| Por ÁLVARO
DELGADO-GAL
En ABC, 23.10.2002
HACE medio siglo, en septiembre de 1952 exactamente, Sartre
y Camus rompieron su amistad para siempre. La crónica de los
hechos es conocida. Camus, influido en parte por Koestler,
había llegado a la conclusión de que no se puede poner precio
a la vida de un hombre. Reproduzco, sin atenerme a la letra,
la fórmula que Koestler hizo célebre en La escritura invisible:
en la ecuación social, el individuo, el hombre suelto, vale
cero. Pero si se da la vuelta al quebrado, y se muda el numerador
en denominador, el cero se dilata y se iguala con el infinito.
Albergar este convencimiento implicaba ser anticomunista,
y Camus se enfrentó al comunismo. Sartre, por el contrario,
se había convertido en compañero de viaje del partido. La
brouille, la pelea, era inevitable. En abril del 52, un joven
colaborador de Les Temps modernes publicó, por encargo de
Sartre, una crítica feroz del último libro de Camus, L´ Homme
révolté. Camus replicó, y Sartre replicó a la réplica. Afirmó
que el PCF y la Unión Soviética eran desesperadamente necesarios
para la clase trabajadora francesa, y que meterse a contar
muertos, era meterse en camisa de once varas. A continuación,
hizo sobre Camus observaciones personales y ofensivas. Realmente,
la vajilla se había estrellado contra el suelo, y no había
ya manera de juntar los añicos.
El episodio escueto, y sus secuelas, levanta preguntas intrigantes.
Dejemos en paz a Camus. Desde la posición aventajada que nos
conceden los cincuenta años transcurridos desde entonces,
podemos afirmar, con aplomo sobrado, que Camus llevaba, en
lo esencial, razón. Razón en lo que toca al análisis de los
hechos. Y razón asimismo, y esto es más importante, en el
plano de la moral doméstica, o si se prefiere, de la moral
práctica. Matar en nombre de proyectos magnos, es aborrecible
por dos conceptos. Uno, porque no está bien matar. Dos, porque
la sangre, al salpicar el proyecto, lo transforma y lo corrompe.
Olvidémonos, pues, de Camus, del comprensible y contiguo Camus.
La incógnita es Sartre. ¿Por qué dijo lo que dijo? ¿Y por
qué continuó diciendo lo que continuó diciendo? En un repaso
de urgencia, cabría afirmar que Sartre desarrolló un instinto
infalible para colocarse del lado de los asesinos. Aparecía
un asesino, y él le echaba el lazo y lo colocaba en su estante
de salvadores de la Humanidad. Saco el muestrario y les ofrezco
un ejemplo especialmente impresionante (se lo debo a Luis
Linde, quien lo ha encontrado en las memorias de Revel). En
1973, cuando empezaban a llegar noticias sobre lo que estaba
ocurriendo en China con la «Revolución Cultural», Sartre escribió:
«Un régimen revolucionario tiene que desembarazarse de un
cierto número de individuos que lo amenazan y yo no veo otro
medio que la muerte. Siempre se puede salir de una prisión.
Probablemente, los revolucionarios de 1793 no mataron bastante».
Sartre había saludado la belleza y la virtud de la violencia
en otras muchas ocasiones. En Les Mains sales, afirma famosamente
uno de los protagonistas: «Vosotros los intelectuales, los
anarquistas burgueses, buscáis pretextos para no hacer nada.
No hacer nada, permanecer inmóviles, apretar los codos contre
el cuerpo, llevar guantes. Yo tengo las manos sucias. Hasta
los codos. Las he metido en la mierda y en la sangre». Y en
Le diable et le bon dieu, Nasty se encara con Goetz y exclama:
«Sacrificarás veinte mil hombres para salvar cien mil».
Tanto Les Mains sales, como Le diable et le bon dieu, son,
en rigor, autos sacramentales. El autor quiere sentar en ellos
un punto de doctrina, cuya interpretación palmaria suena más
o menos como sigue: «Vivir exige comprometerse». Existe una
segunda interpretación, más expeditiva y más tosca: «El que
quiera peces, que se moje el ...». Ahora bien, ni la interpretación
decorosa, ni la indecorosa, reflejan fidedignamente la textura,
el temple, de la obra sartriana. Se asoma uno a ella, y lo
que ve es más desasosegante, más turbio. En Les Mains sales,
Hugo, el protagonista, no sabe por qué ha disparado sobre
Hoederer. Hasta cierto punto, no es él quien ha disparado.
Él, o Hugo según el registro civil, es un cruce eterno de
caminos, la actualización azarosa, voluble y sucesiva de algo
estrictamente impredecible, y por impredecible, libre. De
súbito, Hugo es el disparo que ultima a Hoederer. Un puro
destello, incausado y absoluto.
En Le diable et le bon dieu, Sartre desempolva diligentemente
sus conocimientos de teodicea. Goetz, el héroe del drama,
es un depravado, un auténtico fenómeno en el arte de hacer
el mal. Pero un cura versado en teología le convence de que
no puede no ser un instrumento de Dios, y de que sus maldades,
por consiguiente, no son peores que las bondades del santo
o del mártir. Y entonces Goetz se convierte en santo. Se convierte
en santo para contravenir los designios de Dios. Fracasa,
y sólo logra la libertad tras descubrir, como Nietzsche, que
Dios ha muerto, y que cada cual es propietario radical de
su propia vida. Exaltado por el hallazgo, inaugura una nueva
etapa de carnicerías en masa.
Los ecos existencialistas son claros en las dos obras. En
Les Mains sales, clarísimo el guiño a Camus. Pero esto es
etimología académica, y no debe detenernos más que lo justo.
Lo que hace de Sartre, a despecho de su talento, una persona
en mi opinión antipática, profundamente antipática, es su
oceánica, casi inabarcable, vanidad. Los personajes sartrianos
no se mueven interpelados por las preguntas o dilemas que
configuran la vida de un ser humano normal. El ser humano
normal, el prójimo, le aburre a Sartre a muerte. Sartre prefiere
que sus figuras, lo mismo que las de los cantantes en la escena
final de Una noche en la ópera, se recorten sobre un telón
de fondo siempre cambiante. El Bien se trueca en Mal, el virtuoso
en felón, la puta, en santa, o al revés. El telón, al moverse,
produce un efecto incesante de novedad. Y la novedad, la sensación
de que el hombre está libre. Libre porque no hay nada que
lo sujete, que lo obligue, que lo defina.
Los años oscuros del siglo XX fueron pródigos en estas escenografías
de quita y pon. Hubo agentes dobles, como Silone; idealistas
que eligieron la traición, como los Rosenberg; santos laicos
que se hallaron a un palmo de ser espías, como Orwell. La
confusión enorme, las dudas que sólo podían suspenderse mediante
acciones desesperadas, debieron de suscitar en Sartre una
suerte de euforia. Un interés infinitamente más intenso que
las elecciones, la renta per cápita, la escolarización obligatoria,
o la lucha contra el cáncer. Y si era menester estirar la
paradoja, y mantener la emoción a costa de solidarizarse con
el verdugo y despreciar a la víctima, mejor que mejor. En
Le diable et le bon dieu, dice Goetz: «En el crepúsculo, se
necesita vista de lince para distinguir al Buen Dios del Diablo».
Nos encontramos en la hora sartriana por excelencia. La luz
es escasa y los gestos equívocos, y no sabe qué es un abrazo
o qué una puñalada. Éste es el abismo que le fascina rozar
a Sartre, el que lo mantiene, como al jugador frente al tapete,
con la pupila abierta mientras los demás duermen. Cuanto no
sea esto, se le antoja rutina, cálculo, cicatería pequeño
burguesa. Por cierto, Sartre fue un burgués, un normalien
al que nunca faltó dinero para pagar la cuenta de la luz.
Del abismo le valió la emoción, no el terrible hueco. El hueco
fue para quienes se pudrían en la cárcel o en el campo de
concentración. Éste es el mayor reproche que se le puede hacer
a Sartre. Un reproche que, bien mirado, también es un abismo.
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