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VIVIR LA SEMANA SANTA (Mons. Bruno Forte)

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La Cruz de Jesús
y el valor salvífico del dolor



Si los hombres supieran que Dios 'sufre' con nosotros y mucho más que nosotros de todo el mal que asola la tierra, sin duda muchas cosas cambiarían, y muchas almas serían liberadas (J. Maritain)

MEDITACIÓN TEOLÓGICA PARA PREPARAR Y VIVIR LA SEMANA SANTA.

Por
Bruno Forte
(*)
Arzobispo de Chieti, 17.3.2005

En la muerte y resurrección del Hijo, se revela el doble “éxodo” como única posibilidad de dar valor salvífico al dolor humano: la salida de Dios de sí mismo hasta el abajamiento supremo de la Cruz y Su retorno. El “éxodo de Dios” del Hijo venido en la carne culmina en el acontecimiento de Su muerte, como lugar del extremo advenimiento del Eterno en la forma de la limitación humana: pero el sufrimiento y la muerte en Cruz son iluminados en su profundidad abisal por el “éxodo hacia Dios” de la resurrección del Hijo encarnado, en que la muerte ha sido engullida por la victoria (cf. 1Cor 15,54). Entre estos dos éxodos, que rompen el cerco de la existencia de otra manera cerrada en el silencio mortal de la nada, la pasión y la muerte del Hijo del hombre se presentan como el acontecimiento del supremo abandono y de la comunión más grande del Dios venido en la carne, verdadera buena nueva que cambia el mundo y la vida. El supremo abandono del Dios crucificado revela de la manera más cruda la experiencia de la infinita caducidad del existir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 14,34). El grito de la hora nona da testimonio de la fragilidad de los habitantes del tiempo, con quienes el Hijo se ha hecho solidario: llamados de la nada a la vida los seres parecen fajados de la nada, envueltos del silencioso misterio del inicio. Ninguna mística del dolor y la muerte podrá superar la parte oscura de todo ello, el aspecto misterioso y dramático del sufrimiento sin aparente retorno. Se sufre y se muere en soledad: la soledad es y queda como el precio siempre presente de la hora suprema: “Mi alma está triste hasta la muerte, permaneced aquí y velad conmigo... ¿No habéis sido capaces de velar una hora conmigo?... Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 26,38.40; 27,46). Se muere en el grito que evoca aquel desgarro inicial, como signo de un extremo desgarro, que es anuncio del nacimiento no en menor grado que de la muerte. En Su abandono el Hijo se ha hecho cercano a la tragedia más profunda, ineludible: desde entonces, ningún hombre que sufre estará nunca más tan solo como lo estuvo Él.

Sin embargo, el Crucificado manifiesta también el rostro amoroso del Otro escondido: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Al abandono el Hijo une la comunión con Aquel que le abandona: el Abandonado a la vez se abandona, aceptando en obediencia de amor la voluntad del Padre. A la entrega de Aquel, que no perdona al propio Hijo (cf. Rm 8,32), responde la entrega que el mismo Hijo hace de sí (cf. Gal 2,20): por amor, la Trinidad hace suyo el exilio del mundo, puesto bajo el pecado, para que este exilio se introduzca en Pascua en la patria de la comunión trinitaria. Es así como un misterio de sufrimiento se deja entrever en el abismo de la divinidad: como afirma la Encíclica Dominum et vivificantem de Juan Pablo II, “el Libro sagrado... parece dejar entrever un dolor, inconcebible e inexpresable en la ‘profundidad de Dios’ y, en algún sentido, en el corazón mismo de la inefable Trinidad... En la ‘profundidad de Dios’ hay un amor de Padre que, ante el pecado del hombre, según el lenguaje bíblico, reacciona hasta el punto de decir: ‘Estoy arrepentido de haber hecho al hombre’... Se tiene así un misterio de amor que es una paradoja: en Cristo sufre un Dios rechazado de la misma criatura... pero, al mismo tiempo, desde lo profundo de este sufrimiento el Espíritu trae una nueva medida del don hecho al hombre y a la creación desde el inicio. En lo profundo del misterio de la Cruz actúa el amor” (nn. 39 y 41).

El sufrimiento divino no es signo de debilidad o limitación como lo es el sufrimiento pasivo, que se sufre porque no hay más remedio: refiriéndose a este tipo de sufrimiento, signo de imperfección y de limitación, el Catecismo de San Pío X afirma que como Dios Jesús no podía sufrir. Pero en la profundidad divina, hay un sufrimiento de tipo diverso, activo, libremente elegido por amor. La Cruz, en cuanto historia trinitaria de Dios, no proclama la blasfemia de una atea muerte de Dios, que deja espacio a la vida del hombre prisionero de su autosuficiencia, sino que la buena nueva de la muerte de Dios, para que el hombre viva de la vida del Dios inmortal en la participación de la comunión trinitaria, resulta posible gracias a aquella muerte. Esta muerte en Dios no es de ninguna manera la muerte de Dios que el “loco” de Nietzsche va gritando en las plazas del mundo: ¡no existe ni existirá un tiempo en el que sea posible cantar en verdad el “Requiem aeternam Deo”! El amor trinitario que liga el Abandonante al Abandonado, y en éste al mundo, vencerá la muerte, a pesar de su aparente triunfo. El fruto del árbol amargo de la Cruz es la gozosa noticia de Pascua: el Consolador del Crucificado, entregado por Jesús en el momento de morir al Padre, es por éste derramado sobre el Hijo en la resurrección, para que a su vez el Hijo lo derrame sobre toda carne y sea el Consolador de todos los crucificados de la historia, revelando junto a ellos la presencia corroborante y transformadora del Dios cristiano.

En este sentido, el sufrimiento divino revelado en la Cruz es de verdad la buena noticia: “Si los hombres supieran... –escribe Jacques Maritain- que Dios ‘sufre’ con nosotros y mucho más que nosotros de todo el mal que asola la tierra, sin duda muchas cosas cambiarían, y muchas almas serian liberadas”. La “palabra de la Cruz” (1Cor 1,18) llama así de una manera sorprendente al seguimiento: es en la debilidad, en el dolor y en la reprobación del mundo, que encontraremos a Dios. No los esplendores de la grandeza terrena, sino precisamente su contrario, la pequeñez y la ignominia, son el lugar privilegiado de Su presencia entre nosotros, el desierto florido donde Él habla a nuestro corazón. En la vida de cada criatura humana puede ser reconocida la Cruz del Dios vivo: en el sufrimiento se hace posible abrirse al Dios presente, que se ofrece con nosotros y por nosotros, y transformar el dolor en amor, el sufrir en ofrenda. La Iglesia y cada uno de los discípulos son llevados entonces a configurarse como el pueblo de la “sequela crucis”, la comunidad y el individuo “bajo la Cruz”: nada es tan lejano a la imagen del Crucificado como una comunidad tranquila y segura, que fundamente su confianza en los medios mundanos: “La cristiandad establecida donde todos son cristianos, pero en la secreta interioridad, se parece a la Iglesia militante tanto como el silencio de la muerte a la elocuencia de la pasión” (Kierkegaard).

La Iglesia bajo la Cruz es el pueblo de aquellos que, con Cristo y en el Espíritu, se esfuerzan en salir de sí mismos y entrar en la vía dolorosa del amor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que quiera perder su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará” (Mc 8,34-35 y par.). “Quien no toma su cruz y no me sigue, no es digno de mi” (Mt 10,38 y Lc 14,27). El discípulo “deberá completar en su carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). La compasión hacia el Crucificado se debe traducir por tanto en la solidaridad hacia los miembros de su cuerpo crucificados en la historia: los discípulos de Jesús dan testimonio de su identidad “perdiéndola”, poniéndola al servicio de los demás para reencontrarla en el único nivel digno de los seguidores del Crucificado: el amor. La Cruz revela así la posibilidad de vivir el horizonte más alto como profundísima cercanía: en el dolor de la separación más grande se consuma el fuego del amor, fuerte como la muerte (Cf. Ct 8,6). Es así como el dolor es transformado en amor y llega a ser salvífico, como recuerda Juan Pablo II en la Carta Apostólica Salvifici doloris sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano (11 Febrero 1984): “El sufrimiento humano ha alcanzado su culminación en la pasión de Cristo... entrando en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido ligado al amor” (n. 18). En el dolor ofrecido por amor en unión a Jesús Crucificado, cada uno puede completar en su carne lo que falta a la pasión del Hijo a favor del Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24).

Es así, en fin, que se coge la respuesta a la pregunta inevitable: ¿quién podrá vivir como Él, Jesús, la unidad del desgarramiento y del abandono en la hora de la muerte?, ¿quién podrá como Él abandonado, abandonarse en las manos del Padre por amor a los demás? Según la fe del Nuevo Testamento la lejanía y la proximidad en el dolor pueden coincidir gracias a la fuerza del Consolador: “Jesús dice: ‘Todo está cumplido’. Y, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu” (Jn 19,30). Mientras sostiene al Abandonado en su destino mortal, el Espíritu lo tiene unido a Dios, haciéndole capaz del ofrecimiento supremo: es lo que expresa la iconografía de la “Trinidad en la Cruz”, donde el acontecimiento de la muerte de Crucificado es culto como revelación de la Trinidad. El Padre sostiene entre Sus brazos el leño de la Cruz, del que cuelga el Hijo engullido de la muerte, mientras la paloma del Espíritu misteriosamente separa y une el Abandonado y Aquel que lo abandona (piénsese en la Trinidad de Masaccio en Santa Maria Novella en Florencia). Así “la muerte ha sido engullida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?... Demos gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1Cor 15,54s.57). El ofrecimiento divino del dolor hace posible el supremo ofrecimiento de la fe que sufre y la abre a la victoria sobre el dolor y la muerte en cuanto éxodo de la elocuencia silenciosa del amor que muere a la Belleza que transfigurando acoge: el dolor ofrecido con Cristo al Padre llega a ser camino y umbral de la vida, fuente de luz que no se pone, dolor salvífico por la fuerza del amor que lo transforma a partir de la caridad infinita del Dios crucificado...

Bruno Forte, Arzobispo de Chieti, 17.3.2005


Original italiano

Diocesi di CHIETI - VASTO - S.E. Rev.ma Mons. Bruno Forte

La Croce di Gesù e il valore salvifico del dolore.
Meditazione teologica per preparare e vivere la Settimana santa

È nella morte e resurrezione del Figlio che si rivela il duplice “esodo” che solo può dare valore salvifico al dolore umano: l´uscita di Dio da sé fino all´abbassamento supremo della Croce e il Suo ritorno. L´“esodo da Dio” del Figlio venuto nella carne culmina nell´evento della Sua morte, luogo dell´estremo avvento dell´Eterno nella forma della finitezza umana: la sofferenza e la morte della Croce sono però illuminate nella loro profondità abissale dall´ “esodo verso Dio” della resurrezione del Figlio fatto carne, dove la morte è stata ingoiata per la vittoria (cf. 1 Cor 15,54). Fra questi due esodi, che spezzano il cerchio dell´esistenza altrimenti chiusa nel silenzio mortale del nulla, la passione e morte del Figlio dell´uomo si presentano come l´evento del supremo abbandono e della comunione più grande del Dio venuto nella carne, la vera buona novella che cambia il mondo e la vita. Il supremo abbandono del Dio crocifisso rivela nella maniera più cruda l´esperienza di infinita caducità dell´esistere: “Dio mio, Dio mio, perché mi hai abbandonato?” (Mc 14,34). Il grido dell´ora nona testimonia la condizione di fragilità degli abitatori del tempo, con cui il Figlio si è fatto solidale: chiamati alla vita dal nulla gli esseri sembrano fasciati dal nulla, avvolti dal silenzioso mistero dell´inizio. Nessuna mistica del dolore e della morte potrà cancellare il tratto oscuro di essi, l´aspetto misterioso e drammatico della sofferenza senza apparente ritorno. Si soffre e si muore soli: la solitudine è e resta il prezzo immancabile dell´ora suprema: “La mia anima è triste fino alla morte; restate qui e vegliate con me... Non siete stati capaci di vegliare un´ora sola con me?... Dio mio, Dio mio, perché mi hai abbandonato?” (Mt 26,38. 40; 27,46). Si muore nel grido che evoca quello della lacerazione iniziale, segno di una estrema lacerazione, annuncio di nascita non meno dell´altro. Nel Suo abbandono il Figlio si è fatto vicino alla tragedia più profonda, inobliabile: da allora, nessun uomo che soffre sarà mai più solo come lo è stato Lui.
S.E. Rev.ma Mons. Bruno Forte
17/03/2005

Documenti allegati: La Croce.doc;

La Croce di Gesù e il valore salvifico del dolore
Meditazione teologica per preparare e vivere la Settimana santa

È nella morte e resurrezione del Figlio che si rivela il duplice “esodo” che solo può dare valore salvifico al dolore umano: l"uscita di Dio da sé fino all"abbassamento supremo della Croce e il Suo ritorno. L"“esodo da Dio” del Figlio venuto nella carne culmina nell"evento della Sua morte, luogo dell"estremo avvento dell"Eterno nella forma della finitezza umana: la sofferenza e la morte della Croce sono però illuminate nella loro profondità abissale dall" “esodo verso Dio” della resurrezione del Figlio fatto carne, dove la morte è stata ingoiata per la vittoria (cf. 1 Cor 15,54). Fra questi due esodi, che spezzano il cerchio dell"esistenza altrimenti chiusa nel silenzio mortale del nulla, la passione e morte del Figlio dell"uomo si presentano come l"evento del supremo abbandono e della comunione più grande del Dio venuto nella carne, la vera buona novella che cambia il mondo e la vita. Il supremo abbandono del Dio crocifisso rivela nella maniera più cruda l"esperienza di infinita caducità dell"esistere: “Dio mio, Dio mio, perché mi hai abbandonato?” (Mc 14,34). Il grido dell"ora nona testimonia la condizione di fragilità degli abitatori del tempo, con cui il Figlio si è fatto solidale: chiamati alla vita dal nulla gli esseri sembrano fasciati dal nulla, avvolti dal silenzioso mistero dell"inizio. Nessuna mistica del dolore e della morte potrà cancellare il tratto oscuro di essi, l"aspetto misterioso e drammatico della sofferenza senza apparente ritorno. Si soffre e si muore soli: la solitudine è e resta il prezzo immancabile dell"ora suprema: “La mia anima è triste fino alla morte; restate qui e vegliate con me... Non siete stati capaci di vegliare un"ora sola con me?... Dio mio, Dio mio, perché mi hai abbandonato?” (Mt 26,38. 40; 27,46). Si muore nel grido che evoca quello della lacerazione iniziale, segno di una estrema lacerazione, annuncio di nascita non meno dell"altro. Nel Suo abbandono il Figlio si è fatto vicino alla tragedia più profonda, inobliabile: da allora, nessun uomo che soffre sarà mai più solo come lo è stato Lui.
E tuttavia il Crocifisso manifesta anche il volto amoroso del nascosto Altro: “Padre, nelle tue mani affido il mio spirito” (Lc 23,46). All"abbandono il Figlio unisce la comunione con Colui che l"abbandona: l"Abbandonato si abbandona a sua volta, accettando in obbedienza d"amore la volontà del Padre. Alla consegna di Colui, che non risparmia il proprio Figlio (cf. Rm 8,32), risponde la consegna che il Figlio stesso fa di sé (cf. Gal 2,20): per amore la Trinità fa suo l"esilio del mondo sottoposto al peccato, perché questo esilio entri a Pasqua nella patria della comunione trinitaria. È così che un mistero di sofferenza si lascia scrutare nell"abisso della divinità: come afferma l"Enciclica Dominum et vivificantem di Giovanni Paolo II, “il Libro sacro... sembra intravvedere un dolore, inconcepibile e inesprimibile nelle "profondità di Dio" e, in un certo senso, nel cuore stesso dell"ineffabile Trinità... Nelle "profondità di Dio" c"è un amore di Padre che, dinanzi al peccato dell"uomo, secondo il linguaggio biblico, reagisce fino al punto di dire: "Sono pentito di aver fatto l"uomo"... Si ha così un paradossale mistero d"amore: in Cristo soffre un Dio rifiutato dalla propria creatura... ma, nello stesso tempo, dal profondo di questa sofferenza lo Spirito trae una nuova misura del dono fatto all"uomo e alla creazione fin dall"inizio. Nel profondo del mistero della Croce agisce l"amore” (nn. 39 e 41).
La sofferenza divina non è segno di debolezza o di limite come lo è la sofferenza passiva, che si subisce perché non è possibile farne a meno: riferendosi a questo tipo di sofferenza, segno di imperfezione e di limite, il Catechismo di Pio X afferma che come Dio Gesù non poteva soffrire. Nelle profondità divine, però, c"è una sofferenza di tipo diverso, attiva, liberamente scelta per amore. La Croce, in quanto storia trinitaria di Dio, non proclama la bestemmia di un"atea morte di Dio, che faccia spazio alla vita dell"uomo prigioniero della sua autosufficienza, ma la buona novella della morte in Dio, perché l"uomo viva della vita del Dio immortale nella partecipazione alla comunione trinitaria, resa possibile grazie a quella morte. Questa morte in Dio non è in alcun modo la morte di Dio che il “folle” di Nietzsche va gridando sulle piazze del mondo: non esiste né mai esisterà un tempio dove si possa cantare nella verità il “Requiem aeternam Deo”! L"amore trinitario che lega l"Abbandonante all"Abbandonato, e in questi al mondo, vincerà la morte, nonostante l"apparente trionfo di questa. Il frutto dell"albero amaro della Croce è la gioiosa notizia di Pasqua: il Consolatore del Crocifisso, consegnato da Gesù morente al Padre, viene effuso da questi sul Figlio nella resurrezione, perché a sua volta il Figlio lo effonda su ogni carne e sia il Consolatore di tutti i crocefissi della storia, rivelando accanto ad essi la presenza corroborante e trasformante del Dio cristiano.
In questo senso, la sofferenza divina rivelata sulla Croce è veramente la buona novella: “Se gli uomini sapessero... - scrive Jacques Maritain - che Dio "soffre" con noi e molto più di noi di tutto il male che devasta la terra, molte cose cambierebbero senza dubbio, e molte anime sarebbero liberate”. La “parola della Croce” (1 Cor 1,18) ci chiama così in maniera sorprendente alla sequela: è nella debolezza, nel dolore e nella riprovazione del mondo, che troveremo Dio. Non gli splendori delle grandezze terrene, ma precisamente il loro contrario, la piccolezza e l"ignominia, sono il luogo privilegiato della Sua presenza fra noi, il deserto fiorito dove Egli parla al nostro cuore. Nella vita di ogni creatura umana può ormai essere riconosciuta la Croce del Dio vivo: nel soffrire diventa possibile aprirsi al Dio presente, che si offre con noi e per noi, e trasformare il dolore in amore, il soffrire in offrire. La Chiesa e i singoli discepoli vengono allora a configurarsi come il popolo della “sequela crucis”, la comunità e il singolo “sotto la Croce”: nulla è più lontano dall"immagine del Crocifisso che una comunità tranquilla e sicura, che riponga la sua fiducia nei mezzi mondani: “La cristianità stabilita dove tutti sono cristiani, ma in interiorità segreta, non somiglia alla Chiesa militante più che il silenzio della morte all"eloquenza della passione” (Kierkegaard).
La Chiesa sotto la Croce è il popolo di coloro che, con Cristo e nel suo Spirito, si sforzano di uscire da sé e di entrare nella via dolorosa dell"amore: “Se qualcuno vuol venire dietro di me rinneghi se stesso, prenda la sua croce e mi segua. Perché chi vorrà salvare la propria vita la perderà; ma chi perderà la propria vita per causa mia e del vangelo, la salverà” (Mc 8,34-35 e par.) “Chi non prende la sua croce e non mi segue, non è degno di me” (Mt 10,38 e Lc 14,27). Il discepolo dovrà “completare nella sua carne quello che manca ai patimenti del Cristo a favore del suo corpo, che è la Chiesa” (Col 1,24). La compassione verso il Crocefisso si tradurrà così nella solidarietà verso le membra del suo corpo crocefisso alla storia: i discepoli di Gesù testimoniano la loro identità “perdendola”, mettendola al servizio degli altri per ritrovarla all"unico livello degno dei seguaci del Crocifisso: l"amore. La Croce rivela così la possibilità di vivere la lontananza più alta come profondissima vicinanza: nel dolore della separazione più grande si consuma il fuoco dell"amore, forte come la morte (cf. Ct 8,6). È così che il dolore è trasformato in amore e diviene salvifico, come ricorda Giovanni Paolo II nella Lettera Apostolica Salvifici doloris sul senso cristiano della sofferenza umana (11 Febbraio 1984): “L"umana sofferenza ha raggiunto il suo culmine nella passione di Cristo... entrando in una dimensione completamente nuova e in un nuovo ordine: è stata legata all"amore” (n. 18). Nel dolore offerto per amore in unione a Gesù Crocifisso, ciascuno può completare nella sua carne ciò che manca alla passione del Figlio a vantaggio del Corpo che è la Chiesa (cf. Col 1,24).
È così, infine, che si coglie la risposta all"inevitabile domanda: chi potrà vivere come Lui, Gesù, l"unità di lacerazione e di abbandono nell"ora della morte? chi potrà come Lui abbandonato abbandonarsi nella mani del Padre per amore degli altri? Secondo la fede del Nuovo Testamento lontananza e prossimità nel dolore possono coincidere grazie alla potenza del Consolatore: “Gesù disse: "Tutto è compiuto". E, chinato il capo, consegnò lo Spirito” (Gv 19,30). Mentre sorregge l"Abbandonato nel suo destino mortale, lo Spirito lo tiene unito a Dio, rendendolo capace dell"offerta suprema: è quanto esprime l"iconografia della “Trinitas in Cruce”, dove l"evento della morte del Crocefisso è colto come rivelazione della Trinità. Il Padre regge fra le Sue braccia il legno della Croce, da cui pende il Figlio inghiottito dalla morte, mentre la colomba dello Spirito misteriosamente separa e unisce l"Abbandonato e Colui che lo abbandona (si pensi alla Trinità di Masaccio in Santa Maria Novella a Firenze). Così “la morte è stata ingoiata per la vittoria. Dov"è, o morte, la tua vittoria? Dov"è, o morte, il tuo pungiglione?... Siano rese grazie a Dio che ci dà vittoria per mezzo del Signore nostro Gesù Cristo” (1 Cor 15,54s.57). L"offerta divina del dolore rende possibile la suprema offerta della fede che soffre e la apre alla vittoria sul dolore e sulla morte in quanto esodo dall"eloquenza silenziosa dell"amore che muore alla Bellezza che trasfigurando accoglie: il dolore offerto con Cristo al Padre diventa via e soglia della vita, sorgente di luce che non tramonta, dolore salvifico per la forza dell"amore che lo trasfigura a partire dalla carità infinita del Dio crocifisso...
Bruno Forte, Arcivescovo


(*)http://www.chiesacattolica.it/cci_new/documenti_diocesi/55/2005-03/17-195/La%20Croce.doc

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La traducción al castellano es de nuestro colaborador Josep María Riera,
Arvo Net, 26 de marzo de 2005.
 

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