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INCESANTE CLAMOR (Pedro Antonio Urbina)

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INCESANTE CLAMOR

Poema de Pedro Antonio Urbina, escritor de amplia gama literaria y honda espiritualidad. Estos poemas se expresan con una sostenida fe que rompe al fin en un canto apoteósico. Prólogo de David Mejía, de la Academia Colombiana de la Lengua.

Por PEDRO ANTONIO URBINA

Presentación

Pedro Antonio Urbina nos entrega su poemario “Incesante Clamor”, compuesto de seis cantos extensos, en los que, no obstante, el poema, en su ser más íntimo, parecería confiarse a una única palabra, dentro de un bosque hermoso de palabras, vocabulario abundante y castigado al mismo tiempo: ¡Padre!, es ésa la palabra.

Es esta una poesía honda, en la que la voz del poeta, con todo, es apacible, virilmente sosegada. Es un gran canto que difícilmente recordaría a otros poetas, pero sí trae ecos de ese terrible poema de San Juan que es el Apocalipsis, que empieza pianísimo, coloquial, continúa in crescendo cuando los pecados de los hombres causan su ruina, para concluir en el descenso y en la descripción de la Nueva Jerusalem. Y el gran poeta que es San Juan –poeta oriental y solemne– no pierde su voz apacible en ningún momento, ni aún en los más altos momentos de la ruina de Babilonia, como si fuera el momento de la clemencia de Dios.

Es escaso este realismo teológico en la poesía y, con todo, debía ser lengua común, porque la poesía es de Dios, y es lengua de Dios.

La poesía está en el alma, y a veces –en los poemas escritos– aflora a las palabras. La poesía entonces está en la palabra elegida, destinada a decir el poema. Se trata de la palabra justa, precisamente: de la palabra precisa. Al poeta –como diría Rilke– lo acomete la necesidad de la exactitud. Cuando nace –según la enseñanza de Jorge Zalamea–, el poema llega en un flujo, que es menester limpiar, como a todo recién nacido es menester apartarlo de todo lo que no es él, pero que llegó con él. Y el poeta es quien sabe que no pertenece al poema que engendró y, por lo mismo, es a él a quien corresponde realizar esa depuración, le quita al poema lo que no es del poema. Y como advierte Paul Valéry, una vez que el poeta ha logrado la purificación del flujo, y nos entrega el poema, no le es dado cambiar, ni tocar siquiera el poema, que ya no es suyo sino de ese otro sujeto común que podría llamarse la humanidad, o más bien de ese objeto también común, que es la cultura, el resultado del quehacer individual que se convierte en propiedad colectiva de ese sujeto común que es la ya mencionada humanidad; y, en el caso del poema, ostenta la advertencia: “ver y no tocar”. Esta parábola se cumple a la perfección en el canto “Incesante Clamor” que hoy PROMESA lleva a su Colección de Poesía.

David Mejía Velilla

Academia Colombiana de la Lengua

 

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INCESANTE CLAMOR

de Pedro Antonio Urbina

 

I

GUERRA DE LOS SUPERVIVIENTES

 

Se está quedando sola nuestra tierra,
reducida,
antes que estaba habitada, y blanca,
antes dilatada de claridad.

Algunas luces gimen
en calles oscuras de sus ciudades,
pocos arroyos lloran, limpiadores.
Tenebrosa multitud nos invade.

Traïción.
Son ahora enemigos los del siempre amor turbio;
rojo y negro, están llenos los hombres
de maldad,
convertidos al olvido de Ti.

De espaldas a tu Luz van descendiendo
a las hórridas cárceles;
al destierro en cadenas se adelantan,
ríen, locos.
Estrechada, perseguida su alma,
caminan triunfadores, engañados...,
andando hacia su muerte;
entre bailes y fiestas, van borrachos.

La casa de tu Luz está vacía,
quemaron tus libros santos, se burlan,
desencajan sus puertas, y a la blancura escupen.
Maltratan a los hombres de ojos claros
y a las niñas azules; niños muertos...

Gimen las pocas luces, algún arroyo llora;
lloran amarga agua
algunos, pocos, hombres.

Otros hombres, cegados,
confunden su miseria con el oro;
del esplendor antiguo han hecho harapos.

Inquietos como ratas de la noche,
no se sacian,
y no encuentran el alimento de antes,
desfallecen, y simulan hartazgo;
están envejecidos,
el enemigo amante les adula,
les miente una hermosura que es su ruina,
corrompida miseria.

Tantas luces humanas que se agostan,
todo el hombre es tiniebla;
y las tinieblas honran las tinieblas,
con sus falsos elogios.

Las solitarias luces, los arroyos humanos,
escondiendo su rostro,
desvían la mirada de esa altiva inmundicia,
que cierra sus ventanas, y sus puertas,
que no piensa en tu Luz, que no la ama.

El más grande tesoro, lo mejor que tenía,
le está siendo robado;
indignos y desnudos, se amanceban
con ellos, los oscuros del mundo, poderosos
del mal, los destructores. Quizá no vuelvan nunca
a tu casa de Luz,
perdidos en su noche o expulsados por siempre.

Los hombres luz, los agua, los que llevan la sal,
siembran luciérnagas
en las lindes del bosque, al borde del camino,
y ofrecen en sus manos –a esos moribundos–
el pan alimenticio, por que recobren vida.

Que el señor de la Luz
no sufra ya el hedor de vuestras carnes,
corrompidas, deshechas,
que no encienda la cruel ingratitud
su cólera tremenda.

No lances aún tu fuego de Justicia,
no nos eches al hondo pozo oscuro
de tu ira: porque hay dolor aquí;
las luces de los hombres fieles tiemblan;
las aguas de su llanto riegan la desolada viña,
que plantaste.
Romperemos el yugo del traidor enemigo,
rojo y negro, ¡espera!
Con la fuerza del pan
venceremos su malvado vigor.
Espera, ten espera.
Se convoca una guerra de agua y luz,
blanca como la sal;
tantos racimos jóvenes...,
tanto vino de sangre...,
tanto virgen renuevo...

En llanto van los ríos, van los hombres,
privados de consuelo, con el alma aterida,
desolada, frente al gran enemigo.
¡Y tus brazos no están,
tampoco están tus manos!
No aumentes con Tu ausencia
el certero poder del adversario.

Bajo tu inmenso cielo, sin tu Luz,
nuestras antorchas son
amarilla tristeza,
son el miedo.
Luz, justa Luz, piadosos
ojos, mirad el tierno arroyo, el río
joven, blanco,
la hermosa virgen luz,
camino de su muerte,
cautiverio,
ante el negro terrible,
la roja crueldad de Tu enemigo,
engañador, asesino de almas,
de ancianos, que palabras virtuosas aún tenían.
Camino de la guerra, ven, Vida, ayúdanos:
es una guerra a muerte por recobrar Tu vida.

La angustia del soldado
bajo el grito del sol
acabará en flaqueza, en deserción, en muerte,
y tus hijos, tu casa, tu viña, ¡y aun Tú mismo!
–que lo somos–:
será un final bramido sin consuelo,
la bestial carcajada del común
victorioso enemigo.
Con tu presencia danos vigor, ven
a esta guerra que es Tuya.

Haz de esta noche día,
destruye su maldad,
igual que destruyeron a tus hombres,
tus amados, que, como deficientes,
perdieron tu memoria; en hombres animales,
sin poder entender, así han quedado.
Oh gran Escuchador,
atiende este clamor de tantos hombres,
el temblor de las luces,
los corazones blancos, porque ya languidecen.

II

SU DERROTA

No nos has escuchado, Viñador de los cielos;
tus nubes de tormenta
son redobladas puertas que oscurecen la tierra,
más oscura; ni siquiera tu viña te importa,
pues no bajas a ella.
Ya no somos siquiera escabel de tus pies;
nada somos, tan caídos estamos,
por Tu cólera hundidos.

Aquellas pocas casas, que aún conservaban luz,
han sido destruidas; y las calles,
por que corría el agua limpiadora
de unos pocos arroyos, de unos ríos.
Ni dintel ni paredes, ¡todo ha caído al suelo!
Aquel que aún parecía un ejército en pie,
ha sido deshonrado.

Hasta las hierbas verdes,
aquellos ojos claros de los ríos más jóvenes,
aquellas niñas vírgenes, azules.
Todo vigor has roto,
todo cuenco quebrado,
por que de Ti no acoja el hombre nada,
solamente ese fuego
que va arrasando todo, hasta quedar ceniza.

En vanguardia Te vimos,
en las filas contrarias, puesto frente a nosotros.
Con tu arco de guerra, clavaste el corazón
como el de un adversario;
aún latían aquellos corazones, blancos
–que mirarlos es verte–, y ardían en las llamas.
La divisa enemiga te vestiste
para así destruirnos las calles y las casas,
que con su luz de Ti eran el signo.

Gemimos, y es ahora más gemido el gemido.
Era tu misma viña la que Tú has arrancado,
y en tu casa de luz, a que venías,
reina ahora el olvido.
Ya no queda calor que caldee las almas:
los hombres que acudían a rezar,
a decirnos de Ti que eres el Padre,
no vendrán, avergonzados, o muertos...

Hasta la voz que dimos pidiéndote Tu ayuda
rechazaste.
De cuajo has arrancado tu casa entre nosotros,
sin tapias y sin redes las ovejas
corren despavoridas merced del enemigo.
Ya no hay muros que custodien tu pan,
ni palacios que conserven tus libros;
hojas son que el viento revuelve en polvo,
así van nuestros gritos de desolada angustia.
Tu decisión ha sido destruir tu heredad,
igual que el enemigo.
Mediste bien tu ataque, la extensión del incendio,
con tu mano que sabe donde herir con más muerte.

Bajo tierra quedamos, en ceniza,
pezuñas de las bestias están sobre nosotros;
nada queda escondido, ni un reducto tenemos
de intimidad, de alivio.
Y aun las linternas vagas y aquellos arroyuelos
son guirnaldas de fiesta de victoria enemiga,
son agua de lavar
las copas y los platos
de su orgía.
Todo es de los oscuros,
los sin ley,
que han invadido... todo, y es oscuro.

Nuestra ceguera ahora es más ceguera:
nos quitaste las luces y arrancaste los ojos.
Como piedras estamos en el desierto quietos;
el silencio es el polvo, que nuestra alma invade.
Doblemente vencidos, las cabezas se inclinan
bajo el más fuerte yugo: tu enemistad, oh Padre;
hasta a los niños, hasta a las vírgenes,
que amabas, los has dejado huérfanos.
Y abandonados mueren como perros sin dueño
tus inocentes niños,
y las vírgenes vagan por las plazas del mundo
como viejas perdidas.

Aun sin voz que les hable, que les diga y enseñe,
su misma entraña grita –porque Tú la creaste–
el hambre de tu pan.
Y a tus puertas cerradas caen desfallecidas
estas víctimas blancas, estos lirios azules,
ante tus puertas, Padre,
en el regazo frío de sus madres ya muertas.

No hay salvación, no la hay si no extiendes
la abarcadora playa del consuelo
que contenga este mar de la amargura;
y no hay mano que sane las heridas que sangran,
si tu mano no cura.

Y aun se atreven a hablarnos los enemigos crueles
de falsos padres nuevos,
de insustanciales cielos que no son;
y en esta esclavitud
se hace el alma cautiva de una mayor cadena:
la mentira, monstruoso simulacro de Ti,
ilusiones letales,
que aquel tu hermoso rostro desfiguran.

Y vienen a reírse, mientras pasan
en desfiles marciales, que su odio uniforma;
nos echan desperdicios y nos silban,
y nos dan bofetadas.
Y se ríen de Ti, porque nos dicen
–de tal astilla el palo– qué padre habrás de ser,
engendras la tristeza
de abortivas fealdades, como mienten que somos.
No nos vemos, sin tu luz y en el frío.

Son sus gritos de burla contra Ti,
y se mofan, enseñando la lengua;
y con obscenos gestos nos echan en la cara:
– Casi a punto estuvimos
de creer vuestras fábulas y cuentos,
de esperar con vosotros a ese salvador.
¡Ya lo vemos:
coronado de triunfo, en vuestra escoria está!

Tú sabes lo que has hecho; confundidos,
no sabemos pensar.
Lo tenías resuelto:
cumpliste la palabra que te diste a Ti mismo.
Destruiste sin piedad ese resto de fieles,
y parece que tu risa se une
a la risa enemiga, y que la exalta.

Oh Señor,
el clamor se levanta de este grande gemido;
nuevos arroyos cubren y torrentes
esta tierra de noche, estos oscuros días;
sin cesar
los ojos suplican con su lengua de lágrimas.

No damos lugar al sueño, velamos,
cual centinela alerta,
tejiendo el dolor del agua en alargados ríos.
Que lo veas, que los mires, Señor:
baja el rostro, tiende tus tiernas manos
a tus pequeños hijos, solos, Padre.

Mira, Señor, y piensa –disculpa nuestra queja–
que ha sido con tus hijos con quienes fuiste duro,
con tus niños de pecho, que hasta sus madres, locas
de dolor, olvidaron;
y asesinados fuimos, viejos, jóvenes, todos
tus hijos, todos, todos.

Aquellas calles que un temblor de luz
aún vestía, cementerios son de vírgenes;
cadáveres de jóvenes, y sangre
y ¿cuchillo... paterno... y enemigo?

Oh piadoso Señor, ¿cómo has podido
reinar sobre el terror,
alcanzarnos a todos con tu cólera,
a los mismos que amaste,
a los mismos que alzabas y acogías
en tus tiernas rodillas?

No podemos pensar, pero así fue:
ha sido nuestro Padre,
aliado al adversario, quien cumplió
este gran exterminio.

 

III

EL ABANDONO

Hace tiempo que somos y nos llaman
los hombres miserables, pues Aquél al que amamos
nos fustigó con látigo, igual que a fieras,
con furor nos hirió, como quien odia.

Y cerradas sus puertas de palacio
–que era antaño el cobijo y era el faro–,
hemos sido expulsados a los campos
sembrados de tinieblas.

La carne hermosa, que antes admiramos,
la tersa piel de nuestro cuerpo joven
es la fruta olvidada en el estío,
y nuestros huesos crujen, sillas viejas,
que la carcoma horada y se nos rompen.

Y no cesa el clamor, el retumbante
eco de Su enfado y de Su ira;
fatigados
como bueyes de arar nos cobijamos
en los huecos del monte que antes fueron
guaridas de leprosos.

Apestados,
no podemos subir al estado que hubimos,
cuando aún éramos hombres a Su vista;
ahora encadenados del dolor que más pesa:
el de ser
abandono de un padre; abandono de ti,
Padre, Padre.

No podemos gritar, y cuando se alza el dolor
en petición de auxilio,
ahoga nuestra súplica Su pie,
cierra con muros todos los caminos
y senderos que a su Luz llevarían.

Como zarpa de fiera nos defiende
retornar a Sus brazos, nos rechaza;
en breñas intrincadas, en un bosque de noche
Él nos deja
entre afiladas zarzas que el corazón desgarran,
y en los cerros somos blanco adecuado
de Sus hirientes flechas.
En la espalda llevamos este manto
de Sus cárdenos golpes.
Ese pueblo enemigo nos insulta,
ésos que no le fueron hijos nunca;
como un viento continuo que aturde los oídos
así son sus canciones de burlas y de risas;
y la garganta es
un túnel de amargura.

Como ancianos sin dientes,
maltrechas a pedradas nuestras bocas, rezamos,
en ceniza postrados. Y no hay paz
en el alma,
la que memoria era de la dicha.
No es oración el rezo: es tedio y desaliento;
la esperanza se muere...

Los recuerdos no son más que miseria,
errar sin una meta bajo lluvias amargas.
Si miramos ayer, si la esperanza
busca raíz más verde,
nada hay,
sino negrura en que el alma se anega.

¡Pero no,
hay todavía un resquicio de luz!,
y, esforzada, la voluntad levanta
una fe,
que se quiere aferrar a esta esperanza, aun seca.

Padre eterno, tu amor es insondable
y tu ternura inmensa:
en infinitos tonos, como aurora renaces,
Tú, siempre, el inmutable.
No tenemos más bien ni más tesoro
que tu misma bondad en que esperamos,
que verdece.
Y sabemos que tú, Padre de amor,
nunca frustras las almas
que anhelantes te buscan:
en silencio o clamor atenderemos
que nos tiendas tu mano y nos levantes.
Los que niños, hoy son jóvenes fuertes
y sufridos,
como esclavos atentos a su dueño,
y de pie.

Has impuesto a las flores como un yugo;
al silencio avezada, solitaria,
alza la juventud sus ojos en esperanza;
responde al enemigo, que le dobla de golpes,
ofreciendo paciente sus mejillas.

Lo sabemos, tu siempre es de bondad,
no de olvido.
Están a punto ya de romperse tus murallas,
de desbordarse el mar de amor inmenso,
pues no resisten más aquellos diques
que alzaste al abatirnos.

Mira a tu gente bajo el pie soberbio,
cautiva y maltratada ante Tu rostro;
¡arranca de su mano la tortura,
termina tu justicia,
tú eres Juez, quien manda y quien decide,
el dador, y tú solo el ofendido!
No nos cabe la queja contra Ti;
nuestra violencia, contra el mal, que somos
y que hicimos.

Torcido fue el camino que trazamos
y falsa la escalera que subimos;
dentro del corazón hay sólo espejos:
abrámoslo y luego, como un fruto,
alcémoslo ante Ti en nuestras manos
sobre el azul del cielo.
Tu perdón ha oreado, limpio viento,
la enrarecida cámara, cerrada,
de nuestros corazones;
no rebeldes ahora, no traidores.

El recuerdo nos trae a la presencia
de la memoria viva aquellos días
en que en cólera Tú nos perseguías,
y sin piedad Tú mismo nos matabas;
cien mil puertas pusiste entre nosotros
y tu espalda, por no oír nuestras voces.
Fuimos, del enemigo, peor que la basura,
pues cuando Tú rechazas, el abyecto
por abyectos nos tiene.

No olvidará tu pueblo aquellos días,
bajo el constante grito de sus bocas.
Nuestras suertes caían al lado del terror,
de la fosa
o la desolación y la ruïna.

Nunca se han de secar las fuentes de las lágrimas,
que recordar conviene lo que fuimos:
interminable llanto sin alivio
hasta que nos abriste desde el cielo
las cortinas de agua de los ojos,
y te vimos.

A la caza salían de nosotros;
por capricho mataban;
nuestros cuerpos deshechos en la arena
enterrados, mal cubiertos de piedras
en un monte.
Hasta no poder más, hasta el ahogo
fuimos en hondo mar todos hundidos.

Alegre aquí el pasado se nos cambia
en la memoria, cuando,
vuelto Tú hacia nosotros,
derribadas las puertas, nos oíste.
Desde oscura cisterna resonaba
el clamor de oración
de tus hijos cautivos.
Tus oídos temblaron de ternura de padre
aquel día feliz:
– No temas ya, soy Yo tu defensor,
el dueño de tu vida, pueblo mío.
Te rescata mi amor de tus verdugos.

Miraste, sí, miraste con tus ojos,
nos hiciste justicia. Miraste su crueldad,
el plan del adversario.
Contra Ti su venganza, sus insultos,
labios de duro hierro que agredían
a tu pueblo.
Los callaste. Cesamos de ser burla.

Castígales, destruye, igual que nos han hecho.
No son hombres, pues dieron su corazón al mal,
y por siempre;
demonios son: ¡maldícelos por siempre!
Húndelos al abismo, infierno rojo y negro;
no son hombres: han elegido el odio
para siempre.

 

IV

TRAICIÓN

Avergonzados vamos, cabizbajos,
sin osar levantar nuestra mirada:
tu pueblo te ha engañado
–¡lo sabías!–, y diste tu perdón.
Un resto permanece avergonzado
bajo el terrible peso de aquellos que se fueron.
Lo sabías, oh Dios, y aun así perdonaste.

La pureza está ajada como trapo del suelo;
en las calles, igual que desperdicios,
tus imágenes son pisoteadas.

Otra vez la figura de tus manos,
esa imagen más digna que es el hombre,
no vale un papel sucio y arrugado.

Es admirable ejemplo
el amor de las bestias a las bestias,
pues las hijas del hombre destruyen a sus hijos,
crüeles más que hienas del desierto.

Enmudecido llanto de los niños:
no leche, pan ni agua hasta que mueran;
y en banquetes, mercancía de todos,
las mujeres, ocultando sus partos;
mas no sacian el hambre de su entraña,
y enloquecen;
con sus hocicos hozan en los estercoleros,
insaciables.
Más gélido el terror de su perfidia
que la pasión del hombre por el hombre,
que su alma destruye con el cuerpo.

Y era un tiempo de nieve su pureza
y era cálida leche su dulzura
y su figura tersa azul belleza.

Convertido en negrura y aviejado,
rojiza podredumbre del semblante,
en el vicio enflaquece, como burla de asceta.

Envidiamos los muertos que murieron
antes de que este reino del mal nos dominara;
ya toda dignidad ha sucumbido,
no hay voz que nos oriente a la verdad,
alimento del bien,
camino de virtud.

La escuela en que aprendían nuestros niños,
el regazo de madre, brazos tiernos,
fuertes, de los padres,
en ruina y perversión se han convertido.

De nuevo ha de caer del cielo fuego,
la cólera y furor que desencaje
los quicios que sostienen el orgullo,
la atrevida ignorancia corruptora.

Fatuos y necios, piensan
ser reyes de sí mismos, inmortales,
perpetuos en el mal de sus placeres.
Ha vuelto el Enemigo,
el constante Adversario de los hombres.
Pecado y culpa y sangre se derraman,
vagando van como perros manchados
de sus vicios;
las vestiduras ricas y sus joyas
cubren sus impurezas intocables.

Y están en las ciudades, en tu tierra,
como quien se aposenta en casa propia.
Sopló el Señor, como vilanos, huecos...
ya no están, se quebraron.

De aquellos que en sus cátedras mintieron
no queda ya señal, los que anunciaban
promesas de futuro,
vanidad e ilusiones, nada fueron,
encarcelados guías, salvadores perdidos.

A los que, aun de noche,
llevábamos los pasos hacia Ti
estorbaban la marcha, nos abrían
los cepos y las trampas
como a fieras.
Pero ya el esperar llega a su fin.
Eran astutos, rápidos cual rayos
que descuajan los árboles;
nos hundían el suelo destruyendo los montes;
huimos al desierto, y allí nos acechaban.

No prosperaba nada
de nuestras ya tan fatigadas manos;
las casas de la Luz que levantamos
cerraron o rompieron;
la Luz fue sofocada, nuestro aire vital.
El pan, que a nuestra alma Tú nos diste,
dispersado quedó,
pegaron fuego a todos los trigales;
en los campos ni un árbol ha quedado
de tu Árbol, tu Sombra
bajo la que vivir.

Ha de llegar el fin,
está llegando el tiempo de la dura justicia,
de poner al desnudo tan crüeles maldades,
el tiempo de que salves a tu pueblo,
de que vuelva a Tu lado.

 

V

RETORNO DEL FUERTE

Vuelve, Padre,
mira tu hermoso huerto pisoteado;
tus casas habitan esos pérfidos.
Si no nos miras, huérfanos de Ti,
huérfanos de madre, sin tu ternura.

La tierra en que nacimos tiene dueños extraños,
nos cobran el vivir, y tú nos diste
libertad, el dominio de todo lo que es nuestro.
A quién rogar y pedir sino a Ti.
No mantengas la culpa, nuestra honra es servirte,
ayudarte queremos,
no ser más ya afligidos por las antiguas culpas.
¿Tan alejado Tú,
tan ofendido y solo en tu desdén
y nosotros aquí, también tan solos?
Ser los hijos queremos, que envías a la viña,
y no esclavos de esclavos, no desechos del mundo,
sino hombres, e hijos, trabajadores tuyos;
que ahora decir mujer es decir vïolada,
y vírgenes no hay en las ciudades.
Que las grandes lumbreras que encendiste
nos alumbren;
que los sabios ancianos sean hoy escuchados,
respetados,
que no dejen de hablar y de orientarnos,
que los jóvenes llenen de alegría,
las muchachas,
nuestras vidas.
Que el corazón no cese de latir,
para Ti,
que las fiestas en tu honor nunca se acaben,
y que se trueque el fin de nuestros días
en baile interminable de alabanza.

Que tus hijos seamos los reyes de la tierra.
Si la corona cae de nuestras sienes,
que el sincero dolor nos la devuelva,
que la alegría torne, y tu perdón;
que el nublado no dure,
que dejen ya de llorar por viejas destrucciones
del que es siempre envidioso;
que no queden raposas en tu viña.

Asienta tu poder sobre nosotros,
¿por qué no has de ser padre cada día,
por qué en vez de olvidarnos no nos llamas,
en vez de abandonarnos nos sostienes?
¡Reina, manda!,
si acaso huimos, haznos Tú volver,
crea cada mañana nuestro día.
Abrázanos de nuevo en todo instante;
déjate amarnos como tú quieres, sin medida.

 

VI

LOS HIJOS RECOBRADOS

Dínoslo al fin, que nuestros labios puros,
con tu carbón de fuego, vas a hacer
que te invoquen, vas a querer que todos,
bajo la amplia sombra de tu Árbol,
te sirvamos ya siempre como hijos;
y tu casa de luz
y tu pan...

Desde lejos vendrán los que se fueron,
a su paso arrancarán las flores del camino;
los frutos más sabrosos en ofrenda
te traerán.

Confiados en ti como en un padre,
sin vergüenza de estarnos a tu lado,
que diste ya en olvido nuestro orgullo.

Has hecho de nosotros un ejemplo,
pueblo puesto en lo alto, y justo y verdadero;
se respira amistad entre nosotros,
y nada turba al fin.
¡Cantamos, sí, cantamos,
gritamos de alegría y el corazón exulta!
Nuestro Padre nos quiere y nos perdona.
Vencido el enemigo queda lejos.
Tú en medio de nosotros,
no cabe el mal, no lo tememos, no lo queremos,
sino a Ti.

No hay miedo, junto a nosotros va el Poderoso,
Él mismo nos alegra y nos renace en su amor,
en los días de fiesta a nuestro lado.

Nos quitó la desgracia y el oprobio.
Antiguos opresores son ya muertos,
otros ladran, encadenados perros.

Como Pastor nos guía y nos recoge,
y nos cura,
y sobre el monte estamos como luz.
Nos ha hecho llegar de todo pueblo,
nos congrega.
El romper de cadenas
es música, que va acercando el tiempo
del descanso y del beso y del abrazo.

 

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Pedro Antonio Urbina es un escritor de amplia gama literaria: ha publicado novelas, narraciones breves, cuentos para niños, teatro, ensayo, biografías, y traducciones y adaptaciones, así como crítica cinematográfica. De poesía y verso ha publicado también varios libros: “Mientras yo viva”, Ed. Oriens, Colección Arbolé, Madrid 1979; “Los doce cantos”, Ed. Algar, Colección Única, Madrid 1979; “Estaciones cotidianas”, Ed. Rialp, Colección Adonais, Madrid 1984; “Hojas de calendario”, Publicaciones de la Librería Anticuaria El Guadalhorce, Málaga 1988; “La rama”, Prometeo de Poesía, Colección Puerta de Alcalá, Madrid 1988; “Hojas y sombras”, Ed. Andrómeda, Madrid 1990; “Las edades como un dardo”, Ediciones Endymión, Madrid 1993; “Algún interminable mérito”, Ed. Altair, Cuadernos de Poesía Númenor, Sevilla 1998.

“Incesante clamor” atrae por la honda espiritualidad que emana, una espiritualidad que se hace patente en el lenguaje psálmico del autor. Con hondo dramatismo somos guiados por las vicisitudes y miserias del alma creyente que pasa por las calles del mundo; y es justamente su fe inconmovible la que sostiene el alma, la que la empuja a clamar por sí misma y por todos los que no han cedido al brillante y temporal triunfo del mal en una imaginada –y tan real– sociedad humana. Estos poemas se expresan con una sostenida fe que rompe al fin en un canto apoteósico.

 

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

04/07/2005 ir arriba
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