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MARTA Y MARÍA EN LA POESÍA (Helena Ospina)

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MARTA Y MARÍA EN LA POESÍA

UN COLOQUIO CON DAVID MEJÍA VELILLA. Homenaje al poeta

UN COLOQUIO CON DAVID MEJÍA VELILLA :

Marta y María en la poesía

Helena Ospina de Fonseca
Catedrática, Facultad de Letras
Universidad de Costa Rica


Homenaje al poeta David Mejía Velilla
(En el segundo aniversario de su dies natalis 15-IX-2004)
Universidad de La Sabana
Santafé de Bogotá
23-IX-2004


Abstract

David Mejía Velilla estuvo reunido en setiembre del 2001 en la Embajada de Colombia en Costa Rica, con los miembros de la Academia Costarricense de la Lengua, tertulia que fue recogida en una publicación de la editorial PROMESA. Se destacan aquí algunos de los temas tratados en el Coloquio y que tienen que ver con los temas de la unidad entre fondo y forma en poesía, la alternancia de los períodos fecundos y baldíos en la creación artística, y la “unidad de vida” entre arte y persona.


En septiembre del 2001 David Mejía Velilla fue invitado a participar en el Congreso Hispanoamericano: Hacia una educación más humana[1], organizado por la Asociación para el Desarrollo Educativo y Cultural ADEC en San José de Costa Rica. Se tuvo luego una tertulia en la Embajada de Colombia[2] con los miembros de la Academia Costarricense de la Lengua. Estuvieron presentes el Presidente de la Academia, Don Alberto Cañas Escalante, y dos distinguidos miembros: Estrellita Cartín de Guier y el dramaturgo Samuel Rovinski. Los académicos comentaron su antología poética Canto continuo[3] y al final de la tertulia-recital de su poesía se inició un coloquio entrañable al cual me referiré[4].

Conocer a un poeta es un regalo de Dios. Mi tío abuelo, el humanista latinoamericano, Eduardo Ospina, decía de los poetas que eran “almas escogidas”. David era una de esas almas. Hablar con él era otro regalo de Dios. Al final del acto con los académicos me dediqué a hacerle preguntas. Tenía que aprovechar esta circunstancia única, especial, irrepetible. Quise tratar con él algunos temas: el de la relación “fondo y forma” en la poesía –tema que había escudriñando en los ensayos de Paul Valéry–; otro más personal, el de la alternancia de los períodos creativos y baldíos en la creación artística que puede presentarse en la vida del artista; y uno crucial sobre la “unidad de vida” entre la vida contemplativa y activa que enfrenta todo creador.

La respuesta a mi primera inquietud –sobre el fondo y la forma– fue clara. La pregunta era: “–¿Cree usted indispensable el equilibrio entre el fondo y la forma en la poesía o pesa más un aspecto que otro?”. Y su respuesta: “Si en el fondo no hay poesía, la poesía no existe, no la hay. Eso pienso”[5]. Con Paul Valéry había batallado en mi interior sobre este tema leyendo sus escritos. David venía a confirmar algo presentido y elegido desde mi trabajo como poetisa. Primero está la vida, la vida vivida; luego viene el acto de escribir. Pueda ser que no se escriba, pero la vida habrá sido poesía. Entre más plena la vida, más cabal puede llegar a ser la poesía. El arte vive de la vida de sus creadores. Se nutre de sus ideales, de sus anhelos más profundos. Dependiendo del calibre de los ideales así será el registro y gama del diapasón de su expresión poética.

El segundo tema que abordé era el de la alternancia entre los períodos fecundos y vacíos que existen en la vida de todo creador. Su respuesta fue esperanzadora: “es otra vida la que se pronuncia allí”[6]. Siempre la vida. Y hay poesía también –como decía David– en el “trato corriente entre las personas, y de las personas con sus propios asuntos y sus problemas”, porque la poesía “está encomendada a rasgos de la persona”, “no sólo a la palabra”[7]. Esta respuesta fue un haz de luz para seguir desentrañando en mis ensayos la relación entre arte y persona.

El tema medular sobre la relación entre vida activa y contemplativa que vive todo creador que lucha por encarnar la “unidad de vida” entre su ser y su quehacer, la contestó de manera diáfana. La pregunta formulada era: “¿Cómo ha resuelto usted el problema de Marta y María en la poesía? “Yo –afirmó David– soy un enamorado de Marta y María. Soy un enamorado del oficio de ambas. Y advierto la poesía… de otras formas; en la vida ordinaria, en el sacudidor de Marta; y la advierto en los éxtasis de María y, ni más faltaba: ¡en la contemplación!”[8]. David era un poeta que a fuerza de vivir la exquisitez en lo ordinario pudo alcanzar la cima de la exquisitez en lo divino. Toda su poesía está transida de ese aroma de Dios. Esto me recuerda una advertencia que nos hizo Juan Pablo II a los artistas que fuimos a Roma para el Jubileo del Mundo del Espectáculo en diciembre del año 2000. Nos pidió que cuidáramos la interioridad; sin interioridad no podríamos entregar a los demás la riqueza de los talentos recibidos de Dios; nos advirtió de este peligro en el ejercicio de una profesión que está volcada hacia fuera, hacia el público, y que podría agotar el “reservoir” de la contemplación que todo artista necesita para crear.


* * *



Hace algún tiempo escribí unas reflexiones sobre “Marta y María”, pensando en el trabajo del artista y que vi confirmadas luego en la poesía y en la vida de David.

Hay un principio que descubrí en mi infancia: el de la certeza de que el suelo nutricio más fecundo para el arte lo brinda el dolor. Cuando somos niños, gracias a las manos de una madre, el rostro de esa realidad nos es parcialmente velado. Por eso el misterio del sufrimiento y del dolor no lo podemos captar, en toda su hondura, en ese momento. Sólo lo descubrimos, años después, cuando nos damos cuenta cómo esas manos de madre fueron capaces de hacer florecer el talento cuando se experimentaba la soledad e incomprensión del don. La presencia de la madre de David, Ana Francisca, en su poesía es un eco delicioso de toda esa urdimbre de ternura y bondad que hicieron posible el despliegue del genio de la sensibilidad finísima de su hijo.

Otro principio que descubrí, también gracias a mi madre, es el que está relacionado con la dignidad y la elegancia. ¡Arte cabal de personas cabales! Cuando la vivencia artística se experimenta desde la infancia en un clima familiar de tono humano, de virtudes, lo lógico es suponer que ése es el ámbito propicio para que florezca el arte. Detalles tan pequeños como el de una superficie limpia que invita a su decoración, el de un cuadro "bien colgado", el de unos tonos de tapices que armonicen, el de unas flores frescas bien puestas, son los que constituyen una base que luego hará posible el desarrollo ordenado de la técnica en la ejecución de las obras de arte.

Estos principios –el del envés y revés fecundos entre la belleza y el dolor, el de arte cabal de personas cabales– encontraron un ulterior desarrollo en el ensayo “Arte y persona”[9] que dejé abierto a los artistas a manera de una propuesta e invitación.

Concebir el arte en esta dimensión de la unidad de la persona –entre su ser y su obrar– suscita un problema interesante: ¿dónde radica la cabalidad de la obra de arte? ¿En la obra o en la persona? ¿Será posible buscar y pretender esta cabalidad en las dos: en la obra y en la persona? Para comenzar, partimos del hecho de que cada obra de arte –en sus múltiples formas de expresividad– goza de la autonomía propia que le confiere la disciplina de su arte. Cada oficio es cada oficio. Y cada oficio ha de regirse por las leyes propias de su oficio. En eso estamos claros, porque la cabalidad de una persona no produce, de hecho, la perfección en la obra de arte; y la belleza formal de una obra de arte no refleja tampoco la totalidad de la belleza de la persona.

Pero cuando concebimos la obra del artista, no sólo como "producto acabado" –"bien hecho" en su unidad indiscernible de "fondo y forma"–, sino como "proceso" en el cual la creación artística –al poner en ejercicio todos los talentos de la persona– opera también una transformación profunda en la persona del artista, la obra de arte permite descubrir entonces, a su vez, otro "producto acabado" –más importante que "el material" de la obra–, porque se refiere a "la persona" misma del artista. El arte se vuelve entonces doble ganancia: ganancia para la obra y para la persona. Ganancia para la obra que queda y nos recrea. Y ganancia para la persona que se hace, a cabalidad, "más persona", al comprometer todo su talento en la ejecución de su obra.
Por eso esa unidad entre arte y persona la concibo, cada vez más, como interrelación fecunda y necesaria, como aspiración legítima del proceso artístico, en ese intento de ver –en la plasmación de las obras– la necesaria plasmación de las aspiraciones de unidad e integridad de la persona. ¡Que cuando vean la belleza de la obra, se pregunten por la persona! Y que cuando conozcan a la persona –en vida o a través de las producciones de su espíritu– vean cómo su obra es consecuencia natural y necesaria de la persona.

¿De dónde proviene esta manera de concebir el arte? De dos experiencias de juventud, que se han ido multiplicando a lo largo de los años, conforme las he ido viendo –haciéndose vida y expresión artística– en personas que conozco. Quizá sea éste el sello característico que busca entre los artistas la Colección de Poesía de la editorial PROMESA: la afinidad entre la obra y su persona. ¡Que la obra sea reflejo acabado –no sólo técnicamente en la forma– sino del desarrollo, en ese momento de la vida de la persona! ¡Que la obra sea lo sustancial –no lo accidental– de la persona! ¡Que la obra cristalice en un momento dado la tensión vital de una experiencia humana, madura de la persona!

Los dos ejemplos de juventud que conocí y que me convencieron –en este aspecto de la unidad que buscaba entre la persona y su obra– fueron los de la escritora norteamericana, Anne Morrow Lindbergh, y los de la pintora colombiana, Blanca Sinisterra. Leía la obra en poesía y prosa de Anne Morrow, y me gustaba. Veía los lienzos, los dibujos, los carboncillos de Blanca Sinisterra y me encantaban. A Blanca sí la pude conocer y tratar. A Anne Morrow, no. Sí me sentí impulsada a escribirle, pero no pasé del intento. Lo último que supe de ella fue que la designaron Profesora Emérita en la sede de mi alma mater, Georgetown University. Volví a constatar –en la semblanza que de ella se hacía en la revista de la universidad que le confería este honor– su solidez como persona y como artista.

Cuando una obra de arte permite reflejar, a cabalidad, el ser de la persona –porque se torna, no sólo en el sello de un estilo o de una escuela, sino en el destello inconfundible de la riqueza del ser de la persona–, esa obra rebosa de una doble resonancia estética: la de la obra en sí y la de la persona.

¿Vamos, por esta razón a excluir como obras de arte, las múltiples obras que existen, pero que no han sido planteadas –o que sus artistas no se han preocupado por planteárselas– a la luz de este principio? De ninguna manera. Una obra de arte es: vale por sí sola, sigue unas leyes que le son propias, y su validez artística no depende ni de biografías ni de anécdotas circunstanciales. Pero es una fuente de inmensa alegría el ver obras cabales de personas cabales. A esta lista de mi juventud añado ahora la persona y la obra de David Mejía Velilla. Y la añado con una nota distintiva: la de su profunda humildad. Al final de la tertulia convocada en su honor, hablaba así de su oficio de poeta: “los poemas no son nuestros; al poeta sólo le corresponde el papel de entregarlos, los poemas son de Dios. Dios es el que los ha puesto en nuestro corazón y nuestra mente, en nuestro territorio interior los ha sembrado”[10]. Cuando el arte se vive así, en ese estado de docilidad al influjo del Espíritu en el alma, a sus mociones más finas, no es de extrañar que arte y persona acaben siendo el resplandor[11] del amor de Dios y contagien de ese amor a quienes lean su poesía.


Bibliografía



Cabrera Valverde, Jorge Mario (ed.). La epístola familiar de David Mejía Velilla: ensayos críticos sobre su obra poética . San José, Costa Rica: ed. PROMESA, Colección Encuentros Culturales no. 3, 2004.

Cañas Escalante, Alberto et al. Canto continuo con el poeta David Mejía Velilla . San José, Costa Rica: ed. PROMESA, Colección Encuentros Culturales no. 2, 2004.

Mejía Velilla, David. Canto continuo . San José, Costa Rica: ed. PROMESA, Colección Poesía no. 45, 2001.

Mejía Velilla, David. San Josemaría Escrivá: un clásico de los nuevos tiempos . San José, Costa Rica: ed. PROMESA, Colección Centenario no. 4, 2002.



[1] Cfr. Fernando Corominas et al. Memoria del Congreso Hispanoamericano: Hacia una educación más humana. En torno al pensamiento de Josemaría Escrivá , Septiembre 21–22, 2001, San José, Costa Rica: ed. PROMESA, 2002.

[2] Gracias al apoyo del Señor Embajador Julio Aníbal Riaño.

[3]Antología poética cuya edición más reciente publicó la editorial PROMESA en Costa Rica en el año 2002 y que el poeta recibió en vísperas de su muerte acaecida en Bogotá el 15-IX-2002.

[4] Cfr. Alberto Cañas Escalante et al., Canto continuo con el poeta David Mejía Velilla. San José: ed. PROMESA, 2004, presentado durante la Feria Internacional del Libro en Costa Rica en junio del 2004.

[5] Ibid., p. 55.

[6] Ibid., p. 54.

[7] Loc. cit.

[8] Ibid., p. 55.

[9] Cfr. Helena Ospina, “Arte y persona”, IV Congreso “Cultura Europea” (1996), Universidad de Navarra.

[10] Canto continuo con el poeta David Mejía Velilla, p. 50.

[11] Cfr. Helena Ospina, trilogía sobre el esplendor de la belleza: Splendor formae, Splendor Personae, Splendor gloriae , San José: ed. PROMESA: 1991-1998.

 

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04/07/2005 ir arriba
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