| La vida de
Nietzsche es la historia de quien no quiso darse por vencido.
Su patética lucha contra el destino me interesa
más que su obra. Filólogo rechazado por los
filólogos, escritor sin lectores, maestro sin discípulos,
lector medio ciego, pasó por las pensiones y hoteluchos
de media Europa, inquieto y raro como «un errante y
solitario rinoceronte».
Vivió su infancia con una ensoñación
de nobleza. Sus antepasados habrían pertenecido a la
nobleza polaca. «Un conde Nietzki nunca miente»
dijo un día a su madre. Le exaltó saber que
los nobles polacos, reunidos en una gran llanura, a caballo
como buenos guerreros, elegían al rey, y que el menor
de ellos tenía el derecho de oponerse a la voluntad
de todos con su veto. Luego se inventó otras genealogías:
«Yo no lo entiendo, pero Julio César pudo ser
mi padre», escribió en Ecce homo.
Su carrera arrancó triunfalmente.
Tenía veinticuatro años cuando se le ofreció
una cátedra en Basilea. Poco después fue admitido
en el círculo de Wagner, lleno de grandeza y de trampas
mortales. El mismo Nietzsche confesó que allí,
junto a Wagner y Cósima, se sintió cerca de
la divinidad.
Los momentos de gloria y de amistad fueron
breves. La publicación de "El nacimiento de la
tragedia" provocó el rechazo de sus colegas. El
alejamiento de Wagner fue más complejo, titubeante
y doloroso. Nietzsche estaba deseoso de venerar, pero la veneración
es un juez implacable y a los genios conviene mirarles con
catalejo. Su salud le impidió continuar la docencia,
y su condición de jubilado prematuro acentuó
el desarraigo y la soledad. Nunca tuvo un lugar. Friederich
sin tierra, sin casa, sin mujer, sin amor, va de pensión
en pensión arrastrando una maleta llena de papeles
y partituras. En Génova, sus vecinos le llamaban «il
piccolo santo». Sus libros son recibidos con total indiferencia.
Los amigos se distancian de él. Uno de ellos, Erwin
Rohde, le describe como «alguien que llega de un país
donde no vive nadie».
En cambio, Nietzsche sueña con
una comunidad de arnigos dedicados al saber, un convento laico
«donde se hable mucho, se lea poco y apenas se escriba...
Al final, le queda la fidelidad de Peter Gast y las huellas
de otras antiguas amistades. Su encuentro con Lou Salomé
no facilita las cosas. Se enamora y es rechazado en circunstancias
que bordean el drama y la comedia bufa.
En las montañas de la Alta Engadina
recupera a ratos la salud, pero allí recibe también
una revelación que ha de ser tremenda para un ser desdichado:
la idea del eterno retorno. Todo volverá a suceder.
Este destino le llena de horror: «No quiero comenzar
otra vez. ¿Cómo podría soportarlo?».
En una carta de diciembre de 1878 escribe: «Parece como
si nada lograra aliviarme.
Los dolores son enloquecedores. Por mucho
que uno se diga: ¡sopórtalo todo! ¡renuncia
a todo! ¡Ah, uno termina asqueado de la propia paciencia.
Lo que necesito es paciencia para soportar la paciencia!».
Antes que escritor, mucho antes que filósofo,
Nietzsche es un ser desdichado que busca la salvación,
es decir, la salud. Cuando a los cuarenta y cuatro años
decide contarse su biografía, lo repite una y otra
vez: «¿Necesito decir que soy experto en cuestiones
de decadencia? La he deletreado hacia delante y hacia atrás».
No contaba con nada, salvo su propia energía. Por eso
se aferra a ella, o a la idea que de ella se inventa, como
el náufrago al salvavidas: «Me puse a mí
mismo en mis manos, yo me sané a mí mismo. Convertí
mi voluntad de salud, de vida, en ‘mi filosofia’.
Sin tener en cuenta estas palabras no creo que pueda entenderse
su obra.
Contar sólo con las propias fuerzas
conduce a oponerse a la inclemencia de la realidad. «Tengo
que dar un paso más con estos pies cansados y heridos
y, fatalmente, contra las cosas más bellas que no supieron
retenerme, me revuelvo ferozmente porque no supieron retenerme!».
Aquí descubro el origen de la violencia de su estilo
y de sus afirmaciones.
Para quien se siente frágil, la
energía es una difícil tarea. ¡Hay que
ser fuerte!, grita una y otra vez obstinada, desaforada, desesperadamente.
«¿Por qué tan duro -dijo en otro tiempo
el carbón de cocina al diamante-; ¿no somos
parientes cercanos?" «¿Por qué tan
blandos? Oh hermanos míos, así os pregunto "yo"
a vosotros. ¿Por qué tan blandos, tan poco resistentes
y tan dispuestos a ceder?", escribe en Así habló
Zaratustra. Y éste es un tema recurrente en la obra
de Nietzsche. «Es necesario no haber sido nunca complaciente
consigo mismo. Es necesario contar la dureza entre los hábitos
propios para encontrarse jovial y de buen humor entre verdades
todas ellas duras». «Nada hay tan malo como la
debilidad». «El error no es ceguera, es cobardía.
Toda conquista, todo paso adelante en el conocimiento es consecuencia
del valor, de la dureza consigo mismo».
Así se adquiere la «gran
salud»; «una salud nueva, una salud más
vigorosa, más avispada, más tenaz, más
temeraria, más alegre que cuanto ha sido hasta ahora
cualquier salud», escribe mientras sólo puede
tomar leche durante semanas, y tiene que permanecer en su
habitación a oscuras para proteger sus ojos enfermos.
Pero la receta no cambia: «Endureceos, la más
honda certeza de que todos los creadores son duros es el auténtico
indicio de una naturaleza dionisiaca».
Esta obsesiva lucha por la salud, por
librarse de los lazos de la decadencia, es lo que convierte
las violentas prédicas de Nietzsche en patéticas
voces de ánimo. El hombre que pide a Rohde: «Envíame
una palabra de consuelo»; el que escribe a Peter Gast:
«No soy capaz de viajar solo. Todo me afecta estúpidamente,
todo me agita demasiado». Cuando habla del superhombre
está sólo dándose ánimos. Considerar
la narración de su lucha por la supervivencia como
«filosofía» ha sido una injusticia para
Nietzsche y también para la filosofía.
Los huéspedes del albergue de
Sils Marie donde se alojaba trataban con simpatía a
aquel profesor solitario, educado, puntual y amable. Nietzsche
se sentaba con frecuencia al lado de una señora inglesa,
de salud delicada, que pasaba largas horas sentada al sol.
«Sé que es usted escritor, señor profesor
-le dijo un día-. Me gustaría conocer sus libros».
La respuesta de Nietzsche es de un patetismo conmovedor: «No,
no quiero que los leáis. Si hubiera que creer lo que
escribo, una criatura que sufre como usted no tendría
ningún derecho a la existencia».
Los primeros días del año
1889 salieron de Turín unas cartas enigmáticas.
La que recibió Peter Gast decía: «A mi
maestro Piero. Cántame un cántico nuevo. El
mundo es claro y los cielos se alegran. EL CRUClFICADO».
La que recibió Cósima Wagner decía: «Ariadna,
te amo. DIONISO». El firmante de ambas era Friedrich
Nietzsche, que había perdido la razón para siempre.
Un día, varios meses después,
la mirada vacía de Nietzsche se detiene en un libro
que su hermana acaba de leer. Como si su vida anterior le
hiciera un ligero guiño desde lejos, le pregunta: «Antes
yo también escribía bonitos libros, ¿verdad?».
Como filósofo no me interesa gran
cosa la obra de Nietzsche, pero ¿cómo no sentirse
emocionado por un destino tan cruel, y conmovido por su exaltada
valentía? No le quiero de maestro, pero ¡cuánto
me hubiera gustado andar con él por los riscos de la
Alta Engadina!
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