Libertad
del
tener.
Desprendimiento
Por
Antonio
Orozco-Delclós
Como
consecuencia
del
pecado
original
nacemos
con un
germen
de
soberbio
egoísmo
que, de
no ser
combatido,
alcanza
proporciones
colosales.
Tendemos
a
considerarnos
el
centro
del
universo,
en torno
al cual
ha de
girar
todo,
incluido
el mismo
Dios.
Sobre
todo el
llamado
«hombre
moderno»
tiende a
exaltarse
hasta al
punto de
afirmarse
como un
ser
«para-sí»
(es lo
que
sucede a
Feuerbach,
Marx,
Jean
Paul
Sartre,
etcétera).
En
consecuencia,
si yo
«soy
para
mí», las
cosas
todas
habrán
de ser
también
para-mí,
es
decir,
para que
yo la
posea,
en el
sentido
más
fuerte
de la
palabra:
para que
yo pueda
hacer
con
ellas
cuanto
se me
antoje.
La
avaricia
es
consecuencia
inmediata
de la
soberbia.
El avaro
quiere
el
dinero,
siempre
más,
«para
sí».
Pero no
tarda en
convertirse
él mismo
en un
«ser-para-el-dinero»:
queda
«metalizado»,
como
dice
gráficamente
el
castellano,
es
decir,
desposeído
de la
autonomía
de su
persona,
proyectado
y pegado
lastimosamente
hacia el
dinero.
Del
mismo
modo,
cuando
un
hombre
busca el
placer
para sí,
acaba
siendo
«un-hombre-para-el-placer».
Concluye
encadenado
al
placer.
La
avaricia
rompe el
saco,
merma la
libertad,
convierte
a los
señores
del
universo
en
esclavos
de sus
propias
obras.
De
hecho,
sólo
Dios es
«para
Sí». La
criatura
es de
Dios y
«para
Dios».
Dios ama
al
hombre
«por sí
mismo»,
por
tanto es
un «fin
en sí
mismo»,
pero es
«fin de
sí
mismo»:
«ninguno
de
nosotros
vive
para sí,
ni nadie
muere
para sí.
Si
vivimos
para el
Señor
vivimos.
Si
morimos,
para el
Señor
morimos.
Porque
así en
la vida
como en
la
muerte
somos
del
Señor» (Rom
14, 7).
Sólo
podemos
ser
señores
cuando
reconocemos
la
propia
insuficiencia
y
servimos
al Señor
de
señores,
en quien
está el
Bien, la
Vida, la
Verdad,
la
Sabiduría,
el Amor,
y la
Fuente
de todo
ser.
¿De qué
sirve,
por
ejemplo,
tener la
mejor
biblioteca
del
mundo,
si uno
es de
natural
romo o
incluso
no sabe
leer?
¿De qué
sirve
satisfacer
todos
los
apetitos
del
orden
sensitivo
si la
persona
es
espíritu
inmortal,
con
hambre
siempre
insatisfecha
de
Infinito?
Nada
vale lo
que no
sirve
para
crecer y
«ser
más» en
el orden
del
«ser»,
como ser
personal.
La
libertad,
la
perfección
de la
persona,
el
camino
de la
plenitud
no se
encuentra
en el
orden
del
«tener-cosas»
(objetos).
Lo
valioso
no es lo
que
«tengo»
sino lo
que
«soy».
Lo que
tenga en
el mundo
habré de
dejarlo
un día,
«que no
bajan
con el
rico al
sepulcro
sus
riquezas»
(Camino
634); en
cambio,
lo que
soy, lo
seré por
toda la
eternidad.
El
hombre
no «es»
lo que
«tiene»
fuera de
sí, sino
lo que
se
encuentra
en su
intimidad
personal
hasta el
punto de
que, en
cierta
manera,
se
identifica
con él:
una
inteligencia
llena de
verdad;
una
voluntad,
un
corazón,
lleno de
amor
limpio y
noble.
Sin eso
el
hombre
no es
nada, no
es
feliz,
no puede
estar
satisfecho.
Su haber
puede
ser
grande,
puede
poseer
momentáneamente
muchos
bienes
materiales,
pero su
ser es
paupérrimo,
su
espíritu
vacío y
su vida
semeja
tremendamente
la de
los
seres
irracionales.
Hay
elecciones
que
cierran
posibilidades
en un
determinado
orden de
cosas,
de tal
modo que
escoger
una
implica
renunciar
a todas
las
demás de
ese
mismo
orden;
pero al
mismo
tiempo
abren
horizontes
en otro
orden
más
alto, o
más
hondo,
más
valioso.
Por el
contrario,
elecciones
hay que
pueden
abrir
muchas
posibilidades
de
escasa
categoría
-aunque
resulten
atrayentes
a los
apetitos
vulgares-
y cerrar
el
acceso a
exigencias
más
profundas
y
esenciales,
de modo
que se
agoste
progresivamente
el
espíritu
hasta
hallarse
sometido
a la
angustiosa
angostura
que
atrapa
la vida
de quien
no ha
querido
orientarla
como era
menester,
hacia la
verdadera
plenitud
personal.
La
persona
que por
amor al
Amor ha
renunciado
prácticamente
a todo
haber,
se sabe
máximamente
libre y
es
inmensamente
feliz.
«Nunca
te
habías
sentido
más
absolutamente
libre
que
ahora,
que tu
libertad
está
tejida
de amor
y de
desprendimiento,
de
seguridad
y de
inseguridad:
porque
nada
fías de
ti y
todo de
Dios» (Surco
787).
«Los que
nos
hemos
dedicado
a Dios,
nada
hemos
perdido»
(Surco
21).
Se ha
cumplido
a la
letra la
infinita
ganancia
de
libertad
que
supone
el
enlace
de la
libertad
de la
criatura
con la
libertad
infinita
del
Creador.
«Quien
pierde
su vida
por amor
a Mí, la
encontrará»,
ha dicho
Jesucristo.
Siempre
–la del
hombre
en la
tierra–
permanece
amenazada,
aunque
sea de
lejos.
Por eso
aconseja
san
Josemaría
Escrivá
a los
que aman
apasionadamente
la
libertad:
«¡Grítaselo
fuerte,
que ese
grito es
chifladura
de
enamorado:
¡Señor,
aunque
te
amo...
no te
fíes de
mí!
¡Átame a
Ti, cada
día
más!» (Surco
799). Y
la
oración
es
siempre
escuchada,
y el
lazo es
la misma
libertad
de la
criatura
enamorada.
El orden
supremo
es,
obviamente,
el orden
del Bien
absoluto,
en la
práctica
no es
otro que
el que
denominamos
«Voluntad
de
Dios»,
que
quiere
siempre
el bien
y no
puede
querer
más que
el bien.
Éste es
el
camino
en el
cual las
elecciones
nunca
cierran
posibilidades
más
altas y
valiosas.
Así, por
ejemplo,
cuanto
más se
sabe de
la
Verdad,
más
posibilidades
hay de
saber
más.
Cuanto
más se
ama, más
se
dilata
la
posibilidad
y
aptitud
de amar.
De ahí
que «por
mucho
que
ames,
nunca
querrás
bastante.
El
corazón
humano
tiene un
coeficiente
de
dilatación
enorme.
Cuando
ama, se
ensancha
en un
crescendo
de
cariño
que
supera
todas
las
barreras.
Si amas
al
Señor,
no habrá
criatura
que no
encuentre
sitio en
tu
corazón»
(Via
Crucis,
VIII,
5).
Ciertamente,
«un
corazón
que ama
desordenadamente
las
cosas de
la
tierra
está
como
sujeto
por una
cadena,
o por un
“hilillo
sutil”,
que le
impide
volar a
Dios» (Forja
486).
Pero es
preciso
insistir
en que
el
desprendimiento
de
cualquier
«haber-posesión»,
ha de
ser
total,
también
de lo
que sea
de suyo
bueno.
Incluso
es
menester
desprenderse
de lo
que
parece
tan mío
que
llamaríamos
«yo»,
pero no
lo es:
«No
pongas
tu ”yo”
en tu
salud,
en tu
nombre,
en tu
carrera,
en tu
ocupación,
en cada
paso que
das...
¡qué
cosa tan
molesta!
Parece
que te
has
olvidado
de que
«tú» no
tienes
nada,
todo es
de Él.
Cuando a
lo largo
del día
te
sientas
–quizá
sin
motivo–
humillado;
cuando
pienses
que tu
criterio
debería
prevalecer;
cuando
percibas
que en
cada
instante
barbota
tu “yo”,
lo tuyo,
lo tuyo,
lo
tuyo...,
convéncete
de que
estás
matando
el
tiempo,
y de que
estás
necesitando
que
“maten”
tu
egoísmo»
(Forja
1050). A
ese yo
egoísta,
y quizá
ególatra,
hay que
«decapitarlo»
sin
contemplaciones:
«Me
decías:
“¡hay
que
decapitar
el
“yo”!...”
–Pero,
¡cómo
cuesta!,
¿no?» (Surco
279). Es
preciso
clamar:
«¡Señor,
líbrame
de mí
mismo!»
(Forja,
120).
«Señor,
que
desde
ahora
sea
otro:
que no
sea
“yo”,
sino
“aquél”
que Tú
deseas.
–Que no
te
niegue
nada de
lo que
pidas.
Que sepa
orar.
Que sepa
sufrir.
Que nada
me
preocupe,
fuera de
tu
gloria.
Que
sienta
tu
presencia
de
continuo.
–Que ame
al
Padre.
Que te
desee a
Ti, mi
Jesús,
en una
permanente
Comunión.
Que el
Espíritu
Santo me
encienda»
(Forja
122).
La tarea
más
urgente
es sin
duda
liberar
al yo de
sí
mismo.
En
términos
paulinos
diríamos:
matar al
«hombre
viejo»
–viejo
de
nacimiento–
que como
mala
hierba
impide
que
crezca
el
hombre
nuevo
creado
según
Dios.
Vaciar
el yo de
sí
mismo,
para que
se colme
de El (cf
Surco
814).
Hay que
«vaciarse
de sí
mismo,
de los
motivos
egocéntricos,
que son
caducos,
para
renacer
en
Cristo,
que es
eterno»
(Surco
979).
«Tú,
sabio,
renombrado,
elocuente,
poderoso:
si no
eres
humilde,
nada
vales.
–Corta,
arranca
eso
“yo”,
que
tienes
en grado
superlativo
–Dios te
ayudará–,
y
entonces
podrás
comenzar
a
trabajar
por
Cristo,
en el
último
lugar de
su
ejército
de
apóstoles»
(Camino
602)
No se
trata,
bien se
entiende,
de
quedarse
sin
«yo»,
como si
hubiera
que
someterse
a alguna
especie
de
despersonalización.
Nada más
lejos
del
querer
de Dios.
Dios
quiere
–en
términos
clásicos–
«sacar
de ti tu
mejor
tú». Se
trata de
aniquilar
el yo
soberbio,
perezoso,
avaro,
lujurioso,
pronto a
la
ira...,
para
que, con
pujanza
cristiana
se
afirme
el yo
humilde
y
generoso,
libre de
ataduras
para el
alcanzar
el Amor
supremo.
Los que
hemos
nacido
con el
egoísmo
original,
no
tenemos
más
remedio:
«Fomenta
tus
cualidades
nobles,
humanas.
Pueden
ser el
comienzo
del
edificio
de tu
santificación.
A la
vez,
recuerda
que
–como ya
te he
dicho en
otra
ocasión–
en el
servicio
de Dios
hay que
quemarlo
todo,
hasta el
"qué
dirán",
hasta
eso que
llaman
reputación,
si es
necesario»
(Forja
711; cf
Surco
34). La
fama:
«Te
traen y
te
llevan...
La fama,
¿qué
importa?.
En todo
caso, no
sientas
vergüenza
ni pena
por ti,
sino por
ellos:
por los
que te
maltratan»
(Surco
241). Es
preciso
llegar a
«la
humildad
de la
hierba,
que se
aplasta
sin
distinguir
el pie
que la
pisa» (Surco
277).
Huelga
recordar
que este
ha sido
y es
evidentemente
el
Camino,
Cristo.
Pero el
desprendimiento
ha de
incluir
lo que
en
ocasiones
más
puede
costar:
el orden
de las
ideas y
de la
opiniones
personales.
«Mis
ideas»,
«mis
opiniones».
Sugería
Gabriel
Marcel
que
«cuanto
más
trate a
mis
propias
ideas o
incluso
a mis
propias
convicciones
como
algo que
me
pertenece
–y de lo
que por
el mero
hecho me
enorgullezco–,
tanto
más
estas
opiniones
y estas
ideas
tenderán,
por su
misma
inercia
o, lo
que es
igual,
por mi
inercia
frente a
ellas, a
ejercer
sobre mí
un
ascendente
tiránico:
ahí está
el
principio
del
fanatismo
en todas
sus
formas».
El
fanático,
en
efecto,
posee
unas
ideas a
las que
se
aferra
de tal
modo que
ellas le
poseen a
él y le
cierran
el
camino,
la
apertura
a una
verdad
más
vasta y
profunda.
No es
que se
deba
renunciar
a las
ideas
buenas,
verdaderas,
conocidas
como
tales.
Es claro
que no.
Pero sí
es
preciso
no
tratarlas
como una
posesión
en
exclusiva,
cuando
son un
don de
Dios
para ser
compartido.
Nadie es
creador
de la
verdad,
sino
Dios.
Nadie
sino El
es señor
y
poseedor
de la
verdad.
De otra
parte,
el
cristiano
no puede
ceder en
lo que
no es
suyo,
sino de
Jesucristo:
la fe y
la
moral.
«Tú, por
cristiano,
dentro
de los
límites
del
dogma y
de la
moral,
puedes
ceder en
todo lo
tuyo, y
cederlo
de todo
corazón...:
pero, en
lo que
es de
Jesucristo,
¡no
puedes
ceder!»
(Forja
726). No
faltarán
quienes
tachen
de
cerril
intransigencia
el
testimonio
de la
firmeza
inconmovible
en la
fe: son
precisamente
los
enemigos
de la
libertad,
o los
amigos
de la
libertad...
de
ellos.
«Ante la
presión
y el
impacto
de un
mundo
materializado,
hedonista,
sin
fe...,
¿cómo se
puede
exigir y
justificar
la
libertad
de no
pensar
como
"ellos",
de no
obrar
como
”ellos”?...
–Un hijo
de Dios
no tiene
necesidad
de pedir
esa
libertad,
porque
de una
vez por
todas ya
nos la
ha
ganado
Cristo:
pero
debe
defenderla
y
demostrarla
en
cualquier
ambiente.
Sólo
así,
entenderán
”ellos”
que
nuestra
libertad
no está
aherrojada
por el
entorno»
(Surco
423). El
cristiano
ha de
hablar
del
contenido
de su fe
con la
misma
libertad
con que
hablaba
Nuestro
Señor
Jesucristo
revelándolo.
«No te
portes
como un
memo:
nunca es
fanatismo
querer
conocer
cada día
mejor, y
amar
más, y
defender
con
mayor
seguridad,
la
verdad
que has
de
conocer,
amar y
defender.
En
cambio
-lo digo
sin
miedo-
caen en
el
sectarismo
los que
se
oponen a
esta
lógica
conducta,
en
nombre
de una
falsa
libertad»
(Surco
571).
Hemos de
volver
todavía
un poco
más
sobre
este
punto,
pero,
para
concluir
este
capítulo
sobre la
liberación
de los
obstáculos
que
dificultan
el
ejercicio
de la
mejor
libertad,
no
estará
de más
la
mención
de una
especie
de
avaros
(esclavos)
que lo
son de
sus
propias
ideas,
de sus
descubrimientos,
de su
saber:
no lo
comunican
siquiera
a sus
discípulos,
no sea
que
lleguen
más
lejos
que él,
no sea
que
otros
saquen
más
provecho.
Así
tales
ideas
permanecen
estériles
y en
lugar de
ser
fuente
de gozo
lo son
de
zozobra,
de
estulticia,
de
lastre
del
hombre
en el
camino
hacia la
Verdad.
El
hombre
interiormente
libre
está
desprendido
también
de su
prestigio,
porque
no se
mira a
sí
mismo,
sino al
bien de
la
humanidad
entera.
Y así,
por
ejemplo,
«Profesor:
que te
ilusione
hacer
comprender
a los
alumnos,
en poco
tiempo,
lo que a
ti te ha
costado
horas de
estudio
hasta
llegar a
ver
claro» (Surco
229).
«Te
propongo
una
buena
norma de
conducta
para
vivir la
fraternidad,
el
espíritu
de
servicio:
que,
cuando
faltes,
los
demás
puedan
sacar
adelante
la tarea
que
llevas
entre
manos,
por la
experiencia
que
generosamente
les
transmitas,
sin
hacerte
imprescindible»
(469).
Con
otras
palabras:
¡No te
guardes
el
secreto
del
guiso!.
En
cualquier
rincón
de la
compleja
estructura
del ser
humano
cabe la
posibilidad
de
encontrar
un «hilillo
sutil
–cadena:
cadena
de
hierro
forjado–,
que tú y
yo
conocemos,
y que no
quieres
romper,
la causa
que te
aparta
del
camino y
que te
hace
tropezar
y aun
caer.
-¿A qué
esperas
para
cortarlo...
y
avanzar?»
(Camino
170; cfr.
148
-171)
|