Sábado - 22.Noviembre.2014

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2. 2. BODA EN CANÁ (Antonio Orozco Delclós)

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BODA EN CANÁ DE GALILEA

BODA EN CANÁ

 

 

«La automanifestación de Cristo en Caná»: «Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente»

LA AUTOMANIFESTACIÓN DE CRISTO EN CANÁ
Por Antonio Orozco-Delclós

 

EL SEGUNDO MISTERIO DE LUZ que el Romano Pontífice Juan Pablo II ha propuesto en su Carta apostólica Rosarium Mariae Virginis, lo enuncia como «La automanifestación de Cristo en Caná», y glosa: «Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente».

La traducción de Jn 2, 1-12 de la Biblia de Jerusalén, comienza así:

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino». [1-3].

El verso siguiente [4] se abre a diversas traducciones con diferentes sentidos. Teniendo en cuenta la exégesis reciente, preferimos la siguiente, que explicaremos más adelante:

Jesús le responde: « Mujer, ¿qué entre tú y yo? » ¿No ha llegado [acaso] ya mi hora?» [4] (*)

La Biblia de Jerusalén continúa:

Dice su madre a los sirvientes: « Haced lo que él os diga. » Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: « Llenad las tinajas de agua. » Y las llenaron hasta arriba. « Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala. » Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: « Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora. » Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos [5-11].

Un acontecimiento normal en la vida de un pueblo: una boda, un matrimonio; una fiesta, porque la unión conyugal entre un hombre y una mujer -unión indisoluble con vistas, entre otras cosas esenciales, a la generación de nuevas personas creadas a imagen y semejanza de Dios-, es un evento a celebrar con gran alegría, incluso durante varias jornadas. Sucede con alguna frecuencia, pero no tanta, en lugares de reducidas dimensiones. Allá, en Palestina, todo aquél que cruzaba el camino del pueblo, por hospitalidad oriental y el mero hecho, era invitado a la fiesta. No es de extrañar, pues, que los cálculos sobre la necesidades gastronómicas fallasen algunas veces.

Una fiesta fuera de lo ordinario, pero normal, la boda, es el escenario donde sucede un acontecimiento trascendental y, durante la celebración de ésta, se van suceder hechos trascendentes a la boda misma, la cual, con la presencia de Jesús, de María y de los discípulos adquiere una intensa dimensión simbólica (Juan Pablo II, Aud. gen., 5-III-97, 2). El evangelista se propone no sólo contarnos un hecho sobrenatural, la conversión del agua en vino, sino otras y variadas cosas.

Es importante conocer en profundidad los símbolos y metáforas de las que se sirve el Espíritu Santo para revelar las diversas dimensiones del amor de Dios Padre, de Dios Hijo y del mismo Espíritu. No debemos dejar caer en el olvido ni en la sombra lo que no es obvio o de difícil entendimiento. Es preciso amar a Dios también con toda la mente, es decir, con toda nuestra capacidad de conocer, para amar lo más posible ("ojos que no ven corazón que no siente").

El evangelista por de pronto califica el milagro de «signo» («el primero de los signos...»). Un «signo» «significa» algo más de lo que acontece. Entre signo y significado se mantiene una cierta analogía.


El vino

El vino era el símbolo de los bienes mesiánicos y también de la llegada del Mesías tan largamente esperado (el Cristo, el Ungido de Yahwé), como Salvador del Pueblo de Dios, según las promesas hechas a los profetas. Se sabía que el vino era un elemento importante del festín mesiánico, así como habitual en la celebración de una unión esponsal.

En la Sagrada Escritura, el vino se relaciona con la sabiduría. La Sabiduría organiza un banquete e invita a las gentes a beber el vino que ella ha preparado (Cf. Prov 9, 1-5; 24, 3-14). La Sabiduría se manifiesta en la Ley, por la cual Israel es el más sabio de los pueblos. No hay pueblo que posea una ética, una moral, como la que Israel ha recibido del Dios vivo. El vino es símbolo de la Ley, y la Sabiduría se hará presente con el Mesías, que traerá una sabiduría nueva, superior y definitiva. El vino se menciona cinco veces en nuestro texto. Y por dos veces se habla del «vino bueno» (kalós), vino sabroso, de gran calidad es el que da Jesús, incluso superior que de entrada habían dado los novios para el deleite inicial de los invitados. Es en suma de calidad superior a lo esperado. Será símbolo de la Nueva Ley y en la Última Cena se convertirá en la Sangre redentora, sello de la Nueva Alianza (renovado compromiso del Amor misericordioso). Procede del agua de las tinajas destinadas a la purificación de los judíos; que aquí simboliza un rito de la ley a punto de caducar. La purificación y santificación cristiana se realizará por el Evangelio, por la palabra de Cristo, por su verdad (cf 8, 32).

«En Caná, precisamente el agua de las tinajas, destinada a la purificación de los judíos y al cumplimiento de las prescripciones legales (cf. Mc 7, 1-15), se transforma en el vino nuevo del banquete nupcial, símbolo de la unión definitiva entre Dios y la humanidad» (Juan Pablo II, Aud. gen., 5 de marzo de 1997)


Se inicia, pues, una nueva era, como un nuevo zarpar de la humanidad hacia su Dios y Padre. Asistimos al tránsito de la antigua a la nueva economía de la salvación. ¡Cruzamos el umbral del Nuevo Testamento! Han llegado los tiempos mesiánicos. El agua de la «Letra» ya pasó, se ha convertido en el vino del «Espíritu», Dador de vida superabundante. Había seis tinajas de cien litros cada una, ¡una barbaridad! La Sabiduría y el Amor embriagan, pero clarificando la mente y el sentido para la Verdad que es Cristo. El vino de Jesús, por lo demás, es tan nuevo que requiere odres nuevos (9, 17): nueva mentalidad, nuevo modo de mirar a Dios, a los hombres, al mundo.
 

    «La expresión «dar comienzo a los milagros», que el Concilio recoge del texto de san Juan, llama nuestra atención. El término griego arjé, que se traduce por «inicio», «principio», se encuentra ya en el Prólogo del evangelio de Juan: «En el principio existía el Verbo» (Jn 1, 1). Esta significativa coincidencia nos lleva a establecer un paralelismo entre el primer origen de la gloria de Cristo en la eternidad y la primera manifestación de la misma gloria en su misión terrena.» (Aud. gen., 5-III-1997).



Todo lo mide Juan evangelista, cada palabra, cada detalle.


INTERVENCIÓN DE «LA MUJER»
Y NUEVA RELACIÓN ENTRE JESÚS Y MARÍA


El milagro-signo ha sido realizado a instancias de María: «No tienen vino». Ella está en todo: en lo más espiritual y en lo más material, porque la persona humana es ambas cosas a la vez, en la unidad de un solo ser. Ella estará también en todo lo de cada uno de sus innumerables hijos y será una fuente de gozo descubrirla en todas nuestras cosas, grandes o pequeñas.

María es llamada «Mujer» por Jesús, un modo inusual en el contexto bíblico de dirigirse un hijo a la propia madre. Esa palabra contiene un mensaje.
 

    «El término «Mujer», con el que se dirige a María (cf. Jn 2, 4 [...] no encierra ninguna connotación negativa y Jesús lo usará de nuevo, refiriéndose a su madre, al pie de la cruz (cf. Jn 19, 26). Según algunos intérpretes, el título «Mujer» presenta a María como la nueva Eva, madre en la fe de todos los creyentes» (Aud. gen., 5.III.1997).


Es la Mujer anunciada en Génesis 3, 15, asociada al Salvador, que aplastará la cabeza del dragón infernal (Ipsa conteret caput). Es la Mujer que se revela en paralelo al Mesías, en el Antiguo Testamento, símbolo de Sión: «Hija de Sión», «Madre de Sión», «Virgen de Israel». «María es –afirma Ignace de la Potterie- la realización histórica de ese símbolo, la personificación del pueblo mesiánico en los últimos tiempos. En Caná se encuentran y funden el significado histórico y el significado simbólico de la Mujer». Ella es la mujer de quien el Verbo tomó la carne, es como la personificación del pueblo de Israel. La «corriente mesiánica – femenina» de los profetas desemboca aquí en María. «De la madre de Sión se dirá: todos han nacido en ella» (Sal 86, 5).

Se nos está sugiriendo la maternidad universal de María y ha llegado el momento de establecer una nueva relación entre María y Jesús, superior a la relación doméstica madre-hijo. María ha de pasar de ser «sólo» la Madre de Jesús a ser además la Mujer en el misterio de la salvación, «la Mujer en la Iglesia». Algo así como la personificación de la Iglesia-Madre de los creyentes. Entre María y la Iglesia se descubren analogías muy estrechas y elocuentes.


«¿Qué a ti y a mí?» (1)

Es una manera de comenzar un discurso en el que se nos va a dar una respuesta inesperada, sorprendente. ¿Por qué Juan después de anunciarnos la boda de unos novios no nos dice nada de ellos? ¿Quiénes son, cómo se llaman, a qué estirpe pertenecen...? La respuesta es: porque esa boda es el marco histórico en el que tiene lugar un desposorio de naturaleza singular y superior. En el relato, cuando se espera que se nos ofrezca noticia de la identidad de los novios, recibimos la revelación de una nueva identidad de Jesús y María. Jesús ya no es el niño ni el carpintero de Nazaret, que se limita a ser uno de tantos, que pasa inadvertido por una humildad infinita y un anonadamiento total del Verbo humanado. No ha hecho ni dicho nada extraordinario, que llame la atención de las gentes. Esta etapa se acabó. «Ahora» comienza «la hora». El Padre ya ha proclamado en el Jordán, ante una pequeña muchedumbre, que Éste es «el» su Hijo (unigénito), el Bien Amado, en quien encuentra sus eternas delicias. El Bautista lo ha señalado como el Cordero de Dios que, cargando con todos los pecados del mundo, los quita. Ahora es el momento de «automanifestarse», la hora de mostrar con palabras y hechos propios la verdad de la palabra del Padre: Él es el Mesías anunciado por los profetas.

No hay dialéctica, sino diálogo entre Jesús y María. La Virgen Madre, Nueva Eva, entiende que es un momento excelente para que Jesús se manifieste como indica su nombre: Salvador. Ella, estando en todo, advierte la falta de vino, la presencia de Jesús y de sus discípulos. Es la ocasión de matar varios pájaros de un tiro. Su oración «no tienen vino» no tiene nada de ingenua. María es mujer versada en las Escrituras; ha conversado largamente durante años con su Hijo, Dios Hijo, en su propio hogar. Es Asiento de la Sabiduría. Quedan atrás los días en que no entendía algunas palabras de Jesús. ¿Cómo creer que sus conversaciones con su Hijo fueran siempre intrascendentes o simplemente de contenido doméstico?

La respuesta de Jesús -como quedó dicho-, al ser transcrita por Juan al griego, nos queda abierta a distintas lecturas. La respuesta literal es: «Mujer, qué a ti y a mí», o bien «¿qué para ti y para mí». Desde luego, no indica una actitud de distancia ni hacia María ni hacia el apuro de los novios. El sentido depende del tono y de la música que se ponga en las palabras y del gesto que las acompañe. ¿No es coherente interpretar el «qué a ti [o para ti] y a mí [para mí]?» como una exclamación admirativa?: ¡Oh, Mujer, qué gran cosa significa esto para ti y para mí! Tiene mucho que ver este apuro contigo y conmigo... La manifiesta insuficiencia de la criatura va a mover la manifiesta suficiencia del Creador. La criatura por sí sola es incapaz de resolver los problemas más sencillos. Pero a ti y a mí nada humano nos es ajeno y todo nos interesa sobremanera. Lo que ha sucedido, la boda, unido a lo que va a suceder mientras se celebra, forma un todo significativo de lo mucho más grande aún que ahora se cumple entre tú y yo...
 


    «Con su «mirada penetrante –dice el Papa, situado mentalmente en Caná-, es capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones» (RVM, 10)

    «Siguiendo al evangelista Juan –comenta-, el Concilio destaca el papel discreto y, al mismo tiempo, eficaz de la Madre, que con su palabra consigue de su Hijo "el primero de los milagros". Ella, aun ejerciendo un influjo discreto y materno, con su presencia es, en último término, determinante. La iniciativa de la Virgen resulta aún más sorprendente si se considera la condición de inferioridad de la mujer en la sociedad judía. En efecto, en Caná Jesús no sólo reconoce la dignidad y el papel del genio femenino, sino que también, acogiendo la intervención de su madre, le brinda la posibilidad de participar en su obra mesiánica [...] A algunos la petición de María les parece desproporcionada porque subordina a un acto de compasión el inicio de los milagros del Mesías. A la dificultad responde Jesús mismo, quien, al acoger la solicitud de su madre muestra la superabundancia con que el Señor responde a las expectativas humanas, manifestando también el gran poder que entraña el amor de una madre» (Aud. gen. 5-III-1997, 1; subrayado nuestro).


Ha comenzado, pues, «ahora» (v. 8), «mi hora» (v. 4), la que no había llegado «hasta ahora» (v. 10). Ha comenzado la hora de los signos, es decir, el tiempo de que el Señor comience a actuar de tal modo que las acciones humanas del Hijo del hombre signifiquen con claridad una intención divina, la superabundancia del Amor misericordioso. Ha llegado la hora de que Jesús comience a manifestar su «gloria», que se vea que es el Mesías esperado por Israel durante largos siglos. Esta hora, por cierto, continuará durante toda la vida pública y alcanzará su pleno cumplimiento en el misterio abarcante de la Cruz y la Resurrección.

¡Maravillosa sintonía entre María y Jesús! ¡Qué bien entiende e interpreta el pensamiento de su Hijo! Hay más que en la relación madre-hijo. Las palabras siguientes se pueden interpretar como hace el prestigioso autor Ignacio de la Potterie: «No ha llegado ya mi hora»? (p. 227), ¿acaso no ha llegado ya mi hora y tú lo sabes?
 


    ¿Que entendimiento profundo se ha dado entre Jesús y su Madre? ¿Cómo explorar el misterio de su íntima unión espiritual? De todos modos el hecho es elocuente. Es evidente que en aquel hecho se delinea ya con bastante claridad la nueva dimensión, el nuevo sentido de la maternidad de María. Tiene un significado que no está contenido exclusivamente en as palabras de Jesús y en los diferentes episodios citados por los Sinópticos. En estos textos Jesús intenta contraponer sobre todo la maternidad, resultante del hecho mismo del nacimiento, a lo que esta " maternidad " (al igual que la " fraternidad ") debe ser en la dimensión del Reino de Dios, en el campo salvífico de la paternidad de Dios. (RM, 21)




Por lo demás, ¿cómo no pensar que María está perfectamente enterada del acontecimiento del Jordán? ¡Claro que sabía que aquella podía ser «la hora» de la automanifestación! Pero Jesús no ha tomado la iniciativa. ¿Por qué? Para revelar la relevancia del rol que en la obra de la salvación se le ha confiado, por pura libertad amorosa del Padre, a la Mujer; la capacidad de iniciativa, la sabiduría y eficacia de la oración de María.


¿QUÉ «LES VA» LA BODA A JESÚS Y A MARÍA?

Les va una analogía entre «lo que es» una boda y «lo que hay» entre los novios. Sólo que de un modo superior, sublime, nuevo y misterioso en relación a la naturaleza del nuevo Reino de Dios que se incoa en la Tierra y se consumará en el Cielo.

Cristo es «el Esposo»

« El contexto de un banquete de bodas, que Jesús eligió para su primer milagro, remite al simbolismo matrimonial, frecuente en el Antiguo Testamento para indicar la alianza entre Dios y su pueblo (cf. Os 2, 21; Jr 2, 1-8; Sal 44; etc.) y en el Nuevo Testamento para significar la unión de Cristo con la Iglesia (cf. Jn 3, 28-30; Ef 5, 25-32; Ap 21, 1-2; etc.)» (Aud. gen. 5-III-1997).


El término "bodas" (gamos, tres veces entre tres versículos) tiene una significación simbólica. No se dice nada de los novios. El interés de Juan no se centra en ellos sino en Jesús y María. En el orden narrativo parece que aquí Jesús «ejerce» como el esposo de la boda y existen indicios de que María «ejerce» como la esposa. Así se sugiere una transposición de los personajes principales. El esposo de Caná es progresivamente reemplazado por Jesús y -en un orden diferente del matrimonio-, la esposa es reemplazada por María. Vienen a ser los personajes principales. «Todo el misterio de las bodas de Caná – dice A. Lefèvre - consiste en la presencia de este Esposo que aún está oculto, o mejor, que comienza a manifestarse» (p., 238). En v. 9-12 domina el tema del esposo aplicado a Jesús. S. Agustín dice: «El esposo de estas bodas representaba a la persona del Señor; es a él a quien se dice: ‘tú has guardado el vino bueno hasta ahora’»: es su Evangelio. Juan Bautista designa a Jesús como el Esposo (3, 29-30). Los profetas anunciaron la alianza mesiánica bajo el símbolo de unos desposorios entre Yahwé y su pueblo (Oseas, Jeremías, Ezequiel e Isaías). El bellísimo Cantar de los Cantares se ha interpretado en la tradición judeocristiana con significación mesiánica y alegórica. Los Padres interpretan siempre esas bodas en el mismo sentido: Cristo es el verdadero Esposo de la Nueva Alianza.

El nombre de «Mujer» dirigido a María «le va» como anillo al dedo; resulta muy apropiado para nombrar a la Esposa espiritual: Ella es, en efecto, una «ayuda semejante a Él». Son «duo in carne una». La Madre de Jesús no se limita a engendrar y a educar al Dios humanado, sino que se une a Él indisolublemente, como ninguna madre a su hijo, haciéndose un solo corazón, una sola alma, como una sola cosa con Él, en Él y bajo Él para «co-redimir» con Él. Así, su maternidad divina se extiende a todos los llamados a ser una sola cosa -«unum»- con su Hijo, el Redentor del hombre. No le hace sombra, sino que conduce y une a Él (Ipsa duce).

Ahora no nos sorprende que María sea la primera Discípula y la gran Maestra.

Maestra

«Haced lo que el os diga» es la fórmula que utilizó Moisés; las pronuncia María en nombre del pueblo fiel de Israel, a los servidores (diakonoi; diakonos, serán los discípulos del Señor). Son las últimas que pronunciará en los Evangelios, su testamento espiritual. Mueve a ser dóciles a Jesús, a creer en él, única manera de cumplir la voluntad del Padre y por eso de fundar una nueva comunidad en torno a Él, la nueva comunidad de la Alianza (Cf. pág. 230); indica el perfecto entendimiento entre Jesús y María, así como su carácter de Mediadora entre Jesús y los servidores (a semejanza de Moisés entre Dios e Israel).


    «El primero de los "signos" llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná–, dice el Papa, nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la "escuela" de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.» (RVM, 14).


El evangelista, subrayando la iniciativa de María en el primer milagro y recordando su presencia en el Calvario, al pie de la cruz, ayuda a comprender que la cooperación de María se extiende a toda la obra de Cristo. La petición de la Virgen se sitúa dentro del designio divino de salvación. Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente.
 

    «De algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: "Haced lo que él os diga" (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los "misterios de luz"». (RVM, 21)


Intercesora
 


    «El Padre ha querido poner a María cerca de Cristo y en comunión con él, que puede "salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor" (Hb 7, 25): a la intercesión sacerdotal del Redentor ha querido unir la intercesión maternal de la Virgen. Es una función que ella ejerce en beneficio de quienes están en peligro y tienen necesidad de favores temporales y, sobre todo, de la salvación eterna: "Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz. Por eso la santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" (Lumen gentium, 62). Estos apelativos, sugeridos por la fe del pueblo cristiano, ayudan a comprender mejor la naturaleza de la intervención de la Madre del Señor en la vida de la Iglesia y de cada uno de los fieles.

    »El título de "Abogada" se remonta a san Ireneo. Tratando de la desobediencia de Eva y de la obediencia de María, afirma que en el momento de la Anunciación "La Virgen María se convierte en Abogada" de Eva (Adv. haer. V, 19, 1; PG VII, 1.175-1.176). Efectivamente, con su "sí" defendió y liberó a la progenitora de las consecuencias de su desobediencia, convirtiéndose en causa de salvación para ella y para todo el género humano. María ejerce su papel de "Abogada", cooperando tanto con el Espíritu Paráclito como con Aquel que en la cruz intercedía por sus perseguidores (cf. Lc 23, 34) y al que Juan llama nuestro «abogado ante el Padre» (cf. 1 Jn 2, 1). Como madre, ella defiende a sus hijos y los protege de los daños causados por sus mismas culpas. Los cristianos invocan a María como "Auxiliadora", reconociendo su amor materno, que ve las necesidades de sus hijos y está dispuesto a intervenir en su ayuda, sobre todo cuando está en juego la salvación eterna. La convicción de que María está cerca de cuantos sufren o se hallan en situaciones de peligro grave, ha llevado a los fieles a invocarla como "Socorro". La misma confiada certeza se expresa en la más antigua oración mariana con las palabras: "Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita" (Breviario romano). Como mediadora maternal, María presenta a Cristo nuestros deseos, nuestras súplicas, y nos transmite los dones divinos, intercediendo continuamente en nuestro favor» (Aud. gen. 24-IX- 1997, 4 y 5)




«Y Jesús manifestó su gloria»:

En toda la Sagrada Escritura y, en concreto, en el cuarto Evangelio, la gloria es un atributo divino, sólo se atribuye a Dios. Aquí no se trata de la gloria pascual, sino todavía sólo de la gloria mesiánica.


«Y creyeron en él sus discípulos»

Aquí comienza a brotar la fe de los discípulos. ¡En este preciso momento!. Se dan cuenta –por gracia de Dios- de la trascendencia de Jesús, que en este momento se revela como nuevo Esposo mesiánico. Así como Yahwé en el pasado se desposó con Israel, así Jesús concluye con su pueblo la Nueva Alianza: «Caná es un signo, un símbolo de la Nueva Alianza» (A. Feuillet). En Caná Jesús «dio comienzo a los signos» de la nueva y definitiva Alianza, que llegará a su cumplimiento en el misterio pascual. Todos estamos llamados a las bodas del espíritu. En el Breviario Romano, en las Víspera de Epifanía, se reza: «Hoy, la Iglesia se une al Esposo celeste, porque Cristo, en el Jordán, la ha lavado de sus crímenes: los magos, cargados de presentes, acuden a las bodas reales, y, a causa del agua convertida en vino, los invitados conocen la alegría. Alleluya


La Humanidad de Cristo: lugar de encuentro con la Trinidad

Ahora la cuestión es: ¿qué nos va a ti y a mí?, es decir, a nosotros, los cristianos. Nos va que nos hallamos en una continua fiesta, porque somos sarmientos de una Vid que es Cristo. Su sangre espiritual corre por nuestra venas. «Somos un solo cuerpo los que comemos de un mismo pan» dice San Pablo de la Eucaristía. «Unum», una sola cosa, como los desposados, más aún; al modo sublime y misterioso de Jesús y María. Los cristianos, al vivir de la fe, con todas sus consecuencias, nos hacemos uno con Cristo. Un solo corazón, una sola alma, un solo Espíritu con el Amor humanado. En la medida que entendamos el misterio de Caná, entenderemos nuestro propio misterio.

Aquí es donde más conviene aprender a utilizar los símbolos y metáforas de la Escritura, de modo que no bloqueen el pensamiento y, por el contrario, faciliten la vida de oración, el trato con Jesucristo y con las otras dos Personas divinas.

La Revelación nos habla de Cristo como «Esposo»; de la Iglesia –y en cierto sentido Iglesia somos realmente todos los fieles cristianos- como «Esposa de Cristo», así como «Cuerpo de Cristo». El cristiano es miembro de Cristo y miembro de otros miembros, como el sarmiento unido a la vid. La relación del cristiano con Cristo tiene un fundamento de realidad vital y esponsal. María es la suprema y sublime expresión del alma cristiana y en todos –como dice san Ambrosio- ha de residir «el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si corporalmente no hay más que una madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos».

Ahora bien, ¿cómo pensar en Cristo como «mi Esposo»? Me resulta un lenguaje chocante y se me bloquea el pensamiento. Es preciso superar en este orden de cosas las cuestiones de género. Aquí se trata del Reino de Dios, donde ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán, en cierto sentido, como ángeles (Cf. Mt 22, 30). Sin embargo, nos resulta difícil prescindir -en nuestra manera de pensar, en nosotros mismos y en los demás-, de nuestro propio género y del de los otros (masculino o femenino). Pero si el Espíritu Santo nos habla en la Escritura de «Jesús Esposo» ha de ser por alguna razón relevante, no podemos dejar de indagar en su sentido profundo.

Cuando se habla de la relación del cristiano con Cristo hay que pensar los términos «esposo», «esposa», de modo semejante a como habla Jesús en parábola de la vid y los sarmientos. Hay alguna propiedad en la vid - constituida orgánicamente - que es semejante a la relación del cristiano con Cristo: la participación de distintos miembros en una misma vida, la de la cepa. Otras propiedades de la vid no pueden aplicarse a nuestro caso, como por ejemplo, la ausencia en los sarmientos de personalidad o autonomía propia. La perfección de la persona no consiste en disolverse en otra, ni siquiera por amor. El Amor de Dios no impide, al contrario, la real diferencia de Personas en la Trinidad ni la unidad vital del Cuerpo de Cristo impide la distinción radical de las personas que lo constituyen.

Cristo es Dios humanado, el hombre verdadero que no es mero hombre; que ama del modo más profundo posible, con todo su ser, con entrega total de sí mismo, sin fisuras. Esto es lo común que tiene el amor de Cristo con el amor del esposo. ¿En qué se distingue? Cabe resumirlo diciendo: en que es sin límite. El amor esponsal sólo humano tiene límite, es por naturaleza y necesariamente parcial, por una razón muy sencilla: el varón no es mujer y la mujer no es varón; y por grande que sea la igualdad de naturaleza, la diferencia de género implica si no deficiencia, sí parcialidad, límite. Hay algo en el amor de mujer que no está en el amor de varón. En este sentido, el amor de amistad, distinto al conyugal, puede ser mayor que éste. Puede ser, y de entrada es, más espiritual. El amor conyugal, ciertamente, se combina –debe combinarse- con el amor de amistad, pero, resumiendo cabe decir que si la conyugalidad reclama un amor de totalidad, el amor de amistad puede alcanzar una totalidad mayor, aunque excluya la conyugalidad.

La superioridad del verdadero amor de amistad no condicionado por los sentidos, se ve claramente al considerar que los sentidos se saturan; y se saturan porque tienen límite; el espíritu es una realidad radicalmente superior y potencialmente infinito. De ahí que la conyugalidad por sí sola no baste para la felicidad. Cuando se confunde idealmente con el amor supremo, fracasa, se frustra, desespera. Quisiera más y no lo encuentra. En cambio, aunque un acto de amor espiritual de la criatura no pueda ser actualmente infinito, siempre admitirá crecimiento; el límite espiritual admite un siempre más, siempre se puede estar superando el límite; no hay saturación.

El amor de Cristo llega «hasta el fin», «hasta el extremo», es decir, sin límite. No es parcial, es total, como es el ideal del matrimonio, pero el suyo es amor en puro espíritu, no desencarnado, pero tampoco condicionado o limitado por el género; y va mucho más allá del que facilitan el cuerpo y los sentidos. Pero lo más relevante es que, en su corazón humano está amando Dios. La suya es una donación que no puede alcanzar ninguna persona humana. Incluye una analogía (semejanza y desemejanza) muy curiosa: el amor de Cristo se consuma también "en la carne"; en la Comunión eucarística realmente comemos su Carne y bebemos su Sangre, en una interiorización que da origen a una unión más íntima que la conyugal; más profunda, aunque no sensitiva, superior al nivel de los sentidos, que podemos llamar sacramental.


Se nos ha revelado que el amor de Cristo es el amor de Aquel en quien «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente, y vosotros alcanzáis la plenitud en él, que es la Cabeza de todo Principado y de toda Potestad» (Col 2, 9-10). Es obvio que el cuerpo de Cristo no es Dios, pero es de Dios y su corazón humano compendia todas las calidades del amor humano enriquecidas con calidades divinas: infinitos tesoros de Amor. El poder de la divinidad se encuentra activa en la humanidad de Cristo. En definitiva, en Cristo se halla todo el amor del Verbo humanado, que procede del Padre –hallamos el amor del Padre- que, con el Padre, es origen del amor del Espíritu Santo –hallamos el amor del Espíritu Santo. En el «rostro» de Cristo se refleja humanamente el «rostro» de Dios Uno-Trino. Cristo «el Amado» por el Amor infinito del Padre, es el Amor de correspondencia infinita, que se nos ofrece en su totalidad en la Eucaristía. La humanidad de Cristo es camino al Amor de la Trinidad, el enlace del hombre con la Trinidad-Amor Supremo. Y por todo eso, Cristo es el Amor Salvador de todo amor humano noble, que encuentra en Él su raíz y su plenitud.

Amar, pues, la santísima humanidad de Cristo, es amar al modo de María, Hija, Madre y Esposa de Dios. No hay otra manera de entenderlo que pedirlo y vivirlo; y la contemplación de este Segundo Misterio Luminoso del Santo Rosario, es una ocasión para rogar a la Virgen que nos enseñe a conocer y tratar a su Hijo. Que Ella, que es Asiento de la Sabiduría, nos haga partícipes de esa sabiduría que se saborea en el entendimiento y en el corazón. Aunque seamos vasos de barro, podemos llevar en ellos el licor embriagante y a la vez sosegante del amor de Cristo.


Sugerencias para la oración de petición
 

  • «No tienen vino». Nos falta sabiduría, nos falta Amor. Se lo decimos a Ella y con Ella a Jesús. ¿Cómo no va a escucharnos? Queremos creer como llegaron a creer los discípulos, no ya en Caná sino después de la Resurrección.

     

  • Jesús, por intercesión de la Virgen Santísima, auméntanos la fe, la esperanza y el amor a Jesús sacramentado.

     

  • Como María enseña: «Haced lo que Él os diga», pedimos: «Domine, quid me vis facere?», Señor, ¿qué quieres que yo haga? ¿Qué propósitos tengo que hacer? ¿En qué debo luchar más? ¡Que lo vea, que lo haga!

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Bibliografía:

Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, 16 -X- 2002.
Juan Pablo II, Catequesis, Aud. gen., 5-III-1997; Aud. gen. 24 -IX- 1997, 4 y 5)
Ignace de la Potterie, María en el misterio de la Alianza, BAC, Madrid 1993, pp 70-71.
Hugo Rahner, María y la Iglesia, Ed. Cristiandad, Madrid 2002.
 


(1) La traducción más literal sería "¿qué a ti y a mí?" o también "¿qué para ti y para mí?". Es una expresión griega muy abierta; no cabe una sola lectura y no parece que por motivos filológicos pueda imponerse una determinada. La nuestra es una posibilidad que nos parece coherente con el contexto.
 

 

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