Entrevista al Prof. Cornelio Fabro
-Al conmemorar el séptimo centenario
de la muerte de Santo Tomás, surge espontánea, y en primer
lugar, la pregunta sobre la vigencia actual del tomismo. Hay
quien piensa en él como en un "sistema" cerrado, acabado,
esencialmente ligado a los problemas y circunstancias de su
época. ¿La obra de Santo Tomás, es realmente un sistema? Y,
si su vigencia actual no es la de un sistema, ¿en qué radica
principalmente su valor permanente?
-La filosofía y la teología de Santo Tomás no constituyen
un sistema. La sistematización de su obra se hizo después
y, desgraciadamente hay que decir que el tomismo de escuela
no siempre corresponde exactamente a las posiciones auténticas
de Santo Tomás, por haber absorbido el polvo de diversas corrientes
escolásticas, velando a veces la originalidad de Santo Tomás,
con fórmulas que no son de Santo Tomás.
Ciertamente no hay que considerar a S. Tomás como si fuese
el punto final, o una especia de arsenal en el que podamos
encontrar respuestas ya formuladas para todos los problemas:
no es posible; nos separan siete siglos, y la humanidad ha
pasado por una inmensidad de experiencias, la cultura ha hecho
adquisiciones de todo género; y la ciencia, y la misma reflexión
filosófica ha descubierto, por ejemplo, una originalidad de
la libertad, que en Santo Tomás está ya apuntada, pero no
desarrollada.
Pero el tomismo auténtico –el de Santo Tomás- tiene y tendrá
siempre una actualidad permanente. No, como un sistema –el
mismo concepto de sistema lo acuño mucho después la filosofía
de origen cartesiano-; sino por la actualidad perenne de las
dos instancias fundamentales del conocimiento humano, que
S. Tomás supo armonizar. Me refiero, concretamente, a esa
especie de convivencia, en el tomismo, de lo que podemos llamar
la esencia de la trascendencia platónica, con la esencia de
la concreción aristotélica. Es decir, la armonía de esa instancia
permanente de autonomía, de consistencia del mundo y de la
persona, con la aspiración profunda hacia el infinito, hacia
Dios, al que se llega a través de la inteligencia y de la
libre elección de la voluntad. Es por esta característica
especulativa propia –más que por su origen -, por lo que S.
Tomás se destaca netamente de las diversas escuelas filosóficas.
ACTUALIDAD
-¿Podría decirse, entonces, que la originalidad de S. Tomás
radica en haber elaborado una síntesis entre Platón y Aristóteles,
entre dos extremos inconciliables?
Desde luego creo que el término síntesis puede aplicarse a
la filosofía de S. Tomás. Sin embargo, es importante observar
que no se trata de una síntesis entre dos extremos inconciliables,
se trata más bien de una intuición única de S. Tomás, la del
acto de ser, que le permitió descubrir en el aristotelismo
exigencias platónicas; y dentro de un cierto tipo de platonismo
–neoplatonismo, sobre todo en la línea de Proclo, mediante
el De Causis, y del Pseudo-Dionisio y otros escritos famosísimos
en el medioevo- exigencias aristotélicas.
No es pues, repito, la síntesis de dos contrarios, sino el
descubrimiento – a la luz del ser como acto participado- de
la necesaria complementariedad de ambas instancias fundamentales:
la consistencia y concreción de lo real, del mundo, de la
persona, y la apertura al infinito, mediante la relación de
participación.
-Además de esas dos instancias fundamentales, de perennidad
indudable, ¿podría indicarnos algún punto concreto en que
se manifiesta de modo especial la actualidad de S. Tomás ante
las legítimas instancias del hombre y de la cultura de hoy?
La originalidad, la actualidad y, podríamos decir, la urgencia
de la concepción tomista sobre el hombre, quizá nunca se haya
presentado tan patente, incluso tan salvífica para la Iglesia
y para el mundo contemporáneo, como hoy día. Es bien sabido
cómo actualmente, por todas partes, en la sociedad, en la
cultura –dentro y fuera de la Iglesia -, el hombre ha sido
colocado en el centro de la búsqueda de la verdad. En la Edad
Media, el primero que ha afirmado esa centralidad del hombre
ha sido sin dudas Santo Tomás. Baste pensar en la lucha contra
el agustinismo exagerado de la escuela de S. Anselmo, de la
iluminación, y contra el otro enemigo – enemigo declarado
de la fe- que era el averroísmo, que afirmaba la unidad del
sujeto cognoscente y volente: el intelecto separado. Por el
contrario afirmando la consistencia de la inteligencia y de
la voluntad libre personal de cada sujeto humano, Santo Tomás
ha atribuido enérgicamente a cada hombre la plena responsabilidad
de una relación propia, de una relación libre, con Dios.
EL INMANENTISMO
-Es frecuente leer, o escuchar, que el proceso que, en
términos generales, puede considerarse iniciado con Descartes
y que tiene como momentos más relevantes a Spinoza, Kant,
Hegel, etc., es un proceso irreversible. ¿Cabe, a su juicio,
una filosofía actual que no acepte ese condicionamiento? ¿cuáles
serían las condiciones de autonomía respecto a ese proceso,
sin limitarse a ignorarlo?.
La pregunta es muy compleja y procuraré responder con unos
pocos puntos principales. En primer lugar, no pienso en absoluto
que el proceso del pensamiento moderno sea irreversible. Desde
el punto de vista histórico, sí podemos comprobar que la filosofía
moderna, en su variedad de corrientes, se ha ido desarrollando,
paso a paso, hacia un término que parece inevitable. Además
el proceso es inevitable teóricamente una vez aceptado su
inicio, es decir, el principio moderno de la inmanencia.
Sin embargo, estoy verdaderamente convencido que podemos tener
una filosofía liberada, desanclada de este principio moderno.
Se trata de una filosofía que sea continuación de la filosofía
que podríamos llamar de la consistencia de la conciencia individual
del "hombre ante Dios", como diría Kierkegaard. Es, pues,
la continuación de la intuición original de S. Tomás a la
que antes me refería.
Las condiciones de autonomía respecto a aquel proceso yo lo
resumiría en dos puntos: en primer lugar, el retorno al principio
clásico cristiano de la prioridad del ser sobre el pensamiento;
en segundo lugar, la distinción entre inteligencia y voluntad
libre. Estas dos condiciones son, en mi opinión, fundamentales
para una posición realista, abierta al progreso y a las instancias
legítimas del pensamiento moderno.
Es interesante notar que solo admitiendo la distinción entre
ser y pensamiento se puede reconocer al pensamiento humano
su originalidad y al hombre su originalidad frente al mundo.
Y sólo admitiendo la distinción entre intelecto y voluntad,
entre intelecto y libertad - hoy día puesta en duda o negada
por muchos- puede reconocerse, es más fundamentarse, la consistencia
de la responsabilidad. No la responsabilidad de tipo sociológico,
la responsabilidad de tipo teológico-idealista, es decir la
responsabilidad del Todo, o de la sociedad que nos condiciona
por todas partes; no; sino que cada sujeto se asume plenamente
la responsabilidad de sus propias decisiones.
-Ha mencionado usted el principio moderno de inmanencia,
como un inicio que –una vez aceptado- lleva inevitablemente
a un cierto término. ¿Podría explicar cuál es ese término,
y la razón profunda de lo inevitable de ese proceso, una vez
iniciado?.
Esa razón profunda de lo que he llamado cadencia atea del
principio de inmanencia, podría expresarse – muy esquemáticamente-
considerando que si, como afirma ese principio, es el pensamiento
el que condiciona, el que funda el ser, y si es la autonomía
de la conciencia lo único que garantiza el inicio, el desarrollo
y el término del proceso del pensamiento, entonces, al final
del proceso, no se podrá encontrar otra cosa que esa misma
conciencia humana; naturalmente no ya, como en las primeras
fases del pensamiento moderno, anclada a un Absoluto formal
-substancias que Spinoza; Mónada en Leibniz; Intelecto –Sujeto
absoluto en el idealismo-, sino una conciencia dispersa, desintegrada,
en el aparecer momentáneo de los fenómenos de la experiencia:
es el fin de la filosofía, que abandona al hombre sobre el
fluir del tiempo, sin finalidad y sin esperanza.
En otras palabras, si se parte de la posición de una conciencia
pura, es decir, de la afirmación de un pensamiento que piensa
libremente a sí mismo; una conciencia de la conciencia, que
no es conciencia de conocer algo diverso de esa misma conciencia;
entonces, es a la conciencia a la que se atribuye toda la
consistencia de la realidad, de la entidad. Luego, cualquier
otra cosa, para tener consistencia real, no podrá ser más
que modificación o producto de la conciencia misma. Entonces,
en efecto, no hay lugar alguno para algo que sea absolutamente
independiente de la propia conciencia. Todo es conciencia
que se afirma a sí misma con libertad pura.
No hay pues lugar para Dios –que es el Santo, el ser separado,
el Creador-, y además se pierde, con el ser, la originalidad
del hombre, como ya señalé antes.
TOMISMO HOY
-¿Cuál es realmente, a grandes rasgos, la situación actual
del tomismo?
A esta pregunta podría darse una contestación inmediata, y
un poco ingenua. Es decir, considerar la situación actual
del tomismo como el punto al que ha llegado después de un
florido período de desarrollo, que comienza con la encíclica
Aeterni Patris de León XIII el 4 de agosto de 1879, hasta
el Concilio vaticano II. Pero luego ha venido lo que está
sucediendo después del Concilio. Por lo que se refiere a ese
primer momento –este primer siglo-, la renovación del tomismo
está fuera de duda. Las declaraciones de los sumos Pontífices,
desde el punto de vista del Magisterio, y las contribuciones
notabilísimas de los últimos estudios critico- históricos,
han lleva al convencimiento, a la certeza, de la originalidad
de santo Tomás, de un modo como nunca había verificado en
los siete siglos precedentes. Se ha puesto de relieve mejor
que nunca la neta separación de la metafísica de Santo Tomás
respecto a las otras escuelas o familias doctrinales, como
la familia agustiniana, la familia franciscana, la misma corriente
jesuítica iniciada sobre todo con la segunda escolástica.
Para señalar sólo un punto concreto de ese redescubrimiento
de la originalidad de Santo Tomás, citaré el caso de lo que
es el núcleo central de su metafísica; la distinción real
entre esencia y acto de ser , que en el tomismo de escuela
prácticamente se había perdido, al cambiar el par esencia-ser
por el de esencia-existencia, como en el suarecismo, como
en el scotismo. Con esa pérdida del ser –sustituido por el
mero hecho de existir - o existencia -, ya no había ninguna
distinción de fondo entre Santo Tomás y las diversas corrientes
escolásticas. Y precisamente el redescubrimiento del ser como
acto –esse, actus essendi- coloca al tomismo actual en una
situación profundamente mejor que en los siglos precedentes.
Después de esta respuesta, digamos, ingenua creo que la pregunta
queda aún por contestar. La situación actual del tomismo es
difícil de valorar, en cuanto que la gran publicística, también
en el campo católico, se ocupa casi exclusivamente de cuestiones,
surgidas después del Concilio Vaticano II. En realidad, el
Vaticano II – por primera vez en un concilio- ha indicado
a Santo Tomás como maestro de la investigación teológica,
pero de esto no se ha hablado para nada en el postconcilio.
En realidad en estos años ya se ha hecho algo, sobre todo
en el ámbito de las Universidades civiles. Recuerdo con particular
agrado el Congreso de la American Philosophical Association
celebrado en Denver (Colorado) en 1966. Me llamó profundamente
la atención la numerosísima participación de profesores laicos
y su franca adhesión al tomismo. Sin ánimo de ofender a nadie,
debo decir que en esa ocasión hubo oscilaciones y afirmaciones
muy discutibles acerca de S. Tomás: y todas provenían de ciertos
sectores eclesiásticos, no de los laicos que se remitían a
un S. Tomás directamente estudiado con seriedad, sin el peso
embarazoso de escuelas y tradiciones y sin particulares intereses
históricos que defender. Pero de esto, y de otras realidades
semejantes, la publicística no se ocupa.
Por tanto, y para concluir, diría que el tomismo actual bajo
cierto aspecto –como tarea, como instancia- se encuentra en
condiciones incluso mejores que en otras épocas. Pero, en
realidad, todavía se está esperando la buena ocasión – ojalá
lo sea este séptimo centenario de la muerte de Santo Tomás-
para que sea realizada, actuada, la recomendación del Concilio.
EL SER
-Se ha referido usted al redescubrimiento del ser, en la
filosofía de santo Tomás, ¿podría indicarnos en qué radica
la originalidad y la importancia filosófica y teológica de
la concepción tomista sobre el ser?
La originalidad de la concepción tomista genuina sobre el
ser se deriva de aquella intuición de S. Tomás, a la que antes
me refería, que supo descubrir en el aristotelismo exigencias
platónicas, y en el neoplatonismo exigencias aristotélicas.
Concretamente, S. Tomás supera la relación, o tensión, aristotélica
entre acto y potencia, de modo que el acto no es intrínsecamente
informante – como para Aristóteles- , sino que el acto es
constitutivo de sí mismo, de su emergencia sobre cualquier
potencia. Y he aquí la conquista de S. Tomás: mientras toda
forma, en cuanto forma, remite a un sujeto al que informa,
en cambio, el acto de ser –que es acto de todos los actos
y forma de todas las formas- informa los actos, no las potencias;
las potencias son informadas por las formas – actos formales-,
y las formas –también la forma angélica y las del alma—en
cuanto formas son a su vez potencia respecto al acto de ser.
Y éste es el descubrimiento que anticipa la instancia moderna
de que el acto no puede ser más que acto, y que la libertad
–en cierto modo- no puede fundarse más que en sí misma, en
cuanto que la voluntad misma es el principio que mueve la
actividad de toda la persona, también de la inteligencia.
Es sabido que, dentro del pensamiento moderno, es sobre todo
Heidegger, quien ha intentado una recuperación del ser. El
ser de Heidegger, en efecto, como ya el ser de S. Tomás, no
es ni fenómeno, ni noumeno, ni substancia, ni accidente: es
acto, simplemente. Pero mientras el ser heideggeriano es puesto
en el fluir del tiempo por la conciencia humana, el ser de
S. Tomás expresa la plenitud del acto por esencia (Dios) o
que reposa en el fondo y raíz de todo ente, como la energía
primordial participada que lo constituye a partir de la nada.
La importancia filosófica y teológica de este redescubrimiento
del ser es imponente. No es posible aquí desarrollar ni siquiera
sumariamente los diversos aspectos de esa importancia, porque
fuera del ser no hay nada: el ser lo abarca todo. Por enumerar
sólo algunos ejemplos, piénsese en ese estar de Dios en el
mundo, en cada criatura: el ser como actus essendi participado
es lo que permite descubrir que la fórmula tomista, per essentiam,
per potentiam, per praesentiam expresa en su vértice supremo,
con la suprema quietud del absoluto penetrado en lo finito,
la suprema dependencia que lo finito tiene de lo Infinito.
Considérese también la consistencia de lo real: el esse es
el acto, sin añadidura; en las cosas finitas, en la naturaleza
y en el alma. El esse es el acto actuante y, por tanto, el
siempre presente y presentificante: mientras la presencia
del presente heideggerana es una denominación fenomenológica,
el esse tomista es el singular y propio acto metafísico de
toda concreción. Las implicaciones teológicas de esto, y de
otros muchos aspectos, son patentes. Baste recordar, por ejemplo,
la teología del misterio de Cristo, en la que S. Tomás alcanza
una profundidad admirable por medio de la consideración de
la unidad del ser en Cristo, y así la unicidad divina de su
Persona.
EN EL CONCILIO VATICANO II
-Antes dijo que ojalá el séptimo centenario de la muerte
de S. Tomás fuese esa "buena ocasión" para poner en práctica
la recomendación del Concilio Vaticano II de tener al Santo
como maestro de la investigación teológica. ¿Qué desearía
usted para una digna conmemoración de este centenario?
Deseo lo que desea la misma Iglesia; lo que desean todos los
que buscan la verdad. Son mucho hoy día los que andan buscando
una orientación en la Iglesia, en medio de este entrecruzarse
de opiniones contrastantes, de conflictos, tanto en el campo
dogmático como – sobre todo- en el terreno moral, y también
en el filosófico. En ciertos momentos se tiene la impresión
de que no hay ninguna diferencia entre lo que se ha llamado
filosofía cristiana y el pensamiento de cualquier corriente
contemporánea. Este es el problema profundo, un problema de
estructura de pensamiento; y tengo la impresión de que muchos
de los que hoy escriben de filosofía y teología lo tienen
poco en cuenta. El problema no es que de una parte exista
la filosofía y de otra parte exista la teología: existe una
tarea de la filosofía, que es distinta de la tarea de la teología;
pero la persona humana es una, es completa, de modo que la
orientación de la teología está condicionada por la orientación
de la filosofía. No se trata de escoger a priori una filosofía,
de acuerdo con la teología que se haya elegido, porque entonces
el círculo es vicioso: hay que buscar la verdad, y esta se
funda en el ser. He ahí entonces la importancia de estudiar
los grandes clásicos del pensamiento, y seguir el curso real
de la humana adquisición de la verdad. Hay que estudiar directamente
en las fuentes, y no proceder – como con frecuencia se oye-
con generalidades. : "la filosofía moderna ha dicho…", "la
filosofía moderna ha demostrado…","la filosofía moderna…":
no existe una filosofía moderna en abstracto, y como si fuese
el pensamiento de un universal "hombre de hoy". No hay que
contentarse con frases genéricas: "la escolástica ha dicho…","la
teología ha dicho…": hay muchas corrientes entre los escolásticos,
y no se puede ni siquiera decir "el tomismo dice, enseña…",
porque, como decía al principio, el tomismo de escuela no
responde siempre a las posiciones auténticas de S. Tomás.
Antes que en celebraciones festivas, una digna de conmemoración
del centenario debería ser ocasión para una renovación de
la seriedad científica del trabajo filosófico y teológico
en la Iglesia.
Me refería antes al redescubrimiento del ser. En esa línea
debería ir esa renovación del estudio. Y otro tanto se podría
decir – y en esto la investigación debe profundizar más aún-
por lo que se refiere al tema de la libertad. En S. Tomás
se encuentran expresiones que a veces dejan un poco en suspenso,
como cuando dice que la bienaventuranza consiste en la voluntad
secundum quid y en el intelecto simpliciter; es decir, como
si pusiese como función primaria el conocimiento, y como función
secundaria el amor, la caridad. En realidad, el mismo S. Tomás,
en otros contextos, integra esa legítima concepción aritotélica,
en el sentido de afirmar que la Causa primera es el Bien,
que es el objeto de la voluntad. Después, afirma categóricamente
que la voluntad es la facultad de toda la persona, por tanto
que mueve todas las acciones de la persona, también a la inteligencia:
es facultas personae. Y después, sobre todo, que la virtud
de la caridad – el amor mismo en el orden natural, la caridad
en el mundo sobrenatural- es el primer motor de la vida del
espíritu. He aquí un punto que el tomismo debería profundizar,
y desde esta perspectiva debería ser avistado, afrontando,
el mundo contemporáneo. Pero no pasándose con armas y equipajes
a los principios del pensamiento moderno, que ha desintegrado
la conciencia humana – y vivimos ahora en esa desintegración
-, sino haciendo converger esta instancia de salvación en
la libertad hacia el interior de la originalidad del espíritu
humano, que S. Tomás ha sabido afirmar mejor que nadie; más
que el mismo S. Agustín – a pesar de lo que muchos creen--,
más que Kant y más que Hegel.
Para terminar, diría que – como he escrito más de una vez-
no se trata de remozar un tomismo de frases hechas, de fórmulas
que simplemente se repiten, sino de un tomismo esencial, de
profundización en los principios, y por eso dinámico y abierto
a todas las aspiraciones y problemas válidos de cualquier
tiempo. En los siete siglos que nos separan de la muerte de
S. Tomás –defensor intrépido del valor del conocimiento y
de la dignidad del espíritu humano-, el mundo ha cambiado
varias veces de figura exterior e interior, y ahora atraviesa
sin duda una de las transformaciones más decisivas de la historia.
Es necesario afrontar esta época con una altísima idea de
la dignidad de cada hombre y con una firme convicción de las
posibilidades de su mente, que tiene como tarea fundamental
el descubrir en la naturaleza los signos de la inteligencia
divina, y de reconocer en la historia las fases del plan divino
de salvación por la redención del pecado y la victoria sobre
la muerte. |