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HANS-GEORG GADAMER A SUS CIEN
AÑOS DE VIDA CONFIESA:
"Sigo soñando, porque deseo seguir viviendo"
Unico sobreviviente de su generación,
maestro de la filosofía contemporánea y uno
de los más destacados representantes de la hermenéutica
del siglo XX, Hans-Georg Gadamer (Marburgo, 1900) es hoy quizás
el hombre más celebrado de toda Europa. No es para
menos, el pasado 11 de febrero cumplió cien años
de vida. Una vida dedicada a la reflexión, a la crítica,
a la filosofía y, como dijera en entrevista publicada
recientemente en el Corriere della Sera y traducida aquí
por Douglas Palma, a los sueños, pues: "no tengo
prisa en irme" de este mundo
Para Hans-Georg Gadamer la filosofía
se encuentra entre los jóvenes
A menudo, dice Gadamer, tengo la angustiosa
sensación de tener por lo menos treinta años
de más para las tareas que se me exigen diariamente.
No existe nadie de mi generación. Bajo un cierto punto
de vista no pertenezco a este mundo. Y sin embargo aquí
estoy. Y en verdad no tengo ninguna prisa en irme. Por ahora
me siento muy bien.
DC: Profesor,
¿qué pasará con la filosofía en
el nuevo milenio?
HGG: Bueno, son tiempos difíciles
los que vivimos y los que viviremos. Porque una cosa está
clara: la filosofía analítica se está
afirmando por doquier: en Alemania, en Italia, en toda Europa.
Diría que se trata de una verdadera y efectiva ocupación
de las universidades por parte de los filósofos analíticos.
Europa parece haberse hecho norteamericana, por lo menos la
Norteamérica que conocí a comienzos de los años
setenta. Es una paradoja. Mientras que nosotros aquí
somos, o parecemos ser, pasado, en Estados Unidos, por el
contrario, es la filosofía analítica la que
está pasando de moda.
—Pero, ¿cómo
explica este triunfo de la filosofía analítica?
—Son los vencedores. ¡Es la filosofía de
los vencedores! Y como se sabe, los vencedores siempre tienen
la razón. No sé, no puedo decir si en el fondo
haya un verdadero interés o se trate de una moda. Esperemos.
De ser lo primero la tomaré en serio y admitiré
que con ella se puede y se debe convivir. La filosofía
analítica es, para mí, una reducción
de la filosofía, una filosofía reducida a lógica.
Y no tenemos necesidad sólo de la lógica. ¡Por
amor del cielo! Y mucho más si la lógica, la
teoría de la lógica, no es del todo necesaria
para pensar en modo lógico. Porque es obvio que son
los caracteres más primitivos los que nos hacen pensar
en modo lógico, son como la carne y la sangre para
nosotros. ¿Valdrá la pena luego llegar hasta
la osamenta?
—Al contrario de una imagen
muy difundida, usted parece hoy muy pesimista. ¿Cuál
es entonces el futuro de la filosofía?
—No, a pesar de todo sigo siendo optimista. Vea por
qué. Es cierto, los filósofos no están
bastante presentes, más bien están casi siempre
más ausentes. Hacen pocas preguntas, pocas preguntas
sobre la vida, casi no dan respuestas. Y la filosofía,
o más bien la lógica formal, se encierra cada
vez más en las academias y en las universidades. Sin
embargo, incluso en este desierto, que durará quizás
dos, tres generaciones, la filosofía seguirá
viviendo, vivirá al menos en la exigencia de filosofía
que existe en cada uno de nosotros. Se quiera o no hay una
disposición natural del hombre a la filosofía.
Puede ser obedecida o no. Cierto, hoy no es obedecida. Pero
mientras exista el hombre y la humanidad del hombre, existirá
también la filosofía. Todo niño, a más
tardar a los seis años, se pregunta qué es la
muerte. Es esta la fuerza enigmática de la filosofía.
—Pero si no está
en las academias y en las universidades, ¿dónde
está la filosofía en estos "tiempos difíciles"?
—¡La filosofía está entre los jóvenes!
Desde que ya no viajo debo esperar a pesar mío que
sean ellos los que vengan a buscarme. Y vienen muchos. Muchos
desde Italia. Con un equipaje lleno de preguntas. Y los recibo
con gozo, porque simplemente aprendo de ellos. Cada pregunta
—y siempre o casi siempre hacen preguntas radicales—
me abre nuevas posibilidades. Un niño es algo filósofo,
un filósofo es algo niño.
—¿Pero cree que
ser filósofo hoy sea más difícil que
en el pasado?
—No, no lo creo. Vea mi historia. Mi padre era profesor
de química farmacéutica. Mi decisión
él jamás la aceptó. Y eso terminó
por crear una brecha insalvable entre nosotros. No podía
soportar que su hijo, en quien había puesto tantas
esperanzas, fuera a engrosar las filas de los "habladores",
de sus colegas de las facultades humanísticas. Ante
sus ojos siempre fui un "hijo perdido". En enero
de 1927, cuando ya estaba gravemente enfermo, fue internado
en un hospital de Marburgo. Pero la preocupación por
el hijo no lo abandonaba un instante. Hizo venir a Heidegger.
"¡Estoy tan preocupado por mi hijo!", le dijo.
"Pero, por qué —contestó Heidegger—,
es un excelente estudiante. Dentro de un año se graduará
y será docente libre. Lo logrará. Estoy seguro".
Pero mi padre no se daba por vencido, suspiró y preguntó:
"¡Será! ¿Pero usted cree de verdad
que la filosofía pueda ser un modo de vida?" ¡Y
esto se lo fue a preguntar precisamente a Heidegger!
—Para usted, profesor Gadamer,
Europa no se da sin filosofía ni la filosofía
sin Europa.
—Sí, así es. Europa será sólo
a través de la filosofía, sólo a través
de la cultura, o mejor, de las culturas. No puedo imaginar
que la técnica pueda barrer las culturas; es decir,
la humanidad. Europa debe ser una avanzada, mucho más
Italia, porque precisamente en Italia están las raíces
de la cultura europea. "Cultura" es una palabra
latina, del léxico campesino. Indica la humildad de
quien sabe inclinarse a recoger. Europa, en su atormentada
historia, siempre lo ha sabido hacer. Ha recogido no sólo
lo propio, sino también lo extraño. Bien o mal
ha sabido abrirse a las culturas extranjeras, extrañas,
otras. Esta aparente debilidad cada vez se ha convertido en
fuerza. Y esta es la fuerza de Europa: respetar lo que, aun
siendo común, es otro. Y donde hay otredad se plantea
con urgencia la tarea de la hermenéutica.
—¿Puede darse un
diálogo entre Europa y América?
—Quizás no todavía. Los europeos; perdón,
los alemanes, han debido aprender mucho ¡y justamente!
Pero ahora debiera tocarle a los norteamericanos.
—¿Están listos?
—No lo sé. Es necesario decir que vivimos en
la época de la «pax americana», sobre todo
desde que Rusia está ausente. Y son tantos los efectos
negativos. Norteamérica ha exportado por todos lados
la ética protestante, calvinista, de la ganancia y
del éxito. ¡Y esta sería la única
cosa que cuenta en la vida! Pues bien, yo no creo que todos
en Europa tengan una actitud acrítica hacia este modo
de vivir y de pensar. Sí estamos norteamericanizados,
pero —déjeme decirlo— contra nuestra voluntad.
Y espero que haya una respuesta.
—¿Una respuesta?
¿Desde dónde?
—Precisamente de la que es considerada la periferia
de Europa: del Sur de Italia, de la Alemania del Este, que
forma parte de mi vida, de los países eslavos, sometidos
al dominio de la banca que los ha sumido en una miseria mucho
peor que la del pasado. Desde Sarajevo a Rostock, desde Belfast
a Palermo: no soy profeta, pero confío en una gran
respuesta.
—No puede haber Europa
sin Rusia.
—Rusia es para Europa una herida abierta. No puede haber
y no habrá una Europa privada de la cultura rusa: Dostoievski,
Tolstoi, Gogol. ¡No podemos estar sin ellos! Rusia,
estoy seguro, superará la espantosa crisis en que se
halla.
—¿Son importantes
para Europa las lenguas?
—Las lenguas, en su pluralidad, representan el modelo
político concreto de la pluralidad. Creo que se equivoca
quien piensa que pronto tendremos una lengua mundial, igual
para todos. Es cierto, el inglés americano es una especie
de lengua franca: la lengua del comercio. Pero por fortuna
las cosas más íntimas no nos las diremos en
inglés americano. La pluralidad de lenguas es una gran
riqueza. Cada lengua abre un mundo. ¿Por qué
debemos empobrecernos?
—¿Qué ha
significado para usted Italia?
—Mucho, muchísimo. Un capítulo fundamental
de mi vida que todavía no se ha cerrado. Pienso que
precisamente en Italia la filosofía resistirá
y terminará imponiéndose. Mi primera relación
con Italia fue a través de Loewitz. Fue hecho prisionero
en Italia durante la guerra: en Marburgo contaba sobre la
serenidad de la vida italiana. Para mí, de cualquier
modo, Italia es Nápoles.
—¿Por qué
Nápoles?
—La primera vez que estuve en Nápoles fue por
casualidad. Fue en 1972. Venía de Estados Unidos. La
nave italiana se dirigía a Génova, pero se detuvo
en Nápoles porque era domingo de Pascua. Comencé
a caminar por el puerto y luego en las callejuelas de los
barrios españoles. De los balcones las mujeres deslizaban
cestos con una cuerda y luego los alzaban. ¡Jamás
había visto tanta humanidad! No sabía qué
hacer. Vi una barbería abierta y decidí cortarme
el pelo. Comencé a medio hablar en mi italiano balbuciente.
Hablaba de mí. Soy un filósofo. ¿Un filósofo?
El viejo barbero estaba en el séptimo cielo. Había
sido durante años el barbero de Croce y desde entonces
no había tenido la ocasión de cortarle el pelo
a un filósofo. Para él era una fiesta, y también
para mí. Intuí entonces el significado de la
filosofía para esa ciudad. Pero lo comprendí
de verdad cuando en 1978 conocí a Gerardo Marotta.
Estuve trabajando con él en el Instituto Italiano de
Estudios Filosóficos. Vivir y trabajar en Nápoles
fue una experiencia extraordinaria. Vico y los jacobinos,
los hegelianos y Croce. Nápoles es una ciudad filosófica.
—Dentro de poco cumplirá
cien años. ¿Cuál es el elixir?
—No sabría decirlo. No tengo recetas. Trato de
evitar a los médicos y las medicinas. Estoy convencido
de que se puede y se debe soportar el dolor, el del cuerpo
y el del alma. Es una locura de estos días tratar de
eliminar el dolor en la vida. Por otro lado, tengo una gran
ventaja: no sufro de insomnio. Logro dormir hasta las nueve
de la mañana —si no me despertaran los gatos.
A veces hasta vuelvo a dormir. El día comienza lentamente,
con el periódico y algunas tazas de té. Luego
a mi escritorio, y entre una y otra llamada por teléfono
se realiza la aventura infinita de buscar en vano lo que desearía
encontrar y no encuentro, pero también la de encontrar,
con gran sorpresa, lo que no buscaba.
—¿Qué le
desea usted a quienes tienen menos edad?
—La técnica es una nueva forma de esclavitud.
Toda la informática es una inteligente cadena de esclavos.
Somos todos esclavos: de los medios y de los nuevos medios.
Esclavos, pero no como en la antigüedad, sino en un modo
más refinado: somos esclavos creyendo ser amos. Tanta
información, demasiada información, no da tiempo
para pensar. Y esto les deseo: que no se dejen atrapar por
las redes de Internet, que aprendan a reconocer los límites,
de sí mismos y del propio saber. Y finalmente, que
ojalá renuncien a tener la última palabra.
—¿Cuál es
su sueño?
—Sigo soñando, porque deseo seguir viviendo.
No sé si se harán realidad mis sueños.
Pero lo sabemos, los sueños no se hacen realidad. O
mejor, se hacen realidad en sí mismos.
http://www.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N90/contenido02.htm
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