Una guía de audición
para los artistas
Concierto para piano
no.1 en sol mayor,
op. 999
HELENA OSPINA
Catedrática,
Facultad de Letras,
Universidad de Costa
Rica
Directora, PROMESA,
Proyecto Cultural de
Interrelación de las
Artes
Congreso Internacional
LA GRANDEZA DE LA
VIDA ORDINARIA
Vocación y misión
del cristiano en
medio del mundo
Roma, 8-11 enero de
2002
Escrivá nos dice
que nuestra vida
puede ser santa.
Para mí fue
importante oír a
Escrivá decir
que se puede
encontrar a Dios en
la profesión.
En nuestro país
muchos piensan que
la profesión es un
yugo,
unas cadenas de las
que no te puedes
liberar.
Pero Escrivá nos
dice que la
profesión puede ser
como una revelación
de Dios a cada
hombre.
Hacía tiempo que lo
sentía así,
pero Escrivá lo
había formulado de
manera más precisa.
Después noté que mi
encuentro con Dios
se produce aquí,
sentado, junto a mi
escritorio.
El poeta reza con su
poesía,
el poeta reza en
verso.
ALEXANDER IVANOVICH
ZORIN
Poeta ruso
Documental “Es
cuestión de fe” de
Alberto Michelini
Hoja Informativa Nº
14, Año XXIII, I
Semestre, Junio de
2000, p. 7
ABSTRACT
(Resumen)
CAMINO, opera
prima, en CONCIERTO
PARA PIANO.
Autor, divino
Artífice. Director,
Josemaría Escrivá.
Solista, todo
artista. Orquesta,
la sinfónica
cultural del mundo.
Guía de audición que
se hace en cuatro
movimientos. PRIMER
MOVIMIENTO: ANDANTE,
con la percusión de
las notas del
carácter, de la
dirección, de la
oración, y de la
santa pureza.
SEGUNDO MOVIMIENTO:
ALLEGRO, con el
enlace de los
“grupetos” del
corazón, de la
mortificación, de la
penitencia, del
examen, de los
propósitos, y de los
escrúpulos. TERCER
MOVIMIENTO: ADAGIO,
con el Largo e
pianissimo, de la
presencia de Dios,
de la vida
sobrenatural, más de
vida interior, y de
la tibieza; con el
Andantino, del
estudio, de la
formación y del
plano de santidad;
con el Allegro molto
appassionato, del
Amor de Dios, de la
caridad, de los
medios, de la
Virgen, de la
Iglesia, de la Santa
Misa y de la
comunión de los
santos; y con el
Larghetto de las
devociones, de la
fe, de la humildad,
de la obediencia, de
la pobreza, de la
discreción, de la
alegría, y de otras
virtudes. CUARTO
MOVIMIENTO: RONDÓ,
el del ascenso
vertiginoso, con
brío, en las
escaladas de las
tribulaciones, de la
lucha interior, de
las postrimerías, de
la voluntad de Dios,
de la gloria de
Dios, del
proselitismo, de las
cosas pequeñas, de
la táctica, de la
infancia espiritual,
de la vida de
infancia…; para
cerrar, en finale
spiritoso, el
llamamiento del
apóstol al
apostolado que
encuentra la
perseverancia,
gracias al Amor.
CONCIERTO PARA
PIANO
PRIMER
MOVIMIENTO:
ANDANTE
Andante
giusto
·Carácter
Presto
·Dirección
Cantabile
·Oración
Sostenuto
·Santa
pureza
SEGUNDO
MOVIMIENTO:
ALLEGRO
Molto vivace
Corazón
Mortificación
Penitencia
Examen
Propósitos
Escrúpulos
TERCER
MOVIMIENTO:
ADAGIO
Largo e
pianissimo
Presencia de
Dios
Vida
sobrenatural
Más de vida
interior
Tibieza
Andantino
Estudio
Formación
El plano de
tu santidad
Allegro
molto
appassionato
Amor de Dios
Caridad
Los medios
La Virgen
La Iglesia
Santa Misa
Comunión de
los Santos
Larghetto
Devociones
Fe
Humildad
Obediencia
Pobreza
Discreción
Alegría
Otras
virtudes
CUARTO
MOVIMIENTO:
RONDÓ
Con brío
Tribulaciones
Lucha
interior
Postrimerías
La voluntad
de Dios
La gloria de
Dios
Proselitismo
Las cosas
pequeñas
Táctica
Infancia
espiritual
Vida de
infancia
Finale
spiritoso
Llamamiento
Apóstol
Apostolado
Perseverancia
CONCIERTO PARA
PIANO
Camino en clave de
sol. En Sol Mayor.
En concierto para
piano no.1, op. 999.
Autor, divino
Artífice. Director,
Josemaría Escrivá.
Solista, todo
artista. Orquesta,
la sinfónica
cultural del mundo.
Retomaré esta
partitura, paso a
paso, tema por tema,
desde el punto de
vista del solista,
del artista que se
sabe llamado a
cumplir una tarea
insoslayable. Camino
es una composición
que invita a una
visión de la cultura
y revela al artista
un método. La
tonalidad particular
que tiene es la que
iré ejecutando, a
través de la
percusión de algunas
notas y
consideraciones que
entresacaré de su
pentagrama, por la
relevancia que
tienen para mi
oficio y para el
Arte. La razón que
me motivó a hacer
esta interpretación
es el desconcierto
que observo en el
panorama actual,
desconcierto
existente tanto en
la persona del
artista como en su
obra. Y puesto que
el objetivo que
pretendió el autor
–cuando escribió
Camino– fue el que
aprendiéramos a ser
almas “de criterio”
, con esa meta en
mente hago la
audición para
replantear mi
trabajo como poeta y
directora de
PROMESA, un Proyecto
Cultural de
Interrelación de las
Artes .
¿Qué importancia
puede tener para un
artista ser “alma de
criterio”? Mucha.
Así, como en la
Economía se ha
globalizado la
pobreza, en la
Cultura –en algunas
de sus
manifestaciones– se
ha globalizado la
zafiedad, lo
grosero, lo tosco,
lo desalmado. ¿Qué
hacer entonces?
Aprender a ser
personas de
criterio. Criterio
que tiene que ver
con la formación
estética –el cultivo
de lo clásico, del
“pulchrum”– y con la
forja del carácter.
El artista ha de
encontrarse primero
consigo mismo;
descubrir su talento
como don ; reconocer
al Dador de todo don
; empezar a cultivar
una relación
personal con el
Dador de su don ;
descubrir el campo
ilimitado de
creación artística
al cual se le invita
; entender que sólo
él –y en un tiempo
concreto– puede y
debe imprimir a la
cultura, el sello
irrepetible de su
creatividad ; y
acoger, en
definitiva, su
talento como
“tarea”, como
“proyecto personal
de vida” , como
invitación a
continuar la obra de
la creación –y en
una perspectiva
cristiana, la de la
corredención– para
acrecentar –con
obras– a lo largo
del tiempo, el
resplandor de la
Belleza, porque se
sabe co-partícipe
del divino Artífice
en una nobilísima
empresa .
En las Artes
experimento un
desfase entre lo que
se espera de una
perspectiva
cristiana de la
cultura y lo que
acontece en el
quehacer diario en
este terreno. Capto
un tremendo vacío en
el mundo de la
cultura que no puedo
atribuir a la falta
de creatividad. Hay
talento. El talento
existe; pero, no
irrumpe en los foros
con la estatura
propia de la
dignidad inherente a
su oficio. Echo de
menos ese ¡arte
cabal de personas
cabales!, como el
que aprecié siempre
en la prosa y poesía
de la escritora
norteamericana Anne
Morrow Lindbergh y
en la paleta de la
pintora colombiana
Blanca Sinisterra .
No quiero entrar a
analizar porqué
sucede esto, ya que
depende de las
motivaciones más
íntimas que el
artista tiene para
crear. Sólo me
limito a decir que
es imperdonable la
ausencia de tanto
talento que no se
hace presente –con
otras tonalidades–
en los areópagos.
Juan Pablo II, en su
Carta a los Artistas
de 1999, replantea
el diálogo entre la
fe y la cultura. A
quienes tuvimos la
suerte de estar
presentes en Roma
–como peregrinos y
como artistas –
durante el último
Jubileo del Mundo
del Espectáculo, nos
recordó que el
artista está llamado
a ser modelo de
virtudes, de
esperanza y de
alegría para la
humanidad . Esta
invitación del Santo
Padre tiene que ir
tomando cuerpo, poco
a poco, en pequeñas
comunidades de
artistas. Es lo que
intento hacer con la
ayuda de muchos
colegas . Y es lo
que a continuación
iré marcando, con
ritmo, en la
ejecución de esta
espléndida polifonía
de temas que ofrece
Camino.
En esta partitura
encuentro el método
para templar el alma
y la visión para
trazar las
coordenadas de
creatividad para una
floración –de las
letras y de las
artes– abierta a un
sentido trascendente
de la vida. En esta
composición hallo, a
diario, una fuerte
motivación para
trabajar como
artista en el mundo
de la cultura. En
Camino no voy a
encontrar una
definición de
cultura; pero, sí
todo un
planteamiento de
vida para el artista
–protagonista de la
cultura– que abre
horizontes
insospechados a su
trabajo y lo
convierte en un
revolucionario,
porque no existe
rebeldía más noble y
radical que la de no
dejar achicar el
medio y acortar el
vuelo del espíritu
que clama por ver su
aleteo encarnado en
toda forma expresiva
de las Artes.
La relectura de
Camino la hago a la
luz de la persona
del artista que
busca forjarse un
criterio que oriente
su quehacer. Hablaré
de todo lo que
implica el pulir y
formar la persona:
–el carácter–. Y
como el carácter se
pule en el trabajo,
iré desglosando esas
características que
ha de tener su
oficio, para que sea
medio y ocasión de
transformación de su
persona y del
entorno cultural en
el que se mueve.
A lo largo y a lo
ancho de Camino
campea un estilo, un
concepto de cultura
que podría definir
como el “cultivo del
alma” , para poder
trabajar como se
debe y
prestigiosamente en
todas las
actividades humanas.
En esta edificación
de la cultura hay un
aspecto medular para
el artista: el de
llevar –al ejercicio
de su profesión– sus
convicciones más
profundas . Más
adelante, para
preparar el temple
de carácter que se
precisa, para poder
dar esta tonalidad
–a la persona y a la
obra– en la cultura,
da el consejo de no
dejar abrevar los
sentidos y las
potencias en
cualquier charca (n.
375). El
aprovechamiento del
tiempo aquí es
capital (nn. 354,
357, 373) como medio
para centuplicar el
talento recibido, y
ponerlo al servicio
de los demás. Para
el artista, el
tiempo se convierte
en ¡gloria! (n.
355), en oportunidad
de trabajar, de
merecer y dar
gloria, con su
trabajo, a Dios. He
aquí, en síntesis,
lo que en esta
polifonía iré
destacando, tema a
tema, nota por nota,
para el artista y
para su obra.
PRIMER MOVIMIENTO
ANDANTE
ANDANTE GIUSTO
Camino abre el
primer compás con
precisión: hiere la
inteligencia y la
voluntad del artista
para forjar su
carácter (nn.
1-55) . Esa
responsabilidad
tiene una meta: la
identificación del
artista con la
persona de Cristo .
Su “compostura”, su
“conversación” (n.
2) –y podríamos
extender esta
invitación a la
manifestación en sus
obras– ha de rebosar
–en su ser y en su
obrar– esa presencia
de la Persona que
ama. Constituye un
aldabonazo a la
responsabilidad del
artista para que no
deje vacante su don.
Su talento no debe
quedar a la merced
de veleidades. Es un
compromiso que ha de
empuñar, día a día,
con seriedad, para
que el Espíritu le
encuentre
disponible, atento,
“en forma”, cuando
le roce con la fina
brisa de su
inspiración. El
talento se da; se
tiene; pero, el
artista –que ha de
trabajar dicho don–
es una persona que
ha de saberse en
constante formación.
A lo largo de Camino
el artista va
decantando un estilo
de esa gradual
identificación con
el ideal propuesto.
Un aspecto
fundamental –para
esta sucesiva
conversión y
transformación– es
el de la “gravedad”
(n. 3), entendida
como ponderación,
como personalidad
centrada que refleje
“la paz y el orden
de su espíritu”.
Cuando el artista va
aquistando este
dominio de sí, sus
obras irradiarán la
armonía, el
equilibrio y la paz
propios de su
espíritu. En este
estilo, la virtud de
la fortaleza es
clave. “Sé varón
–‘esto vir’” (n. 4)
es el primer acorde
que hay que dar.
Acostumbrarse “a
decir que no” (n.
5). Evitar el
“espíritu
pueblerino”(n. 7).
Templar la voluntad
. Estos acentos
constituyen un
aguijón, un “golpe
de gracia” que
empuja al artista a
hacer lo que debe,
porque sólo él lo
puede hacer . Y
cuando esta lucha
por adquirir ese
temple –que requiere
toda obra de Arte–
se ve interpelada
por el grito de
batalla –“Dios y
audacia” (nn. 11,
401)– y un motivo
soberano –“Regnare
Christum volumus!”
(n. 11)–, el artista
aprende a trabajar
frente a su destino
eterno, cara a Dios,
cuyo reinado quiere
hacer resplandecer
en la ciudad
terrena. Esto no
quiere decir que su
obra tenga que ser
“religiosa” –¡viva
la libertad!–, sino
que tiene que ser
“cabal”, y estar a
la altura de la
dignidad de su
vocación y de su
misión.
El secreto de ese
temple lo adquiere
el artista, gracias
a una serie de
matices –llenos de
un vivísimo
realismo– que
Escrivá va dando al
alma en su
partitura, que le
animan a arremeter
su tarea “contra
corriente” . Es un
crecer en las
virtudes teologales
de la fe, para creer
en una visión del
Arte; de la
esperanza (n. 95),
para esperar contra
toda esperanza; y de
la caridad, para
afinar
constantemente el
porqué y para qué de
su acción creadora.
Estos vibratos
animan todo el
proceso creador del
artista –lleno de
altos y de bajos, de
períodos fecundos y
baldíos, de
posibilidades y
limitaciones–, y le
instan a perseverar
.
No falta tampoco en
Escrivá, el consejo
tajante que insta a
cortar todo
desperdicio del
talento, cuando deja
de ser fiel para
venderse y “estar a
la moda” . Juan
Pablo II también dio
este consejo a los
artistas durante el
Jubileo del Mundo
del Espectáculo,
cuando nos pidió que
cultiváramos, de
manera especial, “la
interioridad”,
porque nuestro
trabajo está volcado
“hacia afuera”
–hacia el público–,
y precisa, por lo
tanto, cuidar
nuestra relación
personal con Cristo,
para poder brindar
al espectador, la
riqueza del
Espíritu.
Otra precisión que
da Escrivá y que
cobra gran
importancia para el
artista es la del
“cuidado de las
cosas pequeñas” que
fortalecen y
virilizan la
voluntad (n.19).
Todo esfuerzo
pequeño cuenta, todo
boceto preliminar es
indicio y germen de
la obra maestra. Ahí
está el secreto del
“–Sé hombre. –Y
después… sé ángel”
(n. 22). No se puede
llegar a lo sublime,
sin antes haber
recorrido el trecho
de lo ordinario en
lo ordinario.
La virtud de la
generosidad es
imperativa en el
oficio del artista,
cuando le dice que
no puede encerrarse
en una “torre de
marfil” (n. 29).
Destaca una cualidad
que nunca puede
perder: la de la
magnanimidad .
Subraya el sentido
profesional que el
artista debe ir
adquiriendo en la
técnica de su oficio
y en la captación de
la verdad del mismo
. Le exhorta a
rechazar
vehementemente todo
eufemismo, cuando le
hace saber que es
“ocasión de que los
enemigos de Dios,
vacío de ideas el
cerebro, se den tono
de sabios y escalen
puestos que nunca
debieran escalar”
(n. 35). Aquí está
la raíz del vacío
que experimento en
el arte
contemporáneo: la
omisión de tantos
talentos –como dice
el poeta de la
Antigua Guatemala –:
“de poetas que no
escribieron, /
pintores que no
pintaron, / músicos
que se callaron / y
santos que no lo
fueron”.
Al templarse el
carácter del
artista, su obra irá
adquiriendo un peso
propio; valdrá por
sí misma, sin ceder
a veleidades, sin
justificar lo
injustificable . Al
Arte podríamos
también aplicar la
pregunta que hace
sobre la persona
humana: “¿Será
verdad –no creo, no–
que en la tierra no
hay hombres sino
vientres?” (n. 38).
Al desarticularse
arte y persona de
una integridad
–donde el arte
refleje, en su fondo
y en su forma, la
unidad espiritual y
corporal de la
persona–, todo se ha
reducido a una
expresión minimal
del ser y de su
potencialidad
expresiva .
PRESTO
En el tema sobre
dirección (nn.
56-80) encuentro las
siguientes luces
para entrever la
actitud de
disponibilidad que
el artista debe
tener frente a su
don. Si el talento
es un chispazo de la
voluntad creadora de
Dios, y si Dios ha
querido asociar al
artista a su obra,
la docilidad a su
Espíritu es
imprescindible .
También habla de no
estorbar la obra del
Paráclito (n. 58),
consejo que el
artista puede
aplicar a su trabajo
personal, para ser
dúctil, estar atento
y con la voluntad
presta para ejecutar
sus obras . Cuando
aconseja que lleve
la dirección de su
nave, un Maestro (nn.
59, 60, 61, 62),
viene bien recordar
que “el gusto” –“el
buen gusto”– no se
forma de un día para
otro. Se precisa la
mano del
experimentado, que
aconseje, apuntale,
haga descubrir las
múltiples
posibilidades de
resolución de un
problema artístico
formal; que enseñe a
calibrar el paso de
la “maestría” a lo
largo de los siglos;
que le haga caer en
cuenta que el Arte
–después del dato de
la Encarnación del
Hijo de Dios– nunca
volvió a ser el
mismo… Todo esto se
logra con paciencia,
con tiempo, con la
educación de la
retina y del oído,
en la degustación
serena de lo bello,
desde la infancia
temprana hasta el
ocaso de la vida. En
Camino aparece
reiteradamente el
tema de la necesidad
de la disciplina
–horarios, hora
fija, orden…(nn. 76,
77, 78, 79, 80)–
para poder secundar
las mociones del
Paráclito .
CANTABILE
En el tema dedicado
a la oración
(81-117), los
consejos que Escrivá
da al solista (nn.
81, 82, 83, 92, 96)
los supieron vivir
los artistas
embebidos y
enamorados de su fe,
a lo largo de la
Historia del Arte:
la oración como
cimiento de la
actividad artística.
Basta pensar en los
largos ratos de
meditación, antes de
la elaboración de
sus obras, de Fra
Angelico; de los
artistas orientales
frente a sus iconos;
del arquitecto Gaudí;
del pintor Chagall
al final de su vida.
El consejo que
Escrivá da sobre la
prisa que no hay que
tener (n. 85),
cuando se platica
con Quien se platica
–y en el caso del
artista, cuando hace
su obra para Quien
la hace–, nos
instruye sobre la
calma, la paciencia
y la perfección
–dentro de las
limitaciones propias
de lo humano– a la
cual debe aspirar la
obra del artista.
Aparecen también
aquí una serie de
acentos para
enreciar su temple y
ayudarle a
perseverar en su
tarea, cuando
escasean los frutos
o se hacen esperar (nn.
101, 102, 104). El
trato asiduo
–personalísimo– del
artista con su
Creador (nn. 105,
106, 107, 108, 109,
117) es el que le
permitirá no
sucumbir, ante el
desfallecimiento
propio y la
adversidad del
ambiente; y es el
que le ayudará a
rectificar, siempre
que sea preciso, la
intención en su
quehacer artístico.
SOSTENUTO
En el capítulo
dedicado a la
santa pureza (nn.
118-145), el artista
encuentra con
nitidez el perfil de
la obra que se
espera de él, y la
cruzada que ha de
librar en el mundo
de la cultura, para
anular “la labor
salvaje de quienes
creen que el hombre
es una bestia” (n.
121). Le reta en
esta labor . Le
descubre el anverso
–la “corona
triunfal” (n. 123)–
de este dulce peso,
al tener que
domesticar a diario,
al hombre viejo que
todo mortal lleva
dentro. Le muestra
la radiografía del
hombre “animal”
–falsario, egoísta,
cruel–, y la del
hombre “casto”
–¡íntegro!– (n.
124). El artista
encuentra en estos
consejos,
advertencias
prácticas para
crecer en el dominio
de sí, que tantas
repercusiones tendrá
para su obra y para
transformar su
entorno cultural .
En esta ardua tarea,
el autor recuerda al
artista la altura,
la hondura y la
nobleza de su
dignidad, comprada a
gran precio (n.
135), para que se
anime a glorificar a
Dios, llevándole en
su cuerpo y en su
obra.
SEGUNDO
MOVIMIENTO
ALLEGRO
MOLTO VIVACE
En el tema sobre el
corazón (nn.
146-171), Escrivá
advierte al artista
las fuentes límpidas
donde ha de abrevar
el corazón su
inspiración . Aquí
es donde la labor
–del entorno
familiar y de los
verdaderos maestros–
juega un papel
determinante en la
formación estética
del futuro artista.
En el tema sobre la
mortificación
(nn. 172-207)
aconseja la guarda
de la vista (n.
183), de la cual va
a depender la
nobleza o la
iniquidad de su obra
(n. 184). Le anima a
mirar con los ojos
de la fe, para
descubrir el mundo
insondable de su
propia interioridad,
que puede ser fuente
de magnas obras. En
esa escala de la
interioridad, le
invita a descubrir
“el valor del
sacrificio escondido
y silencioso” (n.
185) de su labor
artística. Le pide
el todo por el todo
(n.186) hasta
hacerse oblación; y
su obra, holocausto.
En la lucha por
bruñir la rectitud
de intención, el
ritmo es marcado:
“Todo lo que no te
lleve a Dios es un
estorbo. Arráncalo y
tíralo lejos” (n.
189) . En el
esfuerzo por
aquistar la
perfección de la
obra, Escrivá habla
de “los tesoros” (n.
194) que han de
acompañar su faena
–“hambre, sed,
calor, frío, dolor,
deshonra, pobreza,
soledad, traición,
calumnia, cárcel…”–,
para que nunca baje
el listón de lo que
conlleva su vocación
–co-partícipe del
Creador– para
acrecentar la
belleza en su
creación. Le enseña
que ese “morir a sí
mismo” lleva en sí,
la promesa de la
fecundidad: “si el
grano de trigo no
muere queda
infecundo . Sólo así
se explica a un
Miguel Ángel
octogenario,
coronando “El Último
Juicio”; y a un
Gaudí, viendo
proyectada, a través
del tiempo, la
construcción de su
“Sagrada Familia”.
En el tema sobre la
penitencia (nn.
208-234), Escrivá
sigue insistiendo en
el dolor como fuente
fecunda de la
creación. Anima al
artista a ver la
fuerza que en sí
encierra para el
crecimiento de todo
bien (n. 208). Y si
hay alguien que sabe
de cribas en su
menester es el
artista. Por eso,
las consideraciones
de Escrivá vienen
como bálsamo a sus
fatigas,
incomprensiones,
tribulaciones (n.
209) . El artista
sabe mejor que nadie
que está compelido
al cumplimiento de
su voluntad
creadora. Esta obra
no se lleva a cabo
sin dolor. Escrivá
asemeja este dolor
al sufrimiento de
Cristo (n. 213). Le
espolea con este
pensamiento, cuando
la tentación de lo
fácil le acecha (n.
214). Le dice que es
el precio que ha de
pagar por la
felicidad (n. 217).
Y le invita a ver la
hermosura de ese
trueque . Le abre
los ojos en esta
batalla, cuando le
advierte: “Tu mayor
enemigo eres tú
mismo” (n. 225).
Lleva su dolor más
allá de lo personal,
y le abre –en una
perspectiva
cristiana de la
vida– los horizontes
insospechados de la
corredención (n.
232) en la “economía
del espíritu” (n.
234).
En el tema sobre el
examen (nn.
235-246), el artista
es llevado a esta
labor diaria (n.
235). El examen
“despacio, con
valentía” (n. 236)
es el que le dará la
fuerza y la
determinación, para
cortar con todo lo
que estorbe. Le
enseña a hacer
fecundos sus yerros
(n. 239). Insiste en
la petición de luces
(n. 240) que
necesita, para dar
con la raíz de su
persona y de su
obra. Le muestra la
fidelidad en las
cosas pequeñas .
En el tema sobre
propósitos (nn.
247-257), aparece la
vivacidad con que se
han de escudriñar y
poner por obra, para
que llegue a feliz
término su creación
(n. 247). Muestra la
sabiduría de “lo
poco”, frente a la
dispersión de “lo
mucho” . Enseña la
derrota del adverbio
“¡mañana!” (n. 251).
Descubre la “vana
gloria” que se
esconde tras todo
aplauso, cuando no
se dirige a la
gloria de Dios (n.
252). Insiste en el
“hoy, ahora” del
trabajo creador,
para deshacer los
espejismos del
“ayer” y del
“mañana” (n. 253).
Le interpela con el
“condicional” de la
invitación que el
Creador hace al
artista ,
asegurándole una
felicidad sin
límites.
En el tema sobre
escrúpulos (nn.
258-264), le anima
al gozo que la
creación artística
conlleva, para dejar
de lado todo lo que
le robe la paz a su
espíritu (n. 258).
Le apremia a no
empequeñecer el
Corazón amorosísimo
del Creador, y le
enseña a ver –en las
derrotas– el
“entrenamiento para
la victoria
definitiva” (n.
263). No resiste la
desconfianza ni el
titubeo. Insta
enérgicamente a
emprender de nuevo
la tarea –“¡a
trabajar!” (n.
264)–; acicate
maravilloso, éste,
que necesita todo
artista, en los
altos y bajos que le
tiende arteramente
su sensibilidad,
porque la
sensibilidad, si no
la “enfunda” en la
firmeza de “la masa
de acero”,
sensibilidad inerte
se queda.
TERCER MOVIMIENTO
ADAGIO
LARGO E PIANISSIMO
En el tema sobre la
presencia de Dios
(nn. 265-278), la
visión y el método
se agudizan, porque
Escrivá señala al
artista el secreto
para acrecentar las
obras de su
espíritu. Le embebe
de la certeza, de
que su persona y su
obra están bajo la
mirada amorosa de
Dios Padre (nn. 267,
273, 274). Le
acostumbra a elevar
el corazón a Dios
–en acción de
gracias– muchas
veces al día,
mostrándole los mil
motivos que pueden
llevarle a hacerlo
(n. 268). Le traza
el A-B-C de su
itinerario artístico
.
En el tema sobre la
vida sobrenatural
(nn. 279-300),
Escrivá da una
tercera dimensión
–altura, relieve,
peso y volumen– (n.
279) espléndida –la
que da la fe– a la
creación artística.
Si el artista pierde
esta dimensión, no
vacila en advertirle
la esterilidad a la
cual queda abocada
su obra (n. 280). Le
invita al
recogimiento (nn.
281, 283). Le anima
a las sucesivas
conversiones (n.
285) que debe
sufrir, día a día (nn.
290, 292), para que
persona y obra
alcancen su
plenitud. Le enseña
la hermosura de
servir con
voluntariedad actual
(n. 293). Le
descubre los frutos
que vendrán, tras
las noches oscuras
del espíritu (n.
294). Le muestra el
señorío de sí (n.
295), y la alegría
que dan, al
espíritu, estas
“¡luces nuevas!” que
le hacen descubrir
otros Mediterráneos
.
En el tema –más
de vida interior
(nn. 301-324)–,
Escrivá descubre –al
artista y a la
cultura– un secreto:
“estas crisis
mundiales son crisis
de santos”. Le
muestra la
responsabilidad que
tiene: “–Dios quiere
un puñado de hombres
‘suyos’ en cada
actividad humana”
(n. 301). Le enseña
el sello de la
perfección de la
obra de arte: la
sencillez (n. 305).
Le entrena en la
“milicia” de su
oficio, que no ha de
conocer tregua ni
comodidad (n. 306).
Le ayuda a adquirir
el hábito de
revestirse de Cristo
en el Sacramento de
la Penitencia (n.
310). Le hace soñar
con ser “alma de
apóstol”, fomentando
incendios en su
corazón y “hambres
de almas” (n. 315).
Le apremia a correr,
para ganar el premio
(n. 318) y coronar
el edificio de su
santificación, con
la gracia de Dios y
la correspondencia
de su voluntad (n.
324).
En el tema sobre la
tibieza (nn.
325-331), Escrivá le
enseña a cazar las
pequeñas raposas que
destruyen su persona
y su obra (n. 329).
Le advierte del
peligro en que se
encuentran, si no
buscan seriamente la
perfección (n. 326).
Le amonesta
paternalmente . Le
impele a buscar la
magnanimidad, para
erradicar todo
cálculo o “cuquería”
(n. 331), toda
ociosidad y vanidad,
todo obrar por
motivos meramente
humanos.
ANDANTINO
El compás, en este
movimiento, se torna
ahora más exigente,
para perfeccionar la
ejecución iniciada
en el plano de las
virtudes naturales.
En el tema sobre el
estudio (nn.
332-359), Escrivá
urge al artista a
una formación
profesional seria
(n. 334). Le
descubre el valor
sobrenatural y la
obligación grave de
una hora de estudio
(nn. 335-336). Le
muestra la tarea de
apologista de la
Santa Fe que le
espera (n. 338) en
el campo de la
cultura, para la
cual necesita
ciencia e idoneidad
(n. 340). Le hace
ver cómo no puede
desentenderse de esa
obligación. Sólo si
trabaja con este
sentido profesional
podrá mejorar la
vida de su alma y la
de los demás (nn.
343-344).
Aparece explicitado
el tema de la
cultura como “medio”
y no como “fin” . Le
amonesta: “Sólo te
preocupas de
edificar tu cultura.
–Y es preciso
edificar tu
alma...(n. 345) . Es
fuerte cuando le
recrimina: “no me
explico que te
llames cristiano y
tengas esa vida de
vago inútil.
–¿Olvidas la vida de
trabajo de Cristo?
(n. 356).
En el tema sobre la
formación
(nn. 360-386),
Escrivá revela la
hermosura y
exigencia del
trabajo como
servicio,
advirtiéndole las
coartadas que le
tienden la ambición,
la vanidad y la
sensualidad (n.
364). Le regala su
lema de apóstol:
“Trabajar sin
descanso” (n. 373).
La obediencia es el
acorde medular de
toda la composición,
para poder ser fiel
a la partitura del
divino Artífice y al
conductor de la
orquesta (nn. 362,
377, 381).
En el tema sobre
el plano de tu
santidad (nn.
387-416), Escrivá
toca tres acordes
fundamentales –para
la fidelidad– en la
ejecución de su
tarea como artista
protagonista en el
mundo de la cultura:
“la santa
intransigencia”, “la
santa coacción” y
“la santa
desvergüenza” (n.
387) .
ALLEGRO MOLTO
APPASSIONATO
En el tema sobre el
amor de Dios (nn.
417-439), Escrivá
saca a relucir el
leit-motif de toda
su composición: “No
hay más amor que el
Amor!” (n. 417).
Lleva al artista a
la captación sublime
del “dolor de Amor”,
para infundirle una
sed apasionada por
vivir de amor , para
desagraviar tanto
desamor.
Le enseña la nobleza
de la caridad (nn.
440-469) y del
“construir” como
labor que requiere
maestros, con una
imagen hermosa
tomada de la
Arquitectura: “Hacer
crítica, destruir,
no es difícil: el
último peón de
albañilería sabe
hincar su
herramienta en la
piedra noble y bella
de una catedral” (n.
456). Ayuda al
artista a comprender
la fecundidad de la
fraternidad bendita,
con las bellas
imágenes –de la
“ciudad amurallada”
(n. 460) y del “hilo
y otro y muchos,
bien trenzados” (n.
480)–, para sostener
su lucha en pequeñas
comunidades de
artistas, y
acrecentar así la
fuerza de sus
ideales –ese “pan de
buen trigo” (n.
467)– que el mundo
de la cultura
necesita.
Los medios (nn.
470-491) para llevar
a cabo esta tarea
son los de siempre:
la fidelidad, la
esperanza, la
humildad, la
docilidad, la
entrega sin límites…
(nn. 472, 473, 474,
475, 476, 477) .
Para Escrivá la
labor de todo
artista es
necesaria; todo
instrumento es útil;
cada uno tiene su
misión propia (n.
484). “Trabajo… hay.
–Los instrumentos no
pueden estar
mohosos” (n. 486).
Le anima a no parar
ante ninguna
dificultad . Cierra
el capítulo con dos
acordes: “rectitud
de corazón” y “buena
voluntad”, y con la
mirada puesta en
cumplir lo que Dios
quiere, para ver
“hechos realidad”,
sus ensueños de Amor
(n. 490), en la
edificación de la
urdimbre espiritual
de la cultura.
A partir de este
momento, Escrivá
súbitamente asciende
su composición a un
plano más
sobrenatural,
mostrando los
enlaces que necesita
el artista para su
obra de arte. La
Virgen (nn.
492-516) le dará la
reciedumbre y la
ayuda que necesita
(nn. 508, 513, 515).
La Iglesia
(nn. 517-527) le
mostrará la
universalidad del
espíritu (n. 525) al
cual está llamado, y
le llenará de
júbilo: “¡Hay que
romper a cantar!”
(n. 524), para que
se desborde en
armonías, el
agradecido
entusiasmo por Dios.
La Santa Misa
(nn. 528-543) se
convertirá en el
centro y raíz de su
vida y de su obra.
La Comunión de
los Santos (nn.
544-550) le