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Por
LLUÍS PIFARRÉ CLAPÉS
INDICE
1.- La libertad como falsa
ilusión.
2.- La libertad en la
antropología
cristiana.
3.- La determinación del
fluir cósmico
4.- La disolución de la
responsabilidad.
5.- La absoluta inocencia del
Universo
6.- La represión origen del
sentimiento de culpa
7.- La cura analítica de los
conflictos internos
8.-
El remordimiento de
conciencia
9.- El sentido positivo del
arrepentimiento
10.- El sentimiento de culpa
signo de debilidad.
11.- El cristianismo garante de
la culpa.
12.- El mal moral manifestación
de la libertad.
13.- La libertad de los actos
amorosos
14.- El nihilismo como
horizonte.
EL
SENTIMIENTO DE CULPA
EN NIETZSCHE Y FREUD
1.- La libertad como falsa
ilusión
La concepción del “sentimiento de
culpa”, ha sido profusamente
utilizada en el S. XX,
especialmente en los tratados de
teología y antropología, para
referirse fundamentalmente al origen
y significado de sus afecciones
psíquicas, como es el caso del
malestar y turbación interior que
experimenta la conciencia ante la
deficiente realización de
determinados actos morales
.
Se podría aducir en primera
instancia, que las interpretaciones
efectuadas por Nietzsche y Freud,
han sido una de las principales
causas que han contribuido a
difundir un negativo rechazo del
sentimiento de culpa en amplios
sectores de la sociedad. Al
plantear la cuestión de su sentido y
procedencia, lo hacen desde unas
instancias radicalmente distintas a
las sustentadas por la antropología
cristiana, al considerar que el
sentimiento de culpa y sus derivados
afectivos son perjudiciales y
contraproducentes para la conciencia
y la felicidad humana
.
Para confirmar estos supuestos,
transcribimos una serie de textos de
estos dos autores, y siguiendo el
hilo conductor de sus pensamientos,
vamos intercalando desde una
perspectiva cristiana, una serie de
reflexiones y comentarios críticos
con objeto de esclarecer y dar un
sentido positivo a esta compleja
cuestión que tanta influencia ha
tenido y prosigue teniendo en la
cultura occidental, especialmente en
lo que se refiere a la libertad y
responsabilidad de los actos
morales.
En algunas obras de Nietzsche,
aparecen una serie de aforismos en
los que describe su concepción del
universo, considerando que está
sometido a una absoluta
determinación cósmica que abarca la
totalidad de las cosas existentes.
En ellos, el pensador alemán, afirma
la inexorable necesidad impuesta por
las exigencias de una universal
voluntad de poder, como determinante
y determinada “voluntad de vida”,
según la clásica expresión de
Schopenhauer, con lo que no tiene
lugar el oponerle otra cosa que a
ella misma, en cuanto todo está
sumergido en la impetuosa corriente
de sus contenidos vitales
constituidos por fuerzas y
organismos biofísicos como única y
estricta realidad ontológica.
Para sustentar
argumentativamente este principio,
Nietzsche establece una serie de
relaciones comparativas entre los
movimientos aparentemente
caprichosos de los fenómenos de la
naturaleza con las acciones humanas,
deduciendo que existe un paralelismo
entre estos dos comportamientos,
puesto que los “actos humanos”, al
igual que los fenómenos de la
naturaleza concatenados en el
espacio y el tiempo, están sujetos a
la misma inexorabilidad de sus
determinaciones. Es lo que escribe
en el conocido y extenso aforismo de
Humano, demasiado Humano,
obra perteneciente al período de
su producción catalogado como
“científico” o “ilustrado”: “Cuando
contemplamos un salto de agua,
creemos ver en las innumerables
ondulaciones que produce en sus
serpenteos y rompientes de sus olas,
una especie de libertad de la
voluntad y del capricho; pero todo
esto no es más que pura necesidad,
ya que cada movimiento puede
calcularse matemáticamente. Lo mismo
sucede con las acciones humanas;
deberíamos poder calcular por
anticipado cada acción si fuésemos
omniscientes y, del mismo modo, cada
progreso del conocimiento, cada
error, cada maldad que sucede”
.
Establecer la equivalencia
entre los movimientos físicos y las
acciones humanas, implica disolver
la existencia misma de la libertad
como facultad natural de la persona.
Al identificar estas dos formas de
comportamiento, no debe
sorprendernos que Nietzsche afirme
que el libre arbitrio, la capacidad
de decidir nuestras propios actos en
virtud de la libertad, es una simple
ilusión psicológica: “El hombre
mismo que actúa, está en verdad
poseído de la ilusión del libre
arbitrio; si por un momento se
detuviese la rueda del mundo y
hubiese una inteligencia calculadora
omnisciente para aprovechar esta
pausa, podríamos continuar
calculando el porvenir de cada ser
hasta los tiempos más remotos y
marcar cada uno de los puntos por
donde pasaría esta rueda en lo
sucesivo”
De estas iniciales
consideraciones nietzscheanas se
desprende la absoluta determinación
en las que en última instancia están
sujetas todas las realidades del
universo, incluidas las acciones
voluntarias del ser humano, que al
carecer de libertad real para elegir
sus propias alternativas y
ejercerlas de acuerdo con sus
decisiones, no pueden revestir
ningún tipo de responsabilidad
personal, con lo que todos sus actos
morales serán acciones neutras e
indiferentemente “amorales”. En
consecuencia, si a los fenómenos
físicos de la naturaleza no se les
puede tratar de “inmorales” por las
posibles perturbaciones que podrían
ocasionar sus efectos, tampoco
podemos tratar de “inmorales” los
actos ejercidos por cualquier ser
humano, si tenemos en cuenta que la
ejecución de estos actos está
sometida, al igual que los
movimientos naturales, a la
inexorable necesidad de la voluntad
de la vida como fundamento de la
totalidad. Nietzsche afirmará de
acuerdo con estos presupuestos: “Si
no nos quejamos de la naturaleza
como un ser inmoral cuando nos envía
una tormenta y nos moja, ¿por qué
llamamos inmoral al hombre que hace
daño? Porque admitimos aquí una
voluntad libre que actúa de forma
arbitraria y allí una necesidad.
Pero esta distinción es un error”
Esta determinación natural de
la realidad no está dirigida hacia
ningún fin, ni gobernada por ninguna
ley. Por tanto, ningún principio,
ningún ordenamiento supramundano,
ninguna dirección cognoscente e
intencional, sino solamente la
existencia de enormes caudales de
fuerzas y energías que operan de
forma ciega y azarosa, plasmando su
poder de forma imperiosamente
creciente sobre la totalidad de los
fenómenos existentes en la
naturaleza
.
El “devenir“ de estas fuerzas que
constituyen el conglomerado tejido
de la realidad, sólo están regidas
por su estricta necesidad cósmica,
sin ningún diseño previo u
orientación “preestablecida” que
proveniente de algún supuesto
teleológico o quimérico ser
trascendente existente fuera del
ámbito empírico, dirigiera y
proyectara la ascensionalidad de
sus movimientos procesuales.
Nietzsche afirmará en La Voluntad
de Poder, una de sus obras
póstumas, que “el devenir de la
realidad no tiende hacia ninguna
meta, no desagua en ningún ser”
.
A lo largo de la historia del
pensamiento teológico y filosófico
han surgido múltiples corrientes que
de un modo u otro, han negado o
puesto en entredicho la realidad
misma de la libertad. Martín Lutero,
por ejemplo, en su intento de
refutar a Erasmo, niega en su obra
De servo arbitrio, la
efectividad de la libertad humana,
al considerar que es incompatible
con la libertad divina, ya que si
Dios es infinitamente libre, el
hombre carece de libertad. Esta
aprensión de la libertad humana
procedía básicamente de su
concepción nominalista y unívoca del
ser (obviando la analogía entis) que
le llevaba a comparar en el mismo
plano existencial el ser de Dios y
el ser del hombre, deduciendo de
ello, que el otorgar un mayor grado
de libertad al ser humano iba en
menoscabo de la libertad de Dios, y
viceversa.
Spinoza, dos siglos antes que
Nietzsche, sostendrá que la libertad
es una especie de “ilusión”
imaginativa, puesto que todas las
cosas fluyen necesariamente de la
sustancia divina, que es infinita,
necesaria e incondicionada. Todo
sucede con necesidad matemática;
more geométrico, dentro de la
serie causal infinita, con la misma
necesidad con que el valor de la
suma de sus ángulos resulta de la
naturaleza del triángulo. El
filósofo judío afirmará que cuando
adquirimos el conocimiento
filosófico de que la totalidad de
las cosas está subordinada a la
única sustancia divina, de que somos
un simple atributo de ella y una
modalidad determinada por la
naturaleza, entonces se nos disuelve
la ilusión de la libertad sustentada
por la ignorancia, y descubrimos que
la naturaleza sigue de forma
inexorable el decurso de su eterna
necesidad. Para Spinoza, la
auténtica libertad estriba en
“saber” que nuestra voluntad no es
libre, y este “saber” nos “libera”
de falsas y engañosas ilusiones que
atenazan nuestro verdadero
conocimiento. Liberación de la
ignorancia que nos confiere la
iluminadora intuición sobre la
naturaleza divina, una especie de
identificación mística que nos
introduce en el “amor Dei
intellectualis”, que no es un amor
afectivo, sino racional de Dios, al
que identificará monísticamente con
la sustancia y con la naturaleza:
Deus sive Substancia, sive Natura.
El agnosticismo kantiano,
concebirá la libertad como “ilusión
trascendental” (en cuanto su
supuesta operatividad electiva está
“más allá” de la verificación
empírica), pues tal facultad está
fuera de la correspondencia entre
las categorías del entendimiento y
la intuición sensible de los
fenómenos de experiencia. La
libertad, al apoyarse en postulados
teóricos no verificables, y en
peticiones de principio derivados de
conceptos vacíos de contenido, se
admite como necesidad práctica,
adecuada, en todo caso, para
justificar éticamente las acciones
voluntarias en el plano moral y
social.
Al negar la fundamentación
cognoscitiva de la libertad, y por
tanto el conocimiento de lo que
estrictamente es y consiste, Kant ha
reducido sus posibilidades teóricas
y especulativas al considerarla
solamente como acción práctica de
una irracional voluntad, sujeta al
imperativo categórico del puro
cumplimiento del deber. La
determinación del “deber ser” y su
correspondiente validez moral, será
establecida, por la autonomía de la
conciencia subjetiva, al margen de
los sentimientos y de la
eudaimonía o felicidad que
puedan originarse de su
cumplimiento. Pero con esta
subjetivización voluntarista y
autónoma de la libertad,
prescindiendo de su inteligibilidad,
Kant, ha abierto, paradójicamente,
una brecha que ha facilitado la
introducción de toda una
constelación de pseudoéticas basadas
estrictamente en los sentimientos y
las afecciones emocionales.
En la primera mitad del S. XIX,
surgirán una serie de pensadores que
se atreverán a extraer las últimas
consecuencias del “voluntarismo
práctico” kantiano, desembocando en
metafísicas voluntaristas como es el
caso de Schopenhauer, en el
materialismo dialéctico en el caso
de Marx, o en los convencionalismos
sociológicos en Levy-Bruhl, etc., y
que aglutinados en su común carácter
determinista, no tendrán especiales
reparos para desvanecer las
“ilusiones psicológicas” de la
libertad personal como operatividad
electiva y fáctica de los actos
morales, con lo que la inversión
filosófica respecto de la ontología
del acto de ser y de la antropología
trascendente que funda la libertad y
responsabilidad de la persona, será
total y absoluta.
2.- La libertad en la
antropología cristiana
En la antropología de carácter
trascendente como es la cristiana,
la libertad se concibe como una de
las facultades potenciales de la
esencia humana, fundada en la
realidad estrictamente individual de
su “acto de ser”, que el Creador ha
donado gratuitamente en propiedad
intransferible y radical a cada
persona, creada a su imagen y
semejanza. Desde la perspectiva
psicológica se podría decir que cada
ser humano experimenta su propia
libertad de forma vivencial y
directa en la operatividad de sus
decisiones electivas respecto de las
diversas alternativas que se le
ofrecen. Pero esta libertad, no se
erige como si fuera una capacidad
absoluta sin fundamento, como
espontánea y ciega voluntad sin
finalidad alguna, sino que está
cognoscitivamente configurada por su
propia esencia finita, cuya
fundamentación remite a la
fundamentación del Ser supremo,
absolutamente libérrimo. Este puede
ser uno de los planteamientos
positivos de la libertad y de su
adecuada concepción antropológica.
En esta línea de
consideraciones puede afirmarse que
la voluntad humana se denomina libre
en la medida en que la elección y
realización de sus actos dimanan de
los actos conscientes del intelecto.
Desde la perspectiva de la persona
como unidad integral, el ejercicio
de la libertad como facultad humana
implica la mutua interrelación y
adecuada articulación de la
inteligencia y la voluntad, de tal
forma, que se puede decir que la
libertad es la facultad
trascendental de estas dos potencias
.
Todo acto, para afirmarse libre,
debe carecer de cualquier
determinación interna y de toda
inclinación necesaria para la
ejecución de sus decisiones,
teniendo la posibilidad de elegir
entre diversas alternativas, puesto
que es la persona misma, como
expresión de su voluntad libre y de
su propia autodeterminación, quien
se decide a obrar, siendo “dueña” de
sus propios actos, es, por así
decirlo, su propio “árbitro”. Una
“voluntad de arbitrio” que presupone
por una parte, la ausencia de
“previa determinación” como
manifestación de la “causalidad
inteligente” del yo, y por otra, la
capacidad de “especificar” sus
propios actos, especificación que
adquiere su más profundo sentido en
la denominada “libertad interior de
ejercicio”, en cuanto demanda el
pleno “dominio” dentro de su esfera,
para hacer esto o lo otro, de poner
o no poner el acto, añadiendo el
factor de “indiferencia” frente a
las diversas opciones y
posibilidades, puesto que la
voluntad, de acuerdo con lo que le
ofrece la inteligencia, no está
“arrastrada” necesariamente actuar
de “tal modo y no de otro”.
Cualquier acto de la persona es
verdaderamente humano en la medida
que es libre y todo lo que es
verdaderamente humano está penetrado
de libertad.
Por eso puede afirmarse, que la
auténtica libertad se funda en la
libertad interior, una libertad que
nadie puede arrebatarnos, y es
capaz, por fuertes que sean las
presiones, de superar las
influencias externas. “La libertad
interior, escribe V. Frankl, aún
enfrentada con la influencia
dominante del ambiente, la posee el
ser humano hasta su último suspiro”
3.- La Determinación del fluir
cósmico
La inexorable necesidad del
fluir cósmico sustentada por las
concepciones deterministas, cuyos
máximos exponentes de la filosofía
moderna son entre otros; Spinoza,
Hegel, Comte y Nietzsche, conlleva
la disolución de la libertad
fundante, con lo que los actos
libres y singulares emanados del ser
humano, fenecen en el mismo momento
de nacer. Como señala Aristóteles,
el hombre por sus operaciones libres
es causa de sí mismo en el ámbito de
su finitud óntica, pero si se niega
o se confunde la voluntad libre
sustentada en la libertad interior,
se disuelve esta razón de
causalidad, teniendo en cuenta que
es la voluntad guiada por la
inteligencia la que pone el fin de
sus actos y sólo quien pone el fin
pone las causas. El principio de
causalidad que Hume cuestionó desde
su radical empirismo, sólo se puede
negar si se pone en entredicho la
experiencia personal de la libertad,
pues el ser humano en el acto libre
tiene la privilegiada experiencia de
su causalidad, porque es ella quien
autónomamente pone el fin y el fin
es la primera causa intencional de
todas las causas que le acompañan.
Podríamos afirmar que sabemos lo que
es la causalidad porque sabemos lo
que es poner un acto libre.
En la filosofía del acto de
ser, la libertad se presenta como el
inicio incondicional, como la
genuina originalidad del proceso
cognoscitivo humano, mediante el
cual se ilumina la factualidad de
sus operaciones, tanto en la
intención como en la finalidad.
Estas operaciones se distinguen
esencialmente de los entes vivos que
no son libres, puesto que estos
seres no ponen el fin de sus actos
mediales; en ellos, el fin está
impreso de antemano, sometido a la
estricta necesidad de las leyes que
regulan los dinamismos de su
naturaleza. El supuesto nietzscheano
de que todos los acontecimientos,
incluyendo los humanos, están
inmersos en el proceso de energías y
fuerzas biofísicas y orgánicas de la
voluntad de poder, desemboca en la
deriva de un fluir temporal en
constante devenir, sin norte ni
finalidad.
En estas filosofías de la
necesidad y determinación cósmica
que parten del olvido del ser como
acto singular e intransferible del
ser humano, la libertad como
responsabilidad personal queda
inevitablemente anulada y absorbida
por la única substancia spinoziana,
por la absolutez del proceso
dialéctico hegeliano, por la
impacable voluntad de poder
nietzscheana, o por las exigencias
igualitarias de la clase social
marxista. En estos contextos
ideológicos, el ser humano solo se
constituye como realidad consistente
y se desarrolla como tal, por su
mayor o menor relación con este
“universal abstracto” (o “universal
fantástico”), según la expresión de
Kierkegaard.
Pero si la singularidad
concreta del individuo en su
realidad existencial consiste
esencialmente en esta relación con
un determinado universal abstracto,
su entidad constitutiva se disuelve
y desaparece, puesto que en el marco
de la determinación sólo uno de los
dos términos es plenamente real (la
voluntad de poder, la clase social,
el espíritu absoluto…), y para que
una relación sea real necesariamente
lo han de ser los dos términos. En
esta tesitura se oscila entre la
negación del individuo al reducirlo
a un simple atributo o manifestación
epifenoménica de un fundamento
abstracto y totalizador, o por el
contrario, se establece su absoluta
afirmación ególatra y singular, sin
punto de referencia, abandonado al
naufragio de su finitud constitutiva
sin causa ni sentido, apresado en la
clausura de su propia subjetividad y
cerrado a toda verdad, al estar
sumida su conciencia en la fugacidad
del decurso temporal. Pero como
decía el cardenal J. Ratzinger,
actualmente Benedicto XVI: “Si la
conciencia no abre el camino a la
avenida salvadora de la verdad se
convierte en la justificación de la
subjetividad que no quiere verse
cuestionada. Desaparece el deber de
buscar la verdad… basta el
conocimiento logrado por uno mismo y
la superficial adaptación a los
demás”
.
4.- La disolución de la
responsabilidad
En el contexto de las
corrientes deterministas que diluyen
y anulan el sentido de la libertad,
como es el caso de Nietzsche, la
libertad deja de ser una facultad
potencial del ser humano para elegir
internamente sus propias
efectuaciones, convirtiéndose en un
simple “sentimiento” o “apetito
instintivo” que se manifiesta como
espontánea “fuerza” o “energía”,
como voluntad de dominio y
sentimiento de poder vital. Cuanto
más intensa sea la posesión de esta
fuerza instintiva, más se
acrecentará la subjetiva
autosensación de la libertad: “Cada
uno se considera más libre, allí
donde su sentimiento de vivir es más
fuerte”
,
escribe Nietzsche en El viajero y
su sombra, y en La Voluntad
de Poder afirma: “Al más
importante apetito del hombre -su
voluntad de dominio-, a este
instinto se le da el nombre de
libertad”
.
Por tanto, cuanto mayor sea el
sentimiento de dominio y más potente
el instinto de vivir, mayor será la
identificación y conformidad de la
vida, como subjetividad, con los
dinamismos de fuerzas y energías
biofísicas emergidas del enigmático
y originario poder de la voluntad
cósmica.
Los filósofos estoicos, con
registros similares a los de
Spinoza, sostendrán que la libertad
como enigmática capacidad humana,
emergida de la telúrica sabiduría
universal de la naturaleza, es una
modulada determinación que se
ejercita en la medida que nuestra
vida se identifica y conforma con
ella: “vivere secundum natura”. En
sus profundas entrañas, la
naturaleza conserva los gérmenes o
“razones seminales” de todo
desenvolvimiento y acontecer
temporal, cuyas determinaciones
están condicionadas necesariamente
por el “fatum” o destino cósmico,
pero no por exigencias de una
expansiva voluntad de poder
nietzscheana, sino por imperativos
de una divina y misteriosa razón
universal. ¿Es factible en estas
condiciones, en que la sabiduría se
identifica panteísticamente con la
naturaleza, no con la persona
singular y concreta, valorar la
libertad humana con sus
potencialidades decisorias y la
dignidad de su ser?
Dejar en la penumbra de la
ambigüedad el sentido de la
libertad, genera como consecuencia
la negación de la responsabilidad.
Si Spinoza interpretaba la libertad
como “ilusión” nacida del
desconocimiento y la ignorancia, de
forma semejante, Nietzsche considera
que admitir la responsabilidad de
nuestras acciones es consecuencia de
estar sumidos en las “tinieblas” del
error y la ignorancia. El pensador
alemán siente la pretenciosa
seguridad de sus afirmaciones, la
autoconvicción de que entiende con
diáfana claridad la ausencia de
cualquier responsabilidad en
nuestros actos, acogiendo sin temor
ni apocamiento las duras y
contradictorias consecuencias de
esta inapelable fatalidad. En
Humano, demasiado Humano,
escribirá: “Nadie es responsable de
sus actos, nadie es responsable de
su ser. Esta proposición es tan
clara como la luz del sol, y, sin
embargo, todo hombre prefiere en ese
caso volver a las tinieblas del
error, por temor a las
consecuencias”
.
Con tales presupuestos, no resulta
extraño que considere que la
“voluntad libre” es un invento
metafísico pertrechado para
debilitar los instintos humanos y
desconfiar de sus posibilidades
vitales en su natural expansividad:
“El concepto de voluntad libre, dirá
en Ecce Homo, se ha inventado
para extraviar a los instintos, para
convertir en una segunda naturaleza
la desconfianza frente a éstos”
.
Concebida la libertad como una
“ilusión metafísica”, como simple
“representación imaginaria”, ya no
tiene razón de ser la exigencia de
los preceptos morales, ni menos
pueden justificarse los juicios de
valor sobre la moralidad e
inmoralidad de las acciones
intencionales del ser humano.
Nietzsche es suficientemente claro
al respecto: “El juicio moral en
general se refiere a una sola
especie de intenciones y de
acciones, a las de las intenciones y
acciones libres. Pero toda esta
clase de intenciones y de acciones
es puramente imaginaria: el mundo al
cual se puede aplicar únicamente la
escala moral no existe. No hay
acciones morales ni inmorales”
.
Cualquier contenido ético que
pretenda justificar la validez moral
de las acciones que surgen del
proceso de
opción-elección-decisión-ejecución
como expresión de una voluntad
libre, será rechazado por Nietzsche,
al considerar que esta supuesta
elección moral no está amparada por
ningún acto voluntario: “Si sólo son
morales los actos realizados por
influjo de una voluntad libre,
escribe en Aurora, no hay
actos morales”
.
Nietzsche es consciente de que
negar la realidad de una voluntad
libre oponiéndole una voluntad
no-libre de forma tan tajante como
él lo hace, requiere un singular
arrojo intelectual para arrostrar
las graves consecuencias que se
derivan de esta inversión
antropológica, de este cambio de
signo respecto del sentido moral de
los actos humanos. Por eso considera
que son muy pocos los filósofos
anteriores a él que han tenido el
atrevimiento y la osadía de asumir
tales implicaciones: “Entre los
filósofos antiguos, nadie tuvo el
valor de afirmar la teoría de la
voluntad no libre, es decir, de
afirmar una teoría que niega la
moral
.
Negación de la voluntad libre, del
“libre albedrío”, que viene
reforzada por su consideración de
que esas teorías se basan en falaces
hipótesis históricas, en fábulas
mitológicas procedentes de una
tradición multisecular, que una vez
incorporadas y reproducidas en el
lenguaje, reaparecen sin desmayo:
“En el lenguaje hay una mitología
que a cada instante reaparece; la
creencia en el libre albedrío”
.
5. La absoluta inocencia del
Universo
De la necesidad de todo
acontecer natural, sin ninguna razón
previa ni finalidad hacia la que
intencionalmente se dirija, surgirá
la interpretación nietzscheana de la
absoluta “inocencia” del universo,
interpretación que influirá
decisivamente en el pensamiento de
Freud. El concepto de “inocencia” es
uno de los más idóneos atributos que
se pueden aplicar a la totalidad del
cosmos, puesto que en la inmensidad
de sus espacios no existe malicia
alguna, y nada de lo existente en el
universo se le puede atribuir culpa
ninguna. En todo caso, deberá
“culparse” a los que amparándose en
supuestas y arcaicas maldades
originales, rechazan y desprecian la
implacable y eterna inocencia de la
naturaleza. De esta total inocencia
del universo, fundada en la
inexorable determinación del
acontecer temporal en su triada
dimensional de pasado, presente y
especialmente del futuro o
“devenir”, deducirá Nietzsche la
inexistencia de los sentimientos de
culpa y pecado, negando en
consecuencia, la libre voluntad de
la persona y la responsabilidad de
sus actos morales.
En las épocas en las que se
admite unas hipotéticas voluntades
libres, unas imaginarias intenciones
de culpa y supuestas
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