Por S. S. JUAN PABLO II
A los profesores y alumnos de la Pontificia
Universidad de Santo Tomas de Aquino. de Roma
- En el primer centenario de la Encíclica «Aeterni Patris»
- El tomismo
- Relaciones entre la fe y la razón
- La actitud del investigador cristiano
- Recomendaciones de los doctos y del Magisterio de la Iglesia
sobre la doctrina del Aquinate
- La filosofía perenne
- La pluralidad de las culturas y el progreso del pensamiento
humano
- La búsqueda de la verdad
- Cristo y el hombre
- Santo Tomas, maestro y santo
En el primer centenario de la Encíclica «Aeterni Patris»
Ilustres profesores y querídisimos estudiantes:
1. Con sentimientos de íntima alegría, después de un no breve
espacio de tiempo, me encuentro de nuevo en esta aula, que
me es bien conocida por haber entrado en ella tantas veces
como alumno en los años de mi juventud, cuando también yo
vine de lejos al Pontificio Ateneo Internacional «Angelicum»
para profundizar en el pensamiento del Doctor Común, Santo
Tomás de Aquino.
El Ateneo ha conocido desde entonces significativos desarrollos:
ha sido elevado al rango de Universidad Pontificia por mi
venerado predecesor Juan XXIII y ha sido dotado de dos Institutos
nuevos: a las facultades ya existentes de teología, derecho
canónico y filosofía, se han añadido, en efecto, la de ciencias
sociales y la del Instituto «Mater Ecclesiae», destinado a
los futuros «maestros en las ciencias religiosas». Tomo nota
con agrado de estos signos de vitalidad de la antigua cepa,
que muestra tener en si corrientes frescas de linfa, gracias
a las cueles puede corresponder con nuevas instituciones científicas
a las exigencias culturales que van surgiendo poco a poco.
La alegría del encuentro de hoy se acrecienta singularmente
por la presencia de una falange selecta de doctos cultivadores
del pensamiento tomista, que se han reunido aquí de todas
las partes para celebrar el primer centenario de la Encíclica
Aeterni Patris, publicada el 4 de agosto de 1879 por el gran
pontífice León XIII. El congreso, promovido por la «Sociedad
internacional Tomás de Aquino» se une idealmente con el celebrado
recientemente en las cercanías de Córdoba (Argentina) por
iniciativa de la Asociación católica argentina de filosofía,
que ha querido celebrar la misma efeméride llamando a los
mayores exponentes del pensamiento cristiano contemporáneo
a tratar sobre el tema «La filosofía del cristiano hoy». El
congreso actual, centrado mas directamente en la figura y
en la obra de Santo Tomás, mientras honra a este insigne centro
romano de estudios tomistas, donde puede decirse que el Aquinate
vive «tanquam in domo sua», constituye también un justo acto
de reconocimiento al inmortal Pontífice, que tanta parte tuvo
en favorecer el renacimiento del interés hacia la obra filosófica
y teológica del Doctor Angélico.
El tomismo
2. Por tanto, presento mi saludo deferente y cordial a los
organizadores del congreso, y en primer lugar a usted, Rvdo.
Padre Vincent de Couesnongle, Maestro de la Orden dominicana
y presidente de la «Sociedad internacional Tomás de Aquino»;
con usted saludo también al rector de esta Pontificia Universidad,
el Rvdo. P. José Salguero; a los preclarísimos miembros del
cuerpo académico y a todos los ilustres cultivadores de los
estudios tomistas que han honrado con su presencia esta asamblea,
animando su desarrollo con la aportación de su competencia.
También deseo dirigir un afectuoso saludo a vosotros, alumnos
de esta Universidad que os dedicáis con ímpetu generoso al
estudio de la filosofía y de la teología, además de a otras
útiles ramas científicas auxiliares, teniendo como maestro
y guía a Santo Tomás, a cuyo conocimiento os introduce la
obra iluminada y diligente de vuestros profesores. El entusiasmo
juvenil con que os acercáis al Aquinate para proponerle las
preguntas que os sugiere la sensibilidad por los problemas
del mundo moderno y la impresión de luminosa claridad que
sacáis de las respuestas que él os ofrece con amplitud lucida
y tranquila, constituyen la prueba más convincente de la inspirada
sabiduría por la que fue movido el Papa León XIII al promulgar
la Encíclica cuyo centenario celebramos este año.
Relaciones entre la fe y la razón
3. Esta fuera de duda que la finalidad primaria a la que miro
el gran Pontífice al dar ese paso de importancia histórica
fue reanudar y desarrollar la enseñanza sobre las relaciones
entre fe y razón propuesta por el Concilio Vaticano I, en
el que él había tomado parte muy active como obispo de Perusa.
Efectivamente, en la Constitución dogmática Dei Filius, los
Padres conciliares habían dedicado atención especial a este
tema candente: al tratar «de fide et ratione», se habían opuesto
concordemente a las corrientes filosóficas y teológicas, inficionadas
del racionalismo dominante, y sobre la base de la Revelación
divina, transmitida e interpretada fielmente por los precedentes
Concilios ecuménicos, ilustrada y defendida por los Santos
Padres y Doctores de Oriente y Occidente, habían declarado
que fe y razón, más que oponerse entre si, podían y debían
encontrarse amigablemente (cf. Ench. Symb.: DS 3015-3020;
3041-3043).
La persistencia de los violentos ataques por parte de los
enemigos de la fe católica y de la recta razón indujo a León
XIII a afianzar y ulteriormente a desarrollar en su Encíclica
la doctrina del Vaticano I. En ella, después de haber evocado
la gradual y cada vez más amplia aportación que las lumbreras
de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, habían
dado a la defensa y al progreso del pensamiento filosófico
y teológico, el Papa se detiene en la obra de profundización
y de síntesis desarrollada por Santo Tomas. Con palabras que
merecen ser citadas en su límpido latín clásico, no duda en
señalar al Doctor Angélico como aquel que ha llevado la investigación
racional sobre los datos de la fe a metas que se han manifestado
de valor imperecedero: «Illorum doctrinas, velut dispersa
cuiusdam corporis membra, in unum Thomas collegit et coagmentavit,
miro ordine digessit, et magnis incrementis ita adauxit, ut
catholicae Ecclesiae singulare praesidium et decus lure meritoque
habeatur... Praeterea rationem, ut par est, a fide apprime
distinguens, utramque tamen amice consocians, utriusque tum
iura conservevit, tum dignitati consuluit, ice quidem ut ratio
ad humanum fastigium Thomae penis evecta, iam fere nequeat
sublimius assurgere; neque fides a ratione fere possit plura
aut validiora adiumenta praestolari, quam quae iam par est
per Thomam consecuta» (LEONIS XIII Acta, vol.1 p.274-275).
La actitud del investigador cristiano
4. Afirmaciones solemnes y comprometidas. A nosotros que las
consideramos a un siglo de distancia, nos ofrecen, ante todo,
una indicación practica o pedagógica. Efectivamente, León
XIII quiso proponer a los profesores y alumnos de filosofía
y de teología un modelo incomparable de investigador cristiano.
Ahora bien: ¿cuáles son las dotes que han merecido al Aquinate,
además de los títulos de « Doctor Ecclesiae » y de « Doctor
Angelicus», que le dio San Pío V, y el de «Patronus caelestis
studiorum optimorum», que le confirió León XIII con la Carta
Apostólica Cum hoc sit, del 4 de agosto de 1880, es decir,
en el primer aniversario de la Encíclica que estamos conmemorando?
(cf. LEONIS XIII Acta, vol. 2 p.108-113).
La primera es, sin duda, la de haber profesado un pleno obsequio
de la mente, y del corazón a la Revelación divina; obsequio
renovado en su lecho de muerte, en la abadía de Fossanova,
el 7 de marzo de 1274. ¡Cuán beneficioso sería para la Iglesia
de Dios que también hoy todos los filósofos y teólogos católicos
imitasen el ejemplo dado por el «Doctor communis Ecclesiae»!
Este obsequio prestó también el Aquinate a los Santos Padres
y Doctores, como testigos concordes de la Palabra revelada,
de tal manera que el cardenal Cayetano no dudó en escribir--y
el texto se recoge en la Encíclica--: «Santo Tomas, porque
tuvo en suma reverencia a los sagrados Doctores, heredó, en
cierto sentido, el pensamiento de todos ellos» (In Sum. Theol.
II-II q.148 1.4c; LEONIS XIII Acta, vol.1 p.273).
La segunda dote que justifica el primado pedagógico del Angélico
es el gran respeto que profesó por el mundo visible, como
obra y, por lo tanto, vestigio e imagen de Dios Creador.
Injustamente, pues, se ha osado tachar a Santo Tomás de naturalismo
y empirismo. «El Doctor Angélico--se lee en la Encíclica--
dedujo las conclusiones de las esencias constitutivas y de
los principios de las cosas, cuya virtualidad es inmensa,
conteniendo como en un embrión las semillas de verdades casi
infinitas, que los futuros maestros han hecho fructifica a
su tiempo (LEONIS XIII Acta, vol. 1 p.273).
Finalmente, la tercera dote que indujo a León III a proponer
al Aquinate como modelo de «los mejores estudiosos» a los
profesores y alumnos es la adhesión sincere y total que conservó
siempre al Magisterio de la Iglesia, a cuyo juicio sometió
todas sus obras durante la vida y en el momento de la muerte.
¿Quién no recuerda la profesión emocionante que quiso pronunciar
en la celda de la abadía de Fossanova, de rodillas ante la
Eucaristía, antes de recibirla como Viático de vida eterna?
«Las obras del Angélico --escribe también León XIII-- contienen
la doctrina más conforme al Magisterio de la Iglesia» (ibid.,
p. 180). Y no se deduce de los escritos del Santo Doctor que
él haya reservado el obsequio de su mente solamente al Magisterio
solemne e infalible de los Concilios y de los Sumos Pontífices.
Hecho este edificantísimo y digno también de ser imitado hoy
por cuantos desean conformarse a la Constitución dogmática
(Lumen gentium n.25).
Recomendaciones de los doctos y del Magisterio de la Iglesia
sobre la doctrina del Aquinate
5. Las tres dotes aludidas, que acompañaron todo el esfuerzo
especulativo de Santo Tomas, son también las que han garantizado
la ortodoxia de sus resultados. Esta es la razón por la que
el Papa León XIII, queriendo «agere de ineunda philosophicorum
studiorum ratione, quae et bono fidei apte respondeat, et
ipsi humanarum scientiarum dignitati sit consentanea» (LEONIS
XIII Acta, vol.1 p.256), remitía, sobre todo, a Santo Tomás,
«inter Scholasticos Doctores omnium princeps et magister»
(ibid., p.272).
El método, los principios, la doctrina del Aquinate, recordaba
el inmortal Pontífice, han encontrado, en el curso de los
siglos, el favor preferencial no sólo de los doctos, sino
también del supremo Magisterio de la Iglesia (cf. Encicl.
Aeterni Patris, l.c., p.274-277). También hoy, insistía él,
a fin de que la reflexión filosófica y teológica no se apoye
sobre un «fundamento inestable» que la vuelva «oscilante y
superficial» (ibid., p.278), es necesario que retorne a inspirarse
en la «sabiduría áurea» de Santo Tomás, para sacar de ella
luz y vigor en la profundización del dato revelado y en la
promoción de un conveniente progreso científico (cf. ibid.,
p.282).
Después de cien años de historia del pensamiento, estamos
en disposición de sopesar cuán ponderadas y sabias fueron
estas valoraciones. No sin razón, pues, los Sumos pontífices
sucesores de León XIII y el mismo Código de derecho canónico
(cf. can. 1366 SS 2) las han recogido y hecho propias. También
el Concilio Vaticano II prescribe como sabemos, el estudio
y la enseñanza del patrimonio perenne de la filosofía, una
parte insigne del cual la constituye el pensamiento del Doctor
Angélico. (A este propósito me agrada recordar que Pablo VI
quiso invitar al Concilio al filósofo Jacques Maritain, uno
de los más ilustres intérpretes modernos del pensamiento tomista,
intentando también de este modo manifestar alta consideración
al Maestro del siglo XX y al mismo tiempo a un modo de hacer
filosofía» en sintonía con los «signos de los tiempos». El
Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, antes
de hablar de la necesidad de tener en cuenta la enseñanza
de las corrientes filosóficas modernas, especialmente «de
las que ejercen mayor influjo en la propia nación», exige
que «las disciplines filosóficas se enseñen de manera que
los alumnos lleguen, ante todo, a un conocimiento sólido y
coherente del hombre, el mundo y de Dios apoyados en el patrimonio
filosófico de perenne validez»
En la Declaración sobre la educación cristiana Gravissimum
educationis leemos: «...teniendo en cuenta con esmero las
investigaciones más recientes del progreso contemporáneo,
se percibe con profundidad mayor cómo la fe y la razón tienden
a la misma verdad, siguiendo las huellas de los Doctores de
la Iglesia, sobre todo de Santo Tomás de Aquino» (n. 10).
Las palabras del Concilio son claras: en la estrecha conexión
con el patrimonio cultural del pasado, y en particular con
el pensamiento de
Santo Tomás, los Padres han visto un elemento fundamental
para una formación adecuada del clero y de la juventud cristiana,
y, por lo tanto, una perspectiva, una condición necesaria
para la deseada renovación de la Iglesia.
No es el cave de que reafirme aquí mi voluntad de dar ejecución
plena a las disposiciones conciliares desde el momento en
que me he pronunciado explícitamente en este sentido ya en
el Mensaje del día 17 de octubre de 1978, el día siguiente
de mi elección a la Cátedra de Pedro (cf. AAS 70 [1978] 921-923;
Enseñanzas al Pueblo de Dios [1978] p.339-348) y tantas otras
veces después.
La filosofía perenne
6. Me siento, pues, muy contento de encontrarme esta tarde
en medio de vosotros, que llenáis las auras de la Pontificia
Universidad de Santo Tomás atraídos por su doctrina filosófica
y teológica, como lo fueron los numerosísimos discípulos de
varias naciones que rodearon la cátedra del hermano dominico
en el siglo XIII, cuando era profesor en la Universidad, o
de París o de Nápoles, o en el mismo «Studium curiae» o en
el estudio del convento de Santa Sabina, en Roma.
La filosofía de Santo Tomás merece estudio atento y aceptación
convencida por parte de la juventud de nuestro tiempo por
su espíritu de apertura y de universalismo, características
que es difícil encontrar en muchas corrientes del pensamiento
contemporáneo. Se trata de la apertura al conjunto de la realidad
en todas sus partes y dimensiones, sin reducciones o particularismos
(sin absolutismos de un aspecto determinado) tal como lo exige
la inteligencia en nombre de la verdad objetiva e integral
concerniente a la realidad. Apertura esta que es también una
significativa note distintiva de la fe cristiana, de la que
es signo específico la catolicidad. Esta apertura tiene su
fundamento y su fuente en el hecho de que la filosofía de
Santo Tomas es filosofía del ser, esto es, del actus essendi,
cuyo valor transcendental es el camino mas directo para elevarse
al conocimiento del Ser subsistente y Acto puro, que es Dios.
Por este motivo, esta filosofía podría ser llamada incluso
filosofía de la proclamación del ser, canto en honor de lo
existente.
De esta proclamación del ser, la filosofía de Santo Tomas
saca su capacidad de acoger y de «afirmar» todo lo que aparece
ante el entendimiento humano (el dato de experiencia en el
sentido mas amplio) como existente determinado en toda la
riqueza inagotable de su contenido, deduce, en particular,
la capacidad de acoger y de «afirmar» ese «ser» que está en
disposición de conocerse a sí mismo, de maravillarse en sí
y, sobre todo, de decidir de sí y de forjar la propia historia
irrepetible... En este «ser», en su dignidad, piensa Santo
Tomás cuando habla del hombre como de algo que es «perfectissimum
in tote natura» (S. Th. I q.29 1 . 3 ), una «persona» , para
la que él pide una atención específica y excepcional. Así
está dicho lo esencial acerca de la dignidad del ser humano,
aun cuando todavía queda mucho por indagar en este campo con
la ayuda de las reflexiones mismas ofrecidas por las corrientes
filosóficas contemporáneas.
De esta afirmación del ser saca también la filosofía de Santo
Tomás su autojustificación metodológica, como de disciplina
irreductible a cualquier otra ciencia, y mas aun tal, que
trasciende a todas, poniéndose en relación con ellas como
autónoma y, a la vez, como completiva de ellas en sentido
sustancial.
Más aun, de esta afirmación del ser, la filosofía de Santo
Tomás deduce la posibilidad y, al mismo tiempo, la exigencia
de sobrepasar todo lo que nos ofrece directamente el conocimiento
en cuanto existente (el dato de experiencia), para llegar
al «ipsum Esse subsistens» y, a la vez, al Amor creador, en
el que halla su explicación ultima (y por esto necesaria)
el hecho de que «potius est esse quam non esse», y en particular
el hecho de que nosotros existamos... «Ipsum enim esse --afirma
el Angélico-- est communior effectus, primus et intimior omnibus
aliis effectibus; et ideo soli Deo competit secundum virtue
tem propriam talis effectus» (QQ. DD. De potentia q.3 a.7
c).
Santo Tomás encaminó la filosofía sobre las huellas de esta
intuición, indicando al mismo tiempo que sólo en este camino
el entendimiento se siente a gusto (como «en su propia casa»),
y que por esto el entendimiento no puede renunciar absolutamente
a este camino, si no quiere renunciar a sí mismo.
Al poner como objeto propio de la metafísica la realidad «sub
ratione entis», Santo Tomás indicó, en la analogía trascendental
del ser, el criterio metodológico para formular: las proposiciones
acerca de toda la realidad, comprendido en ella el Absoluto.
Es difícil supervalorar la importancia metodológica de este
descubrimiento para la investigación filosófica, como, por
lo demás, también para el conocimiento humano en general.
Es superfluo subrayar cuánto deba la misma teología a esta
filosofía, al no ser ella sino «fides quaerens intellectum»
o «intellectus fidei». Por lo tanto, ni siquiera la teología
podrá renunciar a la filosofía de Santo Tomás.
La pluralidad de las culturas y el progreso del pensamiento
humano
7. ¿Acaso se deberá temer que la adopción de la filosofía
de Santo Tomás haya de comprometer la justa pluralidad de
las culturas y el progreso del pensamiento humano? Semejante
temor sería manifiestamente vano, porque la «filosofía perenne»,
en virtud del principio metodológico mencionado, según el
cual toda la riqueza de contenido de la realidad encuentra
su fuente en el actus essendi, tiene, por así decirlo, anticipadamente
el derecho a todo lo que es verdadero en relación con la realidad.
Recíprocamente, toda comprensión de la realidad --que refleje
efectivamente esta realidad-- tiene pleno derecho de ciudadanía
en la «filosofía del ser», independientemente de quién tiene
el mérito de haber permitido este progreso en la comprensión
e independientemente de la escuela filosófica a la que pertenece.
Las otras corrientes filosóficas, por tanto, si se las mire
desde este punto de vista, puede n, es más, debe n ser consideradlas
como aliadas naturales de la filosofía de Santo Tomás y como
partners dignos de atención y de respeto en el dialogo que
se desarrolla en presencia de la realidad y en nombre de una
verdad no incompleta sobre ella. He aquí por que la indicación
de Santo Tomás a los discípulos en la Epistula de modo studendi:
«Ne respicias a quo sed quod dicitur», deriva tan íntimamente
del espíritu de su filosofía. Por lo tanto, estimo vivamente
el ordenamiento de los estudios de la Facultad de Filosofía
de esta Universidad, en la cual, edemas de los curves teóricos
sobre Aristóteles y Santo Tomas, figuran curves de ciencia
y filosofía, antropología filosófica, física y filosofía,
historia de la filosofía moderna, el movimiento fenomenológico,
en conformidad con la reciente Constitución Apostólica Sapientia
christiana: De Studiorium Universitatibus et Facultatibus
Ecclesiasticis (AAS 71 [1979] 495-496).
La búsqueda de la verdad
8. Pero hay otra razón que asegura la validez perenne de la
filosofía de Santo Tomás: es la preocupación dominante por
la búsqueda de la verdad. «Studium philosophiae --escribe
el Aquinate comentando a su filósofo preferido, Aristóteles--
non est ad hoc quod sciatur quid homines senserint, sed qualiter
se habeas veritas» (De caelo et mundo I. lect.22, ed. R. Spiazzi
n.228). He aquí por qué la filosofía de Santo Tomas sobresale
por su realismo, su objetividad: es la filosofía «de l"être
et non du paraitre». La conquista de la verdad natural, que
tiene su fuente suprema en Dios Creador, como la verdad divina
la tiene en Dios Revelador, ha hecho a la filosofía del Angélico
sumamente idónea para ser la ancilla fide), sin humillarse
a si misma y sin restringir sus campos de investigación, sino,
al contrario, adquiriendo desarrollos inimaginables por la
sola razón humana. Por esto, el Sumo Pontífice Pío XI, de
santa memoria, al publicar la Encíclica Studiorum ducem con
ocasión del VI centenario de la canonización de Santo Tomás,
no dudó en afirmar: «In Thoma honorando maius quiddam quam
Thomae ipsius existimatio vertitur, id est Ecclesiae docentis
auctoritas» (AAS 13 [1923] 324).
Cristo y el hombre
9. En realidad, Santo Tomas ha sabido iluminar con su «ratio
fide illustrata» (CONC. VATICANO I, Const. dogm. Dei Filius
c.4: DS 3016) también los problemas referentes al Verbo encarnado,
«Salvador de todos los hombres» (Prólogo de la tercera parte
dela Summa theologica). Son los problemas a los que he aludido
en mi primera Encíclica, Redemptor hominis, donde he presentado
a Cristo como «Redentor del hombre y del mundo, centro del
cosmos y de la historia... camino principal de la Iglesia»
para volver «hacia la case del Padre» (n.1,8,13). Este es
un tema de primerísimo orden para la vida de la Iglesia y
para ea ciencia cristiana. ¿Acaso no es la cristología el
fundamento y la condición primera para la elaboración de una
antropología mas completa, según las exigencias de nuestros
tiempos? Efectivamente, no debemos olvidar que sólo Cristo
«revela plenamente el hombre al hombre» (cf. Const. past.
Gaiudium et spes 22).
Santo Tomás ha inundado, además, con la luz racional, purificada
y sublimada por la fe, los problemas concernientes al hombre:
su naturaleza, creada a imagen y semejanza de Dios; su personalidad,
digna de respeto desde el primer instante de su concepción;
el destino sobrenatural del hombre en la visión beatífica
de Dios Uno y Trino. En este punto debemos a Santo Tomas una
definición precisa y siempre válida de aquello en lo que consiste
la grandeza sustancial del hombre: «ipse est sibi providens»
(cf. Contra gentes III 81).
El hombre es señor de si mismo, puede proveer por sí y proyectar
el propio destino. Sin embargo, este hecho, considerado en
si mismo, no decide todavía sobre la grandeza del hombre y
no garantiza la plenitud de su autorrealización personal.
Solamente es decisivo el hecho de que el hombre se someta
en su actuar a la verdad, que el no determine, sino que sólo
la descubre en la naturaleza y que se le ha dado junto con
el ser. Dios es quien pone la realidad como creador, y la
manifiesta aun mejor como revelador en Jesucristo y en su
Iglesia. El Concilio Vaticano II, calificando esta autoprovidencia
del hombre «sub ratione veri. con el nombre de ministerio
real (munus regale), toca en su profundidad esta intuición.
Esta es la doctrina que me he propuesto plantear de nuevo
y poner al día en la Encíclica Redemptor hominis, señalando
en el hombre «el camino primero y fundamental de la Iglesia»
(n. 14).
Santo Tomas, maestro y santo
10. Al final de estas consideraciones, necesariamente sumarias,
se me impone una ultima palabra. Son las palabras con que
León X111 concluía la Aeterni Patris. «Exempla sequamur Doctoris
Angelici», recomendaba él (LEONIS XIII Acta, cit. p.283).
Es cuanto también repito esta tarde. En efecto, la exhortación
está plenamente justificada por el testimonio de vida con
que Santo Tomás ha corroborado la doctrina impartida en la
cátedra. Antes que metodología técnica de un maestro, la suya
ha sido la metodología del santo que vive en plenitud el Evangelio,
en el que la caridad es todo. Amor a Dios, fuente suprema
de toda verdad; amor a las cosas creadas, que son también
cofres preciosos llenos de tesoros que Dios ha volcado en
ellas.
He aquí cuál fue la fuerza inspiradora de todo su afán de
estudioso y cuál el impulso secreto de su donación total como
persona consagrada. «A caritate omnia procedunt sicut a principio
et in caritatem omnia ordinantur sicut in finem», ha escrito
él (In lo. Ev. XV 2). Y, efectivamente, el gigantesco esfuerzo
intelectual de este maestro del pensamiento estuvo estimulado,
sostenido y orientado por un corazón henchido de amor a Dios
y al prójimo. «Per ardorem caritatis datur cognitio veritatis»
(ibid., V 6). Son palabras emblemáticas que dejan entrever,
tras el pensador capaz de los vuelos especulativos mas audaces,
al místico habituado a beber directamente en la fuente misma
de toda verdad la respuesta a las interpelaciones mas profundas
del espíritu humano. Por lo demás, ¿no confeso él mismo que
jamás había escrito ni había dado lecciones sin recurrir antes
a la oración?
Quien se acerca a Santo Tomás no puede prescindir de este
testimonio que emerge de su vida; más aun, debe encaminarse
valientemente sobre sus huellas con el compromiso de imitar
sus ejemplos, si quiere llegar a gustar los frutos más recónditos
y sabrosos de su doctrina. Es lo que nos recuerda la oración
que la liturgia pone en nuestros labios el día de su fiesta:
« ¡Oh Dios, que hiciste de Santo Tomás un varón preclaro por
su anhelo de santidad y por su conocimiento de las ciencias
sagradas!, humildemente te rogamos nos concedes las gracias
de comprender su doctrina y de imitar su vida».
Pidamos esto también al Señor esta tarde, confiando nuestra
oración a la intercesión del mismo «maestro Tomas», maestro
profundamente humano porque profundamente cristiano, y precisamente
porque profundamente cristiano, profundamente humano.
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