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LA TRAICIÓN (Antonio Orozco)

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LA TRAICIÓN

MIÉRCOLES SANTO: LA TRAICIÓN
Por Antonio Orozco Delclós
Arvo Net, 12.04.2006
 

Evangelio de la Misa de hoy: Mateo 26, 14-25
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
- «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
- «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
Él contestó:
- «ld a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: "El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos."»
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
- «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:

 - «¿Soy yo acaso, Señor?»
Él respondió:
- «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»
Entonces preguntó judas, el que lo iba a entregar:
- «¿Soy yo acaso, Maestro?»
Él respondió:
- «Tú lo has dicho.»

Judas Iscariote, el traidor. Cpia manipulada de aje94

       El cristiano que se había «metido» en el evangelio de ayer, martes santo, y hoy se mete en el de miércoles santo, siente de entrada una cierta repugnancia. De nuevo se topa con el traidor, Judas, que protagoniza aquel diabólico episodio en medio de la Santa Cena, la más entrañable de cuantas se han celebrado. Quizá la Iglesia, que sin duda nos está preparando para la celebración de todo el Misterio Pascual, que comprende desde la donación sacramental del Cuerpo y Sangre del Señor, anticipando así el Sacrificio del Calvario, hasta su Resurrección gloriosa, quiere que nos fijemos de nuevo en ese personaje siniestro, quizá de buena planta, o no peor que la de los demás, de buenas maneras y retórica superior a la media. De ser fiel, hubiera podido evangelizar con brillantez. Pero no quiso. ¿Por qué? La hipótesis que me parece más plausible es la de que el «genio» del grupo «esperaba más» de su Maestro. Había pensado en un mesías rey libertador de Israel al modo político y guerrero. Pero cada día que pasaba Jesús crispaba más a los poderosos de su propio pueblo y llegó a resucitar a Lázaro, en el colmo de la provocación. ¿Por qué no utilizaba ese poder colosal para fulminar a los imperialistas? ¿A qué viene tanto predicar un reino, sin contar con ejército ni espadas ni carros de combate? En fin, las cosas se enmarañaron más y más entre las neuronas de Judas y en lugar de pedir el milagro de la conversión consumó la barbaridad de la traición. Todo se hubiera aclarado, probablemente con una conversación humilde y confiada con el Maestro. Pero temió, más que los otros, preguntarle sobre semejantes asuntos.

No conviene olvidar la suerte de Judas. Escarmentar en cabeza ajena. Para algo ha de servir su inmenso error, merece la pena considerar sus orígenes y consecuencias. Judas es uno de los Doce, elegido expresa y directamente por el Señor para ser columna de su Iglesia. Tuvo a su disposición las mismas gracias que tuvieron los demás del Colegio Apostólico. No era mejor ni peor que los otros. «Mereció» la confianza de Jesús. Vio y quizá hizo milagros. Pero no se sintió cómodo con la radicalidad de los principios predicados por el Rabbí de Nazaret. La pobreza, por ejemplo, le resultó insoportable y por ello sustraía lo que podía de la bolsa común. Pequeñas traiciones, al comienzo, que la soberbia se encargaba de justificar a sus propios ojos, metiéndolo dentro de sí, forjando un corazón refractario al amor, aunque fuera un amor tan inmenso como el de Jesús. Las pequeñas traiciones, las pequeñas complicaciones mentales, las pequeñas desconfianzas, las pequeñas dudas sobre la conducta de Cristo se fueron enormizando en el corazón de Judas. En lugar de confesarlas, las alimentaba en sus adentros. Acabó vendiéndole por treinta monedas de plata, el precio de un esclavo. Menudo negocio el del Iscariote. Acabó colgándose de un árbol.

En Judas se cumplió «la ley de la bola en la pendiente», que podríamos formular así: «toda bola suelta en un plano inclinado, rueda sin remedio hacia abajo». Lo cual esclarece el aforismo clásico: «un error en el principio, al final resulta enorme». Escarmentar en cabeza ajena es muy conveniente. Se puede y se debe. Sobre todo cuando la experiencia propia es escasa o uno ya está rodando hacia abajo por la pendiente. Hay que fijarse en la desembocadura y echar el freno como sea, procurarse una fuerza opuesta superior. Cuando vemos que el curso del pensamiento ajeno se encuentra en la negación de la evidencia, como por ejemplo, declarando que el matrimonio no es tan de uno con una para siempre como parecía, hay que saber que pronto el adulterio perderá importancia, el divorcio se generalizará, la natalidad descenderá, el sentido de la paternidad y de la filiación entrará en crisis, el ejercicio de la homosexualidad se considerará una conducta normal; y en el ejercicio de la sexualidad se impondrá el todo vale. ¿Dónde está el error? En el principio absoluto relativizado por el falso principio del placer. ¿Por qué Dios creó al hombre varón y mujer? Para que ambos vinieran a ser un reflejo de la unidad de las Personas divinas y del divino poder creador, llenando la tierra, es decir, para que procreasen. Cuando se niega que uno de los fines esenciales del matrimonio es la procreación, cabe esperar toda la reata. La vida ya no tendrá valor sagrado. El embrión valdrá tanto como un grano o un quiste, una cosa y nada más. Los viejos y tullidos, a la eutanasia. Todo está concatenado. El bien tiene su lógica y el mal la suya. Todos los males vienen de la negación de un principio absoluto que parece remoto y desconectado de la realidad práctica. El principio se relativiza en la mente o en el corazón y cuando la Iglesia menciona las consecuencias del desatino no se atiende al arranque del amplio argumento antecedente. Entonces no se entiende nada. El gallinero se alborota y el gallo canta tres veces en la noche. Así no puede amanecer. Es preciso remontarse a los principios, de donde viene la luz.

Escarmienta. Cuando veas que alguna de tus neuronas se cimbrea ante los principios claros y absolutos del Maestro, agárrate con todas las demás a los fundamentos; pide toda la fuerza de lo Alto y lo agradecerás. No sólo te sentirás feliz por cultivar tu dignidad personal y la de los demás, sino que, en lugar de bajar al fondo de la fosa –cultura de la muerte-, subirás, y volarás hacia las cumbres de la vida en Dios, con la razón y la fe, la Eucaristía y la Cruz, hacia la gloria de la Resurrección.

No te olvides de sumergirte en los Oficios litúrgicos de la Semana Santa. Es preciso adorar la Eucaristía y la Cruz, desagraviar por tanta locura mala, expiar, impetrar los dones del Cielo por una humanidad caída, y agradecer tantas misericordias y amor divinos.



 

 

 
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Enviado por Arvo - 12/04/2017 ir arriba

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