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SECCIÓN ILUSTRACION (Álvaro Delgado Gal)

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Divagaciones rousseaunianas


El autor nos ofrece una lúcida lección de historia de la filosofía política, aplicada a nuestra coyuntura actual. J.J. Rousseau (1712-1778) está de moda: el hombre se considera "en grado de reinventarse absolutamente a sí mismo y, por tanto, de definir desde cero los valores y pautas de la sociedad nueva".

Álvaro Delgado Gal

La Gaceta de los Negocios
08/07/2005

 
No ha sido raro, de un tiempo a esta parte, que se mencionara a Rousseau en las tertulias radiofónicas. ¿Por qué? Porque en España están ocurriendo cosas alarmantes, y muchas voces, máxime las de inclinación conservadora, afirman que el origen de estos desarreglos reside en una educación demasiado laxa. Es el momento de citar a Rousseau. Rousseau, se nos dice, cometió el error de creer que el hombre es una criatura excelente, menguada o venida a menos por la presión concurrente de los pedagogos, las leyes civiles y el orden institucional. Se ha aplicado esta filosofía a la escuela, y de resultas nos enfrentamos a una cohorte nueva y espantable de gamberros y, a lo peor, de pederastas internéticos. Expresado a la conversa: el buen salvaje es, por encima de todo, salvaje. Y no hay salvaje que sea bueno. La noción del buen salvaje es por tanto una consigna destructiva que sirve para pasar por las aduanas material de matute, o si se prefiere, género de alto riesgo y sin certificado de garantía moral. ¿Correcto? No. Y no sólo por motivos de pulcritud historiográfica, sino en vista de consideraciones que van mucho más allá del debate académico. Empecemos tirando por el hilo de la pulcritud historiográfica. El buen salvaje, según Rousseau, no era una presea. Se trataba, literalmente, de un bruto, asocial y carente de luces. No conocía la organización familiar, y vagaba por los dilatados bosques primigenios acompañado sólo de su sombra, como el tigre. Se hallaba animado, cierto, por un impreciso sentimiento de simpatía hacia sus semejantes. En este sentido concreto, no era una fiera. Pero tampoco estaba tentado a serlo. La abundancia de frutos, y la vastedad del territorio, le excusaban de saber economía. O sea, la ciencia que versa sobre los recursos escasos. El buen salvaje no era economista, lo que equivale a decir que no se veía en el brete de hacer lo que haría un economista en el ambiente ancestral: defender a muerte un trozo de tierra o un pedazo de carne en la certidumbre de que los siguientes no le van a venir llovidos del cielo.

En la filosofía de Rousseau, el buen salvaje sólo se hace bueno en comparación con lo que vendría después: la propiedad y el tinglado civilizatorio que ha crecido en torno a ella. Aquí aparece la vena radical de Rousseau. Éste condena a la civilización, o lo que es lo mismo, a la sociedad organizada, sin matices. Se llegará por último, en habiendo suerte, a una forma de vida colectiva muy preferible a las dos anteriores. Me refiero, claro es, a la manera de estar todos juntos que se afirma y consagra con el contrato social.

Rousseau es un escritor antiliberal y revolucionario. Y también temible. Pero el peligro de Rousseau no procede de las excelencias inexistentes del buen salvaje, sino justo de lo contrario. Por no ser nada el buen salvaje, y por ser peor que nada lo que sucede al buen salvaje, Rousseau atribuye al Estado, o sea, al orden ideal que debe desplazar a los órdenes reales de la historia conocida, una jurisdicción sin límites. El hombre está en grado de reinventarse absolutamente a sí mismo y, por tanto, de definir desde cero los valores y pautas de la sociedad nueva. Hobbes, que también pensaba que el hombre no está naturalmente constituido para vivir en sociedad, y que influyó enormemente en Rousseau, fue un totalitario conceptual, pero no integral. El Estado, en Hobbes, aun encontrándose autorizado a todo, representa a fin de cuentas un mecanismo para la salvaguarda del orden público. En Rousseau, corresponde al Estado hacernos felices y benéficos. O siendo más exactos, el hombre redimido de Rousseau se hace feliz y benéfico confundiendo su voluntad y sus anhelos con la voluntad y los anhelos del Estado.

La interpretación que los conservadores realizan de Rousseau es interesante por cuanto encierra un diagnóstico equivocado sobre la democracia moderna, en sus aspectos menos simpáticos. La democracia —una de las identidades posibles de Leviatán— enoja al conservador por dos conceptos: por su capacidad para erosionar las estructuras de convivencia tradicionales y porque, según sople el viento, pone a la voluntad general por encima del individuo, la familia o la corporación. La democracia liberal es una garantía contra lo segundo. Para lo primero, no se ha encontrado garantía, según señaló Schumpeter. Rousseau es la garantía arrolladora de que no hay garantías. Pero no porque crea demasiado en el hombre natural, sino porque no cree en él. Los que creen en él son los liberales, bien cuando se acogen al Derecho Natural, bien cuando confían en las sinergias del mercado. Leviatán, justo al revés, es voluntarista, o sea, antinaturalista. Los conservadores huelen humo. Pero no localizan el foco de fuego.


En esta página web:

¿Qué es la ilustración?, Rafael Corazón González
«CONFESIONES», DE J.-J. ROUSSEAU, Rafael Gómez Pérez
JEAN JACQUES ROUSSEAU, José Ocariz Braña

© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005

Contacto: mailto:webmaster@arvo.net

Director de Revistas: Javier Martínez Cortés

Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós

 

Enviado por La Gaceta de los Negocios - 08/07/2005 ir arriba
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