Por Victor Mani
Doctor en Filosofía y Letras
Profesor de Filosofía y Teoría del conocimiento
del Bachillerato Internacional
Sumario:
1. VIDA Y OBRAS
2. ANTECEDENTES Y CARACTERÍSTICAS GENERALES
3 . EL INCONSCIENTE
4. SUBLIMACIÓN Y SUPERYO
5 . INSTINTO DE VIDA E INSTINTO DE MUERTE
6. TEORÍA PSICOANALÍTICA DE LA NEUROSIS
7. IRRACIONALISMO
8. NATURALISMO
1. VIDA Y OBRAS
Nace en Moravia (1856). La familia se traslada a Viena, teniendo
él la edad de cuatro años. Estudia medicina en Viena. Se traslada
a París (1885) para ampliar sus estudios de psiquiatría y
trabajar con Charcot. Después desarrolla en Viena la mayor
parte de su actividad profesional. Emigra a Londres, huyendo
del nazismo (1938), donde muere adicto a la cocaína (1939).
Obras
Estudios sobre la histeria (1895).
Sobre el mecanismo psíquico del olvido (1898).
La interpretación de los sueños (1900).
Tres ensayos sobre la vida sexual (1905).
El chiste y su relación con el inconsciente (1905).
Totem y tabú (1912).
Más allá del principio del placer (1919).
El "yo" y el "es" (1923).
El porvenir de una ilusión (1927).
El humor (1928).
Esquema del psicoanálisis (1938).
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2. ANTECEDENTES Y CARACTERÍSTICAS GENERALES
En la obra freudiana encontramos claras resonancias de Shopenhauer
y, sobre todo, de Nietzsche: la exaltación de lo vital frente
a lo racional, la dicotomía de lo dionisíaco y lo apolíneo,
los conceptos de libido y sublimación, yo y ello[122],
etc.
Aquello que llamamos nuestro
yo (afirma G. Groddeck) se conduce en la vida pasivamente
y que, en vez de vivir, somos "vividos" por poderes ignotos
e invencibles. Todos hemos experimentado alguna vez esta sensación
(..) y no vacilamos en asignar a la opinión de Groddeck un
lugar en los dominios de la ciencia. Por mi parte, propongo
tenerla en cuenta, dando el nombre de yo al ente que emana
del sistema P (preconsciente), y es primero preconsciente,
y el de ello, según lo hace Groddeck, a lo psíquico restante
-inconsciente ; en lo que dicho yo se continúa. [123]
Ciertamente, Freud puede ser incluido entre las posturas claramente
antihegelianas. Lo propio del hombre no es lo racional sino
lo irracional. No es -como afirma Hegel- en la plena conciencia
donde el hombre alcanza su plenitud; por el contrario, su ser
definitivo se encuentra en lo oscuro e inconsciente. Su verdadera
naturaleza consiste en ese sustrato profundo, inalcanzable para
la razón.
Lo inconsciente es
lo psíquico verdaderamente real: su naturaleza interna nos
es tan desconocida como la realidad del mundo exterior y nos
es dado por el testimonio de nuestra conciencia tan incompletamente
como el mundo exterior por el de nuestros órganos sensoriales.[124]
Esa naturaleza no asciende a su realización plena mediante la
elevación al plano racional. La intervención de la razón es
siempre desvirtuadora de lo natural, y fuente de trastornos.
Más aún, la razón es, de hecho, el resultado de haber violentado
o reprimido el instinto natural. La perfección consiste en mantener
lo natural -que Freud confunde con lo instintivo e inconsciente,
lo irracional- tal cual es. La razón reflexiva no domina la
naturaleza, sino que la violenta y corrompe.
La confianza
en la magia se deriva de la sobreestimación de las propias
operaciones intelectuales, de la fe en la «omnipotencia del
pensamiento», fe que volvemos a hallar en nuestros neuróticos
obsesivos.[125]
Frente a la pacífica autoposesión de la Idea, conciliadora de
toda oposición (Hegel), Freud postula el espontáneo y ciego
desbordamiento de la libido inconsciente. Es claro que no concibe
otra racionalización de lo pasional que no sea su represión.
Frente al racionalismo extremo, la negación de toda racionalidad:
frente a lo puramente apolíneo, lo puramente dionisíaco (Nietzsche).
Frente a la claridad y la lucidez, la oscuridad de lo onírico.
Sospechamos
ya cuán acertada es la opinión de Nietzsche de que «el sueño
continúa un estado primitivo de la Humanidad, al que apenas
podemos llegar por un camino directo», y esperamos que el
análisis de los sueños nos conduzca al conocimiento de la
herencia arcaica del hombre y nos permita descubrir en él
lo anímicamente innato.[126]
Freud es el creador de una exhaustiva teoría psicológica de
la cultura y del comportamiento del hombre, fundador de la llamada
psicología profunda y de la doctrina psicoanalítica.
Creador de una antropología basada en el determinismo de lo
irracional (de la pulsión sexual, en concreto): pansexualismo[127].
Con su empeño simplificador de la conducta humana, trató de
reducir la vida entera a las tensiones creadas entre el principio
de placer (finalidad inevitable del impulso sexual) y el principio
de realidad, que constantemente se opone a su satisfacción.
Por último, es de destacar la afinidad existente entre la antropología
de Freud y la concepción marxista del hombre como ser de necesidades
materiales. En ambos casos, la felicidad se cifra en la libre
satisfacción de estas necesidades. Su entorpecimiento supone
el conflicto -neurótico o social- y la desnaturalización de
la existencia humana -sublimación o alienación-. No son de extrañar
los intentos de Erich Fromm y Herbert Marcuse de llevar a cabo
una síntesis de ambas doctrinas.
3 . EL INCONSCIENTE
Freud distingue en la psiqué humana un fondo inconsciente, donde
se encuentran los radicales psíquicos del hombre, y un plano
superior, que es el de la actividad consciente. Mientras las
tendencias inconscientes fluyen libremente hasta la conciencia,
la vida psíquica del individuo es plenamente normal. Pero si
encuentran alguna resistencia para emerger, y son rechazadas
por el nivel consciente, entonces se produce la alteración patológica
del individuo.
La evolución del
instinto sexual (..) en diversos casos, no ha tenido efecto
de un modo correcto y completo, y de las perturbaciones del
desarrollo han resultado dos distintas desviaciones nocivas
de la sexualidad normal, es decir dos desviaciones propulsoras
de la cultura ... a saber, las diversas formas de perversiones
y la inversión. [128]
En su estado normal, el yo busca el modo más fácil de satisfacer
sus apetitos, aunque no sepa que estos apetitos vienen determinados
por su inconsciente. Cuando estas inclinaciones son experimentadas
en la conciencia como conflictivas, el yo aplica una censura,
que reprime el flujo espontáneo de esas inclinaciones desde
lo inconsciente a lo consciente. Esta represión significa la
inversión del proceso natural, que ahora va de lo consciente
a lo inconsciente, y por tanto, el desequilibrio psíquico del
sujeto. Esta censura no implica que la conciencia se convierta
en determinante de la conducta, porque la vida psíquica es siempre
inconsciente en su fundamento y sólo consciente en su manifestación
última. La conciencia representa, por tanto, algo añadido, no
natural.
El inconsciente sigue siendo determinante de la conducta
pero, a causa de la resistencia impuesta, su acción es
viciada. El inconsciente así reprimido emerge de modo forzado
y torpe, provocando trastornos psíquicos [129]
La represión -predominio de lo útil sobre lo momentáneamente
placentero- tiene en la aparición de la conciencia moral
su efecto más generalizado; su segundo efecto, menos frecuente,
es la producción del genio, y el tercero, los fenómenos psicopatológicos.
Las fuerzas impulsoras
del arte son aquellos mismos conflictos que conducen a otros
individuos a la neurosis y han movido a la sociedad ala creación
de sus instituciones. [130]
Actúan, pues, dos instancias en la vida psíquica: el yo originario
(ello) y el yo consciente (yo). El primero
es inconsciente, es instinto; comprende toda dimensión erótica,
el "eros" entendido en sentido general, aunque su factor primordial
lo constituye la sexualidad ("libido"). El segundo representa
el ámbito del sujeto afectado por el mundo exterior, que condiciona
en él la configuración de valores culturales.
El yo, basándose
en la percepción consciente, ha sometido a su influencia sectores
cada vez mayores y capas cada vez más profundas del ello...
Su función psicológica consiste en elevar los procesos del
ello a un nivel dinámico superior ... Su función constructiva,
,fin cambio, consiste en insertar, entre la exigencia instintiva
y el acto destinado a satisfacerla, una actividad ideativa
que, previa orientación en el presente y utilización de experiencias
anteriores, trata de prever el éxito de los actos
propuestos, por medio de acciones de tanteo o "exploradoras".
De esta manera, el yo decide si la tentativa de satisfacción
debe ser realizada o diferida, o bien si la exigencia del
instinto habrá de ser reprimida de antemano, por peligrosa
(principio de realidad). Así como el ello persigue
exclusivamente el beneficio placentero, así el yo está
dominado por la consideración de la seguridad. El yo
tiene por función la autoconservación, que parece ser desdeñada
por el ello [131]. Utiliza las sensaciones angustiosas
como señales que indican peligros amenazantes para su integridad.
[112]
El yo originario rige el principio de placer.
El yo consciente rige el principio de realidad,
que supone un freno para el inconsciente.
El yo consciente es artificial, convencional, en cuanto
que es efecto de condiciones externas y no del espontáneo surgir
instintivo del yo originario. Es racional. Alberga finalidades.
Dicho de otro modo, el yo consciente es moral.
4. SUBLIMACIÓN Y SUPERYO
Freud reduce toda dimensión de la vida humana a instinto sexual.
Todo deseo, aspiración o intención del hombre no es más que
una sublimación del apetito sexual, escondido tras acciones
humanas aparentemente distintas -e, incluso, opuestas- de ese
impulso. La libido censurada actúa adoptando formas de carácter
ideal para el yo. No se dirige hacia su objeto natural (satisfacción
del placer), sino hacia el mismo yo o, mejor dicho, hacia lo
que el yo desearía según los convencionalismos del mundo exterior.
Disfraza su verdadera naturaleza en deseos que aparentan sustituir
o repudiar los instintos. El objeto de estas formas desvirtuadas
de libido es un yo ideal (superyo o superego),
que es como la encarnación de todos los convencionalismos sociales
represores. Este superyo ejerce una censura sobre el impulso
erótico, que, por este motivo, no puede, manifestarse abiertamente
y se manifiesta entonces de forma enmascarada, es decir, en
deseos y aspiraciones que no son más que sublimaciones del deseo
de placer, pero que bajo esta apariencia ya no repugnan al superyo.
Nuestra cultura descansa
totalmente en la coerción de los instintos. Todos y cada uno
hemos renunciado a una parte de las tendencias agresivas y
vindicativas de nuestra personalidad, y de estas aportaciones
ha nacido la común propiedad cultural de bienes materiales
ideales (...) Por su parte, la religión se ha apresurado a
sancionar inmediatamente tales limitaciones progresivas, ofrendando
a la divinidad como un sacrificio cada nueva renuncia a la
satisfacción de los instintos, y declarando "sagrado" el nuevo
provecho así aportado a la colectividad. [133]
Sobre la base del instinto sexual, Freud lleva a cabo una interpretación
general de la conducta humana. Así establece, por ejemplo, su
conocida teoría del "complejo de Edipo", según la cual, el impulso
sexual se orienta en las primeras etapas de la vida del hombre
hacia la madre. Esta atracción explica el comportamiento infantil,
afecto hacia la madre, acompañado de aversión al padre, que
representa un represor y un rival. La figura disuasoria paterna
es la causa del mantenimiento del grupo familiar y, de este
modo, toda la sociedad deriva de la represión del incesto.
Las leyes, la sociedad, la cultura, la religión, en una palabra,
toda institucionalización de la actividad racional [134] son
sólo resultado de la sublimación del apetito sexual.
Dios mismo, no es más que la sublimación de la figura del
padre.
El superyo es un ideal y, a la vez, en cuanto modelo
no realizado, es fuente del sentimiento de culpabilidad.
En la dimensión religiosa, este sentimiento nos sitúa frente
a un Dios-juez, que es la representación sublimada del padre
en cuanto censor del apetito hacia la madre.
Cuanto más se limita
el hombre su agresión hacia el exterior, más severo y agresivo
se hace en su ideal del yo, como por un desplazamiento y un
retorno de la agresión hacia el yo. La moral general y normal
tiene ya un carácter severamente restrictivo y cruelmente
prohibitivo, del cual procede la concepción de un ser superior
que castiga implacablemente. [135]
Ninguna sublimación del deseo erótico puede satisfacer el auténtico
apetito de placer. La felicidad es sólo la libre satisfacción
de los instintos. Toda conducta que esté configurada por sublimaciones
es una perpetua frustración y, por ello, se encuentra próxima
a la neurosis, si no es ya un modo de neurosis. Consiguientemente,
la terapia para toda neurosis consistirá en hacer presente a
la conciencia la verdadera índole de los deseos, los motivos
reales de la conducta, ocultos mediante la censura por su carácter
conflictivo con el superyo. Y la catarsis se produce cuando
la conciencia es capaz de tenerlos presentes sin crítica.
Así como el yo viene descrito como «estructura diferenciada
del ello», igualmente el superyo se describe como «estructura
diferenciada del yo», según un proceso de dos fases.
La primera es la elección de objeto percibido que satisface
el deseo sexual; tal objeto es la unidad indiferenciada padre-madre.
La segunda es la identificación con el objeto, que llega a ser
así el ideal del yo como resultado final del proceso edípico.
El superyo es, pues, un residuo de las primeras elecciones de
objeto por parte del ello, y también «una enérgica formulación
reactiva» contra tales elecciones, es decir «una fuerza coercitiva
(represora) llamada también imperativo categórico» [136] o conciencia
moral.
Situándose en el
punto de vista de la restricción de los instintos, o sea,
de la moralidad, podemos decir lo siguiente: el ello es totalmente
amoral; el yo se esfuerza por ser moral, y el superyo puede
ser "hipermoral" y hacerse entonces tan cruel como el ello.
[137]
La pérdida del reconocimiento de sí mismo implica, para el
yo, un déficit de poderío y de influencia, es el primer indicio
tangible de que se encuentra cohibido por las demandas del
ello y del superyo. [138]
Gracias a la constitución del superyo, el yo se apodera del
complejo de Edipo, lo domina, y simultáneamente somete al ello.
De esta forma el superyo, recogiendo la filogenia (la herencia
arcaica del individuo) da lugar a las religiones, y en general
al comportamiento de sumisión ante las costumbres, la autoridad,
los maestros, etc., a quien transfiere el adulto la función
que los padres desempeñaron en su infancia [139].
Cuando el sujeto, incluso en la infancia, reprime espontáneamente
sus deseos, es que ha interiorizado lo que durante gran parte
de la historia fue presión exterior [140]
«Para el yo vivir equivale a ser amado por el superyo», hasta
tal punto que cuando se ve abandonado por él prefiere abandonarse
y «dejarse morir» [141].
5 . INSTINTO DE VIDA E INSTINTO DE MUERTE
El fin de la vida es doble, la autopropagación (regulado por
un instinto de vida) y la autoaniquilación (regulado por un
instinto de muerte). El instinto de vida (eros),
es el instinto sexual o de reproducción; el instinto de muerte
(thanatos), procede de la provisión de la libido narcisista,
siendo, por tanto, Eros desexualizado.
Basándonos en reflexiones
teóricas, apoyadas en la biología, supusimos la existencia
de un instinto de muerte, cuya misión es hacer retornar todo
lo orgánico animado al estado inanimado, en contraposición
al Eros, cuyo fin es complicar la vida y conservarla así,
por medio de una síntesis de la substancia viva,dividida en
particular. Ambos instintos se conducen de una forma estrictamente
conservadora, tendiendo a la reconstitución de un estado perturbado
por la génesis de la vida; génesis que sería la causa tanto
de la constitución de la vida como de la tendencia a la muerte.
A su vez, la vida sería un combate y una transacción entre
ambas tendencias. [142]
Es decir, la libido del ello pasaría a ser libido del
yo que éste utilizaría para fines contrarios a los del
instinto de vida. Por una parte el yo se ofrecería al ello como
objeto erótico sustitutivo (narcisismo) y el ello conseguiría
desviar los instintos de muerte del yo hacia el exterior (agresividad
y sadismo). Cuando este equilibrio se rompe a beneficio del
instinto de muerte, aparece, según Freud, la conciencia de culpa
en sus formas de remordimiento y autoagresión.
El sentimiento de
culpabilidad o conciencia de culpabilidad ... se trata de
la contribución aportada a la resistencia por un superyo
que se ha tornado particularmente duro y cruel. El individuo
no debe curar, sino que seguirá enfermo, pues no merece nada
mejor ... Este sentimiento de culpabilidad también explica
la ocasional curación o mejoría de graves neurosis bajo el
influjo de desgracias reales; en efecto: se trata tan sólo
de que uno esté sufriendo, no importa de que manera... Al
combatir esta resistencia, hemos de limitarnos a hacerla consciente
y a tratar de reducir paulatinamente el superyo hostil.[143]
El sentimiento de culpa surge si el yo percibe la crítica
del superyo contra él, y tal crítica es la implantación del
instinto de muerte en el superyo. Lo que se oculta detrás de
la angustia del yo ante el superyo es el temor a la consolidación
de las represiones padecidas en la primera infancia (fase edípica).
El yo (queda) como
una pobre cosa sometida a tres distintas servidumbres y amenazada
por tres diversos peligros, emanados respectivamente del mundo
exterior, de la libido del ello y del rigor del superyo.
Tres clases de angustia corresponden a estos tres peligros,
pues la angustia es una manifestación de una retirada ante
el peligro. [144]
La angustia que el yo experimenta es miedo al sojuzgamiento
o a la destrucción. Por eso, para Freud la mitigación de la
angustia -la verdadera enfermedad y raíz de toda patología-
sólo se obtiene por modificación del superyo, es decir, de la
conciencia mora [145] .
El miedo a la muerte
plantea al psicoanalista un dificil problema, pues la muerte
es un concepto abstracto de contenido negativo, para el cual
no nos es posible encontrar nada correlativo en lo inconsciente.
El mecanismo de angustia ante la muerte no puede ser sino
el de que el yo libere un amplio caudal de su carga de libido
narcisista; esto es, se abandone a sí mismo como a cualquier
otro objeto, en caso de angustia (..) Basándonos en estas
reflexiones podemos considerar la angustia ante la muerte
y la angustia ante la conciencia moral como una elaboración
de la angustia ante la castración. [146]
Cuando los sentimientos de culpa se hacen severamente patológicos
desenvocan en tendencias masoquistas y pueden llegar al suicidio.
Estas personas (algunos
tipos de neuróticos, cuyo instinto de conservación ha experimentado
nada menos que una inversión diametral) no parecen perseguir
otro cosa, sino dañarse a sí mismas y autodestruirse. Quizá
también pertenezcan a este grupo las que realmente concluyen
por suicidarse. Suponemos que en ellas se han producido amplias
escisiones de los instintos, que liberaron excesivas cantidades
del instinto de destrucción dirigido hacia dentro. Tales pacientes
no pueden tolerar la curación por nuestro tratamiento y la
resisten con todos los medios a su alcance. [147]
El hombre liberado de las represiones va satisfaciendo sus instintos
hasta el momento en que, agotada su energía, el impulso de muerte
le hace retornar a lo inorgánico, en un eterno retomo 14" de
lo inorgánico a lo orgánico y de lo orgánico a lo inorgánico.
La expulsión de materias
sexuales en el acto sexual corresponde en cierto modo a la
separación del soma y el plasma germinativo. De aquí la analogía
del estado de completa satisfacción sexual con la muerte,
y en los animales inferiores, la coincidencia de la muerte
con el acto de la reproducción. Podemos decir que la reproducción
causa la muerte en estos seres, en cuanto, al ser separado
el Eros, el instinto de muerte queda libre para llevar a cabo
sus intenciones. [149]
6. TEORÍA PSICOANALÍTICA DE LA NEUROSIS
Si lo que hace enfermar es olvidado (pasa al inconsciente),
es porque tiene carácter conflictivo, y si el paciente, aun
en estado de máxima relajación, no consigue recordarlo, es por
un mecanismo que interrumpe la normalidad del proceso asociativo
(resistencia).
En el marco de la clínica de las enfermedades nerviosas, el
inventario ideológico de Freud puede reducirse en esencia a
lo siguiente:
1) La histeria y ciertos síntomas de los cuadros neuróticos
tienen causas psíquicas.
2) La sexualidad es el factor desencadenante de las sugestiones
y los conflictos psíquicos causantes de la histeria y de la
neurosis (hermenéutica pansexualista).
3) Las causas de la conducta psicopática cesan gracias a los
efectos catárticos de la hipnosis y de la terapia psicoanalítica.
La metodología psicoterapéutica freudiana experimentó una evolución,
desde la hipnosis hasta la transferencia.
• El método de asociación libre, supone la sustitución
de la catarsis motora (método hipnótico) por la catarsis verbal.
Freud abandonó este tipo de terapia enseguida, al ver que no
lo dominaba.
• El método de interpretación de los sueños permite advertir
la existencia de un < mecanismo de censura» que regula el
acceso de datos a la conciencia; también permite distinguir,
entre «sistema consciente» y «sistema inconsciente»; pero, sobre
todo, es la puerta de acceso al pasado, el método que permite
regresar al momento en que se originaron los traumas infantiles
y descubrir las ocultas motivaciones de la conducta consciente.
Los sueños constituyen
el prototipo normal de todos los productos psicopatológicos
y su comprensión nos descubre los mecanismos psíquicos de
las neurosis y psicosis. [150]
El sueño trae a colación contenidos que no pueden proceder
ni de la vida madura ni de la infancia olvidada del soñante.
Nos vemos obligados a considerarlos como una parte de la herencia
arcaica que el niño, influido por las vivencias de
sus predecesores, trae consigo al mundo, antes de cualquier
experiencia propia. Las analogías de este material filogenético
las hallamos en las viejas leyendas de la humanidad y en sus
costumbres subsistentes. De este modo, el sueño se convierte
en una fuente nada desdeñable de la prehistoria humana.[151]
El mismo juego de fuerzas mentales opera en la formación de
los sueños y en la de los síntomas. El contenido manifiesto
del sueño es el substituto distorsionado de los pensamientos
inconscientes del sueño y esta distorsión es el resultado
de la operación de los mecanismos de defensa del yo, de las
resistencias. En la vigilia estas resistencias impiden completamente
que los deseos reprimidos del inconsciente entren en la conciencia;
y durante el sueño liviano mantienen aún suficiente fuerza
como para obligar a éstos a disfrazarse tras un velo. De ahí
en adelante, aquel que sueña ya no entiende el significado
de sus sueños mejor de lo que el histérico entiende la conexión
y significado de sus síntomas. [152]
• El método de la transferencia se incorpora al psicoanálisis.
La transferencia se basa en la proyección inconsciente
del paciente en el psicoterapeuta. Según Freud, el paciente
proyecta en el psicoanalista aquellos estados de ánimo, sentimientos
y deseos relacionados con personajes importantes de la infancia:
padres, hermanos, etc. La transferencia actúa positivamente
si el psicoterapeuta suscita simpatía o afecto, y negativamente
si desencadena sentimientos de miedo o rechazo.
El paciente, colocando
al analista en lugar de su padre -0 su madre-, también le
confiere el poderío que su superyo ejerce sobre el yo, pues
estos padres fueron otrora origen del superyo. El nuevo superyo
tiene ahora la ocasión de llevar a cabo una especie de reeducación
del neurótico, y puede corregir los errores cometidos por
los padres en su educación.[153]
El despliegue completo de la Historia y la Cultura es resultado
de las tensiones creadas entre el principio de placer
y el principio de realidad.
Si intentamos incorporar
la religión a la marcha evolutiva de la Humanidad, no se nos
muestra como una adquisición perdurable, sino como una contrapartida
de la neurosis que el individuo civilizado atraviesa en su
camino desde la infancia a la madurez. [154]
El Arte y la Religión en cualquiera de sus formas son, a lo
sumo, producto de la sublimación de una libido siempre
insatisfecha. Toda creencia es individual y colectivamente una
neurosis obsesiva.
El instinto sexual
pone a disposición de la labor cultural grandes magnitudes
de energía, pues posee en alto grado la peculiaridad de poder
desplazar su fin sin perder grandemente en intensidad. Esta
posibilidad de cambiar el fin sexual primitivo por otro, ya
no sexual, es lo que designamos con el nombre de capacidad
de sublimación.[155]
7. IRRACIONALISMO
Según Freud, la conducta viene determinada desde el oscuro fondo
de los impulsos inconscientes, por lo que toda libertad y responsabilidad
son simples quimeras. Quizá sea esto una de las razones que
explican la vasta difusión de las ideas de Freud. La crisis
de confianza en lo racional como vía indefectible de progreso,
que el desprestigio del hegelianismo había incoado y que las
dos grandes guerras vinieron a consolidar, propició en el espíritu
europeo la aceptación de una doctrina que exculpaba de todo
fracaso y descargaba de todo esfuerzo superador.
La fuerza de convicción de la que ha gozado el psicoanálisis
se debe en gran parte al carácter "científico" con el que ha
sido presentado por los casos y experiencias en los que dice
apoyarse. Ciertamente, los fenómenos estudiados poseen verdadero
interés para la Antropología y la Psiquiatría. Sin embargo las
conclusiones extraídas son producto de los criterios subjetivos
con los que se juzga qué es lo patológico en los casos examinados.
Además, muchos de las teorías lanzadas por Freud como explicación
de los mecanismos psíquicos profundos del comportamiento humano,
jamás han sido comprobadas con el rigor científico necesario.
La elaboración intelectual
de nuestras percepciones sensoriales primarias, nos permite
reconocer en el mundo exterior relaciones y dependencias que
pueden ser reproducidas o reflejadas fielmente en el mundo
interior de nuestro pensamiento, poniéndonos su conocimiento
en posición de comprender algo el mundo exterior, de preverlo
y, posiblemente, modificarlo. Así procedemos también en el
psicoanálisis. Hemos hallado recursos técnicos que permiten
colmar las lagunas en nuestros fenómenos conscientes, y los
utilizamos como los físicos emplean el experimento. Por ese
camino elucidamos una serie de procesos que, en sí mismos,
son irreconocibles; los insertamos en la serie de los que
nos son conscientes, y si afirmamos, por ejemplo, la intervención
de un determinado recuerdo inconsciente, sólo queremos decir
que ha sucedido algo absolutamente incaptable para nosotros,
pero algo que, si hubiera llegado a nuestra conciencia, sólo
hubiese podido ser así, y no de otro modo. [156]
Decir que el hombre actúa por motivos inconscientes, distintos
de los que cree seguir, los cuales sólo son sublimación --enmascaramiento-
aquellos, y que esto es así porque la conciencia aplica una
censura a los motivos inconscientes, que por tanto no pueden
aflorar tal como son, es algo más que problemático de sostener.
Si nuestros verdaderos motivos actúan inconscientemente, será
porque aquella censura habrá sido también inconsciente y no
por obra de la conciencia, pues la conciencia sólo puede rechazar
lo inconsciente haciéndolo consciente, haciéndose cargo de ello.
De lo contrario, no se explica cómo lo inconsciente y lo consciente
puedan afectarse mutuamente, pues ambos se mueven en planos
distintos del comportamiento humano. Aunque los distingue teóricamente,
en realidad, Freud reduce a uno solo los dos niveles de la conducta.
Lo patológico no estaría, pues, en la censura misma sino en
su carácter inconsciente. Lo cual implica que el camino a seguir
no es liberar lo instintivo de la presión de la conciencia,
como Freud pretende, sino liberar al hombre de lo instintivo
mediante la actuación rectora de la conciencia. En la actuación
humana, la hegemonía corresponde a la conciencia y no a lo inconsciente.
En contra del mismo Freud, su propia terapia parece indicar
que la conducta alterada se corrige evocando libremente -es
decir, haciendo conscientes- los motivos que actúan de forma
inconsciente.
Establecemos un pacto
con nuestro aliado. El yo enfermo nos promete plena sinceridad,
es decir, nos pone a disposición todo el material que le suministra
la percepción de sí mismo; por nuestra parte, le aseguramos
la más estricta discreción y ponemos a su servicio nuestra
experiencia en la interpretación del material influido por
el inconsciente. Nuestro saber [157] ha de compensar
su ignorancia, ha de restituir a su yo el dominio sobre los
territorios perdidos de la vida psíquica.[158]
El tomar conciencia de los motivos inconscientes de nuestra
conducta nos libera de su presión. Pero ahora, tanto el dejar
fluir libremente los instintos, como el dirigirlos racionalmente,
constituye una decisión consciente, una toma de postura y un
juicio de valor: es la conciencia quien determina el camino
a seguir, y lo hace en virtud de criterios conscientes. Que
se deba tomar el primer camino es pues una conclusión gratuita,
que en modo alguno se infiere de la presencia de movimientos
inconscientes en nuestro interior. Todos tenemos experiencia
de esos movimientos (prontos, impulsos, deseos orgánicos, reacciones
automáticas y súbitas, etc.), pero también tenemos experiencia
de que tales movimientos pueden ser dominados cuando actuamos
libre y deliberadamente, es decir, de modo verdaderamente humano.
Otra de las paradojas de la teoría freudiana es que se invalida
a sí misma, si la sometemos a examen según los criterios del
psicoanálisis. Si las creaciones del espíritu y de la inteligencia
no son más que sublimaciones con las que el superyo enmascara
o reprime los instintos del ello, el propio constructo conceptual
de Freud, según estos mismos principios, queda reducido a una
teoría sin fundamento.
Freud intentó eliminar del comportamiento humano toda finalidad,
por considerarla como algo racional, sin tener en cuenta que
también el instinto tiene una determinada finalidad en el conjunto
de la personalidad humana, por lo que encierra una intencionalidad
-no es gratuito, está dotado de sentido, tiene una razón de
ser-, y, en consecuencia, es aprehensible por la razón.
8. NATURALISMO
Freud parece reclamar una vuelta a la naturaleza, en contra
de todo convencionalismo y artificio. Según él, bajo la capa
de la cultura, la moral y la sociedad, se esconde el hombre
natural, bien distinto a esas falsas apariencias [159]. Pero
lo natural del hombre queda entonces reducido a lo inconsciente,
a lo que de menos humano hay en él, que es lo instintivo. Toda
manifestación del espíritu, de la inteligencia, se disuelve
en expresión desvirtuada de lo impulsivo y libidinoso.
Freud lleva a cabo una antropología de signo radicalmente naturalista
y biologicista, un profundo reduccionismo del ser humano.
Nuestra noción de
un aparato psíquico de dimensión espacial adecuadamente integrado
y desarrollado bajo el influjo de las necesidades vitales;
un aparato que sólo en un determinado punto y bajo ciertas
condiciones da origen a los fenómenos de conciencia, nos ha
permitido estructurar la psicología sobre una base semejante
a la de cualquier otra ciencia natural, como, por ejemplo,
la fisica. [160]
Aunque siempre combatió el conductismo, su positivismo científico
le llevó a concebir la Psicología como una física de lo humano,
con las características de una ciencia positiva, y pensó que
su progreso seguiría el camino que las demás ciencias.
El futuro podrá enseñarnos
a influir directamente, con substancias químicas particulares,
sobre las cantidades de energía y sobre su distribución en
el aparato psíquico. Quizá surjan aún otras posibilidades
terapéuticas todavía insospechadas; por ahora no disponemos
de nada mejor que la técnica psicoanalítica, y por eso no
se debería desdeñarla, pese a sus limitaciones.[161]
Algunas de sus aportaciones fueron valiosas. No puede negársele
el mérito, por ejemplo, de haber señalado la incidencia de factores
inconscientes en la conducta humana. Pero absolutizó esos factores,
y pretendió traducir en términos de sexualidad toda dimensión
humana -la cultura, el arte, la religión, incluso los sueños-,
cayendo así en interpretaciones simplificadoras y gratuitas.
122. Groddeck sigue
el ejemplo de Nietzsche, el cual usa frecuentemente el término
"Es" como expresión de lo que en nuestro ser hay de impersonal.
123. FREUD, El «yo» y el «ello», O. C. vol. II 14.
124. FREUD, La interpretación de los sueños, G. W. II/III, 617-618.
125. FREUD, Nuevas aportaciones del psicoanálisis, O.C. II,
956-957.
126. FREUD, La interpretación de los sueños, G. W. II, III,
554.
127. «Nuestra cultura descansa totalmente en la coerción de
los instintos» (FREUD, La moral sexual cultural y la nerviosidad
moderna, O.C. I, 946).
128. FREUD, La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna,
O.C. 1, 947.
129. La exposición doctrinal de las nociones de inconsciente
y resistencia se encuentra
130. FREUD, Múltiple interés del psicoanálisis, O.C. II, 977-978.
131. La afinidad de Freud con Schopenhaur, en lo que se refiere
a la teleología del ello y del yo, puede observarse aquí perfectamente.
132. FREUD, Esquema del psicoanálisis, O.C. III, 1.055-1.056.
133. FREUD, La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna,
O. C. I, 946.
134. Obsérvese aquí la afinidad con Marx, para quien el derecho
burgués, la ética burguesa, la religión y todas las instituciones
burguesas no son sino superestructuras de una estructura capitalista
y, por tanto, mera ideología de un orden burgués.
135. FREUD, El «yo» y el «ello», O.C. II, 28.
136. Cfr. FREUD, El « yo» y el «ello», O.C. II, 16-19.
137. FREUD, El «yo» y el «ello» , O.C. II, 28.
138. FREUD, Esquema del psicoanálisis, O.C. III, 1.038.
139. Cfr. FREUD, El «yo» y el «ello» O.C. II 21.
140. Cfr. FREUD, Múltiple interés del psicoanálisis, O.C. II,
979.
141. Cfr. FREUD, El «yo» y el «ello», O.C. II, 30.
142. FREUD, El «yo» y el «ello», O.C. II, 21-22.
143. FREUD, Esquema del psicoanálisis, O.C. III, 1.040.
144. FREUD, El «yo» y el vello» O.C. II, 29.
145. De ahí la necesidad, según el freudismo, de desmitificar
la sexualidad humana por medio de la llamada revolución sexual
(educación sexual, pornografía, cierto feminismo, matrimonio
a prueba, amor libre, etc.), que rompe con los tabús de la moral
burguesa.
146. FREUD, El «yo» y el «ello», O.C. II, 30.
147. FREUD, Esquema del psicoanálisis, O.C. 111, 1.040.
148. La idea del «eterno retomo» la toma Freud también de Nietzsche,
sin duda. 149. FREUD, El «yo» y el «ello», O.C. II, 25.
150. FREUD, Múltiple interés del psicoanálisis, O.C. 11, 971.
151. FREUD, Esquema del psicoanálisis, O.C. III, 1.029.
152. FREUD, Cinco conferencias sobre el psicoanálisis.
153. FREUD, Esquema del psicoanálisis, O.C. III, 1.036.
154. FREUD, Nuevas aportaciones del psicoanálisis, O.C. II,
958.
155. FREUD, La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna,
O.C. I, 946-947.
156. FREUD, Esquema del psicoanálisis, O.C. III, 1.053-1.054.
157. Adviértase de qué modo paradójico, y a pesar del irracionalismo
psicoanalitico, la curación se cifra, a la postre en el saber,
esto es, en presentar el problema ante la razón.
158. FREUD, Esquema del psicoanálisis, O.C. III, 1.034.
159. Aquí vemos la influencia de Schopenhauer.
160. FREUD, Esquema del psicoanálisis, 1.053.
161. FREUD Esquema del psicoanálisis, 1.042.
Del libro: Victor Mani, Seis
autores para C.O.U., Reus (España)
©1993 Victor Mani
©2002 Edición Digital Arvo Net |