| Por
Alberto Sánchez León
«Camino
de campo» es una obra póstuma de Heidegger (1889-1976)
donde nos cuenta, para sorpresa del léctor que conoce su pensamiento,
sus profundidades más reservadas, más íntimas, y que sólo
vieron la luz en 1989.
Puede verse en estos versos o fragmentos poéticos un signo
de luz que no llegó nunca a vislumbrarse en sus obras. Merece
especial relevancia esta obra, de tan sólo 55 páginas con
bellísimas ilustraciones, porque se puede apreciar a un segundo
Heidegger abierto a la trascendencia.
El camino de campo es una puerta que se abre ante la angustia
del pensamiento inmanente, “Para cuando los enigmas se agolpaban
y no se vislumbraba salida, ahí estaba siempre el camino de
campo” (p.17). Es un segundo Heidegger el que nos encontramos
en estas líneas que encandilan tanto por la belleza del escrito
como por el signo manifiesto de esperanza hacia un cielo (aunque
lo escriba en minúscula) supremo. “(...) crecer es abrirse
a la amplitud del cielo y al mismo tiempo arraigarse en la
oscuridad de la tierra; que todo lo que es genuino prospera
sólo si el hombre es a la vez ambas cosas, dispuesto a las
exigencias del cielo supremo y amparado en el seno de la tierra
sustentadora” (p. 25). También manifiesta esta apertura a
la trascendencia en esta otra frase en la que se puede ver
reflejado él mismo: “La sabia serenidad es una apertura
a lo eterno. Su puerta se abre sobre los goznes antaño forjados
con los enigmas de la vida por un herrero experto” (p.
41).
Se trata pues de un Heidegger nuevo, donde se desnuda de toda
inmanencia y ahuyenta del verdadero peligro: un mundo de ruidos
que no deja escuchar a los hombres la voz de Dios. “A sus
oídos sólo llega el ruido de los aparatos que, casi, tienen
por la voz de Dios. Así el hombre se dispersa y pierde su
camino (...) Lo sencillo se ha evadido” (p. 37).
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