Para Jean Paul Sartre, el ateísmo fue una
premisa dogmática y, en rigurosa
consecuencia, el hombre era una pasión
inútil; y la libertad, una condena. Pero…
también le llegó a Sartre la hora de la
verdad: días
antes de su muerte, el diario
Le Nouvel Observateur
recogió uno de sus últimos
diálogos con un marxista: «No
me percibo a mí mismo como producto del azar,
como una mota de polvo en el universo, sino
como alguien que ha sido esperado,
preparado, prefigurado. En resumen, como un
ser que sólo un Creador pudo colocar aquí; y
esta idea de una mano creadora hace
referencia a Dios». La
antigua compañera de Sartre,
Simone de Beauvoir quedó alucinada.
Todos mis
amigos -declaró-,
todos los
sartreanos, todo el equipo editorial me
apoyan en mi consternación.
Verdaderamente, si Sartre
rechazó el absurdo de concebir la vida en el
contexto del universal azar a cambio de la
creencia en los designios de un Creador,
puede comprenderse la consternación de sus
colegas (Cfr.
Norman Geisler, en The intellectuals
Speak out About God, Chicago 1984). Lo
más difícil de entender es la cortina de
humo que la «cultura» del absurdo, el
nihilismo, echa siempre sobre cualquier rayo
de luz que pueda despertar la esperanza del
hombre en la trascendencia.