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SECCIÓN G. K. CHESTERTON (G. K. Chesterton) |
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VERDAD Y LIBERTAD
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Por G. K.
Chesterton
Cuando el
rancio laicismo ilustrado desencadena guerra
de símbolos y no toleraría -si les
dejásemos- que los templos cristianos sirvan
para lo que han sido construidos, resulta,
además de divertido, adecuado, releer la
parábola de Chesterton en su imponderable
libro La esfera y la cruz, cap.
I.
Añadimos unos
párrafos del profesor de teología bíblica
Francisco Varo, con ocasión de la
Navidad, que explican muy bien la
irrisoriedad de suprimir los símbolos por
decreto ley. |
-Una
vez conocí a un hombre como
usted, Lucifer -dijo articulando
con lentitud y monotonía
desesperantes-. Opinaba
también...
-¡¡No existe otro hombre como
yo!!- gritó Lucifer con tal
violencia que estremeció la
nave.
-Como iba diciendo -continuó
Miguel-, ese hombre opinaba
también que el símbolo del
cristianismo era un símbolo de
barbarie y de sinrazón. Su
historia es un tanto divertida.
Viene a ser también una alegoría
perfecta de lo qué les ocurre a
los racionalistas como usted.
Comenzó: por supuesto, negándose
a tolerar un crucifijo en su
casa, ni siquiera pintado, ni
pendiente del cuello de su
mujer. Decía, igual que usted,
que era una forma arbitraria y
fantástica, una monstruosidad,
amada por .ser paradójica.
Después fue haciéndose cada vez
más violento y ..excéntrico;
quería derribar las cruces de
los caminos, porque vivía en un
país católico romano.
Finalmente, en un acceso de
furor trepó al campanario de la
iglesia parroquial y arrancó la
cruz, blandiéndola en el aire, y
profiriendo atroces soliloquios,
allá en lo alto, bajo las
estrellas. Una tarde, todavía en
verano, cuando se encaminaba a
su casa por un caminito vallado,
el demonio de su locura vino
sobre él con esa violencia y
demudación tan fuertes que
trastruecan el mundo. Se había
detenido un momento, fumando,
delante de una empalizada
interminable, cuando sus ojos se
abrieron. Ninguna luz brillaba,
no se movía una hoja, pero él
vio, como en una mutación súbita
del contorno, que la empalizada
era un ejército innumerable de
cruces ligadas unas a otras, de
la colina al valle. Enarboló el
garrote y se fue contra ellas,
como contra un ejército. Y milla
tras milla, en todo el camino
hasta su casa, fue rompiéndolas
y derribándolas. Porque
aborrecía la cruz y cada
empalizada era una pared de
cruces. Cuando llegó a su casa
estaba completamente loco. Se
dejó caer en una silla, y luego
se alzó de ella porque los
travesaños del maderamen
repetían la imagen, insufrible.
Se arrojó en una cama, lo que
sirvió para recordarle que la
cama, igual que todas las cosas
labradas por el hombre,
correspondía al diseño maldito.
Rompió los muebles, porque
estaban hechos de cruces. Pegó
fuego a la casa, porque estaba
hecha de cruces. En el río lo
encontraron.
Lucifer le miraba mordiéndose un
labio.
-¿Es verdad esa historia?
-preguntó.
-¡Oh, no! -dijo Miguel
vivamente-. Es una parábola.
Es la parábola de todos los
racionalistas como usted.
Empiezan ustedes rompiendo la
cruz, y concluyen destrozando el
mundo habitable. Les dejamos a
ustedes diciendo que nadie debe
ir a la iglesia contra su
voluntad: Cuando les encontremos
de nuevo estarán ustedes
diciendo que nadie tiene la
menor voluntad de ir a ella. Les
dejamos a ustedes diciendo que
no existe el lugar llamado Edén.
Les encontramos diciendo que no
existe el lugar llamado Irlanda.
Parten ustedes odiando lo
racional y llegan a odiarlo
todo, porque todo es irracional,
y...
Los símbolos religiosos
(fragmento)
Por Francisco
Varo
Profesor de Teología
Un símbolo es una representación
sensorialmente perceptible de
una realidad. La captación de su
valor simbólico supone una
asociación de ideas entre lo que
se percibe con los sentidos y
esa otra realidad a la que
remite. Esto hace que un mismo
objeto pueda ser percibido por
alguien como un símbolo,
mientras que, quien no asocia
esos conceptos, se queda en la
simple imagen sensible. Así
sucede con muchas tarjetas
«navideñas». Pero la cuestión de
los símbolos, o de aquello que
se percibe incluso de un modo
provocativo como símbolo, va más
allá de la simple anécdota de
los christmas.
En estos últimos días se ha
hablado mucho acerca de la
presencia de símbolos religiosos
en las escuelas públicas. La
decisión del Gobierno francés de
prohibir símbolos religiosos
como la kippa judía, el velo
islámico o el crucifijo
cristiano en las escuelas
públicas ha merecido el apoyo de
alguna plataforma ciudadana, y
ha suscitado la perplejidad de
la mayor parte de los ciudadanos
corrientes que piensan por sí
mismos. Una batalla legal contra
los símbolos religiosos en los
lugares públicos carece de
sentido en una sociedad
pluralista y abierta, en donde
conviene evitar todo brote de
intolerancia. Porque
intolerancia es el intento de
imponer ¿hasta en el modo de
vestir y en los complementos! el
dogma del laicismo.
Pero es que, además, los
símbolos no pueden ser
reprimidos por decreto-ley.
Escapan a las luchas
ideológicas. Quien se incomode
ante un símbolo religioso se
pondrá nervioso el día que un
maestro cuente el cuento de
Caperucita Roja en el colegio,
no vaya a ser que a alguna niña
se le pase por la imaginación
ponerse un pañuelo en la cabeza.
No podrá salir al campo, porque,
en el vuelo majestuoso de las
aves, sus alas y sus cuerpos
dibujan cruces que se deslizan
por el aire, ni podrá mirar al
cielo en una noche clara, porque
lo verá plagado de estrellas de
David. La educación para la
convivencia no es cuestión de
sombreros, pañuelos, ni trozos
de madera cruzados, sino de
mente clara y afecto sincero a
todos, respetándolos tal y como
son, permitiéndoles reflejar en
su porte externo su personalidad
y sus convicciones.
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Enviado por Arvo - 09/05/2005 |
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