LA AUTOMANIFESTACIÓN DE CRISTO EN CANÁ
Por Antonio Orozco-Delclós
EL SEGUNDO MISTERIO DE LUZ que el Romano
Pontífice Juan Pablo II ha propuesto en su
Carta apostólica Rosarium Mariae Virginis,
lo enuncia como «La automanifestación de
Cristo en Caná», y glosa: «Misterio
de luz es el comienzo de los signos en Caná
(cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo,
transformando el agua en vino, abre el
corazón de los discípulos a la fe gracias a
la intervención de María, la primera
creyente».
La traducción de Jn 2, 1-12 de la Biblia
de Jerusalén, comienza así:
Tres días después se celebraba una boda
en Caná de Galilea y estaba allí la madre de
Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús
con sus discípulos. Y, como faltara vino,
porque se había acabado el vino de la boda,
le dice a Jesús su madre: «No tienen vino».
[1-3].
El verso siguiente [4] se abre a diversas
traducciones con diferentes sentidos.
Teniendo en cuenta la exégesis reciente,
preferimos la siguiente, que explicaremos
más adelante:
Jesús le responde: « Mujer, ¿qué entre tú
y yo? » ¿No ha llegado [acaso] ya mi
hora?» [4] (*)
La Biblia de Jerusalén continúa:
Dice su madre a los sirvientes: « Haced
lo que él os diga. » Había allí seis tinajas
de piedra, puestas para las purificaciones
de los judíos, de dos o tres medidas cada
una. Les dice Jesús: « Llenad las tinajas de
agua. » Y las llenaron hasta arriba. «
Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al
maestresala. » Ellos lo llevaron. Cuando el
maestresala probó el agua convertida en
vino, como ignoraba de dónde era (los
sirvientes, los que habían sacado el agua,
sí que lo sabían), llama el maestresala al
novio y le dice: « Todos sirven primero el
vino bueno y cuando ya están bebidos, el
inferior. Pero tú has guardado el vino bueno
hasta ahora. » Así, en Caná de Galilea, dio
Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su
gloria, y creyeron en él sus discípulos
[5-11].
Un acontecimiento normal en la vida de un
pueblo: una boda, un matrimonio; una fiesta,
porque la unión conyugal entre un hombre y
una mujer -unión indisoluble con vistas,
entre otras cosas esenciales, a la
generación de nuevas personas creadas a
imagen y semejanza de Dios-, es un evento a
celebrar con gran alegría, incluso durante
varias jornadas. Sucede con alguna
frecuencia, pero no tanta, en lugares de
reducidas dimensiones. Allá, en Palestina,
todo aquél que cruzaba el camino del pueblo,
por hospitalidad oriental y el mero hecho,
era invitado a la fiesta. No es de extrañar,
pues, que los cálculos sobre la necesidades
gastronómicas fallasen algunas veces.
Una fiesta fuera de lo ordinario, pero
normal, la boda, es el escenario donde
sucede un acontecimiento trascendental y,
durante la celebración de ésta, se van
suceder hechos trascendentes a la boda
misma, la cual, con la presencia de Jesús,
de María y de los discípulos adquiere una
intensa dimensión simbólica (Juan
Pablo II, Aud. gen., 5-III-97, 2). El
evangelista se propone no sólo contarnos un
hecho sobrenatural, la conversión del agua
en vino, sino otras y variadas cosas.
Es importante conocer en profundidad los
símbolos y metáforas de las que se sirve el
Espíritu Santo para revelar las diversas
dimensiones del amor de Dios Padre, de Dios
Hijo y del mismo Espíritu. No debemos dejar
caer en el olvido ni en la sombra lo que no
es obvio o de difícil entendimiento. Es
preciso amar a Dios también con toda la
mente, es decir, con toda nuestra
capacidad de conocer, para amar lo más
posible ("ojos que no ven corazón que no
siente").
El evangelista por de pronto califica el
milagro de «signo» («el primero de los
signos...»). Un «signo» «significa» algo más
de lo que acontece. Entre signo y
significado se mantiene una cierta analogía.
El vino
El vino era el símbolo de los bienes
mesiánicos y también de la llegada del
Mesías tan largamente esperado (el Cristo,
el Ungido de Yahwé), como Salvador del
Pueblo de Dios, según las promesas hechas a
los profetas. Se sabía que el vino era un
elemento importante del festín mesiánico,
así como habitual en la celebración de una
unión esponsal.
En la Sagrada Escritura, el vino se
relaciona con la sabiduría. La Sabiduría
organiza un banquete e invita a las gentes a
beber el vino que ella ha preparado (Cf.
Prov 9, 1-5; 24, 3-14). La Sabiduría se
manifiesta en la Ley, por la cual Israel es
el más sabio de los pueblos. No hay pueblo
que posea una ética, una moral, como la que
Israel ha recibido del Dios vivo. El vino es
símbolo de la Ley, y la Sabiduría se hará
presente con el Mesías, que traerá una
sabiduría nueva, superior y definitiva. El
vino se menciona cinco veces en nuestro
texto. Y por dos veces se habla del «vino
bueno» (kalós), vino sabroso, de gran
calidad es el que da Jesús, incluso superior
que de entrada habían dado los novios para
el deleite inicial de los invitados. Es en
suma de calidad superior a lo esperado.
Será símbolo de la Nueva Ley y en la Última
Cena se convertirá en la Sangre redentora,
sello de la Nueva Alianza (renovado
compromiso del Amor misericordioso). Procede
del agua de las tinajas destinadas a la
purificación de los judíos; que aquí
simboliza un rito de la ley a punto de
caducar. La purificación y santificación
cristiana se realizará por el Evangelio, por
la palabra de Cristo, por su verdad (cf 8,
32).
«En Caná, precisamente el agua de las
tinajas, destinada a la purificación de
los judíos y al cumplimiento de las
prescripciones legales (cf. Mc 7, 1-15),
se transforma en el vino nuevo del
banquete nupcial, símbolo de la unión
definitiva entre Dios y la humanidad»
(Juan Pablo II, Aud. gen., 5 de
marzo de 1997)
Se inicia, pues, una nueva era, como un
nuevo zarpar de la humanidad hacia su Dios y
Padre. Asistimos al tránsito de la antigua a
la nueva economía de la salvación. ¡Cruzamos
el umbral del Nuevo Testamento! Han llegado
los tiempos mesiánicos. El agua de la
«Letra» ya pasó, se ha convertido en el vino
del «Espíritu», Dador de vida
superabundante. Había seis tinajas de cien
litros cada una, ¡una barbaridad! La
Sabiduría y el Amor embriagan, pero
clarificando la mente y el sentido para la
Verdad que es Cristo. El vino de Jesús, por
lo demás, es tan nuevo que requiere odres
nuevos (9, 17): nueva mentalidad, nuevo modo
de mirar a Dios, a los hombres, al mundo.
«La expresión «dar comienzo a los
milagros», que el Concilio recoge del
texto de san Juan, llama nuestra
atención. El término griego arjé,
que se traduce por «inicio»,
«principio», se encuentra ya en el
Prólogo del evangelio de Juan: «En el
principio existía el Verbo» (Jn 1, 1).
Esta significativa coincidencia nos
lleva a establecer un paralelismo entre
el primer origen de la gloria de Cristo
en la eternidad y la primera
manifestación de la misma gloria en su
misión terrena.» (Aud. gen., 5-III-1997).
Todo lo mide Juan evangelista, cada palabra,
cada detalle.
INTERVENCIÓN DE «LA MUJER»
Y NUEVA RELACIÓN ENTRE JESÚS Y MARÍA
El milagro-signo ha sido realizado a
instancias de María: «No tienen vino». Ella
está en todo: en lo más espiritual y en lo
más material, porque la persona humana es
ambas cosas a la vez, en la unidad de un
solo ser. Ella estará también en todo lo de
cada uno de sus innumerables hijos y será
una fuente de gozo descubrirla en todas
nuestras cosas, grandes o pequeñas.
María es llamada «Mujer» por Jesús, un modo
inusual en el contexto bíblico de dirigirse
un hijo a la propia madre. Esa palabra
contiene un mensaje.
«El término «Mujer», con el que se
dirige a María (cf. Jn 2, 4 [...] no
encierra ninguna connotación negativa y
Jesús lo usará de nuevo, refiriéndose a
su madre, al pie de la cruz (cf. Jn 19,
26). Según algunos intérpretes, el
título «Mujer» presenta a María como la
nueva Eva, madre en la fe de todos los
creyentes» (Aud. gen., 5.III.1997).
Es la Mujer anunciada en Génesis 3, 15,
asociada al Salvador, que aplastará la
cabeza del dragón infernal (Ipsa conteret
caput). Es la Mujer que se revela en
paralelo al Mesías, en el Antiguo
Testamento, símbolo de Sión: «Hija de Sión»,
«Madre de Sión», «Virgen de Israel». «María
es –afirma Ignace de la Potterie- la
realización histórica de ese símbolo, la
personificación del pueblo mesiánico en los
últimos tiempos. En Caná se encuentran y
funden el significado histórico y el
significado simbólico de la Mujer». Ella es
la mujer de quien el Verbo tomó la carne, es
como la personificación del pueblo de
Israel. La «corriente mesiánica – femenina»
de los profetas desemboca aquí en María. «De
la madre de Sión se dirá: todos han nacido
en ella» (Sal 86, 5).
Se nos está sugiriendo la maternidad
universal de María y ha llegado el momento
de establecer una nueva relación
entre María y Jesús, superior a la relación
doméstica madre-hijo. María ha de pasar de
ser «sólo» la Madre de Jesús a ser además
la Mujer en el misterio de la salvación,
«la Mujer en la Iglesia». Algo así como la
personificación de la Iglesia-Madre de los
creyentes. Entre María y la Iglesia se
descubren analogías muy estrechas y
elocuentes.
«¿Qué a ti y a mí?» (1)
Es una manera de comenzar un discurso en el
que se nos va a dar una respuesta
inesperada, sorprendente. ¿Por qué Juan
después de anunciarnos la boda de unos
novios no nos dice nada de ellos? ¿Quiénes
son, cómo se llaman, a qué estirpe
pertenecen...? La respuesta es: porque esa
boda es el marco histórico en el que tiene
lugar un desposorio de naturaleza singular y
superior. En el relato, cuando se espera que
se nos ofrezca noticia de la identidad de
los novios, recibimos la revelación de una
nueva identidad de Jesús y María. Jesús ya
no es el niño ni el carpintero de Nazaret,
que se limita a ser uno de tantos, que pasa
inadvertido por una humildad infinita y un
anonadamiento total del Verbo humanado. No
ha hecho ni dicho nada extraordinario, que
llame la atención de las gentes. Esta etapa
se acabó. «Ahora» comienza «la hora». El
Padre ya ha proclamado en el Jordán, ante
una pequeña muchedumbre, que Éste es «el» su
Hijo (unigénito), el Bien Amado, en quien
encuentra sus eternas delicias. El Bautista
lo ha señalado como el Cordero de Dios que,
cargando con todos los pecados del mundo,
los quita. Ahora es el momento de «automanifestarse»,
la hora de mostrar con palabras y hechos
propios la verdad de la palabra del Padre:
Él es el Mesías anunciado por los profetas.
No hay dialéctica, sino diálogo entre Jesús
y María. La Virgen Madre, Nueva Eva,
entiende que es un momento excelente para
que Jesús se manifieste como indica su
nombre: Salvador. Ella, estando en todo,
advierte la falta de vino, la presencia de
Jesús y de sus discípulos. Es la ocasión de
matar varios pájaros de un tiro. Su
oración «no tienen vino» no tiene nada de
ingenua. María es mujer versada en las
Escrituras; ha conversado largamente durante
años con su Hijo, Dios Hijo, en su propio
hogar. Es Asiento de la Sabiduría. Quedan
atrás los días en que no entendía algunas
palabras de Jesús. ¿Cómo creer que sus
conversaciones con su Hijo fueran siempre
intrascendentes o simplemente de contenido
doméstico?
La respuesta de Jesús -como quedó dicho-, al
ser transcrita por Juan al griego, nos queda
abierta a distintas lecturas. La respuesta
literal es: «Mujer, qué a ti y a mí», o bien
«¿qué para ti y para mí». Desde luego, no
indica una actitud de distancia ni hacia
María ni hacia el apuro de los novios. El
sentido depende del tono y de la música que
se ponga en las palabras y del gesto que las
acompañe. ¿No es coherente interpretar el
«qué a ti [o para ti] y a mí [para mí]?»
como una exclamación admirativa?: ¡Oh,
Mujer, qué gran cosa significa esto para ti
y para mí! Tiene mucho que ver este apuro
contigo y conmigo... La manifiesta
insuficiencia de la criatura va a mover la
manifiesta suficiencia del Creador. La
criatura por sí sola es incapaz de resolver
los problemas más sencillos. Pero a ti y a
mí nada humano nos es ajeno y todo nos
interesa sobremanera. Lo que ha sucedido, la
boda, unido a lo que va a suceder mientras
se celebra, forma un todo significativo
de lo mucho más grande aún que ahora se
cumple entre tú y yo...
«Con su «mirada penetrante –dice
el Papa, situado mentalmente en Caná-,
es capaz de leer en lo íntimo de Jesús,
hasta percibir sus sentimientos
escondidos y presentir sus decisiones»
(RVM, 10)
«Siguiendo al evangelista Juan
–comenta-, el Concilio destaca el papel
discreto y, al mismo tiempo, eficaz de
la Madre, que con su palabra consigue de
su Hijo "el primero de los milagros".
Ella, aun ejerciendo un influjo discreto
y materno, con su presencia es, en
último término, determinante. La
iniciativa de la Virgen resulta aún más
sorprendente si se considera la
condición de inferioridad de la mujer en
la sociedad judía. En efecto, en Caná
Jesús no sólo reconoce la dignidad y el
papel del genio femenino, sino que
también, acogiendo la intervención de su
madre, le brinda la posibilidad de
participar en su obra mesiánica
[...] A algunos la petición de María les
parece desproporcionada porque subordina
a un acto de compasión el inicio de los
milagros del Mesías. A la dificultad
responde Jesús mismo, quien, al acoger
la solicitud de su madre muestra la
superabundancia con que el Señor
responde a las expectativas humanas,
manifestando también el gran poder que
entraña el amor de una madre» (Aud. gen.
5-III-1997, 1; subrayado nuestro).
Ha comenzado, pues, «ahora» (v. 8), «mi
hora» (v. 4), la que no había llegado «hasta
ahora» (v. 10). Ha comenzado la hora de
los signos, es decir, el tiempo de que
el Señor comience a actuar de tal modo que
las acciones humanas del Hijo del hombre
signifiquen con claridad una intención
divina, la superabundancia del Amor
misericordioso. Ha llegado la hora de que
Jesús comience a manifestar su «gloria», que
se vea que es el Mesías esperado por Israel
durante largos siglos. Esta hora, por
cierto, continuará durante toda la vida
pública y alcanzará su pleno cumplimiento en
el misterio abarcante de la Cruz y la
Resurrección.
¡Maravillosa sintonía entre María y Jesús!
¡Qué bien entiende e interpreta el
pensamiento de su Hijo! Hay más que en la
relación madre-hijo. Las palabras siguientes
se pueden interpretar como hace el
prestigioso autor Ignacio de la Potterie:
«No ha llegado ya mi hora»? (p. 227),
¿acaso no ha llegado ya mi hora y tú lo
sabes?
¿Que entendimiento profundo se ha dado
entre Jesús y su Madre? ¿Cómo explorar
el misterio de su íntima unión
espiritual? De todos modos el hecho es
elocuente. Es evidente que en aquel
hecho se delinea ya con bastante
claridad la nueva dimensión, el
nuevo sentido de la maternidad de
María. Tiene un significado que no
está contenido exclusivamente en as
palabras de Jesús y en los diferentes
episodios citados por los Sinópticos. En
estos textos Jesús intenta contraponer
sobre todo la maternidad, resultante del
hecho mismo del nacimiento, a lo que
esta " maternidad " (al igual que la "
fraternidad ") debe ser en la dimensión
del Reino de Dios, en el campo salvífico
de la paternidad de Dios. (RM, 21)
Por lo demás, ¿cómo no pensar que María está
perfectamente enterada del acontecimiento
del Jordán? ¡Claro que sabía que aquella
podía ser «la hora» de la automanifestación!
Pero Jesús no ha tomado la iniciativa. ¿Por
qué? Para revelar la relevancia del rol que
en la obra de la salvación se le ha
confiado, por pura libertad amorosa del
Padre, a la Mujer; la capacidad de
iniciativa, la sabiduría y eficacia de la
oración de María.
¿QUÉ «LES VA» LA BODA A JESÚS Y A MARÍA?
Les va una analogía entre «lo que es»
una boda y «lo que hay» entre los novios.
Sólo que de un modo superior, sublime, nuevo
y misterioso en relación a la naturaleza del
nuevo Reino de Dios que se incoa en la
Tierra y se consumará en el Cielo.
Cristo es «el Esposo»
« El contexto de un banquete de bodas,
que Jesús eligió para su primer milagro,
remite al simbolismo matrimonial,
frecuente en el Antiguo Testamento para
indicar la alianza entre Dios y su
pueblo (cf. Os 2, 21; Jr 2, 1-8; Sal 44;
etc.) y en el Nuevo Testamento para
significar la unión de Cristo con la
Iglesia (cf. Jn 3, 28-30; Ef 5, 25-32;
Ap 21, 1-2; etc.)» (Aud. gen. 5-III-1997).
El término "bodas" (gamos, tres veces
entre tres versículos) tiene una
significación simbólica. No se dice nada de
los novios. El interés de Juan no se centra
en ellos sino en Jesús y María. En el orden
narrativo parece que aquí Jesús «ejerce»
como el esposo de la boda y existen indicios
de que María «ejerce» como la esposa. Así se
sugiere una transposición de los personajes
principales. El esposo de Caná es
progresivamente reemplazado por Jesús y -en
un orden diferente del matrimonio-, la
esposa es reemplazada por María. Vienen a
ser los personajes principales. «Todo el
misterio de las bodas de Caná – dice A.
Lefèvre - consiste en la presencia de este
Esposo que aún está oculto, o mejor, que
comienza a manifestarse» (p., 238). En v.
9-12 domina el tema del esposo aplicado a
Jesús. S. Agustín dice: «El esposo de estas
bodas representaba a la persona del Señor;
es a él a quien se dice: ‘tú has guardado el
vino bueno hasta ahora’»: es su Evangelio.
Juan Bautista designa a Jesús como el Esposo
(3, 29-30). Los profetas anunciaron la
alianza mesiánica bajo el símbolo de unos
desposorios entre Yahwé y su pueblo (Oseas,
Jeremías, Ezequiel e Isaías). El bellísimo
Cantar de los Cantares se ha
interpretado en la tradición judeocristiana
con significación mesiánica y alegórica. Los
Padres interpretan siempre esas bodas en el
mismo sentido: Cristo es el verdadero Esposo
de la Nueva Alianza.
El nombre de «Mujer» dirigido a María «le
va» como anillo al dedo; resulta muy
apropiado para nombrar a la Esposa
espiritual: Ella es, en efecto, una «ayuda
semejante a Él». Son «duo in carne una».
La Madre de Jesús no se limita a engendrar y
a educar al Dios humanado, sino que se une a
Él indisolublemente, como ninguna madre a su
hijo, haciéndose un solo corazón, una sola
alma, como una sola cosa con Él, en Él y
bajo Él para «co-redimir» con Él. Así, su
maternidad divina se extiende a todos los
llamados a ser una sola cosa -«unum»-
con su Hijo, el Redentor del hombre. No le
hace sombra, sino que conduce y une a Él (Ipsa
duce).
Ahora no nos sorprende que María sea la
primera Discípula y la gran Maestra.
Maestra
«Haced lo que el os diga» es la
fórmula que utilizó Moisés; las pronuncia
María en nombre del pueblo fiel de Israel, a
los servidores (diakonoi; diakonos,
serán los discípulos del Señor). Son las
últimas que pronunciará en los Evangelios,
su testamento espiritual. Mueve a ser
dóciles a Jesús, a creer en él, única manera
de cumplir la voluntad del Padre y por eso
de fundar una nueva comunidad en torno a Él,
la nueva comunidad de la Alianza (Cf. pág.
230); indica el perfecto entendimiento entre
Jesús y María, así como su carácter de
Mediadora entre Jesús y los servidores (a
semejanza de Moisés entre Dios e Israel).
«El primero de los "signos" llevado a
cabo por Jesús –la transformación del
agua en vino en las bodas de Caná–, dice
el Papa, nos muestra a María
precisamente como maestra, mientras
exhorta a los criados a ejecutar las
disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y
podemos imaginar que ha desempeñado esta
función con los discípulos después de la
Ascensión de Jesús, cuando se quedó con
ellos esperando el Espíritu Santo y los
confortó en la primera misión. Recorrer
con María las escenas del Rosario es
como ir a la "escuela" de María para
leer a Cristo, para penetrar sus
secretos, para entender su mensaje.»
(RVM, 14).
El evangelista, subrayando la iniciativa de
María en el primer milagro y recordando su
presencia en el Calvario, al pie de la cruz,
ayuda a comprender que la cooperación de
María se extiende a toda la obra de Cristo.
La petición de la Virgen se sitúa dentro del
designio divino de salvación. Cristo,
transformando el agua en vino, abre el
corazón de los discípulos a la fe gracias a
la intervención de María, la primera
creyente.
«De algún modo, el cometido que
desempeña en Caná acompaña toda la
misión de Cristo. La revelación, que
en el Bautismo en el Jordán proviene
directamente del Padre y ha resonado en
el Bautista, aparece también en labios
de María en Caná y se convierte en su
gran invitación materna dirigida a la
Iglesia de todos los tiempos: "Haced lo
que él os diga" (Jn 2, 5). Es una
exhortación que introduce muy bien las
palabras y signos de Cristo durante su
vida pública, siendo como el telón de
fondo mariano de todos los "misterios de
luz"». (RVM, 21)
Intercesora
«El Padre ha querido poner a María cerca
de Cristo y en comunión con él, que
puede "salvar perfectamente a los que
por él se llegan a Dios, ya que está
siempre vivo para interceder en su
favor" (Hb 7, 25): a la intercesión
sacerdotal del Redentor ha querido unir
la intercesión maternal de la Virgen.
Es una función que ella ejerce en
beneficio de quienes están en peligro y
tienen necesidad de favores temporales
y, sobre todo, de la salvación eterna:
"Con su amor de Madre cuida de los
hermanos de su Hijo que todavía
peregrinan y viven entre angustias y
peligros hasta que lleguen a la patria
feliz. Por eso la santísima Virgen es
invocada en la Iglesia con los títulos
de Abogada, Auxiliadora, Socorro,
Mediadora" (Lumen gentium, 62).
Estos apelativos, sugeridos por la fe
del pueblo cristiano, ayudan a
comprender mejor la naturaleza de la
intervención de la Madre del Señor en la
vida de la Iglesia y de cada uno de los
fieles.
»El título de "Abogada" se remonta a san
Ireneo. Tratando de la desobediencia de
Eva y de la obediencia de María, afirma
que en el momento de la Anunciación "La
Virgen María se convierte en Abogada" de
Eva (Adv. haer. V, 19, 1; PG VII,
1.175-1.176). Efectivamente, con su "sí"
defendió y liberó a la progenitora de
las consecuencias de su desobediencia,
convirtiéndose en causa de salvación
para ella y para todo el género humano.
María ejerce su papel de "Abogada",
cooperando tanto con el Espíritu
Paráclito como con Aquel que en la cruz
intercedía por sus perseguidores (cf. Lc
23, 34) y al que Juan llama nuestro
«abogado ante el Padre» (cf. 1 Jn 2, 1).
Como madre, ella defiende a sus hijos y
los protege de los daños causados por
sus mismas culpas. Los cristianos
invocan a María como "Auxiliadora",
reconociendo su amor materno, que ve las
necesidades de sus hijos y está
dispuesto a intervenir en su ayuda,
sobre todo cuando está en juego la
salvación eterna. La convicción de que
María está cerca de cuantos sufren o se
hallan en situaciones de peligro grave,
ha llevado a los fieles a invocarla como
"Socorro". La misma confiada certeza se
expresa en la más antigua oración
mariana con las palabras: "Bajo tu
amparo nos acogemos, santa Madre de
Dios; no deseches las súplicas que te
dirigimos en nuestras necesidades, antes
bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita" (Breviario
romano). Como mediadora maternal,
María presenta a Cristo nuestros deseos,
nuestras súplicas, y nos transmite los
dones divinos, intercediendo
continuamente en nuestro favor» (Aud.
gen. 24-IX- 1997, 4 y 5)
«Y Jesús manifestó su gloria»:
En toda la Sagrada Escritura y, en concreto,
en el cuarto Evangelio, la gloria es un
atributo divino, sólo se atribuye a
Dios. Aquí no se trata de la gloria pascual,
sino todavía sólo de la gloria mesiánica.
«Y creyeron en él sus discípulos»
Aquí comienza a brotar la fe de los
discípulos. ¡En este preciso momento!. Se
dan cuenta –por gracia de Dios- de la
trascendencia de Jesús, que en este momento
se revela como nuevo Esposo mesiánico. Así
como Yahwé en el pasado se desposó con
Israel, así Jesús concluye con su pueblo la
Nueva Alianza: «Caná es un signo, un símbolo
de la Nueva Alianza» (A. Feuillet). En Caná
Jesús «dio comienzo a los signos» de la
nueva y definitiva Alianza, que llegará a su
cumplimiento en el misterio pascual. Todos
estamos llamados a las bodas del espíritu.
En el Breviario Romano, en las Víspera de
Epifanía, se reza: «Hoy, la Iglesia se une
al Esposo celeste, porque Cristo, en el
Jordán, la ha lavado de sus crímenes: los
magos, cargados de presentes, acuden a las
bodas reales, y, a causa del agua convertida
en vino, los invitados conocen la alegría.
Alleluya!»
La Humanidad de Cristo: lugar de
encuentro con la Trinidad
Ahora la cuestión es: ¿qué nos va a ti y a
mí?, es decir, a nosotros, los cristianos.
Nos va que nos hallamos en una continua
fiesta, porque somos sarmientos de una Vid
que es Cristo. Su sangre espiritual corre
por nuestra venas. «Somos un solo cuerpo los
que comemos de un mismo pan» dice San Pablo
de la Eucaristía. «Unum», una sola cosa,
como los desposados, más aún; al modo
sublime y misterioso de Jesús y María. Los
cristianos, al vivir de la fe, con todas sus
consecuencias, nos hacemos uno con Cristo.
Un solo corazón, una sola alma, un solo
Espíritu con el Amor humanado. En la medida
que entendamos el misterio de Caná,
entenderemos nuestro propio misterio.
Aquí es donde más conviene aprender a
utilizar los símbolos y metáforas de la
Escritura, de modo que no bloqueen el
pensamiento y, por el contrario, faciliten
la vida de oración, el trato con Jesucristo
y con las otras dos Personas divinas.
La Revelación nos habla de Cristo como
«Esposo»; de la Iglesia –y en cierto sentido
Iglesia somos realmente todos los fieles
cristianos- como «Esposa de Cristo», así
como «Cuerpo de Cristo». El cristiano es
miembro de Cristo y miembro de otros
miembros, como el sarmiento unido a la vid.
La relación del cristiano con Cristo tiene
un fundamento de realidad vital y
esponsal. María es la suprema y sublime
expresión del alma cristiana y en todos
–como dice san Ambrosio- ha de residir «el
alma de María para glorificar al Señor; que
en todos esté el espíritu de María para
alegrarse en Dios. Porque si corporalmente
no hay más que una madre de Cristo, en
cambio, por la fe, Cristo es el fruto de
todos».
Ahora bien, ¿cómo pensar en Cristo como «mi
Esposo»? Me resulta un lenguaje chocante y
se me bloquea el pensamiento. Es preciso
superar en este orden de cosas las
cuestiones de género. Aquí se trata del
Reino de Dios, donde ni ellos tomarán mujer
ni ellas marido, sino que serán, en cierto
sentido, como ángeles (Cf. Mt 22, 30). Sin
embargo, nos resulta difícil prescindir -en
nuestra manera de pensar, en nosotros mismos
y en los demás-, de nuestro propio género y
del de los otros (masculino o femenino).
Pero si el Espíritu Santo nos habla en la
Escritura de «Jesús Esposo» ha de ser por
alguna razón relevante, no podemos dejar de
indagar en su sentido profundo.
Cuando se habla de la relación del cristiano
con Cristo hay que pensar los términos
«esposo», «esposa», de modo semejante a como
habla Jesús en parábola de la vid y los
sarmientos. Hay alguna propiedad en la vid -
constituida orgánicamente - que es semejante
a la relación del cristiano con Cristo: la
participación de distintos miembros en una
misma vida, la de la cepa. Otras propiedades
de la vid no pueden aplicarse a nuestro
caso, como por ejemplo, la ausencia en los
sarmientos de personalidad o autonomía
propia. La perfección de la persona no
consiste en disolverse en otra, ni siquiera
por amor. El Amor de Dios no impide, al
contrario, la real diferencia de Personas en
la Trinidad ni la unidad vital del Cuerpo de
Cristo impide la distinción radical de las
personas que lo constituyen.
Cristo es Dios humanado, el hombre verdadero
que no es mero hombre; que ama del modo más
profundo posible, con todo su ser, con
entrega total de sí mismo, sin fisuras. Esto
es lo común que tiene el amor de Cristo con
el amor del esposo. ¿En qué se distingue?
Cabe resumirlo diciendo: en que es sin
límite. El amor esponsal sólo humano
tiene límite, es por naturaleza y
necesariamente parcial, por una razón muy
sencilla: el varón no es mujer y la mujer no
es varón; y por grande que sea la igualdad
de naturaleza, la diferencia de género
implica si no deficiencia, sí parcialidad,
límite. Hay algo en el amor de mujer que no
está en el amor de varón. En este sentido,
el amor de amistad, distinto al conyugal,
puede ser mayor que éste. Puede ser, y de
entrada es, más espiritual. El amor
conyugal, ciertamente, se combina –debe
combinarse- con el amor de amistad, pero,
resumiendo cabe decir que si la conyugalidad
reclama un amor de totalidad, el amor de
amistad puede alcanzar una totalidad mayor,
aunque excluya la conyugalidad.
La superioridad del verdadero amor de
amistad no condicionado por los sentidos, se
ve claramente al considerar que los sentidos
se saturan; y se saturan porque
tienen límite; el espíritu es una realidad
radicalmente superior y potencialmente
infinito. De ahí que la conyugalidad por sí
sola no baste para la felicidad. Cuando se
confunde idealmente con el amor supremo,
fracasa, se frustra, desespera. Quisiera más
y no lo encuentra. En cambio, aunque un acto
de amor espiritual de la criatura no pueda
ser actualmente infinito, siempre admitirá
crecimiento; el límite espiritual admite un
siempre más, siempre se puede estar
superando el límite; no hay saturación.
El amor de Cristo llega «hasta el fin»,
«hasta el extremo», es decir, sin límite. No
es parcial, es total, como es el ideal del
matrimonio, pero el suyo es amor en puro
espíritu, no desencarnado, pero tampoco
condicionado o limitado por el género; y va
mucho más allá del que facilitan el cuerpo y
los sentidos. Pero lo más relevante es que,
en su corazón humano está amando Dios. La
suya es una donación que no puede alcanzar
ninguna persona humana. Incluye una analogía
(semejanza y desemejanza) muy curiosa: el
amor de Cristo se consuma también "en la
carne"; en la Comunión eucarística realmente
comemos su Carne y bebemos su Sangre, en una
interiorización que da origen a una unión
más íntima que la conyugal; más profunda,
aunque no sensitiva, superior al nivel de
los sentidos, que podemos llamar
sacramental.
Se nos ha revelado que el amor de Cristo es
el amor de Aquel en quien «reside toda la
Plenitud de la Divinidad corporalmente, y
vosotros alcanzáis la plenitud en él, que es
la Cabeza de todo Principado y de toda
Potestad» (Col 2, 9-10). Es obvio que el
cuerpo de Cristo no es Dios, pero es de Dios
y su corazón humano compendia todas las
calidades del amor humano enriquecidas con
calidades divinas: infinitos tesoros de
Amor. El poder de la divinidad se encuentra
activa en la humanidad de Cristo. En
definitiva, en Cristo se halla todo el amor
del Verbo humanado, que procede del Padre
–hallamos el amor del Padre- que, con el
Padre, es origen del amor del Espíritu Santo
–hallamos el amor del Espíritu Santo. En el
«rostro» de Cristo se refleja humanamente el
«rostro» de Dios Uno-Trino. Cristo «el
Amado» por el Amor infinito del Padre, es el
Amor de correspondencia infinita, que se nos
ofrece en su totalidad en la Eucaristía. La
humanidad de Cristo es camino al Amor de la
Trinidad, el enlace del hombre con la
Trinidad-Amor Supremo. Y por todo eso,
Cristo es el Amor Salvador de todo amor
humano noble, que encuentra en Él su raíz y
su plenitud.
Amar, pues, la santísima humanidad de
Cristo, es amar al modo de María, Hija,
Madre y Esposa de Dios. No hay otra manera
de entenderlo que pedirlo y vivirlo; y la
contemplación de este Segundo Misterio
Luminoso del Santo Rosario, es una ocasión
para rogar a la Virgen que nos enseñe a
conocer y tratar a su Hijo. Que Ella, que es
Asiento de la Sabiduría, nos haga partícipes
de esa sabiduría que se saborea en el
entendimiento y en el corazón. Aunque seamos
vasos de barro, podemos llevar en ellos el
licor embriagante y a la vez sosegante del
amor de Cristo.
Sugerencias para la oración de petición
-
«No tienen
vino».
Nos falta sabiduría, nos falta Amor. Se
lo decimos a Ella y con Ella a Jesús.
¿Cómo no va a escucharnos? Queremos
creer como llegaron a creer los
discípulos, no ya en Caná sino después
de la Resurrección.
-
Jesús, por
intercesión de la Virgen Santísima,
auméntanos la fe, la esperanza y el amor
a Jesús sacramentado.
-
Como María
enseña: «Haced lo que Él os diga»,
pedimos: «Domine, quid me vis facere?»,
Señor, ¿qué quieres que yo haga? ¿Qué
propósitos tengo que hacer? ¿En qué debo
luchar más? ¡Que lo vea, que lo haga!
______________________________
Bibliografía:
Juan Pablo II, Carta Apostólica
Rosarium Virginis Mariae, 16 -X- 2002.
Juan Pablo II, Catequesis, Aud.
gen., 5-III-1997; Aud. gen. 24 -IX-
1997, 4 y 5)
Ignace de la Potterie, María en el
misterio de la Alianza, BAC, Madrid
1993, pp 70-71.
Hugo Rahner, María y la Iglesia,
Ed. Cristiandad, Madrid 2002.
(1) La traducción más literal sería "¿qué a
ti y a mí?" o también "¿qué para ti y para
mí?". Es una expresión griega muy abierta;
no cabe una sola lectura y no parece que por
motivos filológicos pueda imponerse una
determinada. La nuestra es una posibilidad
que nos parece coherente con el contexto.