Álvaro
Delgado Gal
La Gaceta de
los Negocios
08/07/2005
No ha sido
raro, de un
tiempo a
esta parte,
que se
mencionara a
Rousseau en
las
tertulias
radiofónicas.
¿Por qué?
Porque en
España están
ocurriendo
cosas
alarmantes,
y muchas
voces,
máxime las
de
inclinación
conservadora,
afirman que
el origen de
estos
desarreglos
reside en
una
educación
demasiado
laxa. Es el
momento de
citar a
Rousseau.
Rousseau, se
nos dice,
cometió el
error de
creer que el
hombre es
una criatura
excelente,
menguada o
venida a
menos por la
presión
concurrente
de los
pedagogos,
las leyes
civiles y el
orden
institucional.
Se ha
aplicado
esta
filosofía a
la escuela,
y de
resultas nos
enfrentamos
a una
cohorte
nueva y
espantable
de gamberros
y, a lo
peor, de
pederastas
internéticos.
Expresado a
la conversa:
el buen
salvaje es,
por encima
de todo,
salvaje. Y
no hay
salvaje que
sea bueno.
La noción
del buen
salvaje es
por tanto
una consigna
destructiva
que sirve
para pasar
por las
aduanas
material de
matute, o si
se prefiere,
género de
alto riesgo
y sin
certificado
de garantía
moral.
¿Correcto?
No. Y no
sólo por
motivos de
pulcritud
historiográfica,
sino en
vista de
consideraciones
que van
mucho más
allá del
debate
académico.
Empecemos
tirando por
el hilo de
la pulcritud
historiográfica.
El buen
salvaje,
según
Rousseau, no
era una
presea. Se
trataba,
literalmente,
de un bruto,
asocial y
carente de
luces. No
conocía la
organización
familiar, y
vagaba por
los
dilatados
bosques
primigenios
acompañado
sólo de su
sombra, como
el tigre. Se
hallaba
animado,
cierto, por
un impreciso
sentimiento
de simpatía
hacia sus
semejantes.
En este
sentido
concreto, no
era una
fiera. Pero
tampoco
estaba
tentado a
serlo. La
abundancia
de frutos, y
la vastedad
del
territorio,
le excusaban
de saber
economía. O
sea, la
ciencia que
versa sobre
los recursos
escasos. El
buen salvaje
no era
economista,
lo que
equivale a
decir que no
se veía en
el brete de
hacer lo que
haría un
economista
en el
ambiente
ancestral:
defender a
muerte un
trozo de
tierra o un
pedazo de
carne en la
certidumbre
de que los
siguientes
no le van a
venir
llovidos del
cielo.
En la
filosofía de
Rousseau, el
buen salvaje
sólo se hace
bueno en
comparación
con lo que
vendría
después: la
propiedad y
el tinglado
civilizatorio
que ha
crecido en
torno a
ella. Aquí
aparece la
vena radical
de Rousseau.
Éste condena
a la
civilización,
o lo que es
lo mismo, a
la sociedad
organizada,
sin matices.
Se llegará
por último,
en habiendo
suerte, a
una forma de
vida
colectiva
muy
preferible a
las dos
anteriores.
Me refiero,
claro es, a
la manera de
estar todos
juntos que
se afirma y
consagra con
el contrato
social.
Rousseau es
un escritor
antiliberal
y
revolucionario.
Y también
temible.
Pero el
peligro de
Rousseau no
procede de
las
excelencias
inexistentes
del buen
salvaje,
sino justo
de lo
contrario.
Por no ser
nada el buen
salvaje, y
por ser peor
que nada lo
que sucede
al buen
salvaje,
Rousseau
atribuye al
Estado, o
sea, al
orden ideal
que debe
desplazar a
los órdenes
reales de la
historia
conocida,
una
jurisdicción
sin límites.
El hombre
está en
grado de
reinventarse
absolutamente
a sí mismo
y, por
tanto, de
definir
desde cero
los valores
y pautas de
la sociedad
nueva.
Hobbes, que
también
pensaba que
el hombre no
está
naturalmente
constituido
para vivir
en sociedad,
y que
influyó
enormemente
en Rousseau,
fue un
totalitario
conceptual,
pero no
integral. El
Estado, en
Hobbes, aun
encontrándose
autorizado a
todo,
representa a
fin de
cuentas un
mecanismo
para la
salvaguarda
del orden
público. En
Rousseau,
corresponde
al Estado
hacernos
felices y
benéficos. O
siendo más
exactos, el
hombre
redimido de
Rousseau se
hace feliz y
benéfico
confundiendo
su voluntad
y sus
anhelos con
la voluntad
y los
anhelos del
Estado.
La
interpretación
que los
conservadores
realizan de
Rousseau es
interesante
por cuanto
encierra un
diagnóstico
equivocado
sobre la
democracia
moderna, en
sus aspectos
menos
simpáticos.
La
democracia
—una de las
identidades
posibles de
Leviatán—
enoja al
conservador
por dos
conceptos:
por su
capacidad
para
erosionar
las
estructuras
de
convivencia
tradicionales
y porque,
según sople
el viento,
pone a la
voluntad
general por
encima del
individuo,
la familia o
la
corporación.
La
democracia
liberal es
una garantía
contra lo
segundo.
Para lo
primero, no
se ha
encontrado
garantía,
según señaló
Schumpeter.
Rousseau es
la garantía
arrolladora
de que no
hay
garantías.
Pero no
porque crea
demasiado en
el hombre
natural,
sino porque
no cree en
él. Los que
creen en él
son los
liberales,
bien cuando
se acogen al
Derecho
Natural,
bien cuando
confían en
las
sinergias
del mercado.
Leviatán,
justo al
revés, es
voluntarista,
o sea,
antinaturalista.
Los
conservadores
huelen humo.
Pero no
localizan el
foco de
fuego.
En esta
página web:
¿Qué es la
ilustración?,
Rafael
Corazón
González
«CONFESIONES»,
DE J.-J.
ROUSSEAU,
Rafael Gómez
Pérez
JEAN JACQUES
ROUSSEAU,
José Ocariz
Braña