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SECCIÓN MILLÁN PUELLES (Antonio Millán-Puelles)

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ÉTICA FILOSÓFICA

 



Una síntesis de la Ética filosófica -en 5000 palabras- por un gran maestro con aguda capacidad analítica. Pasan Aristóteles, Tomás, Kant,
E. Durkheim, L. Lévy‑Bruhl y G. Simmel, M. Weber, Schopenhauer
, la filosofía analítica, etc.

 

Por Antonio Millán Puelles *

 

LA voz española «ética» proviene del vocablo griego éthos en la acepción que equivale a la que tiene la palabra «costumbre». Lo que con este término se significa es una especie de «naturaleza adquirida» o «segunda naturaleza». Las costumbres se adquieren, no son innatas; pero, una vez que arraigan y logran consolidarse, funcionan como si fuesen unas inclinaciones naturales, ya que, a su modo y manera, son principios de acción, energías que orientan la capacidad operativa del sujeto que las posee.

 

Hay también en la lengua griega otro vocablo, éthos, que se usa en bastantes ocasiones en el sentido de la inclinación estrictamente innata o natural. Y en latín la palabra mos tiene unas veces el significado de la «inclinación innata» y otras veces el de la «inclinación adquirida» o la «costumbre». Así, pues, tanto el origen griego de la palabra «ética» como el latino de la voz «moral», aunque deben tenerse en cuenta para fijar el concepto de ese especial saber que se designa con los términos mencionados, no bastarán para determinarlo exactamente. El establecimiento del sentido de la ética filosófica o filosofía moral requiere hacer otra clase de consideraciones que vayan directamente al fondo de la cuestión.

 

Según el modo en que de hecho la han constituido sus más eminentes tratadistas, la ética filosófica o filosofía moral es un saber que presupone en el hombre la existencia de una cierta naturaleza primordial, es decir, de una forma innata de ser y de comportarse (véase « Naturaleza»), que no añade nada al puro hecho de consistir en un hombre (un animal dotado de poder intelectivo y volitivo: véanse «Entendimiento humano» y «Voluntad humana»). Esa naturaleza primordial o fundamental del ser humano permite que en éste lleguen a formarse unas segundas naturalezas, las costumbres, engendradas por la repetición de ciertos actos libremente ejercidos. Ya en virtud de su propia naturaleza innata o primordial, el hombre cuenta con una libertad de albedrío que es enteramente natural en la acepción más rigurosa o estricta, dado que ningún hombre la posee por habérsela dado él a sí mismo (véase «Libertad humana»). La libertad que el hombre se puede dar a sí mismo ‑lo que se llama la «libertad moral», como distinta de la libertad natural‑ es una situación, relativamente estable o consolidada, que se añade a esa libertad con la que nace. Se trata de una nueva libertad, que consiste en el dominio o señorío sobre la fuerza de las pasiones humanas. Ahora bien, esta libertad no se conquista con un único acto, sino que exige la reiteración de los actos de sobreponerse a las pasiones, dirigiéndolas y encauzándolas, hasta que surge el hábito correspondiente, es decir, la costumbre de comportarse como dueños de las pasiones y no como esclavos de ellas. Únicamente así es la libertad moral una situación relativamente estable o consolidada, y no un mero episodio aislado o un puro gesto ocasional de señorío.

 

La ética filosófica supone en el ser humano la libertad natural, pero su tema consiste en la libertad moral. Es, por ende, y según su etimología, una filosofía de las costumbres, en tanto que la libertad moral requiere, para ser un status y no un incidente suelto, que se den en el ser humano unos hábitos operativos de dominio sobre sus propias pasiones, o sea, lo que se conoce con el nombre de «virtudes morales» (véase «Cualidad»). Lógicamente, la ética filosófica tiene también en cuenta las costumbres contrarias a las virtudes morales o, dicho con otros términos, los «vicios», que constituyen la situación opuesta a la libertad moral, y precisamente en la medida en que se oponen a ella.

 

Además de constituir un cierto objeto de especulación o teoría, la libertad moral es un objetivo, algo que cabe intentar y cuyo logro responde a unas normas o directrices. El hecho de que el objeto de la ética filosófica presuponga en el ser humano una libertad natural y consista, precisamente, en la libertad moral, no significa que ésta se pueda conseguir de cualquier modo, sin ningún tipo de orden ni, por tanto, de directrices o de normas. La libertad moral es, en sí misma, un orden, lo contrario del caos de una conducta anárquica, donde las pasiones no obedecen a las normas de la razón. Por tanto, la libertad moral tiene unas leyes, sin las cuales no es posible en modo alguno. Así como el orden físico tiene unas leyes físicas y el orden lógico implica unas leyes lógicas, y el orden técnico unas leyes técnicas, también el orden moral supone, análogamente, ciertas leyes, que son las leyes morales.

 

En el inicio de sus Comentarios a la Ética Nicomaquea, de Aristóteles, distingue Tomás de Aquino cuatro clases de orden, según sea la manera en la que puede éste hacer de objeto de la razón humana. «Hay un orden que la razón no establece, limitándose a contemplarlo, y es el orden de las cosas naturales. Otro orden lo es el que la razón, que lo considera, determina en los propios actos de la misma razón, como sucede al ordenar sus conceptos y los signos correspondientes, que son voces dotadas de sentido. Un tercer orden es el que la razón, considerándolo, establece en las operaciones de la voluntad. Y el cuarto orden es el que la razón, además de considerarlo, determina en las cosas exteriores configuradas por ella» (In Ethic., 1, cap. 1, lect. 1, n. 1). De estas cuatro clases de orden es la tercera la que hace de objeto de la filosofía moral. El orden moral ‑el que la razón no solamente conoce, sino también establece o determina en las operaciones de la voluntad‑ es el tema del que la filosofía moral se ocupa (loc. cit., n. 2).

 

Nos encontramos, así, con dos definiciones del objeto de la ética filosófica: a) la libertad moral; b) el orden de las operaciones de la facultad volitiva. Lo segundo se ha hecho patente al reparar en que la libertad no puede ser caótica o anárquica. Sin embargo, esto no demuestra por sí solo que el orden propio de la libertad moral lo sea el que Tomás de Aquino caracteriza como el que la razón no solamente conoce, sino también establece en las operaciones de la voluntad. Para probar que se trata de este orden, basta, no obstante, advertir que la libertad moral consiste, como ya se observó, en las virtudes morales y que éstas, aunque no son operaciones de la facultad volitiva, se forjan con la repetición de ciertos actos de esta misma potencia, a la cual, a su vez, inclinan a ejercer nuevos actos que tienen la misma índole de los que son necesarios para llegar a adquirir las virtudes morales. Así, por ejemplo, la virtud moral que se designa con la palabra «justicia» se consigue llevando a cabo actos justos y, a su vez, inclina a la voluntad hacia nuevos actos de esta clase. En suma, el orden en el que estriba la libertad moral ‑vale decir, el orden en que consisten las virtudes morales­coincide con el de las operaciones o los actos de la facultad volitiva. Dicho de otra manera: el mismo orden que de suyo son las virtudes morales se produce en el de las operaciones voluntarias de las cuales proceden y, a su vez, se traduce o se refleja en el de las nuevas operaciones hacia las cuales la voluntad queda inclinada por las virtudes morales ya adquiridas.

 

Por consiguiente, el orden del que la ética filosófica se ocupa lo son los actos de la voluntad en tanto que la libertad moral resulta de ellos, si están bien ordenados, o se refleja en ellos, si ella misma está consolidada. Ahora bien, el orden de las operaciones de la facultad volitiva no es un puro hecho natural, sino algo que se consigue aplicando a esos actos unas normas. La actividad de nuestra potencia volitiva no está determinada enteramente por sus propias leyes naturales. Si estuviese determinada de ese modo, no podría ser libre en forma alguna. Por tanto, en la misma medida en la que es libre (no en todos y cada uno de sus actos, sino en los que se llaman, en su más propio sentido, «actos humanos», es decir, los que surgen de la voluntad deliberada, confróntese Tomás de Aquino, Sum. Theol., 1‑11, q. 1, a 1), puede atenerse a otras leyes, a saber: las leyes morales. Éstas son leyes de la voluntad libre en cuanto libre. Para cumplirlas es necesario conocerlas y querer libremente que regulen nuestra conducta. Son, de este modo, unas leyes que suponen la libertad y le confieren un orden libremente asumido. De ahí que no sea posible hablar de ellas cuando se trata de seres que no tienen una libertad natural, mientras que, en cambio, es necesario afirmar la existencia de ésta cuando se trata de seres cuyo comportamiento está ajustado a las leyes morales.

 

Cumplir las leyes morales es una manera de ejercer la libertad natural. El error de creer que tan sólo se actúa libremente si se contravienen estas leyes tiene su origen en la inadvertencia de que para cumplirlas es menester hacer uso de la libertad natural, comportándose, así, de una manera tan libre como en el caso contrario. La diferencia estriba en que el comportamiento regulado por las leyes morales no es sólo un uso de la libertad natural, sino también un efectivo ejercicio de la libertad moral, mientras que el comportamiento que se opone a las leyes morales no tiene esa libertad en modo alguno y es, por ello, defectuoso o deficiente (no actualiza una perfección para la cual su sujeto está en potencia por virtud de su índole o modo innato de ser).

 

Según Kant, la filosofía griega antigua acertó a dividir el saber filosófico en tres partes: física, ética y lógica. « La antigua filosofía griega se dividía en tres saberes: la física, la ética y la lógica. Esta división se ajusta perfectamente a la naturaleza de su objeto, y en nada se la puede mejorar, como no sea para añadirle su principio, con el fin, por un lado, de confirmar que es una división exhaustiva y, por el otro, de establecer correctamente las subdivisiones necesarias» (Fundament. de la Metaf. de los Cost., pról., 1‑7).

 

Realmente, esta división del saber filosófico no se encuentra en Platón, aunque Cicerón se la atribuye (I Acad., cap. 5, n. 20), ni aparece tampoco en Aristóteles, siendo, en cambio, admitida por los estoicos y los epicúreos, según lo aseguran, por ejemplo, los testimonios de Diógenes Laercio (De Clar. Philosoph. vita.., 111, n. 83) y de Agustín de Hipona (Epist. CXVIII ad Diosc., n. 19). Comparada con la clasificación de las maneras en las que según Tomás de Aquino puede el orden hacer de objeto de la razón humana, la división del saber filosófico admitida por Kant es incompleta, ya que en ella no se menciona ciencia alguna cuyo objeto lo constituya el orden correspondiente a los productos de la técnica humana. Este tipo de orden, que la razón no se limita a conocer, sino que también determina en las realidades exteriores, no es, sin embargo, desatendido por Kant, aunque está ausente de  su división tripartita del saber filosófico. Y la prueba de que Kant tiene presente este orden se encuentra de un modo explícito en las nociones kantianas de la técnica (cfr. Crit. del Juicio, parágrafo 43) y de los imperativos técnicos (technisch) o «reglas de la habilidad» (Regel der Geschicklichkeit, cfr. Fundam. de la Metaf. de las Cost., cap. II, y Metaf. de las Cost., Introd. II).

 

Esas normas, así como los «consejos de la sagacidad» (Ratschlüge der Klugheit), son para Kant principios de la conducta humana, pero tienen únicamente un valor hipotético: valen exclusivamente en la medida en que son necesarias para conseguir algún provecho u obtener algún fin. Por el contrario, los «mandatos o leyes de la moralidad» (Gebote, Gesetze der Sittlichkeit) son de un valor absoluto. Su carácter obligatorio no depende, en manera alguna, de que realmente exista la volición de tal o cual objetivo, pues ninguno de los principios de la ética determina lo que hay que hacer si se quiere tal o cual cosa, sino algo cuyo cumplimiento es un deber, aunque se oponga a la satisfacción de algún deseo. Mientras que las reglas de la técnica y los consejos de la sagacidad no son imperativos absolutos, sino sólo hipotéticos, los principios de la moralidad son leyes en la acepción más rigurosa, porque establecen deberes de un modo incondicionado, es decir, unas obligaciones enteramente objetivas que, en cuanto tales, no tienen nada que ver con las inclinaciones subjetivas ‑preferencias, deseos, interesesde ningún

Enviado por Rialp - 19/07/2005 ir arriba
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