Lunes - 20.Noviembre.2017

CHRISTMAS SOLIDARIO
ROME REPORTS
Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
La vida del cristiano La vida del cristiano
Amor a la Madre de Dios Maria Madre de Dios
La Inmaculada Concepción La Inmaculada concepción
Virgen María María Virgen
Reina elevada al Cielo Reina elevada al Cielo
Mes de Mayo, mes de María Mes de Mayo
Santo Rosario Santo Rosario
Sobre el Adviento Adviento
Tiempo de Navidad Tiempo de Navidad
Año Nuevo. Tiempo y eternidad Año Nuevo. Tiempo y eternidad
TIEMPO DE EPIFANÍA Epifanía
Cuaresma Cuaresma
Semana Santa Semana Santa
Tiempo pascual, Se celebra la Resurrección de  Jesucristo, fundamento de nuestra fe, Tiempo pascual
San José San José
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, SANTO DE LO ORDINARIO San Josemaría, Santo de lo ordinario
Cuadros de espiritualidad Cuadros de espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

2. 1. EL BAUTISMO DEL SEÑOR (Antonio Orozco)

ver las estadisticas del contenido

 

El Bautismo del Señor en el Jordán

Santo Rosario: primer misterio de luz

Antonio Orozco Delclós
Arvo.net, 08.01.2008
Revisado, 08.01.2009

 

 

«Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace "pecado" por nosotros (2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera» (RMV). Así glosa el papa Juan Pablo II el primero de los misteriosos luminosos del Santo Rosario, al introducir la nueva parte.

 

El río Jordán, nace al pie del monte Hermón en medio de un bello paisaje de montaña cubierto de bosques; se estrecha en una garganta basáltica por donde se precipita hasta desembocar en el lago Genesaret (Tiberíades o Mar de Galilea), a más de 200 metros bajo el nivel del Mediterráneo; lago de agua dulce y abundantes peces. Reanuda su curso partiendo de la ribera sur del lago. Va deslizándose entre numerosos meandros –siempre alrededor de un eje casi perpendicular- por la impresionante fosa de Ghor, a lo largo de 100 kilómetros, hasta desembocar en el mar Muerto, a 403 metros por debajo del nivel del mar. A éstos se suman otros 400 de profundidad. Es el lugar más profundo de la superficie de nuestro planeta. Sus aguas son tan salobres que no admiten fauna piscícola. Sepultura de la Pentápolis, se diría lugar de los muertos y cementerio de los pecados arrastrados desde las alturas a estas simas estériles.

 

Como los antiguos profetas, y aun con más vigor que ellos, Juan predica a la vera del Jordán la conversión y un «bautismo de penitencia». Así llamado porque lo recibían para purificarse. Por lo tanto, se reconocían pecadores. Aquel bautismo no podía borrar el pecado de los orígenes, pero, con la humildad y la contrición, podía perdonar otros muchos. Dios habla a los hombres con lenguaje humano, hecho de signos y símbolos. El agua "viva", corriente, limpia, purifica el cuerpo y simboliza la purificación interior. El agua es también símbolo de la vida y de la muerte. Además, símbolo de la vida, que se inicia en la tierra y salta gozosa hasta la eternidad. 

 

 

 Dios Hijo «se vacía»

 

Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos van pasando por el rito bautismal, hasta que sólo queda, aguardando, Jesús de Nazaret. "El Hijo de Dios, Aquel que no tiene pecado -continuó-, se mezcla entre los pecadores, muestra la cercanía de Dios al camino de conversión del ser humano. Jesús carga sobre sus espaldas el peso de la culpa de toda la humanidad, comienza su misión poniéndose en lugar de los pecadores, en la perspectiva de la cruz" (BXVI, Hom. 10.01.2010). «Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir toda justicia" (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su "anonadamiento" (Flp 2,7)» (CEC 1224). Por eso, entiendo que Juan Pablo II enlaza la escena del Bautismo en el Jordán con la asombrosa expresión de san Pablo a los de Corinto: «pro nobis peccatum fecit»: Dios Padre «lo hizo pecado» (sustantivo, no verbo), es decir –según el ritual de los sacrificios expiatorios del Antiguo Testamento- «lo hizo víctima por el pecado» o «sacrificio por el pecado». Carga con los pecados de todos para expiarlos con su vida, pasión y muerte, en el colmo de la humildad, del «vaciamiento» o «despojamiento» (kénosis) de toda apariencia de gloria divina o humana, que se consumará en la ignominia de la Pasión. «Ecce homo», aquí tenéis al hombre, dirá Pilato, cuando ni siquiera humano parece, un guiñapo. «Pasmaos agradecidos ante este misterio, y aprended: todo el poder, toda la  majestad, toda la hermosura, toda la armonía infinita de Dios, sus grandes  e inconmensurables riquezas, ¡todo un Dios!, quedó escondido en la Humanidad de Cristo para servirnos. El Omnipotente se presenta decidido a oscurecer por un tiempo su gloria, para facilitar el encuentro redentor con sus criaturas» (San Josemaría E., AD, 111) ¿Cómo no llorar ante nuestras soberbias y vanaglorias?

 

Todo pecado es una negación práctica del Amor infinito y por eso supera siempre infinitamente al hombre finito que lo comete. La autorredención es imposible. Por eso el Verbo se hace carne, para sufrir en la medida de la expiación –amor, contrición, penitencia- que ningún otro ser humano puede realizar. De algún modo se identifica amorosamente con todos los pecadores que han sido, son y serán. Su amor no tiene medida; su entrega es total. Él es el Redentor del mundo, el Cordero de Dios –dirá más tarde el Bautista- que carga con los pecados del mundo para borrarlos con su sangre redentora (Cfr. Jn 1, 29).

 

Jesús entra en las aguas del Jordán. Las aguas cantarían, si pudieran, con la creación entera. La pequeña muchedumbre centra en Cristo su mirada. La Virgen María ¿está allí? En aquel entonces..., no sabemos. Pero en nuestra contemplación de la escena, con infancia espiritual, tenemos derecho a tomar su mano y abrirnos paso hasta la orilla del Jordán y tocar las mismas aguas que bañan los pies de Jesús. El agua sepulta el cuerpo santo del Cristo, anticipando simbólicamente su Pasión y Muerte, el entierro del grano de trigo que ha de morir para dar espigas bien granadas. En seguida emerge radiante el rostro del Dios humanado. Permanece en oración. Y en esto, el Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende sobre Cristo, como preludio de la creación nueva (Mt 3,16-17). (cfr. CEC 1224).

 

 

La voz del Padre

 

Se abren los cielos y, en forma de paloma, símbolo de reconciliación y de paz, el Espíritu Santo se posa sobre Jesús, indicando que, en efecto, Él es el Cristo, el Ungido de Yahvé, el Mesías anunciado por los profetas. Parece que la «luz inaccesible» en donde habita el Padre ha venido a llenar el valle del Jordán, inunda la escena, sin deslumbrar, baña la humanidad del Señor y acaricia el rostro bellísimo de Nuestra Madre, que contempla conmovida el evento. Nunca había visto a su Hijo tan radiante y su corazón materno se llena de gozo cuando se oye la voz –grave, solemne, recia, tierna- del Padre celestial: «Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me complazco» (Mt 3, 17). Revelación maravillosa no sólo de quién es Jesús, sino también de cómo es: tan amable que colma la infinitud del amor de Dios Padre. Cuántas veces la Virgen Madre había dicho lo mismo, con palabras semejantes del corazón o de los labios, en silencio, y también en voz alta, hablando con sus parientes, amigos, vecinos: «Éste es Jesús, mi Hijo», de tal forma que se entendía perfectamente: «Este es mi Amado, mi Único, en quien se encuentran y encuentro todas mis delicias». Sólo el Padre Dios y Ella, Madre Virgen, pueden decir literalmente lo mismo. Jesús, Verbo encarnado «es» la Alegría. ¿Cómo no va a ser también nuestra alegría? Nada hay más amable que Cristo. En Él encontramos toda la bondad, toda la verdad, toda la sabiduría, toda la belleza, todo el amor. Y todo del modo más perfecto, en su misma fuente y raíz: El Amor por quien, con quien y para quien el Padre ha hecho todas las cosas, y sin Él nada ha sido hecho de cuanto existe (cfr. Jn 1,3): «De Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él la gloria por los siglos. Amén» (Rom 11, 36).

 

En Cristo lo tenemos todo: «El Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro, Amigo. Es Rey y ansía reinar en nuestros corazones de hijos de Dios […] Es Médico y  cura nuestro egoísmo, si  dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma […] Es Maestro de una ciencia que sólo El  posee: la del amor sin límites a Dios y, a todos los hombres […] Es  Amigo, el  Amigo: vos autem dixi amicos, dice. Nos llama amigos y El fue quien dio el primer paso; nos amó primero. Sin embargo, no impone su cariño: lo ofrece. Lo muestra con el signo más claro de la amistad: nadie tiene amor más grande que el que entrega su vida por sus amigos [...] Si nos ve fríos, desganados, quizá con la rigidez de una vida interior que se extingue, su llanto será para nosotros vida: Yo te lo mando, amigo mío, levántate y anda, sal fuera de esa vida estrecha, que no es vida» (CP, 93).

 

Cristo Jesús hace las delicias del Padre Celestial. Él nos dice "son mis delicias estar con los hijos de los hombres" (Prov 8, 31). Habitar entre nosotros, convivir, tratarnos, compartir penas y alegrías, alentarnos, bendecirnos…, le encanta. ¿Cómo no vamos a encontrar en Él nuestras delicias? ¿Cómo no va a encantarnos su trato, su conversación, contemplarle, andarnos con contemplaciones, volcar nuestra imaginación creativa al servicio de ese amor humano y divino? La escuela de María es la mejor. Ella nos enseña a conocer cómo es Jesús, cuáles son sus gustos, sus intereses, sus amores. En esa escuela aprendemos un fiat constante a las más pequeñas insinuaciones y sugerencias del Espíritu, la fortaleza junto a la Cruz, la constancia en el amor, la entrega –con heroísmo casi inadvertido- al pequeño deber de cada momento; la rectificación inmediata después de cada olvido o negligencia o desamor.

 

 

Por Cristo, con Él y en Él

 

A la vera del río -tras el velo de la humildad- le descubrimos como el compendio de todas las perfecciones, atrayentes como un imán poderoso. Así nos es más fácil entender las palabras que un día nos dirá: «Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto». De entrada parece un despropósito, pero al pensar que «por Él, con Él y en Él» hace el Padre todas las cosas, comprendemos que también nosotros, con su gracia, podremos hacerlo: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso. Así cantan los sacerdotes en la Santa misa; y san Josemaría traducía así: ¡por mi Amor!, ¡con  mi Amor!, ¡en  mi Amor! (Forja 541). Todos respondemos: Amen!, ¡que así sea! Que todo lo hagamos por Él, con Él y en Él, como el Padre celestial, como la Virgen Santísima. «(…) "Per Ipsum, et  cum Ipso, et in  Ipso"  -¡Únete a ese gesto. Más: incorpora esa realidad a tu vida» (Forja 541). «Vive la fe, alegre, pegado a Jesucristo.  -Ámale de  verdad  -¡de  verdad, de  verdad!-,  y  serás  protagonista de la gran Aventura del Amor, porque estarás cada día más enamorado» (Forja 448).

 

«Yo estoy enamorado», afirmaba sin rubor san Josemaría, en cierta ocasión: «ho un amore!, tengo un Amor». «¡No hay más amor que el Amor!» (Camino 417). Es el mismo amor del Padre Dios y de la Madre Nuestra. De Él –con el Padre, origen del misterio trinitario- procede la Persona-Amor, la Persona-Don, que aparece en aspecto de paloma y, a su vez, le conducirá por los caminos de Palestina, hasta el colmo del amor, en la Cruz.

  

Vocación bautismal

 

«En el Bautismo, Nuestro Padre Dios, ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo» (RMV). En este misterio de luz, se insinúa el sacramento que nos alumbra a la nueva vida de hijos, incorporándonos a la vida de Cristo; nos hace miembros suyos, como sarmientos unidos a la vid. Comenzamos a ser con Cristo y en Cristo, para llegar a ser -«todos» (Forja 74)- no ya alter Christus, otros Cristos sino Ipse Christus, el mismo Cristo.

 

¿Cómo se hará esto, siendo cada uno de nosotros tan poca cosa? (cfr. Lc  1, 34). El Espíritu Santo, autor del misterio de la encarnación del Verbo, se ha manifestado en su Ungido y enseguida lo «empujará» al desierto (Mc 1, 12) y luego –con la misma suavidad y fortaleza- le conducirá hasta la Cruz y a la gloria de la Resurrección. Si –luchando con nuestros defectos y miserias- somos dóciles a la acción del Espíritu Santo, pisaremos donde ha pisado Cristo y llegaremos al cumplimiento perfecto de nuestra vocación bautismal: la santidad. Cuanto más configurados con Cristo, seremos más hijos, más amados, recibiremos más amor y daremos más amor, así hasta la «plenitud de la filiación divina», santidad plena. Cada día, más «conformes» con la imagen del Hijo, buscando el modo de agradar y dar más alegrías a nuestro Padre Dios y a nuestros hermanos los hombres.

 

La comunión eucarística obra el prodigio de hacernos «con-corpóreos» y «con-sanguíneos» con Cristo. Nos participa el vigor de su vida divina y humana, la fortaleza de su Espíritu, la vibración de su corazón enamorado. Participamos de su amor al Padre y de su docilidad al Espíritu Santo, que le conduce y nos conduce con Él a todos los sitios. «La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra» (CP, 128), llenan nuestro corazón, que –como el de María Virgen- ya no puede vivir si no es por Él, con Él y en Él. Otra cosa sería rebajar la categoría humana y cristiana que nos corresponde como hijos de Dios en Cristo. Por eso, pedimos siempre: «¡enséñame a  amar!» (Camino 423). «Dame, Señor, el amor con que quieres que te ame» (Forja 270). «Perseverar es persistir en el amor, "per  Ipsum et cum Ipso et in Ipso...", que  realmente podemos interpretar también así: ¡El!, conmigo, por mí y en mí». (Surco 366)

 

Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Préstanos tus ojos y tu mirada para descubrir los infinitos tesoros de amor que arden en el Corazón de tu Hijo. Enséñanos todo aquello que sea «delicia» de la Trinidad, hasta las cosas más pequeñas, las «menudencias heroicas» que le conmuevan, los detalles de extrema delicadeza en el trato con todos, la perseverancia en la oración, en el trabajo y en el apostolado…

 

Nos acogemos a la Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa y Sagrario del Espíritu Santo. Dócil a la Persona-Amor y en virtud de su fiat!nos engendró en Cristo. Nos ve y nos mira del mejor modo posible: «en Él», como hijos únicos.

 

«En Él» hemos de ver y amar. Y con este aparente rodeo, no se conoce y ama menos a las criaturas, sino más, porque se ven más tal como son y están llamadas a ser. La mejor manera de conocer y amar es «en Cristo». La mejor manera de conocer y amar «en Cristo» es conocer y amar «en María».

 

El Bautismo de Jesús en el Jordán es epifanía de la Santísima Trinidad, inicio de la singladura del Ungido de Yahvé por los caminos de Palestina hasta la Resurrección pasando por la Cruz. Es, pues, el momento de tomar una gran decisión: seguirle a dondequiera que vaya, «tan de cerca como Santa María, su Madre, como los primeros doce, como las santas mujeres, como aquellas muchedumbres que se agolpaban a su alrededor. Si obramos así, si no ponemos obstáculos, las palabras de Cristo entrarán hasta en los pliegues del alma y del espíritu, hasta el fondo del alma y nos transformarán. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que espada de dos filos, y se introduce hasta en las junturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (CP, 107). Nos queda quizá un largo trecho. Días de luz, misterios luminosos; días oscuros, misterios dolorosos. Benedicto XVI decía el pasado domingo: el bautismo del Precursor «es de penitencia, un signo que invita a la conversión, a cambiar de vida, pues se acerca Aquél que 'bautizará en Espíritu Santo y fuego'». Cierto es que al final resplandecerá la luz definitiva de los misterios de gloria y «¡haremos que arda el mundo, en las llamas del fuego que viniste a traer a la tierra!... Y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin» (SR)

 

-----------------------------------

 

Notas

 

RVM: Juan Pablo PII, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 21

SR: San Josemaría, Santo Rosario, "El Bautismo del Señor".

AD: Id., Amigos de Dios.

CP: Id., Es Cristo que pasa.

En la imagen: fragmento de El Bautismo del Señor, de Piero della Francesca 

Enviado por ARVONET - 10/01/2010 ir arriba

v02.14:7.17
GestionMax
Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós