«SER» Y «ESTAR» CON LA VIRGEN MARÍA
Antonio Orozco
Arvo.net, 30.11.2009
«EL SEÑOR ES CONTIGO»
Y habiendo entrado el Ángel donde estaba María, le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres": Y cuando ella esto oyó, se turbó con las palabras de él, y pensaba qué salutación sería ésta. (vv. 28-29)
«el Señor es contigo» es la tercera palabra del saludo del Ángel.
-¿Tiene miga también esta frase?
-Mucha. Es una fórmula bíblica que se utiliza cuando se trata de un mandato difícil de cumplir. La propuesta a María excedía a cualquier poder creado. El poder del Espíritu va a obrar en Ella un gran milagro, un misterio enormísimo, en el que hay algo que debería remover a los cristianos. Ese algo es sin duda inmenso. Dios va a hacerla su Madre. Pero ya «es con Ella». Lo repetimos en cada Avemaría. Podríamos decir «el Señor está contigo», pero en estas latitudes decimos «el Señor es contigo». Es sabido que está en todas partes, lo que no se sabe es hasta qué punto es y está contigo. No solo acompañándote, está en tu corazón, amándote y llenándote como a nada y a nadie. Se va a formar corporalmente en tu seno, llenará tu vientre, tú que estás llena de su Espíritu (cf San Agustín, CAu).
El Verbo de Dios se une a María como Esposo de una manera superior a todo lo humano. Llega a decirse, en sentido espiritual, como engendrando El mismo y siendo engendrado. Así adaptó a sí mismo toda la naturaleza humana. Por eso a la frase «el Señor es contigo» se añade un complemento perfectísimo: «Bendita eres entre las mujeres», es decir, única entre todas las mujeres. «Para que también sean bendecidas en ti las mujeres, como los hombres serán bendecidos en tu Hijo, o más bien unos y otros en ambos. Porque así como por medio de una mujer y un hombre entraron en el mundo el pecado y la tristeza, así ahora por una mujer y por un hombre vuelven la bendición y la alegría, y se derraman sobre todos» (Griego, CAu)
El Señor es contigo. Empleamos en castellano el verbo más sólido y estable en presente de indicativo: «ser»; no un transitorio «estar».
-¿Lo entendió así la Virgen en aquel momento, en toda su dimensión?
-En cierta medida, seguro. De ahí su arrebolamiento, su temblor ante la revelación de tanta generosidad divina. La criatura puesta frente a lo sobrenatural se estremece. Si María hubiese conocido que se había hecho una salutación semejante a algún otro nunca se hubiese asustado ante ésta [la que Ella recibía] como si fuese extraordinaria (Orígenes, s. III). «Llena de gracia, el Señor es contigo» es en fin, un saludo que ya insinúa la grandeza de lo que va a seguir. Tú y yo no hubiéramos temblado, ¡nos hubiéramos desplomado!.
-¿No es magnífico el panorama que se ve desde una cumbre muy alta? ¿No es impresionante hallarse en una insólita altura? Por eso mismo, a los no acostumbrados puede asustar, dar vértigo, suscitar el deseo de volver al asfalto. Lo maravilloso en exceso nos aturde, nos impide pensar, lamentamos la incapacidad de captar tanta belleza. El sol de frente nos deslumbra. Con la presencia y el saludo María ha sido de algún modo transportada a lo alto. Pero, esto es lo asombroso, la Virgen sostiene la mirada al Ángel, se ensimisma, piensa, pondera. No pierde la compostura. Además, como suele hacer Dios en sus manifestaciones extraordinarias, el Ángel dice en seguida: «No temas, María». Ahora la llama por su nombre familiar; crea un clima de naturalidad y confianza. «No temas, María». El temblor desaparece y la serenidad viene a ser plena.
El Señor «es» con Ella. Ser con Ella es más que estar. Lo que se es, se es; ser es algo esencial, no transitorio. En castellano resulta transparente: yo estoy de pie, no soy de pie. Si entendemos que Dios es con Ella, captamos que Dios, absoluto y eterno, sin depender de nada ni de nadie, ha decidido libre y amorosamente «ser con ella». De modo que Dios ya no es ni será nunca sin Ella. No que dependa su Ser de ella. Sencilla y grandiosamente no quiere «ser» sin Ella. En consecuencia, será muy arriesgado, querer estar unido a Dios «sin Ella», porque es imposible estar con Dios sin estar con Ella. ¿Me sigues?
En fin, el argumento sirve para entender todo el misterio de la Alianza de Dios con Adán, con los patriarcas, Noé, Abraham…, con Israel, y finalmente con la Humanidad entera en la Sangre de Jesucristo. Dios se compromete, se ata, vincula libremente su libertad. Y es siempre fiel. Esto es Amor.
Dios se ha atado eternamente a María Virgen como Madre de su Verbo (su Hijo, el Logos divino, Segunda Persona de la Trinidad). Por eso «es» con Ella. Yo seré un loco si no me agarro a la Virgen y me ato indisolublemente para siempre jamás. Amén.
Leamos una lección encantadora de la Liturgia de las Horas, que bien puede ser ahora y muchas veces oración nuestra:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo. ¿Y qué puede ser más sublime que este gozo, oh Virgen Madre? ¿O qué cosa puede ser más excelente que esta gracia, que, viniendo de Dios, sólo tú has obtenido? ¿Acaso se puede imaginar una gracia más agradable o más espléndida? Todas las demás no se pueden comparar a las maravillas que se realizan en ti; todas las demás son inferiores a tu gracia; todas, incluso las más excelsas, son secundarias y gozan de una claridad muy inferior. El Señor está contigo. ¿Y quién es el que puede competir contigo? Dios proviene de ti; ¿quién no te cederá el paso, quién habrá que no te conceda con gozo la primacía y la precedencia? Por todo ello, contemplando tus excelsas prerrogativas, que destacan sobre las de todas las criaturas, te aclamo con el máximo entusiasmo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Pues tú eres la fuente del gozo no sólo para los hombres, sino también para los ángeles del cielo. Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues has cambiado la maldición de Eva en bendición; pues has hecho que Adán, que yacía postrado por una maldición, fuera bendecido por medio de ti. Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti la bendición del Padre ha brillado para los hombres y los ha liberado de la antigua maldición. Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues por medio de ti encuentran la salvación tus progenitores; pues tú has engendrado al Salvador que les concederá la salvación eterna. Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues sin concurso de varón has dado a luz aquel fruto que es bendición para todo el mundo, al que ha redimido de la maldición que no producía sino espinas. Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues a pesar de ser una mujer, criatura de Dios como todas las demás, has llegado a ser, de verdad, Madre de Dios. Pues lo que nacerá de ti es, con toda verdad, el Dios hecho hombre, y, por lo tanto, con toda justicia y con toda razón, te llamas Madre de Dios, pues de verdad das a luz a Dios. Tú tienes en tu seno al mismo Dios, hecho hombre en tus entrañas, quien, como un esposo, saldrá de ti para conceder a todos los hombres el gozo y la luz divina. Dios ha puesto en ti, oh Virgen, su tienda como en un cielo puro y resplandeciente. Saldrá de ti como el esposo de su alcoba e, imitando el recorrido del sol, recorrerá en su vida el camino de la futura salvación para todos los vivientes, y, extendiéndose de un extremo a otro del cielo, llenará con calor divino y vivificante todas las cosas.» [San Sofronio, obispo, Sermón 2, en la Anunciación de la Santísima Virgen, 21-22. 26: PG 87, 3, 3242. 3250]
Una mirada al espejo
Ahora nos conviene mirarnos en el espejo que Dios nos ha dado para conocer mejor lo que acontece en nuestra vida interior cuando estamos en gracia. El espejo de los espejos es obviamente Cristo. Pero María lo refleja perfectamente y lo sucedido en Ella ha de suceder análogamente a cada cristiano que viva de la fe por el amor. Estamos con Dios y en Dios. Dios habita en nuestra alma y, por el alma, en nuestro cuerpo, como en un templo. San Pablo lo recuerda: «vosotros sois templo de Dios vivo». «¿Ignoráis que sois templos del Espíritu Santo que habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?» (1 Cor 6, 19); «El que toque el templo de Dios será destruido por Dios; pues el templo de Dios es santo, y vosotros sois ese templo» (1 Cor 3, 17); «El Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rom 8, 9).
- Y ¿cómo está en ti y en mí, Dios?
-No de brazos cruzados, perdiendo el tiempo. Es Acto puro, dinamismo incontenible, energía creadora, poder inmenso. Está en ti -está en mí- con toda su virtud omnipotente, con toda su grandeza. Jesús decía a unos judíos que le perseguían porque hacía milagros en sábado: «Mi Padre siempre trabaja, y yo también trabajo» (Jn 5,17). Dios no pierde el tiempo. En cuanto recibimos la gracia de Dios, por el Bautismo o la Confesión sacramental, la Trinidad comienza a trabajar, en silencio, que es el modo, se diría, que más gusta a Dios, en el alma renacida. Aunque la persona no se entere, como ocurre a los más pequeños, los bautizados nada más nacer. ¡Cómo hemos de agradecer aquellos años que, sin uso de razón, gozábamos de la presencia activa de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo! Nos estaba trabajando, preparando para el momento, en el que nos enteramos de que algo grandioso sucedió entonces; y sigue sucediendo ahora, cuando tenemos edad para ponderarlo, para agradecer, para sacar conclusiones y propósitos. ¿Qué cosas estará tramando Dios en ti y para ti?, ¿qué estará esperando hacer cuando nos dispongamos a corresponder con plena fidelidad a los impulsos de su gracia? Cosas sorprendentes, sin duda, porque Dios es asombroso. No lo dudes, Dios quiere hacer algo grande en ti y de ti. Quiere conducirte a las altas cumbres del Amor, donde todo es paz, aire puro, serenidad, sosiego, aunque importe sacrificios, trabajos, incluso dolor. Pero en las cumbres altas donde Dios actúa intensamente se atiende menos al dolor que al Amor mismo. Como sucedía en la gruta de Belén, donde nadie se quejaba del frío, ni de la humedad, ni de los mosquitos u otros bichos del lugar. Toda la atención se centraba y era absorbida por el Dios-Niño. La gruta de Belén fue una de las discretísimas cumbres del Amor.
Corresponder a la gracia
¿Qué es lo que Dios trata de hacer en ti? ¿Qué es lo que espera de ti? Pregúntatelo. Mejor, pregúntaselo a la Madre de Dios. Y, de paso, fíjate en Ella. ¿Qué consecuencia saca cuando sabe la noticia de que en Ella la gracia de Dios actúa de modo pleno? Fiat! Hágase en mí según tu palabra. Es una disponibilidad absoluta, incondicional, sin reservas. ¡Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo!
¿Por qué esa resistencia a desear que se haga en todo la Voluntad de Dios? ¿Por qué, si es hacedora de todo bien, si sólo puede querer el bien, porque es la Suma Bondad, el Amor que todo por Amor lo hace? El papa Juan Pablo II, gritaba con su corazón vibrante, siempre joven, al comenzar su pontificado: «Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de recibir a Cristo y de aceptar su potestad! ¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a toda la humanidad! ¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! A su salvadora potestad abrid los confines de los Estados, los sistemas económicos, los amplios campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. ¡No tengáis miedo! ¡Cristo sabe lo que hay dentro del hombre! ¡Sólo El lo sabe! » (JPII, Hom, 22-X-78.) Resuenan de nuevo, con una frescura maravillosa, las palabras del Señor: Soy yo, no temáis . ¿De qué teméis, hombres de poca fe? (cf Mt 14, 27; Mc 6, 50; Lc 24, 36; Jn 6, 20, Mt 8, 26) ¿Por qué temer a un Dios que nos lo ha dado todo, la existencia, la vida, el pensamiento, los bienes materiales, la fe, la gracia, y aun a Sí mismo? ¿De qué temer? ¿Hay algo realmente valioso que podamos perder si abrimos de par en par las puertas a Cristo y a su gracia?
¿Qué nos puede pasar si abrimos las puertas a Cristo, si nos decidimos a corresponder a la gracia de Dios? Una cosa excelente: que Cristo entre, que nos limpie, que renueve nuestra vida, que nuestro corazón se llene del Espíritu Santo y, por tanto, de Amor, y -este es el único riesgo de veras serio- que nos pongamos alegres sobre todas las cosas. «Conviene que dejemos que el Señor se meta en nuestras vidas, y que entre confiadamente, sin encontrar obstáculos ni recovecos. Los hombres tendemos a defendernos, a apegarnos a nuestro egoísmo. Siempre intentamos ser reyes, aunque sea del reino de nuestra miseria. Entended, con esta consideración, por qué tenemos necesidad de acudir a Jesús: para que Él nos haga verdaderamente libres y de esta forma podamos servir a Dios y a todos los hombres» (San Josemaría E.)
¿Qué pasará si me confieso?, ¿qué si me pongo a tratar con Dios de mis asuntos?, ¿qué si me decido a ser absolutamente sincero? ¡Qué va a pasar! Que se va a hacer una gran luz y brotará de tu corazón una sonrisa como nunca la soñaste: eterna, serena, maravillosa, que creará paz en tus adentros y en el ambiente que te rodea.
Y si aún tienes miedo, acude, mira a María. Es el camino más corto, el más amable, el más grato para conseguir amar de veras la amabilísima Voluntad de Dios. ¡No tendrás miedo de tu Madre! Ella sabe lo que cuesta a veces ser dócil a los toques del Paráclito. Le costó pasar unas horas eternas, terribles en el Calvario, precedidas de una larga vida de sacrificio, de pensar en los demás y nunca en sí misma. Una espada de siete filos atravesó su alma. Lo presintió ya cuando escuchó del Ángel que iba a ser la Madre del Mesías. No lo pensó dos veces. Alégrate, tú también, que tienes mucha gracia de Dios. El Señor es contigo, pensaría la Virgen -era casi una niña todavía-, ¡contigo!
-¿Cómo es posible que sea conmigo, de esa manera tan íntima a mí? ¿Quién soy yo, qué he hecho yo para que sea conmigo el Señor, para que se fije en mí, para que espere algo de mí? El alma se estremece y el cuerpo tiembla ante la grandeza de lo divino. Pero enseguida viene la paz: «No temas, porque has hallado gracia delante de Dios... ».. El sabrá lo que dice. El sabrá lo que hace. «¿Cómo será esto...?» ¿Cuál es mi papel? ¿Una espada habrá de atravesar mi alma? Pero, ¿quién piensa en eso ahora? Ahora hay que pensar en la generosidad de Dios, en la llamada eterna, en el poder que me otorga, en la dignidad que me confiere, en el maravilloso horizonte que se abre para mí por toda la eternidad. ¿Yo, hijo de Dios, templo de Dios, llamado a la santidad?
Lo mezquino podría hacer su aparición en escena: «eso es demasiado. Yo no soy más que la esclava o el esclavo del Señor. Esclava, sí. Pero, ¿Madre? Esto es inaudito. Esto es biológicamente imposible. ¿Quién puede creerlo? No, no; yo soy una humilde criatura; yo prefiero ser la esclava del Señor. Que no me compliquen la vida. Yo ya no puedo más. (Sin palabras:) ¡Que no se haga la voluntad de Dios!... Esta sería la humildad hipócrita, falsa; la pereza solapada, el egoísmo hermético.
La auténtica humildad responde: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Hay humildad, hay valentía -fe- en Nuestra Madre: ¡Hágase la Voluntad de Dios! La más humilde de las criaturas es ahora la Reina de todo lo creado. Porque no se negó a la gracia; porque correspondió con una fidelidad asombrosa. No pierdas de vista a María, fíjate bien en la calidad de su respuesta. Sé con María. Átate a María. Dios se ató a Ella en amorosa alianza. Dios es con Ella. Dios es contigo. Y tú con Ella y con su Hijo. Y con el Padre y el Espíritu Santo. Amén.
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