| Por Roberto
Capra
Como es sabido, el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias
Sociales 2003, ha recaído sobre Jürgen Habermas, autor,
si se me permite decirlo, de talante socialista, en el más
extremo sentido de la palabra, es decir, en el sentido de
que la sociedad es la que otorga personalidad y derechos al
individuo, y si no, éste no los tiene ni los tendrá. No es
fácil para cualquiera descubrir el nihilismo que Habermas
sostiene y me temo que haya pasado oculto a más de uno de
los miembros del jurado que le ha otorgado el premio. Habermas
es un gran malabarista: ante el naufragio de la razón ilustrada,
parece el héroe que va a salvar la razón, al menos, en alguna
medida (mínima) y con ella los valores éticos. Pero en el
fondo Habermas es un nihilista, un nihilista del ser “personal”.
En su último libro El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia
una eugenesia liberal? (Frankfurt, 2001; Barcelona, 2002);
viene a decir que, por supuesto, la eugensia no; hay un acuerdo
prácticamente universal, aunque se haya producido también
en EEUU (y, cabría añadir, por nuestra parte, en Canadà).
Bien, pero ¿cómo argumenta su «no a la eugenesia»?. Comienzan
aquí las sospechas. Habermas está jugando con nosotros. Por
ejemplo, introduce el concepto de «vida pre-personal» (sic),
para afirmar que ésta no tiene derechos, lo cual... no impide
que le otorguemos un cierto reconocimiento. La definición
de «persona» (y la de «ética») es en Habermas completamente
convencional: «el que participa en un diálogo ideal, libre
de coacciones, para tomar decisiones vinculantes...». La ética
es estas mismas decisiones.
Habermas dice: con el diagnostico pre-implantatorio i las
eventuales posibilidades de bebé a la carta, ya ha llegado
la hora de que la filosofía salga de su mutismo, de su abstención
más propia de una época post-religiosa i post-metafísica,
y que diga algo. Muy bien. Pero sucede que reafirma el silencio
sobre los embriones y los fetos abortados. De hecho lo reafirma
explícitamente. La persona comienza a existir por el reconocimiento
de los demás y la participación en el diálogo; de otro modo,
no existe ni comienza a existir. Dicho claramente: si soy
reconocido por la sociedad, existo; y si no, no existo (como
persona).
En Descartes mi existencia dependía de mi conciencia. Lo cual,
si se piensa, puede producir una tremenda angustia a la hora
de irse a la cama y abandonarse al sueño. En Habermas, mi
existencia como persona parece depender de la conciencia de
la sociedad, lo cual es más preocupante todavía, al menos
para mí. En este sentido, Marx puede estar satisfecho de su
discípulo.
Habrá que volver sobre el tema, pero valga como nota de urgencia,
ésta para quienes deseen saber por donde cabalgan la antropología,
la metafísica y la ética del ilustre galardonado. ¿Volverá
a crecer la hierba?
Roberto Capra
20.05.2003
Más información:
Habermas,
noticia y crítica
HABERMAS, LA ONU Y LA GUERRA DE IRAK
Otro botón de muestra que aparece esta semana en la prensa
sobre la fragilidad de ciertos argumentos de Habermas, lo
ofrece Aleix Vidal-Quadras en la revista ÉPOCA:
En un largo y reciente artículo publicado originalmente en
el Frankfurt Allgemaine Zeitung y difundido posteriormente
por otros medios europeos, Jurgen Habermas expone detalladamente
sus tesis sobre la ilegalidad de la guerra de Iraq. Sus argumentos
llevan a la conclusión de que la imposición violenta por parte
de una potencia hegemónica extranjera de un orden liberal
en un país sometido a una tiranía monstruosa es intrínsecamente
inmoral si esta operación benéfica se realiza vulnerando el
ordenamiento internacional representado por la ONU. Sin embargo,
el prolijo rigor del análisis del gran pensador alemán deja
pendientes algunos interrogantes clave e ignora ciertos hechos
determinantes.
La Carta de Derechos Humanos de Naciones Unidas es un documento
de obligado cumplimiento para todos sus miembros, tanto en
el plano externo de sus relaciones con otros Estados como
en el interno respecto a sus propios ciudadanos. Una organización
promotora de este cuerpo normativo que coloca en la Presidencia
de la Comisión competente a Libia y que admite a Cuba entre
sus integrantes queda invalidada como instancia jurídica en
el ámbito de lo establecido por la Carta y, en consecuencia,
como agente gestor de lo establecido en ella. En otras palabras,
la historia de Naciones Unidas la acredita como un foro internacional
de deliberación política pero la elimina, si queremos hablar
en serio, del inventario de las entidades capaces de administrar
justicia en toda la extensión del orbe.
Si la ONU es una mera ficción inoperante en el espacio interno
de los Estados que la componen, dado que hoy en día la globalización
ha borrado casi completamente las fronteras entre lo interno
y lo externo, entre lo nacional y lo internacional, resulta
absurdo reclamar el escrupuloso cumplimiento de las resoluciones
del Consejo de Seguridad para garantizar su existencia a regímenes
totalitarios y criminales. El once de septiembre no fue, como
apunta Habermas, un acto terrorista que los halcones de la
Casa Blanca han utilizado para crear un clima psicológico
de venganza en el pueblo norteamericano que les facilite cualquier
atropello en función de sus intereses geoestratégicos. El
horror que sacudió Manhattan abrió un nuevo capítulo en las
historia del mundo e introdujo un marco interpretativo de
los límites de lo éticamente correcto en la defensa de la
integridad física de las naciones y de la dignidad y la vida
de los seres humanos en cualquier punto de la tierra. El Holocausto
condujo a un sistema mundial en el que la resolución pacífica
de los conflictos era la mejor garantía de que aquella atrocidad
sin precedentes no se repitiera. El once de septiembre fue
provocado por un ectoplasma viscoso, emboscado, imprevisible
e irracional que no reconoce fronteras. Tras esta discontinuidad
conceptual, las invocaciones a la anterior legalidad internacional
suenan a apología de la inanidad.
|