| Por Helena Ospina
Catedrática, Facultad de Letras
Universidad de Costa Rica
A los Poemas dogmáticos II , del poeta y crítico chileno José Miguel Ibáñez Langlois, llamo "poemas lapidarios" en el sentido elogioso de la palabra, si consideramos que la poesía es la quintaescencia del lenguaje, gracias al magistral uso de recursos expresivos que logran la unidad entre el "fondo" y la "forma" -por su escueta sencillez, sobriedad de la palabra y economía del epíteto-, suscitando -en el lector- la captación nítida, instantánea, sugerente de una profundidad que se "desvela" a través del juego ingenioso del lenguaje, donde el título del poema da la clave -el sentido y contrasentido- de lo esculpido artera y artísticamente por el poeta.
Para expresar "artísticamente" el misterio del hombre existen tantos estilos y formas, como variados son los temperamentos y caracteres de la persona del artista. Cada creación lleva la impronta de su genio creador. No puede desestimarse la "transparencia" de esa vinculación. Y cuando esta vinculación se da porque forma parte "integral" de la vivencia personal del artista, su obra no hace más que reflejar la tensión "creadora" de una batalla campal vivida en el fuero interno de su espíritu. Su forma poética se encuentra impregnada de una vitalidad que desconoce -en su persona y en su obra- el artificio retórico y el desperdicio "epitelial" de epítetos, logrando que el poema se convierta en sólido "poliedro" que refleje a través de la consistencia -dureza formal- de sus aristas, la belleza de una luz penetrante la cual, una vez captada, difícilmente podrá borrarse del espíritu porque le habrá impactado con la verdad lapidaria de su impronta verbal.
|