El drama interior
de Victoria Ocampo
Testimonios de búsqueda de “la
unidad de vida”
en
la literatura autobiográfica
femenina
A Cristina
Viñuela
por su aporte a los testimonios
de búsqueda
en
la literatura autobiográfica
femenina.
I.
UNA ARMONIA
PRESENTIDA
1.
La mujer
2. Una armonía
3.
Un
principio unificador
4.
¿Arte o
persona?
5. El ejercicio de la escritura
6.
El
“etymon”
7.
Un
esplendor
8.
La pasión
por lo universal
II. LAS ESCRITURAS DEL YO
1. El yo
2.
La
literatura intimista
III.
LOS PUENTES
CULTURALES
El “etymon” espiritual de
Victoria Ocampo
1. El drama interior
2.
¿Tagore o
Gandhi? ¿Arte o santidad?
3.
La
nostalgia de santidad:
Il ritorno a casa
Prólogo
¡Urgen puentes espirituales
entre América Latina y Europa!
()
Es espiritualmente que el hombre
vive en el mundo.
HÖLDERLIN
Las semillas están en las
entrañas de la tierra,
durmiendo su sueño vital,
pudriéndose con podredumbre
santa.
AZARÍAS PALLAIS
1.
“Del choque de ideas surge la
luz”
Este primer título recoge una
expresión muy usual en francés
–“Du choque des idées jaillit la
lumière”– que traduzco, para que
sea el eje motor de todo el
presente trabajo: los encuentros
de todo tipo (para coincidir o
para discrepar) son motores de
progreso. Lejos de evitarlos,
conviene provocarlos. De allí
que en la presente ponencia
subyace la necesidad de subrayar
la importancia de los viajes,
reales o mentales, con la ayuda
de los medios de transporte o
cualquier vehículo artístico.
Aquel traslado físico o mental
genera apertura de espíritu, la
cual a su vez resulta en
confrontación y, eventualmente,
en choque frontal o asimilación
selectiva. Lo importante es
sacar a la gente de su modorra,
del mero sobrevivir consumista.
Es también la idea matriz detrás
de aquella frase –“cree el
aldeano que el mundo es su
aldea”–, la primera de la
monumental proclama de
Nuestra América de José
Martí, otro puente entre el
Nuevo Mundo y el Viejo Mundo.
Asumo aquí el reto de confrontar
a Victoria Ocampo y a Helena Ospina,
dos seres humanos que se
distancian por geografías, época
y modalidades; y sin embargo,
también tienen cantidad de
elementos en común. Se tratará
entonces de un ejercicio de
comparación de dos
personalidades en su entorno,
sendos aportes a las letras y,
por si fuera poco, dos enormes
esfuerzos editoriales. Preferiré
recurrir a las fuentes
originales de las dos
escritoras. Gracias a la muestra
de textos que se reseñan en la
bibliografía, he podido
desembocar en la confrontación
de las dos creadoras desde el
punto de vista de su dimensión
espiritual, motora de todo su
quehacer. Terminaré valorando la
importancia del eje
trasatlántico en las dos
autoras. Por eso, esta
investigación va con doble
epígrafe: uno de cada lado del
Atlántico. En ambas
latinoamericanas subyace una
“idea de Europa” que es
importante escudriñar por su
potencial validez en estos
tiempos “globales”.
En
cada una de las etapas de mi
desarrollo procuraré superar la
simple yuxtaposición
acumulativa. Procederé, más
bien, en constante paralelismo
antitético entre Victoria Ocampo
y Helena Ospina,
para provocar la reflexión en
contraste –el citado choque de
ideas–, lo cual debe estimular
en el lector su propia pesquisa,
a partir de potenciales modelos
tan ricos y sobre todo
auténticos. No se trata entonces
de una reconstrucción clínica
porque sí –de un pasado de
individuos aislados–, sino de
contribuir a la búsqueda
prospectiva para todos
nosotros.
2.
“Ellas y su circunstancia”
Victoria era la hija mayor en
una familia acaudalada, en esa
Argentina de fines del siglo
XIX, en pleno auge y que como
polo de desarrollo rivalizaba
nada menos que con Nueva York.
Helena nació también en cuna, si
no tan privilegiada, en todo
caso relativamente acomodada.
Las dos tienen entre sus
parientes lejanos, gente de la
oligarquía en sus respectivos
países. Ambas guardan de ello un
sello de aristocracia, nada de
sangre sino de cultura, como
también por los viajes y las
lecturas de sus padres, cosa que
las favorecería en su apertura
al mundo. Por cuna, ninguna de
ellas nació “aldeana”, en el
sentido negativo apuntado ya por
José Martí, gran cubano y gran
cosmopolita.
Pese a que no les faltó nada en
lo material, por lo visto
ninguna tuvo una infancia ni
perezosa ni acomodaticia. A
ambos se les exigía. A Victoria,
primero como se estilaba
entonces todavía en hogares
adinerados, vía institutrices. A
Helena, lo mismo, vía las buenas
escuelas y colegios, dentro y
fuera del país, una formación
avanzada y una disciplina para
el trabajo. Como se visualiza a
través de sus textos, es la
mejor herencia que recibieron:
en ambas se denota la tremenda y
positiva influencia de sus
progenitores en trazarles la
vía, con amor, disciplina y
ejemplo.
La
formación de Helena resultó más
sistemática y de mayor nivel,
siendo que alcanzó sendos grados
universitarios, uno en Europa,
otro en Estados Unidos y otro en
Costa Rica; pero Victoria
también asiste, como alumna
libre, a clases del prestigioso
Bergson en el Collège de France. Desde la infancia, no
faltó en ninguna, la educación
artística con piano y música;
pero para Victoria, al querer
salir de su marco clasista,
sufrió la prohibición respecto
al teatro. Más bien –si se puede
decir así–, a Helena le sobró
estímulo. En ambas, dejó
profunda huella esa forja en las
artes no literarias.
Felizmente –además de padres
inteligentes y progresistas en
este sentido– Helena contó con
una coyuntura histórica un tanto
más avanzada respecto del
binomio mujer-arte:
…la existencia intelectual no
fue para mi una lucha a
conquistar, sino un desplegar
–en un ámbito familiar, lleno de
cariño, de exigencia y de tono
humano–
el propio descubrimiento de mi
vocación de artista. (¿Arte
o santidad? El drama interior de
Victoria Ocampo, parte I:
“Una armonía presentida”).
¡Qué diferencia abismal! A la pobre Victoria
le tocó luchar contra el estigma,
precisamente más fuerte en la
clase aristocratizante:
casualmente, se llama a esta
época victoriana, en referencia
a la eterna Reina
Victoria de
Inglaterra.
Las dos mujeres se casaron,
ambas en matrimonio acomodado,
con la diferencia de que, en el
caso de Victoria, el enlace duró
pocos años, mientras que la unión
Helena-Carlos Fonseca
irá “hasta que la muerte los
separe”. Victoria no tuvo hijos:
No quería a ningún precio. Me
sentía incapaz de desearlos,
confiesa (Autobiografía
III, 79). Helena tiene una
hija y cinco nietos, en una
constructiva relación de pareja
y de familia. Contrasta aquello
con lo problemático e imposible,
desde el principio, que resultó
todo ello en Victoria, por una
mentalidad tremendamente
represiva para las mujeres, una
gran diferencia, no tanto por el
desfase en época, sino por la
relación varón-mujer que
prevaleció (prevalece) en sendos
casos. Toda la vida de Victoria
estuvo orientada contra su
marido, primero; y después, en
sustitución de él. En cambio, en
el caso de Helena, el apoyo
conyugal resulta vital: [en] nuestro hogar trabajamos juntos, cada
uno frente a su ordenador (…)
porque la sinfonía es de los dos
(Encuentros, cap. III y
VI).
Las opciones de Victoria le
generaron una tremenda soledad.
En un tiempo tuvo el consuelo de
un amante, pero este cordón se
rompe hacia 1929. Y es entonces
cuando ella empieza
sistemáticamente a ocuparse de
lo cultural, como en
sustitución. Hay compañía y
compañía: Victoria viajó
cantidad de veces con su fiel
Fani, por ejemplo en 1929 a París, a
ver a Keyserling; Helena en
cambio produce Ink Plum
Blossoms a raíz de un viaje
de negocios de su esposo a China
en 1997.
Antes de sumergirse en la
aventura de sur, y en realidad en toda su vida,
Ocampo sufrió la angustia
existencial (“absurda” avant la lettre) como el que aprende a
nadar y no tiene borde o tabla
en que apoyarse:
En
realidad, yo estaba sola,
fabulosamente sola (…) es
necesario nacer, se quiera o no,
llegar a un nacimiento doloroso
como la agonía. Ese
es el pasaje más difícil de la vida. Es
necesario nacer a alguna otra
cosa… (Autobiografía
V, 90: corresponde al año
1929).
Helena estaría de acuerdo, sólo
en aquello de “nacer”; pero,
como veremos, en una semántica
muy diferente.
Otro punto comprobado en común:
pese a la educación estricta y
exigente, las dos manifiestan
una gratitud y amor a los
padres. Aquello se nota cuando
los padres enferman, cuando
mueren. Victoria Ocampo se
despide brevemente, pero
sinceramente de sus padres, en
emotivos párrafos en diversas
partes. Helena Ospina
dedica un adiós lírico a su
imponente madre en ¡A la mar![3],
y a cada uno de sus progenitores
los evoca con lindas páginas en
Encuentros (cap. II, “Mis
amigos de letras”).
Por lo demás, yo no se cómo vive
Helena, cómo vivía Victoria, en
lo “ordinario”. El colega Wauck
afirma que “no hay forma de
escapar a lo ordinario; estamos
hechos para ello. La solución
radica más bien en cómo abrazar
lo ordinario”.
Lo que sí me consta, respecto de
estas dos mujeres, es que lo
hicieron extra-ordinariamente
bien. A ninguna le podemos negar
sinceridad consigo misma:
aquello destila hasta en sus
escritos. Les admiramos además,
su tesón de construir, no
precisamente como ingenieras de
caminos y puentes, sino por la
vía cultural, una supercarretera
fecunda. Supieron utilizar una
doble ventaja indudable (la de
la formación esmerada y la de
los recursos asegurados) en
función de sendos proyectos
vitales; primero, de
dignificación de sí mismas como
personas; y segundo, por
senderos que más adelante
justificaré como “puentes
trasatlánticos”.
3.
Dos escritoras con gran
necesidad vital de escribir
Empezaré con una comparación
cuantitativa. Contando como uno
solo, los seis trabajos de
Autobiografía que tiene
Victoria Ocampo y los diez
escritos de Testimonios,
uno contabiliza unos 16
volúmenes, los publicados en su
caso. Helena Ospina
tiene ciertamente igual cantidad
de publicaciones, solo en
poemarios,
género en el que doña Victoria
brilla por su ausencia. Pero
Victoria tuvo toda una gran veta
como traductora y ensayista,
empresas con muchos ribetes
artísticos, a las que, en el
caso de la primera dimensión, no
se arrima Helena; prefiere la creación. Pero
en fin, la confrontación de
cantidades tiene poca utilidad,
fuera de dudosas estadísticas.
Las dos fueron tremendamente
productivas; Helena lo es
todavía. Es parte de su
subsistencia, no monetaria sino
existencial. En efecto, la frase
la lectura, [es] alimento que mi
organismo reclamaba y me urgía
explicarme a mi misma, de parte de Victoria, Helena perfectamente la podría hacer
suya, cuando afirma:
La
escritura para mí es un acto de
“toma de posesión” (…) Necesito
escribir para desentrañar lo
intuido y acuñar lo decantado.
Se escribe como se respira. (¿Arte
o santidad?: el drama interior
de Victoria Ocampo, parte I:
“Una armonía presentida”).
Curiosamente, la misma necesidad
pulmonar ya la había expresado
Ocampo:
