrada Escritura, se llama a Cristo "Padre" (San Pablo), se le llama "Hermano"- Primogénito entre muchos hermanos - y se le llama también Hijo: Puer natus est nobis, nos ha nacido un hijo... !, como cantaremos en Navidad.

 

Es preciso no caer en la tentación de pensar que es excesivo todo esto. Es excesivo según las medidas humanas, pero Dios es mucho más grande y generoso de lo que podemos soñar. Sólo nos pide para obrar grandes prodigios una fe viva, coherente y consecuente, una fe con obras.

 

Por lo demás, de manera semejante a como la Virgen y San José, no necesitaron otro Hijo, porque en Cristo hallaban tanto la plenitud del cariño filial, como la plenitud de su propia paternidad o maternidad, así tampoco, ningún hombre, ninguna mujer cristiana, necesitan en rigor más hijos que el Hijo de Dios que se hace también Hijo suyo. De ahí que la virginidad y el celibato apostólicos son valores completos que no requieren para plenificar la persona, de la paternidad o la maternidad de la sangre.

 

Dios nunca deja de sorprendernos, y a quienes sacrifican las tendencias naturales de la sangre, da una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y las arenas de las playas. El celibato apostólico capacita para engendrar la vida de Cristo en muchísimas almas. Por eso San José podía llamarse perfectamente y de modo eminente «padre de Jesús», y a Jesús. «hijo de José», «hijo del artesano, del carpintero…». Por lo mismo, dice San Agustín: «A José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe o mas que a otro alguno».  Y añade: «¿cómo era padre?  Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad (... ) El Señor no nació del germen de José.  Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era el Hijo de Dios» (Sermo 51, 20: PL 38, 351).

 

Como advierte Fray Luis de León, «Tiene nombre de Hijo Cristo, porque el Hijo nace y porque le es a Cristo tan propio y, como si dijésemos, tan de su gusto el nacer que sólo El nace por cinco diferentes maneras, todas maravillosas y singulares. Nace, según la divinidad eternamente del Padre. Nació de la Madre virgen, según la naturaleza humana, temporalmente. El resucitar, después de muerto, a nueva y gloriosa vida para más no morir, fue otro nacer. Nace en cierta manera en la hostia, cuantas veces en el altar los sacerdotes consagran aquel pan en su cuerpo. Y, últimamente, nace y crece en nosotros mismos... » (En Los nombres de Cristo)

 

Cuando María entra en casa de Isabel, ésta, inspirada por el Espíritu Santo, exclama: «Dichosa tú que has creído. ¡Bendito el fruto de tu vientre!». En el Ave María, añadimos, con un acto de fe: «¡Jesús!». A cada cristiano que viva a fondo su fe en Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, nacido de María Virgen, habremos de decir: «¡Dichoso tú que has creído! ¡Bendito el fruto de tu mente: Jesús!

 

© Antonio Orozco. ESCRITOS ARVO.

 

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