| 1. Vida
de Marx. 2. La comprensión del marxismo. 3. El materialismo
histórico. 4. La teoría económica marxista. 5. El destino
del capitalismo, la acción revolucionaria y el advenimiento
de la sociedad socialista. 6. El «humanismo» marxista. 7.
Evolución del marxismo. 8. Doctrina de la Iglesia sobre el
marxismo.
1. Vida de Marx. Karl Marx n. en Tréveris el 5 mayo
1818, en el seno de una familia judía que había llegado a
la indiferencia religiosa. Segundo de ocho hermanos (tres
varones y cinco mujeres), fue iniciado por su padre en el
estudio de la filosofía. En 1835 ingresó en la Univ. de Bonn,
donde se afilió al grupo de estudiantes izquierdistas llamados
los jóvenes hegelianos o liberados, promotores de una reforma
política y, social. Cursó también en Berlín estudios de Derecho,
Filosofía e Historia, contándose entre los discípulos de Savigny
(v.). maestro del Derecho positivo, de Karl Ritter (v.), defensor
del determinismo geográfico, y de varios hegelianos (v.),
que influyeron en su pensamiento. En 1841 leyó en la Univ.
de Berlín su tesis doctoral sobre las Relaciones del hobre
y el mundo en Demócrito y Epicuro, estudio que completó y
amplió más tarde, orientándolo en sentido hegeliano hacia
la comprensión del proceso histórico.
En plena efervescencia juvenil, Marx, dotado de una mente
atormentada, y empujado por el ansia de reforma política,
se lanzó por los caminos de la acción revolucionaria. En 1842
comenzó a dirigir el diario radical Rheinische Zetung, que
pronto fue prohibido por el gobierno prusiano; ello, y su
actividad política, le obligaron a exiliarse a París, refugio
entonces de los revolucionarios europeos. Allí conocería a
su más íntimo y fiel colaborador y amigo. Engels (v.). a Bakunin
(v.) y a Proudhon (v.); con estos dos últimos rompería bruscamente
más tarde. En la capital de Francia fundó otro periódico,
que fue también prohibido en su segunda edición, y hubo nuevamente
de exiliarse, por imposición del gobierno prusiano. Salió
hacia Bruselas, donde se le reunió Engels. En esta ciudad
comienza a manifestar sus puntos de vista propios. Resultado
de ello es la violenta ruptura con Proudhon, al que replicó
con un panfleto titulado Miseria de la Filosofía (1847) escrito
en francés. Habíase desligado de la interpretación literal
del sistema hegeliano, superado el romanticismo ilustrado
de Feuerbach (v.) y llegado a doctrinas sociales que se apartaban
de las recibidas de sus primeros maestros y de los socialistas
que llamaría utópicos (v. socialismo, l) con los que hasta
entonces había convivido.
En Bruselas, unos días antes de la Revolución de 1848. publicó
el Manifiesto comunista, que firmaba también Engels, folleto
brevísimo, apenas valorado entonces, pero considerado hoy
como un auténtico breviario del marxismo. Desde entonces hasta
1870 tomó parte en todos los movimientos revolucionarios,
que trató de inspirar con su doctrina y encauzar con su actividad
política. Expulsado de Bélgica, una vez reprimida la Revolución,
fue acogido cordialmente en París, y, siguiendo los pasos
de la revolución, volvió a Alemania, donde intentó atraerse,
en vano, a la burguesía liberal hacia sus ideas sociales;
después residió, brevemente, en Polonia, donde dirigió el
Neu Rheinische Zeitung. La reacción antirrevolucionaria le
expulsó de Alemania primero y de París semanas más tarde,
hasta que se refugió en Londres, que desde julio de 1849 sería
su residencia definitiva.
En Londres, Marx combinaría la acción revolucionaria con la
meditación filosófica y el estudio sistemático. Conocería
también las amarguras de la pobreza hasta el extremo de ser
deshauciado de la vivienda donde se alojaba. Gracias a los
socorros de Engels, cuya familia poseía una industria textil,
pudo sostener a su mujer y a sus hijas, tres de las cuales
fallecieron jóvenes. Pero junto a estos plumazos sombríos
de su existencia, Marx halló en Londres un relativo reposo,
que hasta entonces no había tenido; conoció nuevas direcciones
del pensamiento socialista y pudo analizar de cerca la evolución
del país más industrializado de la época, donde el capitalismo
había llegado a su más alto grado de madurez. Estrechamente
unido a Engels, que había escrito un estudio sobre la situación
social de las clases obreras en Inglaterra, profundiza en
el estudio de la historia, de la sociología, de la economía...
Uno y otro colaboran en la redacción de la obra culminante
de Marx, El capital, cuyo primer volumen aparecería en 1865,
y cuya finalidad era la descripción del proceso del tránsito
del sistema capitalista hacia el socialismo. En cuanto a su
actividad política, fue uno de los fundadores de la Asociación
Internacional de Trabajadores, que se reunió en Londres en
1864, y que se disolvió por las divisiones entre marxistas
y bakuninistas o anarquistas; dirigió los acontecimientos
revolucionarios de la Comuna de París en 1870-71 y contempló
de cerca la agitación social de los años setenta, los de la
Depresión Larga. Murió en Londres el 14 mar. 1883, dejando
tres hijas. Su mujer, perteneciente a una aristocrática familia
renana, modelo de entrega conyugal, había fallecido dos años
antes. A la muerte de Marx, Engels asumió la dirección del
Movimiento marxista, y completó y publicó los manuscritos
de Marx referentes al segundo y tercer tomo de El capital,
en 1885 y 1889. Contribuyó a la formación de la II Internacional
(1889) y trabó relaciones personales con dirigentes del marxismo
ruso, como Plejanov (v.).
2. La comprensión del marxismo. La obra teórica de
Marx es confusa, no solamente por la oscuridad y complejidad
de su pensamiento, sino porque este mismo fue evolucionando
durante toda su vida. Por otra parte, en su obra se mezclan
ideas filosóficas, económicas, históricas y sociológicas,
expuestas con un estilo pragmático y profético, crítico y
dogmático al mismo tiempo. Sin embargo, para su mejor comprensión,
podría sistematizarse el sistema marxista en los siguientes
aspectos: a) Una visión general de la historia humana, que
es su filosofía; b) La aplicación concreta de esta filosofía
al análisis del régimen capitalista, que constituye, por así
decirlo, su economía; e) Una afirmación, de carácter dogmático,
sobre la evolución social, que viene a ser su praxis revolucionaria.
Estas facetas de su pensamiento no pueden considerarse independientemente,
pues el marxismo es, ante todo, una visión general del mundo
en la que cada parte dice relación a las otras. Más aún, el
marxismo, en contra de una opinión bastante generalizada,
no es una visión o sistema económico (de hecho lo que más
ha influido de Marx no son sus tesis económicas concretas,
la mayoría de ellas hoy superadas), sino más bien un sistema
social, o, mejor aún, una filosofía de la historia. Lo que
Marx intentó fue someter la teoría de la evolución de la sociedad
derivada de Hegel (v.) y Feuerbach (v.) a la verificación
de la experiencia histórica. En el marxismo la disciplina
esencial es la historia (v.), ya que en ella precisamente
se inserta su teoría económica y social. La economía, a su
vez, en el criterio de Marx y Engels, no es una disciplina
abstracta, sino todo lo contrario, algo profundamente enraizado
en la evolución social; su importancia radica en que el análisis
económico es el único método para la explicación de la evolución
histórica de la sociedad.
3. El materialismo histórico. El marxismo parte de
un principio fundamental: el materialismo (v.) histórico.
El materialismo marxista es ante todo un método intelectual
de interpretación de la historia, que no excluye la presencia
de elementos ideales (concepciones jurídicas, ideológicas,
etc.), pero que los reduce a los materiales. Lo que el materialismo
histórico afirma es que todos los valores de orden espiritual
se hallan siempre determinados por hechos de orden material,
ajenos a la naturaleza espiritual del hombre. Para Marx, la
raíz creadora de todos los hechos sociales se halla en la
producción, o, mejor dicho, en las relaciones de producción.
El modo de producción es la infraestructura de todos los acontecimientos
humanos: el molino a brazo hizo necesaria la esclavitud, el
molino de agua dio origen a la organización feudal; la máquina
de vapor es la base de la sociedad capitalista. Como dice
en el prólogo a su Contribución a la crítica de la Economía
política (1859): "En la producción social de su existencia,
los hombres contraen relaciones independientes de su voluntad,
necesarias, determinadas. Estas relaciones de producción corresponden
a un determinado grado de desarrollo de sus fuerzas productivas
materiales. El conjunto de estas relaciones constituyen la
estructura económica de la sociedad, la base real sobre la
cual se eleva una superestructura jurídica y política, a la
que corresponden determinadas formas de conciencia social.
El modo de producción de la vida material determina, de una
forma general, el proceso de la vida social, política e intelectual.
No es la conciencia de los hombres la que determina su ser,
sino al contrario, su ser social lo que determina su conciencia".
El materialismo histórico se basa en la afirmación de que
el hombre sólo difiere del animal en que produce colectivamente,
es decir, en que su modo de producción es social. Para Marx
no hay distinción neta entre la naturaleza biológica del hombre
y su naturaleza sociohistórica. La psicología humana no solamente
se resuelve en psicología social, sino que incluso la fisiología
humana es afectada radicalmente. Por ello, el modo de producción
social, las relaciones de producción entre los hombres y los
grupos de hombres constituyen la esencia de la historia. El
marco institucional nace de estas relaciones, las refleja
y las protege. Es una superestructura. Los hombres, inmersos
en la sociedad, reciben de ella sus "formas de conciencia
social".
Se trata, como se ve, de un materialismo absoluto, ya que
todo se reduce a mero reflejo de la estructura material. Implica
por eso la negación de la espiritualidad del hombre y el ateísmo
más radical. Se ha discutido si el ateísmo de Marx deriva
de su materialismo o viceversa. Esta segunda opinión parece
más probable, dada la ascendencia hegeliana de Marx y la influencia
ejercida en él por Feuerbach. Marx se sitúa en efecto en la
línea del humanismo ateo de Feuerbach (cfr. C. Fabro, Il neo-umanesimo
ateo di Feuerbach, "Studi Cattolici" 143, enero 1973, 17-25),
en quien reconoce al único intérprete coherente de Hegel,
ya que ha desvelado la ambigüedad del panteísmo de este último
y afirmado por tanto de manera clara el fondo ateo del pensamiento
hegeliano. A partir de ahí, Marx define su posición como superación
del romanticismo ilustrado de Feuerbach, es decir, como el
tránsito desde la filosofía del pensamiento a una filosofía
de la praxis que dé cuerpo histórico a la visión atea del
mundo que Feuerbach había formulado y al proyecto de construcción
de la humanidad que de ahí deriva. Es en la reducción de la
historia a su sustrato económico donde Marx cree encontrar
la clave para esa operación. El materialismo histórico se
presenta así como el momento de última concreción de la visión
atea del mundo (cfr. los análisis de la historia de la filosofía
alemana que hace Marx en sus obras Die heilige Familie, y
Tesis sobre Feuerbach, ambas de 1845).
Con respecto a los movimientos de reforma social surgidos
a lo largo del s. XIX, y a los que Marx califica de utópicos,
la solución marxista supone una fuerte inversión: para Marx
el advenimiento de nuevas instituciones se halla determinado
por el proceso económico histórico y no por la decisión humana.
be ahí la contracción ente el momento revolucionario y el
científico en Marx. Algunos neo-marxistas, siguiendo a E.
Fromm, rechazan esta interpretación del pensamiento de Marx
y afirman que no solamente en los Manuscritos económico-filosóficos,
obra del Marx joven y editados después de su muerte en 1932,
sino en otras partes de su obra madura existen suficientes
argumentos para creer que el autor de El capital no entendía
una aplicación tan radical de] materialismo histórico. Consideran
que el materialismo marxista no afecta a la esfera individual
e inmediata, puesto que las formas de conciencia pueden recubrir
todos los matices morales, religiosos e ideológicos. Algunos
de estos neo-marxistas van aún más lejos y opinan que el materialismo
económico de Marx debe ser interpretado más en forma dialéctica
que propiamente determinista: toda modificación de las relaciones
de producción crea siempre un estado de tensión en el que
determinadas instituciones e ideologías comienzan a parecer
retrógradas y se encuentran abocadas a su desaparición. Pero
una revisión en ese sentido es más bien una corrección de
Marx que una profundización en él (v. NEOMARXISMO).
Volviendo al análisis de la evolución social según Marx señalemos
que él afirma la existencia de íntimas relaciones entre estructuras
y superestructuras, en uno y otro sentido; lo que en manera
alguna admite es que una fuerza puramente espiritual modifique
el proceso social que está determinado por las fuerzas materiales
llegadas a altos grados de desarrollo. A su juicio la historia
humana y la historia natural están en continuidad, de modo
que la primera es una prolongación de la segunda en la medida
en que el hombre, mediante la producción, conquista la naturaleza.
Precisamente el desarrollo de esas fuerzas productivas es
el motor de esta conquista humana. El proceso es el siguiente:
la acumulación cualitativa de las adquisiciones de la productividad,
el avance tecnológico, origina la modificación cualitativa
de los modos de producción y, por tanto, de las relaciones
sociales. Así se produce la dialéctica histórica. En este
esquema de progreso, la técnica tiene un papel fundamental
y absoluto: "La tecnología pone al desnudo el modo de acción
del hombre frente a la naturaleza" (Capital, t. I).
Las relaciones de producción, no el consumo ni las riquezas,
originan, según Marx, las clases sociales. Las antiguas clases
-afirma-, aunque fundadas en un status jurídico, no eran más
que la expresión legal de las relaciones de producción. En
el proceso de evolución social se producen las transformaciones
de la propia sociedad: "En un cierto estado de su desarrollo,
las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción
con las relaciones de producción existentes o, en términos
jurídicos, con las relaciones de propiedad en cuyo seno se
habían movido hasta entonces. Esas relaciones se convierten,
en ese momento, de formas de desarrollo que eran en obstáculos.
Surge una época de revolución social. El cambio de la base
económica altera, más o menos rápidamente, toda la enorme
superestructura " (Contribución a la crítica de la economía
política, prefacio).
De acuerdo con este proceso dialéctico, el estudio de la realidad
social implica un análisis previo y, si es posible, cuantitativo,
de las condiciones objetivas, o fenómenos básicos, según su
concepción, para después ascender hacia las superestructuras,
a los fenómenos de superficie. Considera Marx que pueden formularse
leyes de la evolución social no solamente a nivel macroscópico,
sino en la vida individual, y afirma -como ya decíamos- la
identidad entre la historia y las ciencias de la naturaleza,
ya que existe, según su pensamiento, una perfecta unidad entre
el mundo natural y el humano, con "un dictado cada vez más
difícil de la materia sobre el espíritu". Las leyes naturales
se identifican con las sociológicas; pueden aplicarse perfectamente
al mundo social. No existe distinción entre el reino de la
necesidad (Naturaleza) y el reino de la libertad (Historia),
pues, como dice Engels en el Anti-Dühring, "la libertad consiste
en comprender la necesidad". En cuanto el hombre adquiera
conciencia de que realiza su propia historia, al convertirse
su acción en hecho masivo, comienza a operarse la transformación
del mundo.
Diversos historiadores y sociólogos han intentado operar una
separación entre la metodología marxista y los postulados
filosóficos de su autor. Se pueden, ciertamente, aislar de
la obra de Marx sugerencias y observaciones parciales sobre
el cambio social que son válidas en sí e independientes de
su filosofía, ya que Marx, además de pensador teorético, era
un agudo observador social. Pero si nos referimos no ya a
afirmaciones sueltas, sino al método marxista en cuanto tal,
entonces hay que afirmar lo contrario; ya que, como decíamos,
todo en Marx deriva de su visión global del mundo. Es decir,
Marx no realiza jamás un análisis meramente descriptivo de
la realidad, sino que sus análisis están siempre dirigidos
por la filosofía subyacente a todo su sistema; y en ese sentido
no hay distinción entre un momento analítico y un momento
valorativo en el sistema marxista, sino que el análisis es
ya valoración. Cada uno de los conceptos clave M análisis
marxista implica todo el sistema y ha sido acuñado a partir
de él. Un intento de extraer de la obra de Marx elementos
aprovechables fuera de él es, pues, difícil, ya que exige
una labor de crítica filosófica de gran envergadura, so pena
de asimilar el transfondo teorético implícito en todo paso
del itinerario intelectual de Marx.
4. La teoría económica marxista. Conocida la visión
marxista del proceso histórico, estamos en condiciones de
comprender la teoría económica y su implicación en el sistema.
El proceso histórico -afirma Marx- forma parte del engranaje
social, y, a su vez, lo económico juega un papel fundamental
en dicho engranaje. Los antagonismos socia- les, al resquebrajar
la estructura de la sociedad, actuando mediante un proceso
dialéctico, dan origen al avance histórico, al desarrollo.
Primeramente se ha producido el paso de la época esclavista
antigua a la época feudal, de base aristocrática y agraria.
Refiriéndose a los momentos en que él vivía, Marx habla de
que ha arraigado plenamente el sistema capitalista, resultando
de la evolución del sistema feudal y, a su vez, paso hacia
el sistema socialista. El capitalismo -añade- se funda en
una organización económica en desequilibrio, debido al régimen
de explotación del trabajo y la inadecuación entre producción
y consumo. Este desequilibrio, que iría en aumento en el futuro,
provocaría su disolución.
Examinemos con detalle el concepto marxista de explotación
del trabajo. Parte Marx de una antropología que define al
hombre por su trabajo. El trabajo es -dice- lo que asegura
el triunfo del hombre sobre sí mismo, en cuanto supera lo
puramente instintivo y animal. En Marx, el trabajo productivo
tiene el lugar que ocupaba la especulación en la filosofía
idealista de cuño hegeliano, es decir, es considerado como
la realidad última y total de la historia. Tanto la fuerza
como los crasos errores del marxismo estriban por eso en esta
identificación que realiza Marx de realidad humana y trabajo.
Su materialismo le lleva a ver en el trabajo sólo una fuerza
productiva, desconociendo de esa forma todo el resto de las
dimensiones de esa rica realidad humana que es el trabajo,
y del hombre en general. La identificación marxista entre
hombre y trabajo desemboca, pues, en una mutilación de la
naturaleza humana, que queda aherrojada en un proceso productivo
concebido de manera materialista, y, por tanto, negada en
sus caracteres más propios: libertad, amor, trascendencia.
El ideal humano, según Marx, es, por tanto, el de una sociedad
de trabajadores o productores perfectamente estructurada,
en la que cada uno aporte a la sociedad su fuerza productiva
y sea retribuido por ella (la sociedad) de forma proporcional
a su aportaci6n. De acuerdo con los principios materialistas,
la historia es juzgada no según principios de justicia o injusticia,
sino de eficiencia y organización; no supera, pues, el individualismo
capitalista, sino que cae en un error opuesto, aunque análogo:
el colectivismo.
Para ver cómo, a partir de lo dicho, se desarrolla la visión
marxista de la historia económica y su juicio sobre el capitalista
(v. CAPITALISMO), es necesario tener en cuenta otro dato.
Para Marx en el proceso productivo el aumento de valor no
procede del cambio sino del trabajo, único factor común a
los procesos más diversos; ese valor puede formularse así:
"la cantidad de trabajo medio socialmente necesario, incorporado
a las cosas". Sin embargo, este concepto es tan extraordinariamente
sutil, como difícil de precisar en la práctica; porque, como
sigue diciendo Marx, "El quantum de valor de una mercancía
permanecería constante si el tiempo necesario para su producción
fuese también constante. Pero este último varía con cada modificación
de la fuerza productora del trabajo que, por otra parte, depende
de circunstancias diversas, entre otras, de la habilidad media
de los trabajadores, del desarrollo de la ciencia y de su
aplicación tecnológica, de las combinaciones sociales de la
producción, de la extensión y eficacia de los medios de producción
y de las condiciones puramente naturales... El quantum de
valor de una mercancía varía en razón directa del quantum
de trabajo y en razón inversa de la fuerza productiva del
trabajo realizado en ella" (El Capital, t. I).
De acuerdo con esta teoría del valor-trabajo, piedra angular
de la economía marxista, cada trabajador debe recibir un salario
proporcional al tiempo consagrado al trabajo. Eso no impide
que algunos trabajadores calificados reciban más que otros
por un tiempo de trabajo equivalente, ni prohibe que una parte
del valor de lo producido sea rehusada a los trabajadores
que han contribuido directamente a su fabricación y atribuida
a otros que se consagran al entretenimiento de los útiles
y a la fabricación de otros nuevos, pero sí implica que la
totalidad del valor de la mercancía deba ser atribuido a los
trabaja- dores. En la práctica exige que la escala de salarios
y la proporción de recursos que deben ser destinados a la
creación de bienes de producción sean fijados, no por los
que tienen el poder de compra, de acuerdo con el mecanismo
de un mercado libre, sino por el conjunto de los ciudadanos,
considerados como aportadores de trabajo y representados por
algunos de ellos. En el régimen capitalista -punto de partida
del análisis de Marx- la iniciativa de la producción corresponde
a individuos que colocan un capital (v.), compran con él mercancías
y, mediante su venta, buscan un incremento de aquel capital.
Este objetivo sólo puede lograrse cuando exista una mercancía
susceptible de producir un valor superior al coste de su producción
Ésta es, precisamente, el trabajo humano. La posibilidad de
beneficio, para el capitalista, estriba en que puede adquirir
el trabajo humano a un coste para él conveniente. Precisando
más, Marx distingue entre trabajo y fuerza de trabajo. El
trabajador no vende su trabajo, sino fuerza de trabajo, y
ésta, que el trabajador enajena durante algún tiempo, es la
que añade valor al objeto al que se aplica.
La fuerza de trabajo, en el régimen capitalista -continúa
Marx- , es pagada según el tiempo de trabajo que ha de utilizarse
para reproducirla, es decir, según lo que se requiere para
sostener al trabajador y a su familia. El capitalista invierte
su capital en la adquisición de utillaje y de materias primas
y de otra parte en comprar la fuerza de trabajo del obrero.
En la terminología marxista, la primera cantidad es capital
constante y la segunda capital variable, porque este último
cambia de valor en el proceso de la producción. Se puede dar
así el siguiente hecho: que la cantidad de trabajo necesaria
para producir las subsistencias que requiere la manutención
diaria de un individuo sea bastante inferior a la que el trabajador
entrega al capitalista que le contrata. El empresario recibe
del obrero más horas de las necesarias para fabricar los objetos
que representan el equivalente del salario pagado, que, según
las leyes del mercado de concurrencia, se realiza de acuerdo
con el mínimo vital del trabajador. Éste es, según Marx, el
origen de la plusvalía capitalista, exceso de trabajo, no
pagado, apropiado por el empresario: es decir -concluye Marx-,
un robo, una explotación del trabajador, algo además -añade-
que resultando de las leyes fundamentales de fijación de los
precios en el régimen capitalista es inevitable e independiente
de las intenciones del empresario: depende de la misma estructura
del sistema.
Distingue Marx entre plusvalía y beneficio (v.) propiamente
dicho. Plusvalía es la relación entre el beneficio realizado
y la cantidad de capital variable empleada; beneficio propiamente
dicho es la relación entre el beneficio obtenido y el capital
total empleado. La plusvalía según Marx tiende a crecer incesantemente,
puesto que a medida que la producción aumenta, como consecuencia
del progreso técnico y de la competencia, el capitalista puede
pagar la mano de obra a menor precio. Surge así, como doble
consecuencia, un empobrecimiento de los asalariados, tanto
relativo (la parte de las rentas de trabajo en el conjunto
de las rentas disminuye incesantemente) como absoluto (el
salario real del trabajador tiende a la baja). También el
beneficio real se orienta hacia una baja, puesto que a medida
que el capitalismo evoluciona y el maquinismo progresa, la
parte del capital variable en relación con el capital total
disminuye, y precisamente de esta porción es de donde el capitalista
puede extraer una plusvalía.
Para compensar esta tendencia a la baja de beneficios, el
capitalismo -continúa diciendo Marx- acude a la prolongación
de la jornada de trabajo o a la disminución del coste de vida
de los trabajadores, para reducir los salarios. El progreso
técnico, la competencia de la máquina, facilita también esta
última posibilidad. Pero todo ello se rea- liza a costa de
una concentración de los medios de producción, de la desaparición
de los trabajadores libres y de la centralización de los medios
de producción en menor número de manos. Surge así una creciente
proletarización, cuya consecuencia última sería -según Marx-
la desaparición del propio sistema capitalista. A medida que
aumentan los capitales invertidos en utillaje y en maquinaria,
el capital constante crecerá en relación con el capital variable,
de manera que el beneficio realizado en cada operación productiva
tenderá a disminuir. Para combatir esta baja, los empresarios
acudirán al incremento de la producción, pero se encontrarán
con que la masa producida no se podrá colocar en un mercado
de consumidores que ha visto reducidas las rentas del trabajo.
Vendrá, pues, la crisis, que será agravada por la existencia
del "ejército de reserva del proletariado", es decir, de un
elevado número de obreros en paro forzoso. Estas crisis tenderán
a agravarse durante toda la era capitalista y a colocar al
régimen en una situación de imposibilidad, conduciéndole a
su "catástrofe final".
El análisis crítico que hace Marx del mecanismo de la economía
capitalista, aunque encierra interesantes sugerencias, tiene,
incluso a nivel exclusivamente económico, grandes límites.
En primer lugar porque corresponde a una de las fases de evolución
del sistema capitalista, la del llamado capitalismo concurrencial,
que tocó a Marx vivir y que él consideró corno única; en cambio
el capitalismo ha demostrado que podía sobrevivir y transformarse
hasta llegar a una fase nueva, el llamado capitalismo de grandes
unidades (v. CAPITALISMO). Por otra parte, la teoría de la
plusvalía descansa sobre una base errónea, pues resulta evidente
que nunca el precio de contratación de la mano de obra ha
sido determinado por el coste de conservación de esta fuerza
de trabajo. A medida que el capitalismo ha ido transformándose,
tanto por efecto de la concentración de empresas como por
la acción de los sindicatos, la condición social de los obreros
y la retribución han ido mejorando. Tampoco las crisis, aunque
durante el s. XIX y gran parte del actual fueron ciertamente
violentas, han desajustado permanentemente el sistema capitalista,
ni parece sean capaces de llevarle a su colapso en el futuro.
Por otra parte -y como apuntábamos más arriba- la solución
de los problemas sociales no está nunca a un nivel exclusivamente
económico: juzgar las cosas así es caer en una visión materialista
del hombre, y, por tanto, oscilar entre un individualismo
y un colectivismo, ambos igualmente insatisfactorios. Es sólo
cuando se trasciende ese nivel, y se reconoce la realidad
espiritual del hombre y su condición de persona y, por tanto,
el vivir social como producto no sólo de estructuras sino
de virtud y de amor, cuando se está en condiciones de elaborar
una praxis de la acción social que alcance al núcleo mismo
de las cosas.
5. El destino del capitalismo, la acción revolucionaria
y el advenimiento de la sociedad socialista. Aspecto culminante
de la teoría marxista son las tesis sobre el des- tino del
capitalismo, pues a ellas está ligada toda su praxis revolucionaria.
Como se ha visto, el sistema capitalista, en la visión de
Marx, descansa sobre una contradicción insuperable: la disparidad
entre el sistema de producción y el de distribución. A una
forma individualista de la producción debería corresponder
-sostiene Marx- una forma individualista también en la apropiación
de la renta; así sucedía en la época feudal, de producción
artesana. Pero en la era industrial, en la era capitalista,
cuando la producción se ha convertido en algo colectivo, también
la apropiación de los frutos del trabajo debería ser colectiva.
Llega así Marx a una de sus afirmaciones más conocidas: aquella
según la cual la contradicción básica del capitalismo, la
fuente de todas sus dificultades, es la propiedad privada.
Afianzado en la propiedad privada -afirma, en efecto-, el
empresario puede obligar a la fuerza de trabajo a venderse
en el mercado, a ser objeto de las leyes de oferta y demanda
como cualquier otra mercancía. Apoyado en la propiedad privada
el empresario tiene la posibilidad de explotar a los obreros
y obligarles a vivir en condiciones miserables. Y de esa forma
a la vez que se edifica, el capitalismo se aboca a la crisis
ya descrita.
El capitalismo solamente podrá superarse -continúa Marx- al
suprimir sus contradicciones, es decir, eliminando su verdadero
origen, la propiedad privada, y sustituyéndola por la apropiación
colectiva de los medios de producción. En la doctrina de Marx
este proceso hacia la propiedad colectiva era una ley fatal,
de acuerdo con la implacable actuación de la dialéctica histórica.
La concentración progresiva de la producción y la acumulación
de capitales engendrarían unidades económicas cada vez mayores.
Los pequeños propietarios, mal equipados para resistir la
competencia de estos gigantes, se verían obligados a cerrar
sus fábricas y a ponerse a sueldo de una gran empresa, sea
como asalariados propiamente dichos, sea como trabajadores
a domicilio por cuenta de quien le suministraría las materias
primas. Es igual: habrían perdido su independencia, ya que
habrían debido vender su fuerza de trabajo y no el producto
de éste. Tras de los artesanos, los comerciantes e industriales
-sufrirían, a su vez, las consecuencias del desarrollo implacable
del sistema capitalista y pasarían a engrosar las filas de
los asalariados.
Esta transformación de trabajadores libres en asalariados
iría acompañada de un empobrecimiento creciente de sus posibilidades,
al disminuir sus rentas. Surge así el proletariado (v.) que
no es, pues, según Marx, otra cosa que la clase surgida de
la descomposición del régimen capitalista y formada por todos
aquellos que sufren sus contradicciones. Las filas de ese
proletariado así nacido irían engrosando continuamente, a
la vez que disminuiría el número de propietarios independientes.
Con ello, la propiedad privada del capital se iría convirtiendo
paulatinamente en un hecho excepcional, en privilegio de una
minoría. En su fase final, el derecho de propiedad, consustancial
con el régimen capitalista, podría seguir subsistiendo en
los códigos y legislaciones, pero sería un hecho absolutamente
anormal. En este momento -afirma Marx- actuará la revolución
social, que no hará sino llevar a su fin este proceso. El
creciente proletariado, por obra de una acción espontánea,
se lanzará a suprimir la propiedad privada de los instrumentos
de producción. Al hacerlo pondrá de acuerdo la nueva legislación
y la realidad. En este nuevo régimen socialista, cada miembro
de la comunidad recibirá, a cambio del trabajo suministrado,
objetos de consumo representativos de una cantidad equivalente
de trabajo. Se desvanecerá así -piensa Marx- toda posibilidad
de explotación obrera y la acumulación capitalista vendrá
a ser, por tanto, una realidad imposible. Los individuos no
se sentirán fatalmente incitados a mejorar el aparato de producción
y, por ello, las crisis desaparecerán y la sociedad así establecida
mantendrá un perfecto equilibrio.
Marx no dejó nada escrito sobre las condiciones concretas
de existencia de la sociedad socialista: no va más allá de
algunas predicciones genéricas y utópicas. Como veremos, los
marxistas posteriores han procurado precisarlo y aclararlo;
si permaneciendo fieles a la doctrina del maestro o desviándose
en mayor o menor grado, es algo sometido a discusión. Tampoco
es muy explícito Marx sobre la forma en que se produciría
este advenimiento de la sociedad socialista. Parece que nunca
creyó, no obstante su dialéctica determinista, que pudiera
realizarse automáticamente, es decir, sin una intervención
revolucionaria por parte de los hombres. Las injusticias del
capitalismo tendrían -a su juicio- que provocar necesariamente
alguna reacción, la cual se realizaría precisamente "en el
sentido deseable". Para comprender esta aparente contradicción,
se ha de tener en cuenta la concepción de Marx respecto al
materialismo dialéctico y la acción, y la estrecha relación
existente entre ambos. Engels y Marx, como veíamos, postulan
la plena unidad de lo real y de lo racional, la existencia
de unas íntimas conexiones entre materia y espíritu, cuya
total identidad se produciría al realizarse la obra colectiva.
La evolución social determina la teoría, y a su vez "la teoría
se convierte en forma material cuando penetra en las masas",
y, por tanto, la teoría se desarrolla y se verifica en virtud
de la acción. Hay, pues, una coincidencia perfecta, determinista,
entre el proceso histórico y la acción de las masas. Como
explicará Engels en frase ya citada de su Anti-Dühring, en
la acción "la libertad consiste en comprender la necesidad".
En cualquier caso, para Marx la sociedad socialista sería
el final del proceso de desarrollo social. Eliminando el sistema
capitalista, se eliminaría -piensa- la contradicción entre
la esencia social del hombre y su existencia real -clave de
la enajenación humana- y, recobrada por el trabajador su conciencia
real, se encontraría a sí mismo esencialmente transformado,
totalmente abierto a lo bueno, Mientras en el régimen capitalista,
el proletariado se veía forzado a la revuelta "por la contradicción
existente entre su naturaleza humana y su situación, que constituye
la franca negación de esa naturaleza", superada esta antinomia,
vendría a ser para los demás hombres un amigo. La humanidad
se reconciliaría consigo misma. Sería el final del movimiento
dialéctico de la historia, su culminación o, más exactamente,
el inicio de una era indefinida caracterizada por el continuo
sucederse de generaciones humanas en paz y armonía. Una vez
alcanzada la forma colectiva de la propiedad, el hombre -piensa
Marx- se sentiría automáticamente miembro solidario de la
comunidad, ya que habría recobrado su auténtica esencia, su
naturaleza humana. "El comunismo, por ser un naturalismo acabado,
coincide con el humanismo, es el verdadero fin de la discordia
entre el hombre y la naturaleza y entre el hombre y el hombre.
Es el verdadero fin de la contradicción entre la existencia
y la esencia, entre la objetivación y la afirmación de sí,
entre la libertad y la necesidad, entre el individuo y la
especie. Resuelve el misterio de la historia y es consciente
de que efectivamente lo resuelve" (K. Marx, Economía política
y filosofía).
6. El "humanismo" marxista. Acabamos de encontrar en
el párrafo de Marx que hemos citado la palabra humanismo.
Y ciertamente el marxismo implica una visión concreta del
hombre, pero ¿cuál es su alcance? Parte del neo-marxismo intenta
subrayar el aspecto humanista del pensamiento de Marx y aproximarlo
a una visión espiritualista. Sin embargo, todos los esfuerzos
realizados en esta línea conducen a alterar los presupuestos
consustanciales del marxismo o a jugar con conceptos equívocos.
Si existe una moral en el marxismo, sería, desde luego, una
moral materialista en la que, por tanto, todo lo específicamente
moral ha desaparecido. Aparte del propio pensamiento de Marx,
existen textos inequívocos, como el siguiente de Lenin (v.):
"¿Existe una moral comunista? Ciertamente, sí. La burguesía
nos reprocha frecuentemente a los comunistas el negar toda
moral. ¿En qué sentido negamos la moral y la moralidad? Las
negamos en el sentido burgués de que esta moralidad deriva
de ordenamientos de la divinidad o de frases idealistas o
semiidealistas que, finalmente, se parecerían mucho a preceptos
de la divinidad... Toda esta moral tomada de concepciones
exteriores a las clases y aun a la humanidad, la negamos...
Nuestra moral está enteramente subordinada al interés del
proletariado y a las exigencias de la lucha de clases. Decimos,
en efecto: La moral es lo que sirve para destruir la antigua
sociedad de explotación y agrupar a todos los trabajadores
en torno al proletariado para la creación de la nueva sociedad
comunista... La moral comunista es lo que sirve a esta lucha,
es lo que agrupa a todos los trabajadores contra toda clase
de explotación y contra toda especie de propiedad privada"
(Lenin, Les tâches des unions de la jeunesse, en Oeuvres,
t. 31, 300-304). No hay, en suma, moral, sino eficiencia;
como no hay espíritu, sino materia (v. COMUNISMO III).
El humanismo marxista es un sistema comunitario que sacrifica
la libertad a la realización de un paraíso terrenal, que nunca
acaba de realizarse y que, si se realizase, implicaría la
anulación más completa de todo valor. No olvidemos que tal
y como Marx entiende la palabra humanismo, lo concibe como
la plena identificación del hombre con la naturaleza, es decir,
como la plena subordinación del hombre a un orden impersonal.
Por eso su filosofía, más que un humanismo es un desesperanzado
antihumanismo. De hecho, en Marx podemos encontrar frases,
como la antes citada, en las que con cierto lirismo se canta
la exaltación del hombre. Pero si examinamos la sustancia
del pensamiento, advertimos en seguida que esa exaltación
coincide en realidad con su negación de todo valor trascendente
y personal, y con la reducción del hombre a un elemento más
de la naturaleza, como lo son los astros o los animales. La
reconciliación entre el individuo y la naturaleza equivale
en Marx a la negación del valor insustituible del individuo
y su reducción a mero número que vale sólo en la medida en
que contribuye a la pervivencia de la especie.
La visión utópica del futuro en la que desemboca Marx, su
ideal de una sociedad socialista, habla de una situación social
de paz y equilibrio. Pero es la paz de una maquinaria sin
vida y sin espíritu o la de una colmena y un hormiguero. Marx
ha desconocido la realidad profunda del hombre, su ser espiritual,
y de esa forma, para superar un individualismo, pasa a un
colectivismo inhumano. De este desconocimiento radical de
lo espiritual, nacen las contradicciones a que se ha visto
abocado todo intento de aplicación del marxismo: negación
de la libertad, imposibilidad de dar lugar a una democracia,
incapacidad para promover un arte socialista, etc.; la lucha
por vencer las injusticias sociales, tema central del mensaje
marxista, se transforma en la instauración de una dictadura
del proletariado que, como demuestran la experiencia staliniana,
el fracaso de la liberación intentada en Checoslovaquia, etc.,
cae en los peores excesos.
Sería equivocado ver en ello un accidente en la historia del
marxismo: es, en realidad, algo que deriva de su misma sustancia.
En el marxismo se comprueba el límite ínsito en todo humanismo
ateo: al negar a Dios, se niega al hombre mismo, rebajándolo
a un nivel infrahumano e impidiendo su vida espiritual (V.
HUMANISMO IV). El marxismo es radicalmente ateo (V. ATEÍSMO);
opera una subversión de la conciencia religiosa, más profunda
aún que de la conciencia moral. Desconoce el sentido profunda-
mente humano y liberador de la fe en Dios y la interpreta
según una dialéctica de clases, viéndola como algo que aparta
al hombre de sí mismo: "la religión es el opio del pueblo",
diría Lenin. Perdido así el sentido de lo absoluto y de la
trascendencia, es inevitable que el marxismo acabe por conferir
a unos objetivos terreno-materiales un valor supremo y, por
tanto, por aniquilar al hombre. Uno de los daños más graves
que el marxismo ha producido es la politización de la conciencia
humana, que destruye a la vez conciencia moral y conciencia
religiosa. El marxismo, en definitiva, es un ateísmo moral,
hasta el punto de suprimir la religión y luchar contra ella
en nombre de una visión materialista de la vida. El humanismo
marxista, que pretende buscar la libertad del hombre, no encuentra
solución a una de las más trascendentales realidades humanas,
a la muerte, y condena al hombre a la más dura de las alienaciones
que haya experimentado la condición del ser humano.
Algunos movimientos neomarxistas, ya varias veces aludidos,
han intentado una reinterpretaci6n de Marx, en la que, manteniendo
la sustancia de su pensamiento, corrigieran algunas de sus
derivaciones, a fin de darle un tono menos materialista y
más humanista. Se han querido basar para ello -como decíamos-
en los escritos juveniles de Marx. Puede oponerse a ese intento
que es poco científico cercenar el pensamiento de un autor,
impidiéndole llegar a las conclusiones a las que él mismo
lo ha llevado: el auténtico Marx es indudablemente materialista,
en el sentido en que antes se ha precisado. Por lo demás la
posición neomarxista, en la medida en que mantiene los postulados
filosóficos de donde deriva el ateísmo de Marx, es incapaz
de llegar a un auténtico humanismo y de superar las aporías,
contradicciones y violencias a que el marxismo está abocado
7. Evolución del marxismo. La exégesis posterior a
Marx y Engels ha suscitado entre los propios marxistas nuevas
interpretaciones y reelaboraciones del pensamiento primitivo.
La misma naturaleza, cambiante y confusa de ese pensamiento,
combinada con la experiencia histórica, ha dado pie suficiente
para ello. Algunos marxistas permanecen fieles al método y
sus principios más ortodoxos; pero la mayoría no conservan
sino el método y han reinterpretado sus principales afirmaciones,
no solamente en el terreno puramente económico-social, sino
incluso en algunos puntos de sus análisis teóricos. En nuestros
días no puede hablarse de marxismo, sino de marxismos. Por
otra parte, algunos distinguen entre teoría e ideología marxista,
de manera que habría que distinguir entre marxistas científicos
que aceptan el método de análisis social de Marx, y propiamente
marxistas o comunistas que abrazan todo su sistema económico-social.
El crítico más vigoroso de Marx fue el alemán Eduard Bernstein
(v.), separado del marxismo hacia 1890. Sus argumentos se
asientan en el terreno económico, donde hasta entonces las
teorías marxistas habían sido respetadas por todos los socialistas.
Bernstein consideraba que la concentración capitalista no
se daba en todas las ramas de la producción, que dicho proceso
era lento, y que, a medida que la pequeña empresa desaparecía
en algunos sectores, se desarrollaba en otros nuevos. Lo que
tendía a la concentración era más bien la autoridad de decisión,
el poder económico. Partiendo de esta observación empírica,
Bernstein concluía que era vana la esperanza del mundo proletario
en el hundimiento del capitalismo; el único camino para llegar
a la sociedad socialista era la acción sindical.
La crítica de Bernstein provocó, a finales del s. XIX una
descomposición del marxismo en varias corrientes, que afectó
tanto a la teoría como a la acción política. En lo que respecta
a la acción política, los marxistas se han escindido en dos
principales corrientes. Unos, los revisionistas, aspiran al
advenimiento del socialismo a través de progresivas transformaciones
parciales de las instituciones capitalistas; otros, los propiamente
ortodoxos, consideran que la instauración del socialismo sólo
es posible mediante una ruptura violenta con el régimen capitalista.
La primera corriente ha dado origen a diversos socialismos
parlamentarios; sin olvidar que algunos de esos socialismos,
como los laboristas británicos de finales del XIX, apenas
tomaron nada del pensamiento marxista. En la corriente más
fiel al marxismo, destacan el checo Karl Kautsky (1854-1938;
v.) y en particular la alemana Rosa Luxemburg (1870-1919;
v.), que señala la transición al leninismo, al que la aproximan
diversas ideas sobre el alcance de las crisis económicas,
sobre el subconsumo creciente dentro del capitalismo, y sobre
la ligazón entre capitalismo e imperialismo.
La figura de Lenin (v.) domina el marxismo ortodoxo contemporáneo,
si bien en algunos puntos se aparta del, pensamiento de Marx
y Engels, aunque mantiene las tesis centrales. Lenin, que
era hombre de acción, concedió poco interés a las más genuinas
doctrinas marxistas, como las del valor-trabajo y plusvalía.
El análisis concreto de la historia rusa le llevó a la convicción
de que la lucha de clases era el arma que convenía explotar.
En su obra El imperialismo, etapa suprema del capitalismo
(1916), afirma que el capitalismo había llegado a su etapa
final: el imperialismo (v.), cuyos rasgos sobresalientes eran
los monopolios, el poder dominante del capital financiero,
la necesidad d
|