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EL SUEÑO DE LA VIRGEN MARÍA
Autor: Antonio Orozco Delclós
Del libro Mirar a María (Ed. Rialp, Madrid)
No se puede afirmar con rotundidad si la Virgen María, al término de su vida terrena, realmente murió o sencillamente se durmió. El Magisterio solemne de la Iglesia nada definitivo ha dicho sobre el tema. Parece que son más los teólogos que se inclinan a pensar que María murió, a semejanza de su Hijo, aunque la muerte se deba al pecado1, que nunca rozó siquiera a la Virgen. También parecen indicarlo así algunos documentos del Magisterio ordinario. En todo caso, si la muerte de Nuestra Madre fue una realidad, no sería como la de los demás hombres, sino más bien como un dulce sueño ‑se habla de la Dormición de la Virgen‑, en el que su alma inmaculada se separaría de su cuerpo purísimo, para volver a unirse a él en seguida, ya gloriosa. Una vez cumplida su misión en la tierra, cuando Dios quiso, se dormiría la Madre de Dios, para hallarse, al despertar ya en cuerpo y alma‑esto sí que es verdad de fe‑ en el Cielo. Juan Pablo II nos lo resolvió así: «Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como unadormición» (Audiencia25.VI.1997, n. 4):
LA VIRGEN DORMIDA
Un encanto indefinible emana de una criatura cuando duerme. Más aún si es de por sí encantadora. Todo el encanto de la Creación queda resumido y superado largamente en María. Y ahora la Virgen se ha dormido, y podemos contemplarla con descaro y pasmarnos ante tanta belleza.
«Se ha dormido la Madre de Dios. Están alrededor de su lecho los doce Apóstoles. Matías sustituyó a Judas. / Y nosotros, por gracia que todos respetan, estamos a su lado también»2.
Pero la curiosidad es poderosa. ¿Qué acontece en ese último sueño de la Virgen dormida? ¿Nos será posible adentrarnos de alguna manera en su alma en reposo? Creo que sí. Nuestra voluntad de niños ‑hijos peque ños‑ puede lograrlo.
Un dulce cansancio le ha entornado los ojos y han comenzado a sucederse las escenas de una realidad que ahora revive en el sueño. Un sueño que había sido una realidad. Una realidad que ahora parecía un sueño y adquiría la plenitud de su encanto al compendiarse, precisamente, en el de su protagonista, la Virgen dormida. Era como un soñar despierto. La realidad de tantos años de amorosa entrega a la Voluntad del Padre se iba presencializando en aquellos momentos de dulce cansancio.
Resonaban nítidas las palabras del Arcángel: «Salve, llena de gracia, el Señor es contigo.» ¡Llena de gracia! Palabras de parte de Dios que la definían como la más amada de las criaturas, a Ella, la más humilde de todas. ¿No había sido todo como un sueño? Pero aquel rubor que ascendió de su corazón al rostro hermosísimo, arrebolándolo del todo, hermoseándolo indeciblemente, había sido muy real; como real fue la presencia del Ángel y sus palabras rebosantes de respeto, veneración y cariño. La Virgen dormida sonreía para sus adentros al recordar su ingenua, explicable turbación en su primer contacto, digamos sensible, con el mundo sobrenatural. «No temas, María.» ¿Por qué había de temer? Si lo sobrenatural es lo más «natural» del mundo. Lo natural y lo sobrenatural son órdenes diversos e irreductibles, pero Dios no cesa de obrar también sobrenaturalmente en la tierra ‑con ángeles o sin ellos‑ en el alma y en la vida de los que le aman; y lo ven los que tienen ojos para ver.
¿Quién no ha sentido siquiera una vez la mano de Dios posándose en su propia vida? ¿Quién no ha escuchado un mensaje de Su parte, una llamada, una insinuación o sugerencia, un querer imperativo? Hay que reconocer, no obstante, que lo acontecido en aquella casita humilde de Nazaret fue verdaderamente extraordinario, porque algo único iba a ocurrir: «Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Será grande y llamado hijo del Altísimo... El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño que nazca será llamado Hijo de Dios...»
En el alma en reposo de la Virgen dormida se cruzaban ecos de voces ya distantes. En seguida hicieron acto de presencia escenas que contrastaban con aquel momento de gozo inaudito. Ella no podía decir nada y José sufría, estaba perplejo, no sabía a qué atenerse, ¿cómo se había atrevido a desposarse con la virgen madre del Emmanuel –Dios con nosotros- anunciada por los profetas? Se soñaba caminante por oscuras sendas sin norte. La Virgen lo sabía, pero no podía decir nada; y aquel silencio entre los dos se tornaba cada día más doloroso. Más que José ‑hombre justo, santo, enamoradísimo‑, sufría María (Dios no evita el dolor a las almas fuertes que le aman, y María y José han sido y serán las más fuertes, las de amor más intenso).
¡Qué alborozo de felicidad cuando José apareció con un rostro nuevo, radiante, con toda la alegría que es capaz de albergar un corazón humano asomándole en sus nobles ojos húmedos! José brincaba y cantaba como un chiquillo. Cuando se serenó, tomó las manos de su Esposa y puso en ellas un beso. El dolor ya no era más que una pesadilla, un pesado y pasado mal sueño, una parte de aquella espada que meses más tarde Simeón, en el Templo, le anunciaría que había de traspasar su alma, durante toda la vida3. ¡Qué dulce, ahora, el recuerdo de aquella espada!
La huida precipitada a Egipto, un país extraño. Herodes pisándoles los talones. El desierto inacabable. Vientos de arena. Negruras espesas. Quizá ecos sarcásticos de espectros fantasmales llenos de odios insondables.
De El regreso, cuando José ya estaba situado. Y el Niño que se pierde. Casi tres días de ansiedad... Y luego un período de sosiego: la paz familiar, la vida cotidiana, el trabajo de siempre. Eso sí, realizado con perfección, con ilusión renovada cada mañana que transfiguraba la aparente monotonía. Y una armonía plena entre los miembros de la Familia.
Pero el tiempo discurría con presteza, sensiblemente. El Niño se hacía hombre y se acercaba el momento de verle partir. Ya no podría estar a su lado como siempre. Y José ya estaba en el Cielo. Se cernía la soledad, aunque Ella estaba siempre con su Dios. Comenzaron las habladurías, los chismes las calumnias en aquel pueblo miserable que, incomprensiblemente, cerraba sus ojos a la luz. Allí mismo, en Nazaret, en su pueblo, trataron de despeñar a Jesús4. La gente ya no la miraba con la simpatía de antes. En los ojos ajenos se advertía lo torvo.
¿En qué acabaría todo aquello? Lo presentía, lo sabía. El Cuerpo de su Hijo hecho un guiñapo humano, ensangrentado y colgado de un madero, como un criminal, como un maldito de Dios. Aquellas horas largas, larguísimas, eternas, junto a la Cruz, sí que fueron una horrible pesadilla. Pero la Sangre fue real, caliente; y se derramaba coagulándose lentamente, realmente, sobre el Cuerpo y los leños y la tierra. Una prueba que sólo Ella, sólo una Madre como Ella, recia, llena de Dios, ha podido resistir sin perder un instante la compostura, sin histerias inútiles, sin aspavientos. Aguantó a pie firme5, erguida, soportando la horrible pesadilla. Y, en medio de aquel infierno, la nota encantadora, el fino rayo de luz que atraviesa la oscuridad como anuncio de que las tinieblas nunca pueden ser el todo ni lo definitivo para los que aman a Dios: las palabras brotaron ya tenues de los labios de Jesús: «Mujer, he ahí a tu hijo.» Palabras grávidas de significación: en esta Cumbre del Dolor estás dando a luz a una nueva humanidad, y tú eres ya Madre de toda ella.
¡Y qué bien había cumplido su misión durante la ausencia del Hijo! Antes de la Resurrección, llenando de esperanza (Pedro acudió a Ella ‑seguro‑ con mares de lágrimas en los ojos. Toda una flota pesquera hubiera podido navegar en ellos). Y luego, después de la Ascensión, discretamente, alentando a todos en la descomunal y ardua misión. En el sueño de la Virgen, la Madre dormida, pasaban ahora todos aquellos hijos suyos. ¡Qué majos! ¡Qué buenos eran todos! Sí, claro que tenían defectos, pero Ella era su Madre y no se fijaba en esas cosas, sino para ayudarles. Su corazón materno sentía el grato cosquilleo de una inmensa ternura, y soñaba en una muchedumbre de hijos, todos maravillosos, con el aire de familia, muy parecidos al Primogénito (porque así deben ser los hijos de Dios y de María).
La Virgen, hermosamente dormida, seguramente presentía que su sueño se aproximaba al término, y que con él acabaría su tiempo en la tierra. El cansancio, ese cansancio que produce la entrega incansable a los que uno tiene cerca; el peso de la Corredención; una vida llena de alegría, pero también de sacrificios; ese cansancio que se nota más precisamente cuando uno se relaja del todo, se hacía cada vez más dulce.
Ahora sentía el impulso de cantar de nuevo aquella oración que brotó de su pecho en casa de Isabel, a impulsos del Espíritu Santo: «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava. Porque desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Omnipotente, cuyo nombre es Santo...» 6.
¡Valía la pena!, se dijo la Virgen dormida. Valía la pena decir fiat, aquel Sí al Amor. Y, en esto, cuando la dulzura del cansancio había llegado a su colmo, despertó y se halló en el seno de la Trinidad Beatísima: con Dios Padre, con Dios Hijo y su Humanidad santísima (fruto de sus entrañas, obra del Espíritu Santo), y con Dios Espíritu Santo. Y con su esposo José, que estaba atónito ante tanta hermosura. Y con todos los Ángeles y santos celebrando la gran fiesta que perdura en el Cielo, en la que hoy, nosotros, hijos de María, participamos también alborozados.
Esto, ni Ella misma había sido capaz de soñarlo: lo que desde entonces está viviendo en el Cielo. Porque todos nuestros sueños ‑los sueños de las criaturas sobre el Cielo quedarán infinitamente cortos ante la grandiosa realidad de la Gloria.
El descanso, el sosiego inefable, la felicidad inmensa del Cielo, que durante su estancia en la tierra a la Virgen ‑como nos sucede ahora a nosotros‑ le parecía un sueño, ahora es una maravillosa y realísima realidad. Y lo que había sido tan real en la tierra ‑las dudas de José, el desierto, la espada, la sangre derramándose en el Gólgota ahora le parece un sueño, las zonas umbrías del sueño que otorgan relieve, hondura y belleza al todo.
Algo parecido nos acontecerá también a nosotros si nos esforzamos por parecernos a nuestra Madre, si tratamos de «salir a Ella», si procuramos imitar sus virtudes: su gran amor a Dios; su vida de oración; su ponderar las cosas en el corazón, para descubrir en ellas algún mensaje de Dios que, sin dudas, todas contienen; su entrega sin reservas a la humanidad entera desde su casita de Nazaret; su pureza, su pudor; su reciedumbre ante el sacrificio; su estar en los detalles; su santificar la vida ordinaria...
De este modo, nuestra vida será también como un sueño magnífico. Con sus pequeñas pesadillas, que no serán más que esto. Con un despertar maravilloso, que desbordará sobradamente nuestra poderosa imaginación. Un final interminable, inmensamente feliz junto a Dios Padre, Dios Hijo; Dios Espíritu Santo; junto a la Virgen, que no es poco; junto a San José, Ángeles y santos, en una continua y divertidísima fiesta, pues, como dice San Agustín, «este Bien, que satisface siempre, producirá en nosotros un gozo siempre nuevo... Tranquilizaos y mirad: será una continua fiesta»7. Entonces, esos problemas quizá agobiantes, esas dificultades o contradicciones con los que acaso nos vamos a enfrentar al llegar a casa o al lugar de trabajo, que pueden ser ‑o parecer‑ tan reales, no serán más que aquella parte molesta del sueño, porque lo que contará entonces será la realidad realísima del Cielo. Vale la pena, pues, luchar contra esas pasiones que nos impiden remontar el vuelo, que tienden a aplastarnos contra la tierra: pereza, soberbia, sensualidad... ¡vanidad!: el afán desmesurado de aparecer grandes aquí abajo. La Virgen pasó inadvertida ‑la más hermosa, la más inteligente, la más amable de las criaturas‑ y ahora está, junto a Cristo, ocupando el centro de la atención del Cielo entero. Más que Ella sólo Dios. Reina y Señora de todo lo creado.
«Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la Gloria.‑Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora.‑Tú y yo ‑niños, al fin‑ tomamos la cola del espléndido manto azul de la Virgen, y así podemos contemplar aquella maravilla. / La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios... Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles: ¿Quién es Ésta?» 8.
LA CORONACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
Tomar la cola del espléndido manto azul de la Virgen nos ha permitido asistir a su gloriosa entrada, en cuerpo y alma, a los Cielos. Hemos participado del gozo de la Trinidad Beatísima, de San José, de todos los Ángeles y santos allí presentes celebrando la gran fiesta. Y ahora estamos invitados asistir a un nuevo acto maravilloso, que aumenta aún más nuestra alegría: «El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo»9. Yo me fijo sobre todo en José, que no sabe si reír o llorar y opta por hacer las dos cosas al mismo tiempo. Al fin y al cabo, en el Cielo se puede dar rienda suelta a todas las emociones nobles que caben en el pecho humano. La Virgen está preciosa, como nunca. Ha recibido ya la mayor gloria posible en una criatura. «Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles..., y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos..., y todos los pecadores y tú y yo»10.
Nosotros ya sabíamos que era Reina. Se lo hemos dicho tantas veces: Salve, Reina y Madre de misericordia... Pero nos gusta volver una y otra vez a ese momento magnífico, para decirle así: ¡Reina!
«Si tú y yo hubiéramos tenido poder, la hubiéramos hecho también Reina y Señora de todo lo creado»11. ¡Por supuesto que sí! Además, hay una cosa que podemos hacer con pleno derecho: coronarla Reina de nuestro corazón y Señora de nuestra libertad. Porque «la Madre de Cristo, Rey y Señor de todo lo creado, Rey de un reino de vida, de verdad, de santidad, de gracia, de justicia, de amor y de paz12, es Reina también del mundo, de los hombres y de los ángeles. Reina que ansía reinar, antes que nada, en los corazones de sus hijos»13.
Es lo que hizo una de las más encantadoras ancianas, Isabel, cuando se estremeció de alegría el hijo que milagrosamente llevaba en el seno, al oír el saludo de la Virgen Madre: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mi?» Decir «la madre de mi Señor» es tanto como decir «la Señora», «la Reina». Así se inicia una tradición ininterrumpida. Y la Liturgia, «fiel espejo de la enseñanza comunicada por los Padres y creída por el pueblo cristiano, ha cantado en el correr de los siglos y canta de continuo, así en Oriente como en Occidente, las glorias de la celestial Reina»14. En la Liturgia bizantina se dice: «Himno cantaré a la Madre Reina, a la cual me vuelvo gozoso, para celebrar con alegría sus glorias... Oh Señora, nuestra lengua no te puede celebrar dignamente, porque Tú, que has dado a luz a Cristo Rey, has sido exaltada por encima de los Serafines... Salve, Reina del mundo, Salve, María, Señora de todos nosotros»15.
Y en el misal etiópico: «Oh María, centro del mundo entero, Tú eres más grande que los querubines y que los serafines... El Cielo y la tierra están llenos de la santidad de tu gloria»16. Regina coeli, laetare. Alleluial,¡Alégrate, Reina del cielo!, es la oración de la Iglesia durante el tiempo pascual. Es el canto a su superioridad, por encima de todas las demás criaturas y el reconocimiento del papel singular que desempeña en la obra magna de la Redención.
La Virgen Reina, tocada con corona de doce estrellas, vestida de sol, la luna a sus pies17, no nos deslumbra. Sigue siendo la más humilde. En esto hay que pensar: laEsclava del Señor, la que no pide nada para sí; la que se da del todo, enteramente, sin pedir ni buscar compensaciones, Esa es ahora la Reina, la Señora. Se cumplen magníficamente las palabras de Jesús: «el que se humilla, será exaltado»18.
Sucede que el auténtico señorío de la criatura está precisamente en la voluntad de servir; comienza cuando se cae en la cuenta de que estamos en la tierra paraservir. Servir, en primer lugar, a quien es, por derecho propio, Nuestro Señor;sabiendo que Él quiere que le sirvamos, las más de las veces, sirviendo a los hombres, sus hijos, hermanos nuestros. Ahí está justamente nuestro mayor señorío.
Los Apóstoles sufrieron una especial dificultad para comprender esta idea que reiteradamente les propuso el Maestro. En cierta ocasión, de camino a Cafarnaum, discutían vivamente. Por lo visto, el Señor iba aparte. Y cuando llegaron a casa, les preguntó: «¿Qué discutíais en el camino?» «Ellos ‑cuenta San Marcos‑ se callaron.» Advirtieron que algo había andado mal: en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor», el más importante, quizá el más listo e inteligente, aquel al que los demás habrían de someterse. Entonces, el Señor, «sentándose»... El Maestro se sienta, con un gesto que revela una paciencia conmovedora: «llamó a los Doce y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Les ha dado ya la doctrina, y en seguida pasa a ponerles un ejemplo gráfico e inolvidable: «tomando un niño, lo puso en medio de ellos, y abrazándole, les dijo: Quien recibe a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no es a mí a quien recibe, sino al que me ha enviado»19. La cosa no podía estar más clara. Habían de renunciar a las ambiciones humanas; habían de comprender que la prioridad en el Reino de Dios la tiene quien realmente sirve, quien de algún modo ‑sirviendo‑ se hace el último,el más pequeño.
Pues bien, en el capítulo siguiente ‑sólo una página más allá‑ San Marcos nos refiere otra escena interesante: «Se le acercaron Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: Maestro, queremos que nos hagas lo que vamos a pedirte.» Es un modo de acercarse al Señor que manifiesta una confianza maravillosa, enorme. Así debemos acudir también nosotros. «Díjoles Él: ¿qué queréis que os haga? Ellos le respondieron: Concédenos sentarnos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu gloria.» Qué gran consuelo para los que somos durillos de inteligencia: ¡no habían entendido nada de la lección anterior! Ellos, que se daban tanta importancia. Había hablado muy claro el Señor, pero ninguno entendió, porque además «los otros diez, oyendo esto, se enojaron contra Santiago y Juan». Pensarían: ¿pero cómo se atreven éstos a pedir tal cosa? escaso se creen superiores a nosotros? ¿No se han dado cuenta de que yo soy el más listo, el más guapo, el más capaz?
Y el Señor, con una paciencia infinita, como si fuera la primera vez, vuelve a la carga: «llamándoles Jesús a sí, les dijo: Ya sabéis cómo los que en las naciones son considerados como príncipes las dominan con imperio, y sus grandes ejercen poder sobre ellas. No ha de ser así entre vosotros; antes, si alguno de vosotros quiere ser grande, sea vuestro servidor; y el que de vosotros quiere ser el primero, sea siervo de todos». Y acaba su discurso poniéndose como ejemplo: «pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar a su vida en rescate por muchos»20.
Diríamos que cualquiera de nosotros habría aprendido ya definitivamente la lección. Pues los Apóstoles, no. Después de tres años de andar siguiendo a Jesucristo y de escuchar tantas veces la misma doctrina, en la última Cena, después del aquel derroche infinito de Amor de Dios que fue la institución de la Eucaristía, «se suscitó entre ellos una contienda sobre quién de
ellos había de ser tenido por mayor». Y de nuevo, magistralmente, el Señor argumenta: «Los reyes de las naciones imperan sobre ellas y los que ejercen la autoridad sobre las mismas son llamados bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros será como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está sentado?» «Pues yo estoy en medio de vosotros como quien sirve»21. Y para que ya no se les olvidara jamás, «se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en la jofaina, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida». Cumple el oficio de un esclavo.
«Así, pues, cuando les hubo lavado los pies, y después de tomar sus vestidos, se puso de nuevo a la mesa, y les dijo: ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho. En verdad, en verdad os digo: No es el siervo mayor que su Señor, ni el enviado mayor que quien le envía. Si estas cosas entendéis, dichosos vosotros si las ponéis por obra»22.
¿Hemos comprendido bien la enseñanza del Maestro? ¡Bienaventurados, felices!, nos dice el Señor, si entendemos, lo que ha hecho y nos ponemos a imitarle. Nuestra alegría será grande si nos decidimos a convertir nuestra vida en un acto de servicio. También encontramos en las palabras de Cristo la raíz de muchas de nuestras tristezas: pretendemos más bien ser servidos que servir; deseamos la «independencia», la «autonomía», sin caer en la cuenta de que esto, en las relaciones con Dios y con los hijos de Dios, es el lazo de la soberbia y la esclavitud de la mentira.
Ya dijo Job que «el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio»23. De manera que servir es algo inherente a la condición humana. No hay personas especializadas en servir, porque todos debemos ser especialistas en ello. No hay «chicas de servicio», como si debiera haber otras que no sirven para nada. Hay, efectivamente, una profesión maravillosa‑que tendrá un premio grande en el Cielo, si se realiza con sentido sobrenatural que consiste en servir en las tareas propias del hogar: es el trabajo en el que gastó su vida la Santísima Virgen. Ella sirvió en su casa, y en casa de Isabel, y seguramente en muchas otras si alguna necesidad la requería.
Y cada uno, en el lugar que le corresponde en la sociedad, ha de servir. Con o sin delantal, todos somos chicas de servicio,porque si no, seríamos parásitos,chupópteros, trastos inútiles, sin derecho a comer24; como árboles que chupan la savia de la tierra y ni dan frutos ni permiten que los den los que están a su alrededor; comoburgueses, que sólo se preocupan de su comodidad egoísta: al final, se encontrarán con las manos vacías, con el corazón vacío, con la cabeza vacía y con su vida vacía. Nuestra mayor dignidad es servir, y no a nosotros mismos, sino a Dios: «Comportémonos en todas las cosas ‑dice el Apóstol‑ como servidores del Señor»24. Si no nos convenciéramos de que la vida es un servicio de tal categoría, no habríamos captado la esencia de la vida humana y cristiana; estaríamos luchando contra la naturaleza de las cosas y viviendo en vano, con un fondo de amargura e infelicidad.
En cambio, si nos decidimos a imitar a Jesucristo y a su Santísima Madre, donde Dios quiera y como Dios quiera, entonces comenzamos a señorear sobre nosotros mismos: vamos dominando el genio, las pasiones, el egoísmo, las ambiciones malas, y trabajamos con alegría, con un sentido claro, justo, sobrenatural, divino.
Lavarnos los pies unos a otros, quiere decir ser servidores los unos de los otros, como quien sirve a Dios, porque «cuando te echas a los pies de tus hermanos, recibes a Cristo y adoras a Cristo»26.
Miremos a la Reina. En Ella se manifiesta del modo más claro que servire Deo, regnare est, servir a Dios es reinar. Gracias, Madre, por tu gran ejemplo, por tu magnífica lección. Gracias, Dios mío, por esa Madre y por esa corona de doce estrellas que has puesto en su cabeza hemosísima. ¿Cómo podría coronar yo a la Señora de mi libertad, a la Reina de mi corazón?
No tengo oro ni plata, ni virtudes que puedan adornar mi corona para Ella. Pondré entonces mis actos de contricción ‑mi dolor profundo por mis pecados y negligencias‑ y mis actos de amor continuos. Mi corona para la Reina estará hecha de piedras preciosas muy pequeñas. Pero, por fortuna, he leído en Camino: «Las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas»27. Y «¿No has visto en que 'pequeñeces' está el amor humano? Pues también en 'pequeñeces' está el Amor divino»28. El alma de la Madre de Dios y Madre mía es la más grande, y se sentirá orgullosa de lucir en el Cielo mi corona de cosas pequeñas. Ya la veo en el seno de la Trinidad Beatísima, paseando con San José por entre los ángeles y santos, con mi corona suya. Procuraré enriquecerla cada día más: más actos de fe, de esperanza y de Amor; más jaculatorias, más miradas y sonrisas a sus imágenes, más también de esas obras que son los amores. Y si con su ayuda poderosa y delicadísima continúo así hasta el final, no hay duda de que serémuy señor de mí mismo, en primer lugar29; y luego, señor de las cosas todas: las dominaré sin ser dominado. Y después, reinaré con Ella ‑y con su Hijo, claro es‑ en el Cielo, en ese Reino que no tendrá fin, en el que se vive una gran fiesta eterna.
Por eso yo parafraseo a San Pablo y exclamo muchas veces: oportet illam regnare! 30, ¡es preciso que Ella reine! Que reine en mi mente, en mi memoria, en mi imaginación, y en mis afectos, en mis quereres, en mis amores, en mi libertad; y en mis sentidos y en cada una de mis potencias. Y en los míos, y en todas las gentes de la tierra ‑de Europa, de América, de África, de Asia y de Oceanía‑, y en todos los habitantes de las moradas sempiternas. En una palabra, que la Emperatriz del Universo reine de verdad, con Cristo, como Ella sabe hacerlo: suave, humilde y discretamente; con su Corazón dulcísimo, inmaculado, cuyos deseos son satisfechos siempre, porque la Hija, Madre y Esposa de Dios es la Omnipotencia suplicante. Y es mi Madre. Oportet illam regnare! Sí, es necesario, es bueno ‑más que bueno, es óptimo‑ que Ella reine ahora y siempre. Nada puede complacer más a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo.
Notas:
1. Cfr. Rom 5, 12. Puede verse este tema ‑como los demás marianos más importantes‑ en el asequible tratado de JAVIER IBÁÑEZ‑FERNANDO MENDOZA, LaMadre del Redentor, Madrid 1980 (Ed. Palabra).
2. J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Santo Rosario, cap. «Asunción de la Virgen».
3.Lc2,36.
4. Lc 4, 29.
5. lo 19, 25.
6.Lc1,46.
7. S. AGUSTÍN, Sermo 362, 29.
8. J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Santo Rosario, cap. «Asunción de la Virgen».
9. J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Santo Rosario, cap. «Coronación de la Virgen», 20 ed., Madrid 1977, pp. 82‑83. La Liturgia y el Magisterio de la Iglesia enseñan que María no sólo es Madre de Dios, sino que propia y verdaderamente debe ser llamada también Reina y Señora, porque de Ella nació Cristo, Dios y Señor, que es Rey al mismo tiempo. Pío XII, al clausurar el Año Mariano de 1954, instituyó la fiesta de Santa María Reina, y escribió la encíclica Ad Coeli Reginam (11‑X‑1954). Posteriormente, el Concilio Vaticano II ha dicho de la Virgen: «Enaltecida como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan» (Const.Lumen Genfium, n. 59). Y también: «Exaltada por Gracia de Dios sobre todos los ángeles y los hombres, después de su Hijo» (Ibídem, n. 66); cfr. PABLO VI, Professio fidei, 30 VI‑68).
10. J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, o.c., ibidem.
11. Ibídem.
12. Cfr. Prefacio de la fiesta de Cristo Rey.
13. J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, La Virgen, enLibro de Aragón, ed. por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1976.
14. Pío Xll, Ad coeli Reginam, 11‑X‑1954.
15. Officium hymni Akátistos.
16. Misal Etiópico, Anaphore Dominae nostrae, Matris Dei.
17. Apc 12, 1.
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