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EL SENTIMIENTO DE CULPA DE NIE (Lluís Pifarré.)

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El sentimiento de culpa en Nietzsche y Freud

EL SENTIMIENTO DE CULPA DE NIETZSCHE Y FREUD

 

Por Lluís Pifarré

INDICE

INTRODUCCIÓN
1.- La Libertad como falsa ilusión
2.- La Libertad en la antropología cristiana
3.- La disolución de la Responsabilidad
4.- La Inocencia del Universo
5.- La coerción de los instintos en Freud
6.- El remordimiento de Conciencia
7.- El sentido positivo del Arrepentimiento
8.- El Sentimiento de Culpa como signo de debilidad
9.- El Cristianismo como causa del Sentimiento de Culpa
10.- Consideraciones Finales


EL SENTIMIENTO DE CULPA EN NIETZSCHE Y FREUD


La concepción del “sentimiento de culpa” ha sido utilizado profusamente durante el S. XX, en los tratados de filosofía y psicología, para referirse fundamentalmente al malestar y sufrimiento interior que experimenta la conciencia ante la realización de determinados actos morales. Se podría aducir, que una de las causas que han contribuido a difundir la concepción negativa del sentimiento de culpabilidad, se debe principalmente a las interpretaciones realizadas por Nietzsche y Freud. Estos dos autores, al plantear la cuestión del sentimiento de culpa o culpabilidad, lo hacen desde unas instancias radicalmente distintas a las sustentadas por la antropología cristiana, al considerar que este sentimiento y sus derivados, son perjudiciales y contraproducentes para la conciencia y la felicidad humana.


Para confirmar estos supuestos, hemos seleccionado una serie de textos de estos dos autores en las que se refieren a estas cuestiones, con objeto de seguir el hilo conductor de sus pensamientos e intercalar una serie de reflexiones y comentarios críticos, y así obtener un mayor esclarecimiento de esta compleja cuestión del sentimiento de culpa que tanta influencia ha tenido, y prosigue teniendo en nuestra cultura, referida al ámbito de los actos morales.

1.-La libertad como falsa ilusión


En varias obras de Nietzsche, aparecen una serie de aforismos en los que describe su concepción del universo sometido a una absoluta necesidad cósmica que abarca a la totalidad de las cosas existentes. El pensador alemán, afirma la inexorable necesidad impuesta por las exigencias de una universal voluntad de poder como determinada y determinante “voluntad de vida”, según la clásica expresión de Schopenhauer, con lo que no tiene cabida el oponerle otra cosa que a ella misma, en cuanto todo está sumergido en la impetuosa corriente de sus contenidos vitales, constituidos por fuerzas biofísicas como única y estricta realidad ontológica.


Para sustentar argumentativamente este principio, Nietzsche efectúa una serie de relaciones comparativas, entre los movimientos aparentemente caprichosos de los elementos de la naturaleza, con los comportamientos y acciones humanas, deduciendo que existe un estricto paralelismo entre estos dos ámbitos de realidades, puesto que los “actos humanos”, al igual que los fenómenos de la naturaleza concatenados en el espacio y el tiempo, están sujetos a la misma inexorabilidad de sus determinaciones. Es lo que apunta en Humano, demasiado Humano, obra perteneciente al período de su producción catalogado como “científico” o “ilustrado”: “Cuando contemplamos un salto de agua, creemos ver en las innumerables ondulaciones que produce en sus serpenteos y rompientes de sus olas, una especie de libertad de la voluntad y del capricho; pero todo esto no es más que pura necesidad, ya que cada movimiento puede calcularse matemáticamente. Lo mismo sucede con las acciones humanas; deberíamos poder calcular por anticipado cada acción si fuésemos omniscientes y, del mismo modo, cada progreso del conocimiento, cada error, cada maldad que sucede” (1).


Debido a los límites cognoscitivos de nuestra inteligencia, (como ya había sido formulado por Leibniz al describir su universo racionalista), no podemos conocer en su totalidad, las relaciones existentes entre las causas y los efectos de los fenómenos de la naturaleza, ni predecir los acontecimientos futuros. Pero si esto es así, ¿como podemos saber desde el plano del conocimiento limitado, que una sabiduría omnisciente, según concibe Nietzsche, sería capaz de calcular por anticipado cada uno de los comportamientos, si se niega la posibilidad misma de conocer esta inteligencia omnisciente?. Por otra parte, establecer la equivalencia entre los movimientos físicos y las acciones humanas, implica disolver la existencia misma de la libertad como facultad natural de la persona. En este plano de semejanzas entre estas dos formas de comportamiento, no debe sorprendernos que Nietzsche afirme que el libre arbitrio, o también, la capacidad de decidir nuestras propios actos como manifestación de la libertad es una simple ilusión psicológica: “El hombre mismo que actúa, está en verdad poseído de la ilusión del libre arbitrio; si por un momento se detuviese la rueda del mundo y hubiese una inteligencia calculadora omnisciente para aprovechar esta pausa, podríamos continuar calculando el porvenir de cada ser hasta los tiempos más remotos y marcar cada uno de los puntos por donde pasaría esta rueda en lo sucesivo” (2).


Esta reflexión del pensador alemán nos recuerda el conocido “principio de Laplace”, formulado en el prefacio de su obra, publicada en 1820:Teoría analítica de las probabilidades: “Una inteligencia que conociera en un momento dado todas las fuerzas que actúan en la Naturaleza y la situación de los seres que la componen, que fuere suficientemente vasta para someter estos datos al análisis matemático, podría expresar en una sola fórmula los movimientos de los mayores astros y de los menores átomos. Nada sería incierto para ella, y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante su mirada”.


De estas consideraciones nietzscheanas se desprende la absoluta determinación en las que en última instancia están sujetas todas las realidades del universo, incluidas las acciones voluntarias del ser humano, que al carecer de libertad real para elegir sus propias alternativas, y ejercerlas de acuerdo con sus decisiones, no pueden revestir ningún tipo de responsabilidad, con lo que todos sus actos morales serán acciones “amorales”. Si a los fenómenos físicos de la naturaleza no se les puede tratar de “inmorales” por las posibles perturbaciones que puedan ocasionar sus efectos, tampoco podemos tratar de “inmorales” los actos ejercidos por cualquier ser humano, si tenemos en cuenta que la libertad de estos actos está sometida, al igual que los movimientos naturales, a la inexorable necesidad de la voluntad de la vida como fundamento de la totalidad. Nietzsche escribirá de acuerdo con estos presupuestos: “Si no nos quejamos de la naturaleza como un ser inmoral cuando nos envía una tormenta y nos moja, ¿por qué llamamos inmoral al hombre que hace daño? Porque admitimos aquí una voluntad libre que procede arbitrariamente y allí una necesidad. Pero esta distinción es un error” (3).


Esta determinación natural de la realidad, no está dirigida hacia ninguna finalidad ni gobernada por ninguna ley. Por tanto, ningún principio, ningún orden, ninguna dirección intencional, sino solamente la existencia de enormes caudales de fuerzas que operan de forma ciega, azarosa y espontánea, plasmando su poder de forma impositivamente creciente sobre la totalidad de los fenómenos existentes en la naturaleza. Desde la perspectiva temporal, el “devenir“ de estas fuerzas que constituyen el complejo tejido de la realidad, sólo están regidas por su estricta necesidad cósmica, sin ninguna orientación “preestablecida” proveniente de algún supuesto teleológico, que a modo de “ser intencional”, existente fuera del ámbito de lo empírico, dirigiera y proyectara la ascensionalidad de sus movimientos procesuales. Nietzsche afirmará que “el devenir de la realidad no tiende hacia ninguna meta, no desagua en ningún ser” (4).


A lo largo de la historia del pensamiento filosófico y teológico han surgido múltiples corrientes que de un modo u otro han negado, o simplemente han puesto en entredicho, la realidad misma de la libertad. Lutero, por ejemplo, desconfiaba de la libertad humana al pensar que el incremento de su ejercicio era incompatible con la libertad divina. Esta aprensión de la libertad humana, procedía de su concepción nominalista y unívoca del ser que le llevaba a comparar en el mismo plano existencial el ser de Dios y el ser del hombre, deduciendo de ello, que el otorgar un mayor grado de libertad al hombre iba en menoscabo de la libertad en Dios, y viceversa. Spinoza, dos siglos antes que Nietzsche, sostendrá que la libertad es una “ilusión” nacida del desconocimiento, puesto que sólo es libre, aquella sustancia que existe por la estricta necesidad de su naturaleza y se determina a obrar por sí misma. Pero como únicamente la substancia real y existente, que es la substancia divina, cumple con estos requisitos, se puede formular que únicamente ella es libre. El filósofo judío afirmará que cuando adquirimos plena conciencia de que todas las cosas están subordinadas a la substancia divina, de que somos un simple atributo de ella, entonces se nos disuelve la ilusión de la libertad alimentada por la ignorancia, y descubrimos que la naturaleza sigue de forma inexorable el curso de su eterna necesidad. Para Spinoza, el ser del hombre consiste en “no ser libre” y en saber esto estriba la auténtica libertad, puesto que es un “saber” que nos “libera” de falsas y engañosas ilusiones que atenazan nuestro verdadero conocimiento. Esta liberación nos confiere la iluminadora intuición sobre la naturaleza divina, una especie de identificación mística, a la que denominará como “amor Dei intellectualis”, amor intelectual de la única substancia, a la que identificará monísticamente con la naturaleza y con Dios.


El agnosticismo kantiano, concebirá a la libertad como “ilusión trascendental”, en cuanto su supuesta realidad no se corresponde con los datos de la intuición sensible, con los fenómenos de la experiencia, con lo que no es susceptible de demostración racional. La libertad, al apoyarse en postulados teóricos no verificables y en peticiones de principio fundadas en categorías vacías de contenido, se convierte en una necesidad de la voluntad práctica, con objeto de regular el uso del orden moral y social. Al negar la fundamentación teórica de la libertad para sustentarla adecuadamente en la naturaleza humana, Kant establece, como referencia moral de los actos, el principio formal y subjetivo del puro cumplimiento del deber al margen de los sentimientos, pero paradójicamente ha abierto con la subjetivización autónoma de la libertad sin fundamento, una brecha por la que se han introducido toda una constelación de pseudoéticas basadas en los sentimientos. A lo largo del S. XIX, surgirán una serie de pensadores, que al extraer las últimas consecuencias del “voluntarismo práctico” kantiano (Schopnehauer, Feurbach, Marx, Levy-Bruhl, etc), desembocarán en antropologías voluntaristas, en materialismos dialécticos o sociológicos, que aglutinados en su común carácter determinista, no tendrán especiales reparos para desvanecer las “ilusiones psicológicas” de la libertad personal como operatividad fáctica, con lo que la inversión de la libertad respecto de la filosofía fundada en el “acto de ser” del hombre, será absoluta.


2.- La libertad en la antropología cristiana


En la antropología cristiana, la libertad se concibe como la manifestación potencial de la esencia humana fundada en la realidad de su “acto de ser”, realidad que cada persona experimenta en la operatividad real de su facultad electiva y en la toma de sus propias decisiones. Pero esta libertad, no es una libertad absoluta sin fundamento, no es una espontánea y ciega voluntad sin finalidad alguna (concepción que paradójicamente lleva a su disolución), sino que esta configurada por su esencia finita, que le ha sido dada con su acto de ser, y cuya fundamentación remite a la fundamentación del Ser absoluto. Este puede ser uno de los planteamientos positivos de la libertad y de su adecuada concepción antropológica.


En este línea de consideraciones se podría afirmar que la voluntad humana se denomina libre en la medida en que la elección y realización de sus actos dimanan de los actos conscientes del intelecto. Desde la perspectiva de la persona como unidad integral, el ejercicio de la libertad como facultad humana, implica la mutua interrelación de la inteligencia y la voluntad, de tal forma, que podemos decir que la libertad es la facultad trascendental de estas dos potencias. Todo acto libre, debe carecer de determinación interna y de inclinación necesaria para la ejecución de sus decisiones, teniendo la posibilidad de elegir entre diversas alternativas, puesto que es la persona misma, como expresión de su voluntad libre, de su propia autodeterminación, quien se decide a obrar, siendo “dueña” de sus propios actos, es, por así decirlo, su propio “árbitro”. Esta “voluntad de arbitrio” presupone por una parte, la ausencia de “previa determinación” como manifestación de la “causalidad” inteligente del yo, y por otra parte, la capacidad de “especificar” sus propios actos, especificación que adquiere su más profundo sentido en la denominada “libertad de ejercicio”, en cuanto demanda el pleno “dominio” dentro de su esfera, para hacer esto o lo otro, de “poner” o no el acto, y también por su razón de su “indiferencia” frente a las diversas posibilidades, al no estar la voluntad “arrastrada” a actuar necesariamente de “tal modo y no de otro”. Cualquier acto de la persona es verdaderamente humano en la medida que es libre y todo lo que es verdaderamente humano está penetrado de libertad.


Digamos al respecto, que la inexorable necesidad del fluir cósmico sustentada por las concepciones deterministas, cuyos máximos exponentes de la filosofía moderna son Spinoza y Nietzsche, lleva a la disolución de la libertad fundante, con lo que los actos singulares emanados de la libertad humana, fenecen en el mismo momento de nacer. Como señala Aristóteles, el hombre por sus operaciones libres es causa de sí mismo, pero si se niega la voluntad libre, se disuelve la razón de causalidad, teniendo en cuenta que es la voluntad la que pone el fin de sus actos y sólo quien pone el fin pone las causas. El principio de causalidad que Hume cuestionó desde su radical empirismo, sólo se puede negar si se niega la experiencia personal de la libertad, pues el ser humano en el acto libre tiene la autoexperiencia de su causalidad inmediata, completa, privilegiada, porque es ella quien pone el fin y el fin es la primera causa intencional de todas las causas. Se sabe lo que es la causalidad porque se sabe lo que es poner un acto libre.


En la filosofía del acto de ser, la libertad se presenta como el inicio incondicional del proceso cognoscitivo humano, como su originalidad radical, poseyendo la consciencia de sus operatividades mediales, tanto en la intención como en la finalidad, que lo distinguen esencialmente de los entes materiales que no son libres, puesto que no ponen ellos mismos el fin de sus actos mediales, en ellos el fin está impreso de antemano, sometido a la necesidad de las leyes que regulan los dinamismos de la naturaleza. El supuesto nietzscheano de que todos los acontecimientos, también los humanos, están inmersos en el proceso de fuerzas biofísicas, desemboca en la deriva de un fluir temporal en constante devenir, sin norte ni finalidad.


En estas filosofías de la necesidad y determinación cósmica que parten del olvido del ser como acto, la realidad del ser personal se transfiere a la totalidad del “universal abstracto”, ya sea en la única substancia spinoziana, en el espíritu dialéctico hegeliano, en la voluntad de poder nietzscheana, o en la clase social marxista. El ser humano solo se constituye como realidad consistente y se desarrolla como tal, por su mayor o menor relación con este “universal abstracto” (o “universal fantástico”, según la expresión de Kierkegaard), pero si el individuo consiste en esta relación abstracta, su entidad constitutiva se disuelve y desaparece, puesto que en el marco de la determinación sólo uno de los dos términos es real, y para que una relación sea real lo han de ser los dos términos. En esta tesitura se oscila entre la negación del individuo como un simple atributo o manifestación epifenoménica de un fundamento abstracto y totalizador, o se establece su absoluta afirmación entitativa y singular, sin punto de referencia, abandonado al naufragio de su finitud constitutiva, sin causa ni sentido, sumido en la fugacidad del decurso temporal.

3.- La disolución de la responsabilidad


En el marco de las corrientes deterministas que diluyen el sentido de la libertad, como es el caso de Nietzsche, la libertad deja de ser una facultad potencial del ser humano para elegir internamente las propias decisiones, y se convierte en un simple “sentimiento” o “apetito instintivo” que se manifiesta como “fuerza” o “energía vital”, como voluntad de dominio y sentimiento de poder vital. Cuanto más intensa sea la sensación de esta fuerza instintiva, más se acrecentará la subjetiva percepción de nuestra libertad. “Cada uno se considera más libre, allí donde su sentimiento de vivir es más fuerte” (5), afirmará Nietzsche en El viajero y su sombra, y en La Voluntad de Poder dirá que: “Al más importante apetito del hombre -su voluntad de dominio-, a este instinto se le da el nombre de libertad” (6). Por tanto, cuanto mayor sea el sentimiento de dominio y el apetito instintivo de vivir, mayor será la identificación y conformidad de la vida como subjetividad con los contenidos de fuerzas y energías biofísicas de la voluntad cósmica.


Los filósofos estoicos, con registros similares a los de Nietzsche pero con distintos planteamientos, sostenían que el principio de la sabiduría y de la libertad procedía de la identificación y conformidad de la vida con la naturaleza: “vivere secundum natura”. En sus profundas entrañas, la naturaleza conserva en depósito los gérmenes o “razones seminales” de todo desenvolvimiento temporal, cuyas determinaciones están arrastradas necesariamente por el “fatum” o destino cósmico, pero no por exigencias de una universal voluntad de poder, sino por imperativos de una abstracta y astuta razón universal.


La negación de la libertad, el dejarla en la penumbra de la ambigüedad, produce como inmediata consecuencia la, negación de la responsabilidad. Si Spinoza interpretaba la libertad como “ilusión” forjada por el desconocimiento y la ignorancia, de forma parecida, Nietzsche pensará que admitir la responsabilidad de nuestras acciones, supone estar sumidos en las “tinieblas” del error y la ignorancia. El pensador alemán siente la pretenciosa seguridad de sus afirmaciones, al considerar que ve y entiende con diáfana claridad la inexistencia de cualquier responsabilidad en nuestros actos, acogiendo sin temor ni apocamiento las duras y contradictorias consecuencias de esta inapelable fatalidad. Es Humano, demasiado Humano:, escribirá: “Nadie es responsable de sus actos, nadie es responsable de su ser. Esta proposición es tan clara como la luz del sol, y, sin embargo, todo hombre prefiere en ese caso volver a las tinieblas del error, por temor a las consecuencias” (7). Con estos planteamientos, nada de extraño tiene que el pensador alemán considere que la “voluntad libre” es un invento metafísico pertrechado para debilitar los instintos humanos y desconfiar de sus posibilidades vitales en su innata y natural expansividad: “El concepto de voluntad libre, dirá en Ecce Homo, se ha inventado para extraviar a los instintos, para convertir en una segunda naturaleza la desconfianza frente a éstos” (8).


Concebida la libertad como una “ilusión metafísica”, como simple “representación imaginaria”, ya no tienen razón de ser los preceptos, y juicios morales, ni menos pueden justificarse las valoraciones de moralidad e inmoralidad referidas a las intenciones y acciones realizadas por el ser humano. Nietzsche es suficientemente claro al respecto: “El juicio moral en general se refiere a una sola especie de intenciones y de acciones, a las de las intenciones y acciones libres. Pero toda esta clase de intenciones y de acciones es puramente imaginaria: el mundo al cual se puede aplicar únicamente la escala moral no existe. No hay acciones morales ni inmorales” (9). Cualquier principio ético que pretenda fundamentar la validez moral de las acciones provenientes de una elección-decisión-ejecución como expresión de una voluntad libre, será rechazada por Nietzsche, pues considera que esta supuesta libertad moral no está amparada por ningún acto voluntario: “Si sólo son morales los actos realizados por influjo de una voluntad libre, escribe en Aurora, no hay actos morales” (10).


Nietzsche es consciente de que negar la realidad de una voluntad libre de la forma tan tajante como lo hace, exige y requiere un singular arrojo intelectual para no tener inconveniente en arrostrar las graves consecuencias que se deducen de esta interpretación antropológica respecto del sentido moral de los actos humanos. Por eso considera que son muy pocos los filósofos anteriores a él, que han tenido la valentía de asumir tales implicaciones: “Entre los filósofos antiguos, nadie tuvo el valor de afirmar la teoría de la voluntad no libre, es decir, de afirmar una teoría que niega la moral (11). Esa negación de la voluntad libre o del libre albedrío, viene reforzada por su consideración de que esas teorías se basan en falaces hipótesis históricas, en fábulas mitológicas procedentes de una tradición multisecular, que una vez incorporadas y reproducidas en el lenguaje, reaparecen sin desmayo: “En el lenguaje hay una mitología que a cada instante reaparece; la creencia en el libre albedrío” (12).

4.- La Inocencia del Universo


De la necesidad absoluta de todo acontecer natural, sin ningún fin previo ni razón hacia la que intencionalmente se dirija, surgirá la interpretación nietzscheana de la total “inocencia” del universo, una interpretación que influirá decisivamente en el pensamiento de Freud. Nietzsche considerará que esta adjetivación es una de las más idóneas que se le pueden aplicar, puesto que en la inmensidad del cosmos no existe ninguna malicia moral, y nada de lo existente en el universo se le puede atribuir culpa ninguna. En cualquier caso, deberá “culparse” por su falta de inocencia y por una intencionada “mala fe”, a los defensores de la moral que ignoran o desprecian la implacable realidad de la inocencia de la naturaleza y de la irrealidad de la culpa. De esta incólume inocencia del universo, fundada en la absoluta determinación del acontecer temporal, deducirá Nietzsche la irrealidad de los sentimientos de culpa y pecado, negando en consecuencia, la libre voluntad de la persona y la responsabilidad de sus actos morales.


En las épocas históricas en las que se suponía en la conducta de los seres, unas hipotéticas voluntades libres, unas imaginarias intenciones y unas supuestas responsabilidades, es cuando, al entender de Nietzsche, se ha ofendido y despreciado a la vida, oscureciendo y desdibujando su inmaculada inocencia. Es lo que afirmará en La Voluntad de Poder: “Se ha restado la inocencia a la vida, sobre todo, en cuanto se ha referido toda modalidad del ser a voluntad, a intenciones, a actos de responsabilidad” (13). En El Crepúsculo de los Ídolos, escribirá un aforismo muy similar, con la salvedad de que en vez de utilizar el concepto de “vida”, utilizará el concepto de “devenir”: “Se ha despojado de su inocencia al devenir cuando este o aquel otro modo de ser es atribuido a la voluntad, a las intenciones, a los actos de responsabilidad” (14).


Nietzsche que no tuvo inconveniente de autocalificarse de “inmoralista”, ha dedicado una parte importante de sus escritos a elaborar una serie de polémicas y agrias reflexiones con objeto de “erradicar” el concepto de “culpa” y por extensión, a todos sus derivados semánticos, como son los términos de “castigo”, “remordimiento”, pecado, misericordia, etc., pues considera, que estos conceptos que han impregnado la conciencia colectiva de occidente, han surgido impelidos por el rencor y el odio hacia la vida que anida en las tortuosas galerías interiores de los teólogos o especuladores de la trascendencia. Este conjunto de seres, que son para Nietzsche los más acérrimos adversarios de su pensamiento, sólo sienten amortiguar su animadversión y su venganza, culpando y castigando a todas aquellas acciones y conductas que procedentes de los instintos y deseos afirmativos de la vida, no se ajustaban a sus preceptos morales, envenenando con la hiel de su resentimiento la prístina inocencia de la vida y del devenir, y todo el conjunto de la cultura, el arte, la historia, las costumbres sociales… “Hoy que sobre todos nosotros los inmoralistas, intentamos con todas nuestras fuerzas, expulsar de nuevo del mundo el concepto de culpa y el concepto de castigo, y depurar de ellos a la psicología, la historia, la naturaleza, las instituciones y sanciones sociales, no hay a nuestros ojos adversarios más radicales que los teólogos, los cuales, con el concepto de orden moral del mundo, continúan infectando la inocencia del devenir por medio del castigo y la culpa (15). En otro de sus escritos, prolongando lo dicho en este aforismo, expresa su deseo de que no hubiera ningún equívoco respecto a su enfrentamiento intelectual, claro y agresivo, en contra de los sentimientos de culpa y castigo que se han inyectado en la cultura occidental: “Mi lucha va contra el sentimiento de culpa y la mezcla del concepto de castigo en el mundo físico y metafísico, así como a la psicología y a la interpretación de la historia” (16)


La radical inmanencia del cosmos nietzscheano, era inevitable que chocara con las concepciones trascendentes de la vida, y debido a ello, ahuyentara con furor la idea del sentimiento de culpa y pecado. A través de sus aforismos, filtrados por la persistente sospecha nacida de sus prejuicios en contra de estas concepciones, considerará que estos sentimientos se alimentan de la creencia de “alguien” o de “algo” superior a nosotros mismos, al que atribuimos el origen de nuestro ser y nuestra felicidad; es decir, una especie de “intellectus infinitus” que imponiendo el imperio de su severa y arbitraria ley, ha establecido la validez axiológica de nuestros actos. Su calificación de buenos o malos dependerá de su ajuste o desajuste con un supuesto y coactivo código moral, al que todos los seres le deberán rendir su reconocimiento, ya sea dándole cuenta de sus acciones para responder de sus consecuencias, o reparando los pecados y expiando las ofensas que se le hayan podido ocasionar.


Pero la naturaleza en cuanto tal, no puede sufrir ofensa ninguna, en la medida en que su dimensión cósmica sujeta a la absoluta y azarosa necesidad de la voluntad de poder es incompatible con la existencia de voluntades libres o intencionalidades cognoscitivas dirigidas hacia objetivos predeterminadamente establecidos por algún supuesto ser trascendental. Entender de otra forma las dimensiones de la naturaleza, supone para Nietzsche, mancharla injustamente y alterar su inmaculada inocencia y el curso de su devenir: “Desde el momento que suponemos a alguien responsable del hecho que estemos conformados de tal o cual manera, atribuyéndole nuestra existencia, nuestra felicidad, como si estas cosas fueran otras tantas intenciones por su parte, estropeamos nosotros la inocencia del devenir” (17).


El pensador alemán considerará que los individuos que se han dejado cautivar por tales sentimientos y creencias, sufren un ficticio desdoblamiento de su conciencia psíquica, reproduciendo dentro de sí la ruptura cósmica generada por la dicotomía platónica-cristiana de los dos mundos contrapuestos: el celestial y el terrenal, lo que les impulsa a transferir sus propias acciones hacia extrañas exterioridades metafísicas, “más allá” y por encima de las acciones e instintos puramente naturales. No existe, por tanto, ninguna dependencia suprasensible, ningún principio trascendente, ninguna ilusión de salvación eterna, que pueda tener la pretensión de exigir responsabilidades y expiaciones sobre quiméricas culpas e hipotéticas ofensas. Nietzsche dirá al respecto en Aurora: “Creer en la necesidad eterna fue una terrible ilusión de discutible utilidad y también una ilusión pensar que cualquier falta lo es en realidad” (18).


En Humano, demasiado Humano I,, afirmará que el concepto de pecado, que se ha propagado por la sociedad, se debe a graves errores de la razón iniciados hace más de dos milenios por las doctrinas socrático-platónicas. Estos errores que se han ido acumulando a lo largo de este trayecto histórico, principalmente a través de la lógica del “deber moral” y del principio de que todo efecto demanda la responsabilidad de una causa, han debilitado la fuerza natural de los instintos y el gozo de los placeres: “Se ha comprendido cómo vino el pecado al mundo, cuando se sabe que ha sido por errores de la razón” (19). Si el pecado, la ofensa al prójimo, es un concepto insustancial y sin sentido, es indudable que no se podrá imputar a los demás, de unas supuestas faltas cometidas, y derivadamente de sus consecuentes responsabilidades. Pero si se disuelve la asunción personal de las propias culpas, también se disuelve el sentido de los propios merecimientos, pues el significado de los mismos sólo puede derivar de una voluntad libre y personal que tiene el poder fáctico de elegir entre el bien y el mal. Pero aceptar estos presupuestos, supone para Nietzsche, añadir un nuevo error respecto de la inocencia del devenir: “Un sentimiento que se basa en la creencia de que podemos hacer a voluntad libre el bien o el mal, es un error” (20)


En las doctrinas de una supuesta e imaginaria “voluntad libre”, existe un desmesurado afán en determinar y exigir responsabilidades, con el sórdido propósito de poder aplicar las correspondientes penas y castigos. Para el pensador alemán, estos sentimientos de venganza, se basan en oscuros y subterráneos deseos psicológicos nacidos de la conjuntiva interrelación de instintos reprimidos, cuya acumulada energía, desplazada de su función propia, se ha exteriorizado en la moral convencional y en la cultura, mediante del deseo de querer juzgar y castigar a todos aquellos que se les considere culpables de sus errores y culpas, fundándose en quiméricas salvaciones o ilusorias libertades. Es lo que afirmará en El Crepúsculo de los Ídolos: “En todo lugar en que se anda a la busca de responsabilidad, suele ser el instinto de querer-castigar-y-juzgar el que anda en su busca. A los seres humanos se los imaginó “libres” para que pudieran ser juzgados, castigados -para que pudieran ser culpables-“ (21). Este vengativo deseo de querer-castigar, supone una difamante vulneración del universal proceso expansivo de las fuerzas y energías de la naturaleza, y un intentode racionalizar en el plano de la moralidad, la dinámica biológica de los instintos Una naturaleza por lo demás, absolutamente “inocente”, que no debe “dar cuentas”, ni “responder” ante nada ni ante nadie, de las consecuencias de sus actos y de sus objetivaciones fenoménicas, impulsadas por la voluntad de vida como fundante totalidad.


Al disolverse el sentido del “libre albedrío”, se esfuma la posibilidad misma de ofender y dañar por propia decisión de la voluntad, las acciones emanadas de deliberaciones morales, con lo que no tienen razón de ser ni las culpas ni sus correspondientes castigos, los méritos y recompensas, y en virtud de ello, todo el rico campo de las promesas y los compromisos, de acuerdo con la afirmación de G. Marcel: “La esencia de las promesas consiste en su posibilidad de ser quebrantadas”. Anulado el sentido de la libertad y toda forma de libre albedrío, los actos efectuados por el sujeto humano no pueden estar afectados por ningún tipo de responsabilidad, por lo tanto, nadie puede “responder” ante uno mismo y ante los demás de las consecuencias de sus propios actos, nadie puede gobernar autónomamente sus internas decisiones, ni considerarse como el verdadero protagonista de sus acciones, pues todas ellas están fuera de su propio control, sumergidas en la corriente de la absoluta determinación cósmica.

5.- La coerción de los instintos en Freud


En este orden de cuestiones, Freud se desenvolverá en la línea de los planteamientos nietzscheanos, pues también considerará que están fuera de lugar la exigencia de unas normas y mandamientos de procedencia judeo - cristiana, en un universo inocente de culpa. Éste código de leyes morales impuestas coactivamente desde instancias exteriores, con el propósito de regir las costumbres de la colectividad social, lo expresará con el término de “super-yo”. Éste será el celoso y severo guardián de las normas morales, y a modo de un dique de contención, intentará impedir que los deseos conscientes del “yo”, provenientes de los ocultas tendencias del “ello”, como zona del subsconsciente, se manifiesten de forma natural y espontánea. Según el psiquiatra vienés, el sentimiento de culpabilidad se incuba en la conciencia del “yo”, debido al conflicto que se produce entre sus naturales deseos instintivos y las normas impositivas y represoras del super-yo”: “El sentimiento de culpabilidad, afirma en El Malestar de la Cultura, es la percepción que tiene el “yo” de la vigilancia que se le impone, es su apreciación de las tensiones entre sus propias tendencias y las exigencias del “super-yo” (22)


Según Freud, en función del grado de consciencia en las que es asumida e interiorizada esta constelación de severas normas morales impuestas por la autoridad del “super-yo”, emergerá con mayor o menor intensidad en las conciencias, el sentimiento de culpa: “Cuando la autoridad es internalizada al establecerse un “super-yo”, los fenómenos de la conciencia son elevados a un nuevo nivel, y en consecuencia, sólo entonces se puede hablar de conciencia moral y de sentimiento de culpabilidad (23).


La eficacia de esta asunción, añade a la inocencia del “yo”, como expresión particularizada de la “inocencia” de la naturaleza, una nueva represión en forma de conciencia de culpabilidad, que se traducirá en la práctica, por la rendida aceptación de que el bien moral consiste, aunque no se entiendan las razones coercitivas del “super-yo”, en reprimir nuestros deseos e instintos, y el mal moral en la liberación de los mismos: “La conciencia moral, escribe en Totem y Tabú, es la percepción interna de la repulsa de determinados deseos, y su característica es que esta repulsa no necesita invocar ninguna razón… Este carácter resalta con más claridad en la conciencia de culpabilidad (24). Una regresiva interiorización de normas represoras engendradoras del concepto de culpabilidad, que para garantizar su persistencia y continuidad en la cultura de la civilización moderna, se intentan imponer desde la infancia, a través de la severidad disciplinar de los sistemas pedagógicos imperantes: “El rigor de la educación ejerce una influencia poderosa sobre la génesis del “super-yo” infantil (25)


A semejanza de Hobbes, Freud funda el “principio de realidad” como objeto de conocimiento, en las instancias deseantes y subjetivas del placer sensible, como antecedencia y objeto de la felicidad de los individuos, tal como afirma en El Malestar de la Cultura: “La evolución del individuo sustenta como fin principal el programa del principio del placer, es decir la prosecución de su felicidad” (26). Por ello considerará que estos preceptos y normas emanadas de la autoridad del “super-yo”, al exigir la renuncia de las necesidades placenteras que surgen impulsadas desde la subconsciencia del “ello”, pretenden sustituirlas y desplazarlas por medio de la falsa sublimación de unos ilusorios valores trascendentes. Pero con estas coercitivas imposiciones, no sólo no consiguen aminorar sus biológicas exigencias, sino que, al intentar neutralizar de forma fallida la acumulación de las energías reprimidas, todavía “sobrecargan” más el sentimiento de culpabilidad, abriendo un proceso en espiral que lleva a incrementar el sentido del rigor y la intolerancia consigo mismo: “Una idea que es propia del psicoanálisis, es de que toda nueva renuncia instintual a la satisfacción, aumenta su severidad y su intolerancia” (27).


Esta intolerancia consigo mismo se procura amortiguar mediante la sublimación de los instintos sexuales reprimidos, transfigurándolos en idealizadas ilusiones y supuestos metafísicos. Pero estas ficticias sublimaciones, que a menudo resultan fallidas, se transforman en una fuente de diversas alteraciones patológicas que se detectan en forma de síntomas neuróticos: “Los síntomas neuróticos, son en esencia satisfacciones substitutivas de deseos sexuales reprimidos, no realizados” (28). Para Freud, es tan evidente que el condicional antecedente del sentimiento de culpabilidad se puede formar en base a la represión de los impulsos biológicos, que no tiene inconveniente en formularlo como un postulado proposicional: “Cabría formular la siguiente proposición: cuando un impulso instintual sufre la represión, sus elementos libidinales se convierten en síntomas y sus componentes agresivos en sentimiento de culpabilidad (29).


Freud señala el “circulo vicioso” que acecha al sentimiento de culpabilidad, por la coartación de los impulsos eróticos y la represión de la espontaneidad de las energías instintivas que impone el impersonal “super yo”. Esta tensa situación psíquica, hace aumentar el sentimiento de culpabilidad y la insastisfacción del sujeto reprimido, con lo que se explica su agresiva animadversión contra estas imposiciones. Ello obliga, por parte del “super-yo”, a diseñar nuevas coarciones que amedrenten estas rebeldes disposiciones, lo que conlleva un nuevo incremento de la culpabilidad, y así sucesivamente, sin solución de continuidad: “Son los instintos agresivos insatisfechos los que hacen aumentar el sentimiento de culpabilidad, pues al impedir la satisfacción erótica se desencadenaría cierta agresividad contra el que impide esta satisfacción, y esta agresividad tendría que ser, a su vez, contenida. Pero en tal caso sólo sería nuevamente la agresión la que se transforma en sentimiento de culpabilidad, al ser coartada y derivada al “super-yo” (30)


Si la felicidad depende fundamentalmente de la liberación de los impulsos instintivos, Freud piensa que quizá no ha compensado todo el esforzado desplazamiento de las represiones impuestas colectivamente para canalizarlas en aras del progreso cultural, pues el ahorro de energías instintivas que ha exigido este desplazamiento, ha sido uno de los motivos que ha extendido el sentimiento de culpa y en consecuencia la infelicidad en amplios sectores sociales: “El sentimiento de culpabilidad es el problema más importante de la evolución cultural, señalando que el precio pagado por el progreso de la cultura ha residido en la pérdida de felicidad por el aumento del sentimiento de culpabilidad” (31). A ello se suma, que esta represión colectiva emanada del “super-yo”, adquiere por parte de los legisladores teológicos, una disposición indiferente y cruel, pues sólo les interesa que se cumpla la sujeción rendida e incondicional de sus normas y prohibiciones morales, siendo insensibles respecto al terrible esfuerzo que demanda su cumplimiento y a las torturantes e infelices consecuencias psíquicas que engendran en la conciencia de los individuos: “El super-yo”, con la severida

19/06/2005 ir arriba
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