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«SER YO MISMO» COMO NORMA DE C

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«Ser yo mismo» como norma de conducta

  «SER YO MISMO» COMO NORMA DE CONDUCTA
Breve nota de ACEPRENSA en el centenario del nacimiento de Heidegger
Lo más atractivo de Heidegger es su planteamiento del hombre como una libertad abierta a la amplitud indefinida del mundo. El hombre es su propia libertad; su vida se va llenando con las elecciones que hace, es su propia autorrealización.

Autorrealizarse se convierte así en la tarea humana por excelencia, un auténtico ejercicio moral. Heidegger no quiso escribir una ética, ni dictar norma universal alguna de conducta. Pero esto es algo que ningún filósofo deja de hacer, quiera o no, si por filósofo se tiene. El planteamiento moral de la vida humana aparece en Heidegger en lo que él llama «vida auténtica» y «vida inauténtica». Las nociones de bien y mal son sustituidas por la autenticidad y su contraria.

La vida inauténtica es aquella en la que el hombre se pierde a sí mismo y se deja llevar por los dictados impersonales de la masa. Así olvida su verdadero ser, huye de sí mismo y se extraña o aliena en modos de conducta impersonales y gregarios. Es el torbellino de la existencia anónima, en la cual hace lo que «se» lleva, piensa lo que «se» dice. El se impersonal ejerce una verdadera dictadura en la que el hombre vive alienado de sí mismo.

La vida auténtica es la conquista que el hombre debe realizar asumiendo sus verdaderas posibilidades. Lo que Heidegger llama el cuidado (Sorge) es un impulso que despierta al hombre y le hace caminar al encuentro de sí mismo. Así se hace libre y elude el riesgo de perder su propia identidad en el mundo impersonal del se. De esta sumisión a la vida gregaria debe arrancarnos la decisión libre de realizarnos auténticamente. El mensaje de Heidegger sobre la tarea moral del hombre es que ha de elegirse a sí mismo.

SER PARA LA MUERTE

En Heidegger la vida auténtica tiene un destino único: la muerte. Para él, la vida humana consiste en elegir entre dos actitudes: aceptar la muerte (vida auténtica) o distraerse de ella, olvidándola (vida inauténtica). Su análisis existencial se vuelve en este punto pesimista y sombrío. El impacto de las guerras mundiales extendió por Europa la influencia de este modo de pensar, propio de la filosofía existencialista, de la que Heidegger es el principal representante.

Hoy en día ya ha sido olvidado el planteamiento de la vida humana como una angustia ante el vacío de la existencia y de la muerte. Pero el existencialismo popularizó la exaltación de la autenticidad y la autorrealización. Y éste es el origen de una idea hoy común: la vida humana es un esfuerzo para llegar a ser uno mismo mediante el despliegue de la propia libertad.

Late en este planteamiento una ausencia de toda finalidad exterior a la cual deba dirigirme el sujeto. Más bien se trata de encauzar el fluir espontáneo del propio deseo, conforme a las posibilidades que aparecen ante uno. Expresiones como hacerse un lavado de cerebro o no me comas el coco expresan la inclinación a no guiarse más que por el deseo y la voluntad, por lo que brota en uno, como si la vinculación racional a un fin dado fuese algo inauténtico en lo que uno pierde su libertad.

Así se introduce la primacía del capricho: todo es posible y nada es necesario. La voluntad se vuelve imprevisible porque depende de las inclinaciones momentáneas, que acaban suplantando la verdadera elección. Contra este peligro reaccionó el propio Heidegger al recusar la existencia inauténtica, pero no tenía ningún bagaje moral que contrarrestara la arbitrariedad de una existencia auténtica que no es nada fijo, sino lo que en cada momento a mí me parece.

La idea de que no hay nada necesario es genuinamente heideggeriana. Cuando se aplica a la vida humana, significa que no hay proyecto previo en ella; todo lo ha de poner la libertad. La versión popular de estas ideas, que en último término proceden de Nietzsche, se han llegado a plasmar en una mentalidad que defiende que toda norma de conducta emana de un criterio subjetivo, espontáneamente decidido, mediante el que alcanzo a ser yo mismo, y que está desvinculado de toda jerarquía de fines.

A veces se piensa que la filosofía no influye en la vida cotidiana. Pero lo que comenzó siendo en los años veinte una abstrusa meditación metafísica sobre el Dasein (la existencia humana), es hoy un modo de pensar de toda una generación. Las ideas de nuestros abuelos acaban informando nuestra conducta. Heidegger es un buen ejemplo. El reto para nosotros está en saber qué ideas legaremos a nuestros nietos, porque influirán en su conducta más de lo que nosotros pensamos. • ACEPRENSA.
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05/07/2005 ir arriba
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