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SECCIÓN «PROMESA» (Helena Ospina)

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Diálogos entre la ciencia y el arte, de Helena Ospina

Diálogos entre la ciencia y el arte

 

«Diálogos entre la ciencia y el arte» no es un tratado. Es un texto impresionista donde se van puntillando las luces y sombras de un estupendo lienzo que cada persona está llamada a pintar en armonía con otras.

 

HELENA OSPINA

 

DIÁLOGOS
ENTRE LA CIENCIA Y EL ARTE
Buscando la armonía
entre lo masculino y lo femenino

 

A mi madre,
a quien debo
la armonía conquistada
entre la ciencia y el arte,
 entre Rachmaninof y Chopin.

 

Índice

 

Presentación.

Introducción..

I. ¡Artista!

II. Armonía y disonancia
III. Mi escritura
IV. Complementariedad
V. La ciencia y el arte
VI. Maternidad
VII. El ordenador
VIII. La sinfonía es de dos .
IX. Cañamazo .

X. Una elección difícil
XI. Los congresos.
XII. La generación de los años 60

 

 

Presentación

 

El ser humano es dialógico. Dialógico consigo mismo. Con el otro. Con el mundo que le rodea. Y un diálogo interesante es el que se entabla entre vidas vividas y vidas por vivir, en ese traspaso fecundo de experiencias y de modos diversos de encarnar los ideales, una generación tras otra. Escribo con la esperanza de que estos ideales que vi encarnados, en las personas que me amaban, sirvan de luz, para que la brecha de generación, no sea brecha sino fuente, para seguir descubriendo la perennidad de unos valores que resplandecen de forma diferente, porque cada cultura es la que es, y cada vivencia personal, la que se asume.
2-II-2005

 

 

Introducción

 

Diálogos entre la ciencia y el arte no es un tratado. Es un texto impresionista donde se van puntillando las luces y sombras de un estupendo lienzo que cada persona está llamada a pintar en armonía con otras. Ha surgido de la reflexión del diario acontecer de mi vida donde el aprender a convivir, a aceptar, a olvidar, a perdonar, a respetar, constituye la urdimbre que nimba mi existencia. Nimbar no surge de la “ilusión” de querer dotar a la realidad de algo que no tiene en sí. Nimbar es dejar aflorar la luz entrañable que cada realidad, por pequeña que sea, tiene y puede dar de sí. Pero depende de la libertad humana el dejar que esa belleza entrañable alumbre en lo cotidiano, para poder entrever el tapiz detrás del nudo de cada existencia.

 

 

I


¡ARTISTA!

 

Escribo no como fenomenóloga porque no soy filósofa. Escribo como artista, intentando re-crear la unidad que presiento como armonía que late dentro de la realidad. La presiento como belleza. Otros y otras la presentirán más acuciosamente como verdad, como bien. Pero el asunto es que las tres –belleza, verdad y bien– trabajan juntas; son como las tres gracias inmortalizadas por Boticelli en su Primavera.

A veces, cuando pienso en las elecciones de un campo académico de especialización: ¿Filosofía? ¿Educación?, concluyo: ¡Artista! El don interpela. Los meandros de filosofía aclaran el proceso. La educación, su formación. Pero quien nace artista, artista permanece “malgré lui ou elle”, y no hay nada que hacer. La libertad está de por medio. Puede trabajar, acrecentar, desplegar, centuplicar el don. O dejarlo vacante, inerte, muerto. Ayuda a trabajarlo la conciencia del don unida a una misión. El don sin misión se estanca en el “yo”. Narciso se consume, se agosta si sólo se contempla a sí mismo. Estamos llamados al encuentro. Y el encuentro primero es consigo mismo. Pero luego viene el encuentro con los otros, y el Otro, el decisivo, el definitivo.

Cuanta más apertura haya del yo hacia el otro, más posibilidades existirán para el “yo” de un encuentro consigo mismo. Este conocimiento de sí se enriquece en relación dialógica. Y se entenebrece y debilita en el monólogo cerrado, individualista.

El artista necesita vivir en profundidad esas dos dimensiones: el encuentro consigo mismo y con los demás. El encuentro consigo mismo es reflexión, decantamiento, penetración que le permite descubrir su sello inconfundible, su estilo, su voz interior. Y el encuentro con los demás responde a una necesidad imperiosa de comunión, para conjugar, contrastar, definir su visión con la de otros.

Estamos todos embarcados en esa maravillosa búsqueda, aventura de la trilogía de la belleza, de la verdad y del bien. Y el intercambio sirve para acendrar esa búsqueda de unidad, capaz de llevarnos, como personas –y a nuestras obras–, a una mayor perfección, plenitud y felicidad.

 

 

II


ARMONÍA Y DISONANCIA

 

¿Podría hablar como teóloga? No, porque no lo soy. Como artista, sí puedo explorar la armonía de la gracia y la disonancia del pecado.

Siempre me he interrogado ¿por qué tanta complementariedad –llamada a la perfección– no cuaja? ¿Por qué las características específicas de la Ciencia y las del Arte no aprenden a armonizarse? Aclaro que las específicas de la Ciencia son patrimonio tanto del varón como de la mujer. Y las del Arte, también. Porque lo que es flaqueza de uno, es fortaleza del otro. Y lo que es fortaleza de uno, debilidad del otro. ¿Y qué se requiere para ver esto, así de sencillo? La humildad. Andar en humildad es andar en verdad, decía la andariega de Ávila. Y ¿por qué cuesta tanto? Porque tenemos una raíz injertada desde el origen –que por eso la teología llama “pecado de origen”– que desdibuja y ofusca esta complementariedad llamada a armonizarse. Quien no quiera entender ni ver esto, buscará mil explicaciones para dar razón de porqué todo lo que anhela no lo cumple, lo que ansía no lo persigue, lo que valora lo posterga. La escisión entre el ser y el obrar es de diaria constatación. Nos acecha a cada instante. Por eso es que vivimos en guardia, dice bellamente la Escritura, como “ejército en orden de batalla”.

 

 

 

III


MI ESCRITURA

 

Mi escritura es transparencia del alma. Si pierdo mi escritura pierdo mi alma. ¿Así de radical? Sí, así de radical. Esta afirmación la hago cuando mi esposo está tratando de recuperarme trabajos en el ordenador que debo volver a trabajar, so pena de perder trozos de mi alma.

Es significativo que cuando agonizaba San Juan de la Cruz pidió le leyeran su Cántico Espiritual. Era la cristalización de su vida y de su amor. Así nos pasa a los escritores, a los poetas. Sabemos que hay ciertos momentos vividos, de alta intensidad, que acrisolan el alma, a los cuales uno regresa de tiempo en tiempo, así como el caminante necesita los palos pintados de rojo, enterrados en la nieve para reencontrar la senda perdida, hundida bajo el manto blanco, o borrada en la niebla del tiempo.

¿Escritura del yo? Sí. ¿Intimista? Sí. Si el artista no habla del alma, habla entonces de “cosas”. Y yo prefiero hablar del alma. Del alma y sus diálogos con el Artista, con quienes le rodean y a quienes busca a través de internet, porque la globalización no es sólo del “reino de la economía”; es también del “reino del espíritu”. Ya no importa dónde se viva, qué circunstancias favorables o adversas se tengan para la creatividad y los encuentros. La tecnología se puede poner al servicio del alma.

 

 

 

IV


COMPLEMENTARIEDAD

 

El día de mi boda, Mavourneen me entregó una carta sellada para abrir durante mi luna de miel. El matrimonio –me decía– es una sinfonía. Y los instrumentos están llamados a crear la armonía, cada uno con su instrumento particular y desde su lugar específico. Así es como la Ciencia y el Arte están llamados a ejecutar la sinfonía del Creador.

Se tardan años en descubrir el instrumento y el lugar. Son años de ejercicio y de ejecución, bajo la sabia guía del director de orquesta. El director va auscultando cada tramo del ejercicio. Va conociendo a cada uno de los ejecutantes. Va acentuando, a veces el “rallentando”, a veces el “presto”. Otras, el “adagio” y el “arabesque”. El “allegro”. Las menos, el “forte” o el “pianissimo”... En el otoño de la vida se puede empezar a contemplar la sinfonía. Se entienden las épocas del “vivace” y del “crescendo”. Se decantan las del lirismo intenso del padecer. Se observan las que fueron de peligro y continuo sobresalto. En el otoño, las hojas caídas son las que son. El invierno es el compás de espera que rememora y almacena el “sprint” de cada primavera.

Se tardan años para entender que detrás de toda sinfonía ha existido, siempre, el Artista que la previó, desde toda la eternidad, contando con nuestros fallos y errores de libertad. El Artista ya contaba con nuestra flaqueza y miseria. Nosotros difícilmente lo comprendíamos.

Y así, de tumbo en tumbo, gracias a la guía del director de orquesta, el de turno, porque no siempre es el mismo a lo largo de la vida, se va desbrozando la poesía de la prosa, lo extra-ordinario en lo ordinario...; porque ¿puede haber algo más extraordinario que el Artista quiera componer Su sinfonía con instrumentos tan ineptos, tan endebles, tan indisciplinados, tan sordos..., que raras veces confían en Su sinfonía trazada desde toda la eternidad, para ser ejecutada, en el tiempo y lugar precisos, sólo por ellos dos y para ellos dos: la Ciencia y el Arte?

 

 

V


LA CIENCIA Y EL ARTE

 

La ciencia puede ser patrimonio del varón o de la mujer. El arte, también. Los dos están llamados a complementarse. No pueden encontrar su plenitud sin armonizarse. Se necesitan. Cuerpo y alma entablan su unidad desde el nacimiento y luchan por armonizarla toda una vida hasta que la muerte los separa momen-táneamente para encontrar nuevamente su unidad, ya no en lucha, sino en plenitud de gloria y armonía.

La belleza, la verdad y el bien son tres gracias. Fulgores diferentes de un mismo diamante. Aristas que se complementan. No puede darse la belleza sin las otras en la vida y en el arte. La belleza es el camino más corto para el encuentro con las otras. Es el vértice hacia el cual apuntan, pero que presuponen, en su base, los ángulos de la verdad y del bien. Se puede ver la punta del iceberg de la belleza sin ver los cimientos de la verdad y del bien; pero la razón de ser de su fulgor está en su fundamento de verdad y de bien.

Se puede pretender “hacer” belleza sin verdad y sin bien. Mas ese “poiein” queda trunco. Es como un trípode al que le faltan dos patas. Esta obra puede “encandilar”, “deslumbrar”, por un momento; pero no sobrevive, porque bien pronto se descubre que le falta consistencia, la plenitud de una unidad, en la búsqueda de la perfección tanto en el arte como en la persona.

 

 

 

VI


MATERNIDAD

 

El arte es mayéutica del espíritu. Busca florecer en obras. Necesita dar a luz sus obras. Así como la madre grávida debe dar a luz el hijo. ¿Encuentras a un artista triste? Ten por seguro que es porque no ha podido alumbrar lo que lleva en sus entrañas. La forma germinal de la obra de arte actúa como un tábano. Trabaja al artista desde su interior. Es aguijón que no ceja hasta que encuentre la complicidad del silencio para que el Espíritu pueda trabajar el alma. Es como la cita amorosa. Se ha de cumplir. Porque de ella depende todo. Se puede desoír, postergar o cancelar. Y las consecuencias de estos actos se hacen sentir. Se puede anticipar, preparar y concertar. Y de ella saldrán bienes inmensos para sí y para los demás. Y el Espíritu estará ¡feliz!, porque un nuevo registro de la Sinfonía ha brillado sobre la faz de la tierra.

 

 

 

VII
EL ORDENADOR

 

¡El ordenador bien vale una página! Recuerdo mis visitas al poeta Isaac Felipe Azofeifa en el último piso de Ciencias y Letras de la Universidad de Costa Rica, piso temible durante los temblores de tierra, pero con vista estupenda de jacarandas, llamas de fuego, y robles de Sabana en flor. Allí conversaba con el Maestro de poesía. Él me mostraba “el secreto” del decantamiento de sus versos. No existía en la década de esos años setenta la máquina de escribir con el corrector incorporado, ni el mágico lápiz blanco que permitieran cambiar un verbo, un sustantivo, un adverbio u adjetivo –o la imagen– por otros. ¿Y cuál era su secreto? Un papelito delgado pequeño adhesivo, que pegaba encima de la palabra que tenía en duda y que ponía en suspenso por un tiempo porque no le llenaba sonora o etimoló-gicamente. Y así dejaba decantar el verso hasta que encontrara la feliz expresión que dejaría, para siempre, el verso cristalizado en forma definitiva.

 

 

 

VIII


LA SINFONÍA ES DE DOS

 

La sinfonía es de dos. La música no puede entreabrir su armonía sino es con la complementariedad de los dos. El artista vive en relación. Y el Artista escribe partituras para la ejecución dialogal.

Cuando se da la estridencia hay que parar. Borrón y cuenta nueva. Volver a ensayar. Porque la “armonía” –la gracia– para la ejecución allí está. Toca a cada artista descubrirla, ensayarla. Dejar descansar los músculos tensos, por un rato. De nada sirve, a la estridencia, el replique instantáneo porque acrecienta la imposibilidad de dar con la clave de la armonía.

La sinfonía es de los dos. En vano se esfuerza quien quiera proclamar su autonomía por encima de los dos. La autonomía se afirma en relación dialogal; es de los dos. La radical soledad de la existencia humana, el Artista la colmó con la creación de quien había de ser sostén y ayuda para su soledad. Sólo que armonizar esta soledad es de largo alcance. Presupone el conocimiento propio y el de los dos en largas y dialogadas ejecuciones. También es aprendizaje que se perpetúa a lo largo de los años. Hay que dar tiempo. Vencer lo que es desarmonía aparente. Que sólo en la ejecución dialogada ¡despunta!, de tiempo en tiempo, la sinfonía.

 

 

 

IX

 

CAÑAMAZO

 

El fino hilo de oro del espíritu tiene que enhebrarse. No puede ser “verso suelto”. Ese “fin fil d’or”, del cual yo hablaba en mi poesía en los años de Georgetown (1964-1966), me lo vine a encontrar luego, en los años noventa, en texto filosófico de Étienne Gilson hablando sobre la creación artística.

En esas rutas de Cubujuquí –de la casa de la finca a la estación del bus– descubro, en los parajes arbolados –que me recuerdan las travesías con mi esposo por la campiña francesa–, esta realidad vital. Sin cañamazo, el hilo de oro no puede hacer su trabajo. No puede bordar.

Hasta que uno no se tope con este hallazgo, el fino hilo de oro puede sucumbir ante la realidad pedestre, sin darse cuenta de que tiene que seguir bordando, bordando, bordando..., en el cañamazo. El que es. Donde sea. Los bastidores se templan, no por sí solos, sino por el trabajo, por la confección de la obra maestra que el Artista tiene prevista, desde toda la eternidad, para ese fino hilo de oro. Que es Suyo. Y con el que cuenta para bordar Su filigrana de oro.

 

 

X


UNA ELECCIÓN DIFÍCIL

 

Crecí entre tres mujeres. Mi abuela materna, la de “la fe de carbonera”. Mi abuela paterna, “la del mundo”. Y mi madre, “la ventana abierta a la belleza”, pero distante de lo religioso. A las tres admiraba y quería. Pero necesitaba integrarlas en una sola: la devoción tierna de la una, el “savoir faire de la otra”, y la cultura de mi madre.

Cuando hice las lecturas que tuve que hacer para mi formación literaria –y en las cuales casi pierdo mi fe, –me pregunté: –¿Quién tiene razón? ¿Esta visión loca de la vida, descreída, nihilista, sin norte, sumida en la depravación? O mi abuela materna, la de los suspiros en forma de jaculatorias, la que me enseñó a hacer la visita al Santísimo, con quien rezaba el Santo Rosario en coro con mis hermanos, quien tenía la maternal previsión de llevarnos –en una bolsita de papel café– “pan de yuca” para comer después de la Santa Misa, porque el ayuno de entonces tenía el rigor de la abstinencia de doce horas. Y me dije: –¡Me quedo con mi abuela! ¡Es ella quien tiene razón! Era mi triunfal regreso a todo lo bueno y verdadero que había saboreado en el hogar.

Mi otra abuela, la paterna, habría podido sacarla de los salones de Molière. La de “Las preciosas ridículas”. Sólo que de ridícula no tenía ni un pelo. Era mujer inteligente. De salón. La vida social y política giraba en torno a ella. Un día tuve que ir a tomarme una foto, la tradicional, la de los quince años. El fotógrafo me mostró fotos de mi abuela, joven. Me contó la fama que tenía de mujer elegante, distinguida, hermosa, quien sabía montar a caballo cuando las mujeres recatadas de su época no lo hacían, y en silla femenina, el cuerpo girado hacia un lado. Mi abuelo, ingeniero, el de la proeza y construcción del ferrocarril, era un hombre discreto, inteligente, de pocas palabras. Tierno. Ella brillaba. Él era su sombra. Pero una sombra amante.

Mi abuelo materno, no lo conocí. Primer médico que llegaba a Cali graduado de París. Exigente. Nos legó a Arcelia, la enfermera que trabajó incansable a su lado, la que dormía con ataúd debajo de la cama, pues decía que no quería ser gravosa para nadie el día de su muerte, la que zurcía calcetines de maravilla utilizando un bombillo para facilitar la redondez del remiendo. La máquina de coser sonaba frenética en casa. En una familia, donde vivíamos el padre, la madre, cinco hijos, la abuela materna viuda, Arcelia siempre tenía ropa que arreglar. Mi madre fue quien atendió la agonía de su padre. Como médico, explicó a esta tierna adolescente lo que le iba a suceder, y qué tenía que hacer. Pues mi abuela era “muy poquita” para atender ese trance. De allí deduzco el temple que adquirió mi madre. Una vez fallecido el padre, mi madre tomó la decisión de trasladar la familia de Buga a Cali. Quería un horizonte más amplio.

Mi abuela materna hizo los doctorados de su tiempo en francés, piano y bolillo. Eran las artes que distinguían a la mujer de entonces. Tocaba al piano bambucos y pasillos, alegrando la casa. Había vivido en hacienda de familia numerosa. Su padre había enviudado y duplicado la herencia en hijos: más de media docena del primer matrimonio; y el segundo, no se quedaba atrás en fecundidad. De allí sacaba esa ternura y pillería especial para con los niños. Solía decir a mi madre: –¡No les exijas tanto! ¡Recuerda que son niños! ¡Que ya la vida se encargará de mostrar su dureza! Quería que fuéramos felices. Se ocupaba de ello. ¡Déjalos ser felices! ¡Que la vida es dura! –repetía. Era la abuela de la sabiduría. Cuando le preguntaba por una situación que veía incorrecta y que no entendía porqué se daba, siempre contestaba: –¡Eso es falta de Dios¡ ¡Falta de Dios! La vida para ella se reducía a: estar con Dios o lejos de Dios.

Dos abuelas. ¿A cuál elegir? Una elección difícil: entre “la fe de carbonera” de la una, y la “actitud” –porque no era convicción– de la otra que pensaba que un signo de inteligencia era “ser frío”, “desentendido” en materia de Dios. Sufrí mucho cuando ella cuestionaba mi deseo de seguir de cerca a Dios. A veces su interrogatorio no era respetuoso. Tenía leve tinte de burla, “emanciparse” de lo que consideraba ya superado. Pero cuando el amor de Dios trabaja al alma desde la infancia, deja huella. Es imborrable. Porque no es uno. Es Él quien busca, quien llama, quien elige. Y uno quien decide seguirle o quedar a la deriva. La atracción del mundo también está allí con todas sus fuerzas y atractivos. Y más, si se nace en cuna que discierne clases, modos, tonos, y discrimina –cuando no desprecia– a quienes no calzan en ese estrato. ¿Qué hacer? ¿A quién imitar?

En esa difícil elección, yo observaba. Tenía además, una madre rica en misericordia que sabía alternar con príncipe y con mendigo. Recogió a niños de la calle que compartieron el techo de nuestro hogar. Entre ellas, una chica que estaba a punto de perder la vista. Le dio el cuidado médico que requería. Hoy día es enfermera graduada y trabaja en el país del norte. Su carta de agradecimiento a mi madre es un himno a quien la rescató y libró del antro de la miseria física y moral.

Una elección difícil. La piedad. El mundo. La misericordia. Quería ser las tres. Quería no abandonar la piedad de mi abuela. Quería desenvolverme en el mundo con la soltura de la otra. Y ambicionaba la cultura que me inculcaba mi madre, pero con entrañas de misericordia. Mi fe la quería con doctrina. Quería poder dar razón de ella. Me apasioné en el Colegio del Sacré Coeur, en la secundaria, con las clases de Apologética. Con esas armas soñaba conquistar el mundo, dando argumentos para toda falacia, desmontando toda astucia. Sólo que –y lo aprendí más tarde– se desarma más con santidad personal, sacrificada –como la de mi abuela materna– que con diatribas elocuentes.

Viendo, en retrospectiva, me encuentro viviendo de las tres. La elección se hizo integradora. El paso fue lento. Y quien ganó fue la coherencia que vi en cada una de ellas. Las quería unidas. Que lo mejor de cada una fuera el aliento para ser una, con las tres.

 

 

 

XI


LOS CONGRESOS

 

Después de los Congresos, Internacionales o no, queda la vida. Se vuelve a la vida. La de todos los días. Y ¿qué queda de la “verborrea” de los Congresos, Simposios, Seminarios... llámense como se llamen? La vida. De los Congresos, lo valioso es el encuentro. El encuentro con vidas de carne y hueso que traslucen lo que dicen. En éste último hice dos encuentros valiosos. El de un indígena. Coincidimos en un taller de creatividad. ¿Cómo ser creativos en el aula? Su experiencia la relató con sencillez. Cuando empezó a ser maestro no tenía nada. Tenía que crear de la nada. Escasez de todo. Escasez, no. Ausencia de todo. Para colorear, extraía de las raíces de las plantas su arco iris. ¿Hojas para escribir? Las iba a buscar en las latas de los basureros. Trece kilómetros diarios caminaba de su aldea a la escuela. Trece kilómetros de ida, trece de vuelta. Nos hizo una demostración práctica de la utilización del cuento para formar. Venía de una tradición de narradores. Y lo presentó musicalizado. Nos contó que su abuela, cada vez que se levantaba, se levantaba a trabajar. Y cantaba. Molía el maíz, cantando. Le decía que el trabajo se tiene que hacer con gusto, con alegría. Le pedí que me contara lo que su abuela cantaba cuando molía el maíz. Y acordamos, en nuestro grupo de taller, ajustar el cuento a la métrica del verso, para poder enfundarlo en la melodía que cantaba la abuela. Recordé las escenas de Majid Majidi en su film Los colores del Paraíso. Y la figura de la abuela. Con mis nietos, la invocamos. “Agllí”, “Agllí”. No sé cómo se escribe. Pero invocar ese nombre, para mis nietos y para mí, es traer, a la escena, la magia de una realidad de ternura, de belleza, de color...

 De ese Congreso traigo otro encuentro luminoso. El de una colega que no conocía y que se robó la estrella del Congreso. Me dije: ésta es una de las quinientas de quien podría hacerme amiga. Su conferencia habló de lo de siempre. De la educación en valores. Del rescate de la democracia. Pero no era “verborrea”. No era discurso de “lugares comunes”. Transparentaba lo que decía. Vivía de lo que hablaba. Por eso he dicho siempre que el Arte es el resplandor de la persona. El educador, también. Guapa, elegante, discreta, vestida a la moda, sencilla. Su presentación, ilustrada con fotografías bellas, elocuentes; y, al final, el remate del verso. La poesía afirmaba lo que carne mortal no podía en prosa. La invité al día siguiente a almorzar con otra amiga, a quien le hablé de este hallazgo. Coincidíamos. Era una de esas perlas preciosas de las que nos habla la parábola. Pedí tres copas de vino. Quería brindar por la alegría de este encuentro.

El último día del Congreso vinieron las conclusiones. Se cerraba “la verborrea”. No utilizo este término en sentido peyorativo. No encuentro otra palabra para calificar el discurso de lo “accidental”. Siempre he querido quedarme con lo “sustancial”. A toda la enumeración de etiquetas –con que científicamente ahora se refiere a lo de siempre, a lo esencial– captaba que no importa el término técnico. Lo que importa es lo que sustenta. Por eso, de la verborrea técnica elegí quedarme con dos personas. Y ¿qué tenían en común? Encarnaban lo que vivían. Lo sabían, heredado de sus padres y abuelos. Lo habían adaptado al “accidente” de la terminología que el discurso pedagógico de hoy exigía. Porque si venía “vestido a la turca”, como le pasó al expositor de El Principito, nadie habría puesto atención.

 

 

 

XII


LA GENERACIÓN DE LOS AÑOS 60

 

Pertenecí, en mi juventud universitaria, a la generación de los años 60. La viví en universidades del país del norte. Era la generación de la emancipación de la mujer. Arma de doble filo. Vivíamos divididas entre la aceptación de la naturaleza “dada”, y la duda de que –en esa naturaleza dada– pudiese darse realmente una emancipación.

La generación que vino luego, la del “género”, fue más brutal. No quiso sentirse dividida entre las dos. Aborreció la naturaleza. La erradicó. Somos sólo “construcción”. Constructo, sin fundamento natural. Esa generación se abocó a “la de-construcción de la mujer” para ofrecerle otros paraísos. El de los 3, 4, 5 géneros... Ya no éramos varón ni mujer. Podíamos elegir ser lo que quisiéramos. El sexo no tenía orientación “dada”. Se inventó la terminología ambigua para desatar la concupiscencia en la “diversidad” que se quisiera. Y así se disparó la debacle en la cual vivimos. Los resultados no se dejaron esperar. Tengo un barómetro muy particular para medir “el impacto”, como dicen los investigadores, de esa descomunal desorientación. El de la felicidad. Ése es el indicador más “sostenible” para evaluar si la persona encontró realmente la felicidad en esa perspectiva de género.

Volvamos a mi generación, la de los años 60, que si bien era tan radical no cayó en la trampa de querer tapar la naturaleza del sol con un dedo. Viví dividida entre la realización profesional y la duda de si era compatible con fundar una familia y la maternidad. Esas eran las minucias que me atribulaban. No tenía a mi alrededor mujeres de carne y hueso que unieran inteligentemente los dos ámbitos. O se era lo uno. O se perseguía lo otro. Las grandes mujeres que conocí de la generación de mi madre poseían la inteligencia natural, la propia de su sexo, pero no incursionaban fuera; no salían del ámbito doméstico. Y en mi generación, la que elegía la profesión universitaria, miraba con sospecha el “cerco” del compromiso familiar.

Elegí casarme. Estaba enamorada. Razón suficiente para desmontar cualquier bloqueo ideológico. Cuando habla el corazón, la razón se doblega. El asunto está en que el corazón hable en la dirección debida, para que el “doblegue” no quiebre a la persona por elecciones imprudentes e irresponsables.

La gracia del sacramento del matrimonio me ofreció la garantía de que era posible la aventura de “uno con una” y “para siempre”. Me fié de lleno en esa garantía. Es la que ha sostenido las mil y un vicisitudes que conlleva el armonizar, día con día, temperamentos tan diferentes, gustos tan dispares, hábitos, disciplinas y costumbres tan disímiles.

Con esa garantía de seguridad crecí. La vi en el matrimonio de mis abuelos paternos. No se deshizo el matrimonio de ellos, porque brillara ella y él fuera la sombra, inteligente, que la amaba. Hay sombras de sombras. Las tontas. Las opacas. Pero la de mi abuelo paterno, frente a la personalidad “éclatante” –dirían los franceses– de mi abuela era sombra que amaba. La seguía. Era girasol que giraba en torno a su sol y no perdía por ello su personalidad. Era feliz viendo a la otra resplandecer. Y así, los dos, formaban un entorno social acogedor, abierto, foro de discusiones políticas y culturales. Mi abuelo pertenecía a la generación de tres presidentes de la República. Llevaba ese mando en sus venas. Era hijo de General. En esa época, ser hijo de General era una distinción. No tenía la connotación que tiene ahora, por la proliferación de corrupción que ostenta la solapa de quien otrora se vestía de virtudes. Conservo tres cartas manuscritas del General a su nieto (mi padre). Son un dechado de consejos, de virtudes, de hombría, para cruzar el mar de la vida en medio de borrascas inevitables. Esa era la hidalguía de su estirpe y que quedó plasmada en la pluma egregia de mi tío abuelo, el Padre Eduardo Ospina, S.J., gran humanista latinoamericano.

El matrimonio de mis abuelos maternos lo conocí de oídas. Mi madre me hablaba del prestigio y distinción –gabacha impecablemente almidonada– de su padre médico. Estricto. Formador del instrumental material y humano de su profesión. Se casó mayor. Rondaba los cuarenta. Mi abuela, una jovencita de dieciocho. Él, de mundo. Ella, de la generación de su tiempo, recatada. Pero en este matrimonio era ella quien giraba en torno a su sol. Me quedó grabada una expresión que repetía, no sé si a manera de consejo o de advertencia. Yo la tomé de consejo. Decía: –“cuando el marido está en casa, es como si estuviese expuesto el Santísimo”. Afirmación ésta que podría derramar la ira del feminismo radical. No derramó la mía. Porque también yo soy de la generación feminista. Pero entiendo el feminismo de otra manera. Asimilar esta afirmación me tardó lustros. Y darle “lustre”, otros tantos. La felicidad de mi abuela era hacer feliz a su marido. Y en este registro, la felicidad amalgamaba una infinitud de virtudes que yo desconocía y que, por lo tanto, no vivía. No se puede vivir lo que no se conoce. Y conocer no es suficiente. Hay que interiorizar, “prendarse” luego de la belleza de esa virtud, para poder acometerla y luchar, día a día, por vivirla.

Recuerdo cuando alguien me dio por consejo lo siguiente, ante una protesta que hacía sobre una circunstancia que estaba viviendo: –¡Pues, ésa es su cruz! Y le contesté: “–No me venga, a mí, con ese cuento!” Porque la Cruz no se traspasa “verbalmente”. Hay que descubrir el resplandor de su eficacia y de su gloria. Y para esto es preciso captarla “encarnada” en la amabilidad de una vida. Amabilidad sonriente, aunque esté signada por la contradicción y por el dolor. Recordé, en un momento de intenso sufrimiento, la imagen que me quedó clavada del film, La Pasión de Cristo de Mel Gibson, cuando Jesús, en una de sus tantas caídas en la Vía Dolorosa, apoya su mirada en la de su Madre y le dice: ¡Recuerda, Madre, que estamos haciendo nuevas todas las cosas! Certezas como ésta son las únicas que hacen posible el claroscuro del amor en el dolor. “¡Hacer nuevas todas las cosas!”. Esa es la eficacia redentora de la Cruz. La que nos prometió Cristo. Y lo nuestro es vivirla. Eso que la teología llama “Corredención”.

¿Y el matrimonio de mis padres? Ése fue el cañamazo que sirvió de bastión para el mío. Mi padre, la Ciencia. Mi madre, las Artes. Temperamentos dispares. Culturas disímiles. Los dos, cultos. Pero la cultura de la ingeniería es diferente a la cultura de las artes liberales. Por suerte, la Universidad hoy día se ha planteado la necesidad de “invertebrar” el humanismo a lo largo de toda la columna dorsal de la ciencia. ¿Acaso la persona humana no es una? ¿Acaso la cienci

Enviado por Promesa - 02/02/2006 ir arriba
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