En
la persona y obra
del Padre Eduardo
Ospina S. J.
(1891-1965)
Por
Helena Ospina
de Fonseca
Catedrática,
Facultad de Letras.
Universidad de Costa
Rica.
Ponencia:
Coloquio
Internacional de
Literatura
Hispanoamericana y
sus valores.
Septiembre 20 al 23
del 2004.
Universidad de La
Sabana.
Santafé de Bogotá,
Colombia.
En la concepción
cristiana hay una
idea central,
la Encarnación de
Dios,
que ilumina altos
valores humanos,
dejados en la sombra
por la ideología
griega sobre el
hombre.
Eduardo Ospina,
1927.
El arte,
con la fuerza del
Verbo del
cristianismo
será “agua que
manará como
torrente”
de las entrañas de
quien beba de él.
Helena Ospina, 6.IV.1997.
Introducción
Tengo una deuda de conciencia con mi tío abuelo, el
Padre Eduardo Ospina
S. J. (1), humanista
latinoamericano (2).
Con esta ponencia
continúo una serie
de empeños (3) por
dar a conocer su
poesía (4) y sus
estudios
crítico-comparativos
sobre la creación
artística.
Transcribo, lo que
se dijo de él a su
muerte, en el
Anuario General de
la Compañía de Jesús
(Roma 1965):
“Crítico de arte,
pensador profundo y
uno de los
escritores de mayor
talento y de los
humanistas más
completos de su
generación… Vigorosa
vida interior…
Apologista de tal
convicción que cada
línea parece
respirar el amor y
la fidelidad del
centinela… Su ideal
fue siempre unir una
gran perfección
religiosa con una
esmerada formación
científica y
estilística…
Auténtico formador y
orientador con la
palabra y con el
ejemplo”.
Me detendré en la
última aseveración:
“Auténtico formador…
con la palabra y con
el ejemplo”.
Insistiré en esta
característica de su
“unidad de vida” (5)
en un Coloquio
Internacional que se
propone destacar los
valores de nuestra
literatura.
Unidad de vida es lo
que ando buscando
como valores a
cultivar en la
literatura y en las
artes (6). En 1991,
cuando se abre la
colección de poesía
en la editorial
PROMESA de Costa
Rica, empiezo a
buscar creadores en
las diferentes artes
(poesía, música,
danza, fotografía…)
que conciban su
quehacer como
expresión vital (7),
unida
entrañablemente a la
vida cotidiana,
manifestación de
aspiraciones,
ideales, alegrías y
dolores, enclavados
en un sentido
trascendente de la
vida. A esta
concepción del arte
se unen
investigadores,
críticos literarios,
historiadores que
siguen el pulso de
nuestras creaciones;
las estudian y las
dan a conocer en
congresos,
simposios, coloquios
como el que hoy nos
ocupa (8).
1. La tesis de
1927 en Münich
Las almas esperan
la luz.
El mundo muere de
nostalgia por lo
espiritual,
por lo inmortal, por
lo infinito.
Una gran parte de
las energías
científicas de un
siglo
se han empeñado en
afirmar que no
existe el espíritu,
ni la inmortalidad ,
ni el infinito:
sólo existe la
materia,
porque los
instrumentos de las
ciencias naturales
no han podido
descubrir el
espíritu
en el hombre ni en
el universo (…).
Pero esas
afirmaciones no han
extirpado aún
ideas muy arraigadas
en una gran
extensión del orbe.
Por la tierra ha
pasado una religión
que afirmó de Dios y
del hombre cosas
insondables,
que hizo tremendas
predicciones e
inefables promesas,
que miró la vida
como un camino corto
y abrupto,
que formuló la
necesidad de avanzar
hacia el borde del
cielo o del abismo
para lanzarse de un
vuelo
en el abrazo eterno
con el Amor infinito
o en el abrazo
eterno con el Dolor.
Eduardo Ospina
(1927)
El Romanticismo,
pp.420-421.
Lo que el Padre
Eduardo Ospina
afirma a principios
del siglo XX en su
tesis sobre El
Romanticismo (9)
–presentada en la
Facultad de
Filosofía de la
Universidad de
Münich bajo la guía
del sabio Maestro
Karl Vossler–
podemos seguir
afirmándolo en
general sobre el
arte, a saber:
El arte se ha
hecho demasiado
verdadero y vital
para que se deje
recluir entre las
bellas formas de
mundos muertos. El
arte no puede
cristalizar en
formas
imperfectibles,
porque el arte debe
ser múltiple y
fecundo como la
belleza viva, y la
vida no puede
encontrar su
expresión absoluta
en pequeños esquemas
combinados por mano
de hombre. Cada idea
bella debe crear su
forma, como cada
alma construye su
cuerpo hasta la
floreciente plenitud
(El Romanticismo, p.
414).
“Cada idea bella
debe crear su
forma”… Esta
afirmación del Padre
Ospina continúa
siendo una
invitación a los
artistas para que
sigamos
descubriendo, en la
profunda riqueza de
la verdad revelada
del Cristianismo, la
forma viva. Porque
el Cristianismo es
de vivos, no de
muertos (10), y
tiene como fuente
una belleza viva –la
misma Belleza– en la
Persona de Cristo:
Logos eterno del
Padre y logos
perenne del arte.
La obra de Eduardo
Ospina plantea para
el crítico, el
artista y el
filósofo “el ver
cómo esa cosa
penetrativa, fecunda
e inagotable que se
llama Cristianismo
(…) no sólo ha
desarrollado sobre
el haz de la tierra
una cultura nueva,
sino que ha entrado
hasta lo más hondo
de las almas y ha
unido las fibras más
recónditas de la
existencia con
misteriosos hilos de
luz, por donde pasan
las celestes
comunicaciones de lo
infinito (El
Romanticismo, p.
401)”…; cómo esa
savia penetrante del
Cristianismo
infundió al arte
moderno una forma
abierta –inagotable–
que se abre y se
seguirá abriendo a
los artistas, a los
críticos y filósofos
del arte de todos
los tiempos. Y si
bien el Padre Ospina
estudió solamente
–por la delimitación
propia de su tesis
doctoral– los
caracteres de la
lírica romántica
(unido todo esto al
problema estético de
la verdad artística,
la comparación entre
la concepción griega
y cristiana de la
vida en sus
relaciones con el
arte), dejó abierto
el método
(histórico-crítico y
crítico-psicológico)
para la exploración
de estas precisiones
e intuiciones
creativas de los
grandes genios que
han sabido
desentrañar la
fuerza vital del
Cristianismo en el
fondo y en la forma
del arte y en su
impacto sobre la
persona del artista.
El Padre Ospina
busca “hacer del
arte la expresión
inmediata del alma”
(El Romanticismo,
p. 414). Quiere que
el arte de todos los
tiempos se fecunde,
descubra la
expresión de sí
mismo, en la propia
vida y en el mundo
en que vive. Desea
–en síntesis– “hacer
florecer la verdad
del arte sobre la
verdad de la vida” (Ibid.).
Anima a los artistas
–y su magisterio
vivo y escritos
fueron fiel reflejo
de esta pasión– en
la búsqueda de “esa
inagotable evolución
de formas (…) en
busca de expresión
de la moderna
vitalidad
inextinguible (Ibid.,
p. 415). Augura para
el arte un tipo de
sana libertad –el
que da vida a las
nuevas formas–, para
evitar que muera. Y
llega a afirmar que
“el ideal de la
educación y, por lo
tanto, de la
producción
artística, debía
estar fuera de toda
escuela. (…) Porque
la expresión de la
belleza debe ser tan
multiforme,
inagotable, generosa
como la belleza
misma. La vida
humana, como la
naturaleza en
general, no están
gobernadas por
reglas de ingenio,
sino por leyes tan
anchurosas y lúcidas
como los espacios
celestes. El arte
debe ser reflejo
humano de esa
belleza sin límites
y de sus caminos
maravillosos” (El
Romanticismo,
pp. 416-417).
Su tesis
–sobrecogedora en
profundidad,
intuiciones y
análisis
comparativos–
constituye un
aldabonazo a los
espíritus generosos
–a “los artistas,
los poetas, que son
almas escogidas” (Ibid.,
419)–, para que
continúen su
ardoroso estudio y
desvelen para la
persona y el arte
del tercer milenio,
el rostro inefable
–en forma inefable–
de la Belleza de
Dios, y trabajen
–como él lo hizo– su
arte y crítica a la
luz amorosa de la
Persona que encarnó
lo infinito en lo
finito cuando la
misma Belleza de
Dios se hizo hombre
e invitó a la
contemplación de su
Belleza como
comunión de Personas
en el Amor.
Con gran realismo y
sentido común, el
Padre Ospina alienta
este nuevo soplo del
Espíritu en nuevas
generaciones de
críticos, filósofos
y artistas, les
advierte lo
siguiente:
Una escuela
artística puede
tener los más
fecundos principios
sin que por sólo eso
confiera un acierto
inefable a sus
artistas. El buen
gusto artístico no
es privilegio ni
carácter de ninguna
verdadera escuela de
arte. Es una
cualidad personal,
la más personal e
inalienable junto
con el genio y el
carácter individual.
Lo que hace grande a
una escuela son los
grandes principios;
lo que hace grandes
a los artistas que
la profesan son el
propio genio y la
sabia comprensión y
aplicación de los
grandes principios
de su escuela (El
Romanticismo, pp.
403-404).
El propio genio, la
sabia comprensión y
aplicación de los
grandes principios…
¡He ahí la exigente
tarea para arte y
persona! El
Cristianismo no
tiene escuela propia
de arte; ¡es la
forma misma –la
forma abierta del
arte–! de la
infinitud que busca
–en el tiempo– la
forma finita del
genio del artista.
El Padre Ospina
cierra sus
afirmaciones con
soplo renovador y
alentador. Lo que
afirma del
Romanticismo
podríamos recabarlo
para el arte del
siglo XXI, a saber:
una “noble y humana
independencia
artística, que no se
aviene a reconocer
como norma exclusiva
los procedimientos
limitados de
escuelas y genios
precedentes, aunque
esas escuelas sean
las clásicas y
aunque esos genios
se llamen Píndaro,
Sófocles y Homero (El
Romanticismo, p.
404) (11).
La conclusión de
Ospina en su tesis
dejó abierta desde
2-II-1928 (Fecha de
su defensa) a los
estudiosos de
diferentes
manifestaciones
artísticas, una vía
amplísima –bien
precisada
históricamente y
sustentada con su
característico
análisis crítico
comparativo– para
seguir desentrañando
en el arte sus
caracteres
universales. El arte
se torna
transparencia de la
vida del artista,
capaz de transmitir
los anhelos más
profundos que buscan
saciar su sed de
infinito. Después de
la revelación de la
verdad cristiana,
estos anhelos
encontraron –para su
espíritu y corazón–
un venero diáfano y
límpido para seguir
conquistando, a
través de la forma
artística, la
catarsis de la
síntesis personal
–individual y
colectiva– de una
concepción de arte y
persona.
2. Invitación a
una estética
(12)
El arte moderno
no ha podido
librarse,
aunque lo ha querido
con toda su furia
iconoclasta
de esa pasión de
infinito
que el cristianismo
infiltró, para
siempre,
en las venas de su
espíritu.
Helena Ospina,
6.IV.1997
En 1927 Eduardo
Ospina, al defender
su tesis, señala
–como origen más
profundo y radical
de los caracteres
románticos– un
concepto especial:
el arte como
expresión de la
vida. En su estudio
hace una comparación
entre la concepción
de vida trascendente
del cristianismo y
la concepción de
vida de los griegos,
a fin de hacer ver
las diversas
consecuencias que se
desprenden para el
arte de concepciones
distintas de la
vida.
En 1997 –setenta
años después–
escribo un ensayo
“Arte y persona”
donde afloran las
mismas ideas acerca
de la íntima
conexión entre el
arte y la concepción
de la vida: el arte
como transparencia
de la persona; el
arte como icono de
Dios. Este
principio de la
creación artística
lo llevo a un
desarrollo ulterior,
al considerar el
trabajo del artista
como paulatina y
gradual
identificación con
el centro
cristológico de su
vida, para asumir
–desde el arte y a
través del arte– la
misión corredentora
que todo trabajo ha
de buscar cuando se
trabaja a la luz de
la Persona que ama.
En su tesis, el
Padre Ospina
vislumbra la fuerza
creadora propia del
arte cristiano,
fuerza creadora que
todavía está por
desarrollarse a
través de la forma,
una vez que se
superen –desde la
cima de una
verdadera
perspectiva
omnicomprensiva del
arte– los
desaciertos y
complejos de una
concepción del arte
que desconoce la
íntima conexión que
existe entre arte y
vida; y cómo –de los
resortes íntimos de
esta fecunda
interrelación–
pueden surgir las
más sublimes
expresiones
artísticas: el arte
como transparencia
de la vida; el
trabajo del artista
como orfebre que
trabaja su obra
sabiéndose imagen de
Dios (13).
Desde la Encarnación
del Verbo de Dios,
de su Logos, la
civilización se
divide entre una
civilización que
desconoce la
revelación que trajo
consigo la verdad
cristiana, y otra
que lucha por
desentrañar –en
todas las
actividades humanas–
las riquezas que
esta Buena Nueva
trajo para
esclarecer el
misterio de la
persona humana y dar
sentido corredentor
a la creación de su
espíritu.
La verdad sobre la
persona humana que
el cristianismo
trajo la colocó a
ella y a su creación
en una dimensión de
eternidad, porque al
hacerse Dios hombre,
toda la realidad, al
redimirla, la
cristificó y la dotó
de una potencia
corredentora que
ofreció a la persona
–a la libre
iniciativa de su
cabeza y corazón–
para que devuelva
–con la acción de su
Espíritu
vivificador– la
creación a su
Creador.
Todo el arte quedó
inmerso desde la
antigüedad en esta
nueva luz como
invitación para que
la crítica del arte
pueda –desde la cima
de esta cumbre que
es Cristo– analizar
la hondura de las
intuiciones geniales
que el espíritu
creador ha
manifestado y
seguirá manifestando
a lo largo de los
siglos.
El Cristianismo le
hizo comprender la
realidad de la
unidad –su unidad de
espíritu y carne–
como tensión vital
en lucha por
armonizar lo
espiritual en lo
carnal, y lo carnal
en lo espiritual. El
hombre es hechura y
semejanza de Dios, y
su Dios es un Dios
encarnado. Esta
tensión vital hacia
la armonía habría de
tener repercusiones
en la imagen interna
de su ser y en la
plasmación externa
de sus obras.
En el arte esto se
refleja directamente
en el fondo –tema,
argumento–; y, como
era de esperar, en
la forma, forma que
ha de buscar –a
través de los
tiempos– “el soplo”
que mejor trasluzca
–con fidelidad– su
sed de infinito.
Esta unidad de la
persona –vivida como
tensión vital de una
armonía a
reconquistar con la
ayuda de la gracia
divina– trae, por
analogía, el
recuerdo de otra
exigencia que
reclama el verdadero
arte: la unidad
entre forma y fondo.
Al proclamar el
cristianismo la
realidad de la
infinitud
incardinada en la
finitud, el arte
quedó elevado a una
dimensión que
requería que la
relación fondo–forma
se planteara a la
luz de nuevas
síntesis.
Al abrirse el fondo
hacia la dignidad de
la riqueza de la
persona humana como
imagen de Dios, la
temática –argumento,
motivo– de su
expresión quedó
bañada de una
vigorosa savia que
poseía la semilla
que podría llenar
las aspiraciones de
su corazón inquieto.
Y al estar todo el
ser de la persona
inmerso en este mar
de fondo de
posibilidades
temáticas que el
cristianismo ofrece
al hombre en su
búsqueda de sentido,
la forma del arte
quedó preñada de
unas ideas potentes
que requerían nuevos
caminos “formales”.
Estamos en presencia
de un influjo
poderoso que no
puede contentarse
con aposentarse en
estilos ni escuelas,
sino que busca –y
buscará hasta el
final de los
tiempos– la libertad
de una expresión que
pueda acuñar –para
cada temperamento y
momento histórico–
el progreso del
espíritu –en obras
de arte– hacia ese
ideal del
cristianismo –ideal
como ningún otro lo
ha sido– ofrecido a
la libre creatividad
de su espíritu
cuando busca
responder a los
anhelos más íntimos
del corazón.
Bibliografía
OSPINA, Eduardo.
El Romanticismo.
Bogotá: Ministerio
de Educación
Nacional, 1952.
OSPINA, Helena.
Trilogía del
esplendor de la
belleza: Splendor
formae, Splendor
Personae, Splendor
gloriae. San
José, Costa Rica:
PROMESA, 1991-1998.
(1) Eduardo Ospina,
S. J. (Ubalá 1891 –
Bogotá 1965) estudió
Filosofía y Teología
en Oña (España) y
Valkenburg
(Holanda). Es Doctor
en Arte y
Literaturas Modernas
(Münich, Alemania).
Fue profesor de
Humanidades,
Estética y Arte;
Decano de Teología
en la Universidad
Javeriana; Asesor
del Comité de
Defensa de la Fe del
CELAM; Miembro de
Número de la
Academia Colombiana
de la Lengua; y
promotor social en
los barrios
marginados de
Bogotá.
(2) Cfr. Anuario
General de la
Compañía de Jesús
(1965).
(3) Cfr. En 1997
pronuncié una
conferencia en el
Instituto Caro y
Cuervo de
Yerbabuena: “La
forma del arte
moderno según el
Padre Eduardo
Ospina”; otra en
1998 en la Academia
Colombiana de la
Lengua: “De oro el
último eslabón: arte
y persona en la vida
y obra del Padre
Eduardo Ospina”.
(4) Cfr. Eduardo
Ospina. Antología
poética. Prólogo
de Luis Carlos
Herrera. Edición y
estudios críticos de
Helena Ospina. San
José: ed. PROMESA,
2004.
(5) Cfr. Fernando
Ocáriz e Ignacio de
Celaya. Su estudio
sobre la “Unidad de
vida y plenitud
cristiana” en
Vivir como hijos de
Dios: Estudios sobre
el Beato Josemaría
Escrivá,
Pamplona: EUNSA,
1993.
(6) Cfr. Helena
Ospina, “Arte y
persona: el concepto
de unidad de vida de
Josemaría Escrivá en
la persona y obra
del artista”,
Actas del IV
Congreso Cultura
Europea (1996)
de la Universidad de
Navarra. La unidad
de vida es aplicada
al campo de la
creación artística
para dejar entrever
las consecuencias
que la formulación
de este principio
tiene para la
persona y la obra de
artista que trabaja
su vida –y la obra
de sus manos- a la
luz de la fuerza
cristológica y
cristocéntrica de
una vocación
concebida como
gradual
identificación con
la persona de Cristo
y con su tarea
corredentora. La
obra de arte viene a
continuar la del
Creador y tiene como
fin la intensa
compenetración con
el Amor de sus
amores, para que la
obra de su cabeza y
corazón continúe por
los siglos la
glorificación de la
Trinidad en un
progresivo
desvelamiento y
epifanía del rostro
de Dios.
(7) Cfr. Luis
Borobio. El arte,
expresión vital.
(8) En este coloquio
participan dos
investigadores de
PROMESA: el
filólogo, filósofo y
matemático, Jorge
Mario Cabrera, quien
ha realizado la
edición crítica de
los académicos
colombianos de la
lengua sobre la obra
poética del
colombiano David
Mejía Velilla que se
presenta en este
Coloquio (La
Epístola familiar de
David Mejía Velilla:
Estudios críticos
sobre su obra
poética, San
José,
PROMESA-Universidad
de La Sabana, 2004);
y el filólogo,
investigador de
origen belga, Víctor
Valembois, quien
disertará sobre la
producción
centroamericana y
del Caribe de la
colección de poesía
de PROMESA.
(9) El
Romanticismo:
Estudio de sus
caracteres
esenciales en la
poesía lírica
europea y colombiana.
1ª. edición, Münich,
1927. 2ª. edición,
Bogotá: Ministerio
de Educación
Nacional, Ediciones
de la Revista
Bolívar, 1952. Esta
tesis monumental
consta de dos
partes. En la
PRIMERA PARTE hace
la “Caracterización
de la lírica
romántica”. En su
Primera Sección
define la
“Caracterización de
la lírica en cuatro
románticas europeas
por el método
histórico-crítico”
–la alemana,
inglesa, francesa y
española-. En su
Segunda Sección
presenta la
“Caracterización de
la lírica en la
poesía colombiana
por el método
crítico-psicológico”.
En la SEGUNDA PARTE
estudia el “Concepto
romántico del arte y
concepción romántica
de la vida”; compara
luego la concepción
cristiana y griega
de la vida en sus
relaciones con el
arte, para hacer ver
las consecuencias
prácticas que se
derivan -para “la
forma del arte”- de
estas concepciones
diferentes.
(10) Esta idea es el
leit motif de
todo el poemario de
Gustavo González
Villanueva, El
enigma de la almeja,
San José, ed.
PROMESA, 1996.
(11) Lo mismo afirma
a finales del siglo
XX Gustavo González
Villanueva, en su
poemario El
enigma de la almeja.
(12) Entreveraré las
afirmaciones de mi
tío abuelo con las
mías porque
descubrí, al empezar
a leer su obra, que
las intuiciones que
había tenido desde
joven -y que plasmé
en mi primer
poemario Ars
poetica (1991)-
eran las mismas.
(13) Los frutos de
esta fuerza creadora
propia del
cristianismo ya han
estado viendo la luz
desde aquel
memorable 28.XI.1990
en que se confió a
la editorial PROMESA
la obra manuscrita
de otro artista, el
poeta de la Antigua
Guatemala, Gustavo
González Villanueva.
Al iniciarse en 1991
la colección de
Poesía con Ars
poetica se puso
el cimiento de esta
floración. Esta
colección tiene
invertebrada una
formulación de su
estética en la
trilogía sobre el
esplendor de la
belleza: Splendor
formae (1995),
Splendor Personae
(1997), Splendor
gloriae (1998).
Splendor formae
reúne tres
poemarios: Ars
poetica; Poiein:
Génesis del verbo
poético; El Verbo y
el alma (Diálogos
del alma y el Verbo.
Diálogos del Verbo y
el alma).
Splendor Personae
reúne los poemarios
cristalizados en
Arbeláez (Colombia)
en casa de campo de
mi hermano Sebastián
durante la Semana
Santa de 1995 bajo
el influjo de la
lectura de La
ciencia de la Cruz
de Edith Stein. En
esta obra surge el
tema de la
corredención unido
al trabajo creador
del artista.
Splendor Personae
prosigue el trabajo
de la forma de
Splendor formae
y se une a esa
intuición genial del
Padre Ospina –vivida
personalmente y
experimentada en el
estudio de la
literatura universal
desde la cima que le
brindaban sus
estudios de Estética
y el penetrante
análisis comparativo
que iba
desarrollando entre
antiguos y
modernos-, de que en
la concepción
cristiana de la
vida, el arte ha
encontrado el
resorte más potente
y fecundo para una
verdadera floración
y plasmación del
alma humana: la
forma como expresión
de la persona, y de
lo más medular, la
de su dignidad, que
le viene dada por
ser hijo e imagen de
Dios.
Splendor gloriae:
Estética de una
belleza esponsalicia
se escribe de un
solo tirón en
nuestra casa de
campo de Cubujuquí
en Heredia (Costa
Rica) al leer una
obra del filósofo
español Alfonso
López Quintás. El
arte es un fenómeno
de encuentros, de
ámbitos que se
entreveran entre
personas y las obras
de su espíritu,
fecundándose así
unos a otros, en una
búsqueda de la
belleza que culmina
en verdad y bien