EL
BAUTISMO EN EL JORDÁN
Por Antonio Orozco Delclós
1. El río
El río Jordán, nace al pie del monte
Hermón (2759 metros), en medio de un
bello paisaje de montaña cubierto de
bosques; se estrecha en una garganta
basáltica por donde se precipita
hasta desembocar en el lago
Genesaret (Tiberíades o Mar de
Galilea), a más de 200 metros bajo
el nivel del Mediterráneo; lago de
agua dulce y abundantes peces.
Reanuda su curso partiendo de la
ribera sur del lago y va
deslizándose entre numerosos
meandros –siempre alrededor de un
eje casi perpendicular- por la
impresionante fosa de Ghor, a lo
largo de 100 kilómetros, hasta
desembocar en el mar Muerto, a 403
metros por debajo del nivel del
Mediterráneo, a los que se suman los
400 de profundidad. Es el lugar más
profundo de nuestro planeta. Sus
aguas son tan salobres que no
admiten fauna piscícola.
El Jordán es el río más sagrado del
mundo, el río de los milagros. Un
día un general del ejército de Siria
llamado Naamán, vino de Damasco y se
presentó al profeta taumaturgo
Eliseo a pedirle la curación de su
lepra. El profeta le indica que se
lave siete veces en las aguas del
Jordán. Naaman pregunta si el Abana
y el Farfar, ríos de Damasco, no
valen más que todas las aguas de
Israel, pero al fin obedece a la
palabra del hombre de Dios, se
sumerge siete veces en el Jordán y
su carne se torna tan tierna como la
de un niño (II Reg 5, 9-19). El
general Naamán no podía comprender
lo que más tarde dirá Jesús a la
samaritana: la salvación viene de
los judíos, es decir, de Yahavé, el
Dios personal, el único, adorado por
los judíos.
El Jordán discurre entre parajes
hermosísimos, llevándose la tierra
río abajo, para verterla en el Mar
Muerto. Aquí el paisaje ha cambiado
radicalmente, amurallado de montañas
peladas. Materialmente, parece ser
el lugar de los muertos, sepultura
de la Pentápolis, cementerio de los
pecados mortales muertos,
arrastrados aprisa de las alturas a
estas simas estériles.
El río Jordán estaba predestinado a
ser el río del bautismo que
realmente cura y limpia de lepras y
costras. Como los antiguos profetas
y aun con más vigor que ellos, Juan
predica la penitencia, la
contrición. Su bautismo no puede
borrar el pecado original, pero, si
la contrición es sincera, puede
perdonar otros muchos pecados. Dios
habla a los hombres con lenguaje
humano, hecho de signos y símbolos.
El agua es el símbolo de este perdón
y, sobre todo, el agua corriente,
viva, es símbolo de la vida que
salta cantando hasta la eternidad.
2. Dios Hijo «se vacía»
Algunos acudieron allí
vanagloriándose de que eran hijos de
Abraham. Pero Juan les dice: «yo os
digo que Dios puede sacar de estas
piedras hijos de Abraham». Llega el
tiempo en que nadie podrá presumir
de raza o estirpe porque todas serán
abolidas salvo una: el linaje de los
hijos de Dios... «en Cristo»,
porque, en rigor sólo hay y habrá un
hijo, el Unigénito engendrado
eternamente por el Padre, y -en el
tiempo- por María Virgen. Jesús ya
está en medio de ellos pero no le
conocen, no ha hecho todavía nada
que llame la atención, ningún
milagro, ninguna palabra más alta
que la otra. Pasa por uno de tantos
y así se acerca a la muchedumbre que
va bautizándose, al extremo de
ponerse ¡a la cola!. El Emmanuel
–Dios con nosotros- a la cola, va a
solicitar el bautismo de Juan como
un pecador más, porque allí no se va
a recibir otra cosa que un
bautismo de penitencia. «Nuestro
Señor se sometió voluntariamente al
Bautismo de S. Juan, destinado a los
pecadores –enseña el Catecismo de la
Iglesia Católica-, para "cumplir
toda justicia" (Mt 3,15). Este gesto
de Jesús es una manifestación de su
"anonadamiento" (Flp 2,7). El
Espíritu que se cernía sobre las
aguas de la primera creación
desciende entonces sobre Cristo,
como preludio de la nueva creación,
y el Padre manifiesta a Jesús como
su "Hijo amado" (Mt 3,16-17). (CEC
1224). «Toda justicia», es decir,
todos los detalles que el Padre ha
dispuesto para que la obra de la
Redención se cumpla del modo más
hondo y exhaustivo, aunque pudiera
haberse hecho de otra manera. Jesús
respeta y ama la libertad de su
Padre, sapientísima y amorosísima,
aunque Juan no la comprenda.
Por eso el Papa, si lo entiendo
bien, al sugerir la contemplación
del Bautismo de Jesús en el Jordán
como primer misterio luminoso del
santo Rosario, se refiere a la
asombrosa expresión de san Pablo a
los de Corinto: «pro nobis
peccatum fecit»: «Misterio de
luz es ante todo el Bautismo en el
Jordán. En él, mientras Cristo, como
inocente que se hace "pecado" por
nosotros (2 Co 5, 21), entra en el
agua del río...». Es evidente que el
sentido del texto no puede ser que
Jesús haya cometido pecado alguno,
ni el más leve, puesto que es
Persona divina, la Segunda de la
Trinidad. Los actos han de
atribuirse a los sujetos. Los actos
del hombre Cristo son humanos, pero
quien los realiza es Dios.
Por eso la Iglesia entiende que
cuando Jesús nace es Dios quien nace
y cuando Jesús llora o ríe es Dios
quién llora o ríe. Si Jesús pecara
de algún modo, sería Dios quien
pecaría, lo cual es absolutamente
imposible y afirmarlo resulta
blasfemo (hay versiones literarias y
cinematográficas que lo son). San
Pablo dice que Dios Padre «lo hizo
pecado» (sustantivo), es decir
–según el ritual de los sacrificios
expiatorios del Antiguo Testamento-
«lo hizo víctima por el pecado» o
«sacrificio por el pecado». Hace el
papel de aquella res sobre la cual
el sacerdote –en los «sacrificios
expiatorios»- ponía las manos como
descargando sobre ella todos los
pecados del pueblo y en seguida lo
expulsaba para que se perdiera en
lugares deshabitados.
Nunca meditaremos bastante sobre
este punto. Dios Padre envía a Dios
Hijo para que ocupe el lugar de la
res maldita. Ante la ofensa que el
hombre le ha hecho, establece que se
cumpla toda justicia, pero –esto lo
más asombroso- al modo de la
misericordia infinita. No toma a un
ser humano cualquiera como «chivo
expiatorio», sino que envía al Hijo
de sus divinas entrañas, Dios Hijo.
Éste carga con los pecados de toda
la humanidad para expiarlos con su
vida, pasión y muerte. Es el colmo
de la humildad, del «vaciamiento» (kénosis)
de toda apariencia de dignidad
divina o humana, que se consumará en
el Calvario. Para redimir la locura
humana de la soberbia, elige el
ofrecimiento de la humildad más
profunda. Jesús es el manso y
humilde de corazón, verdadero
hombre, pero no mero hombre, Dios
verdadero que pasa por el pecador
más abyecto. «Pues lo que era
imposible para la Ley al estar
debilitada a causa de la carne, lo
hizo Dios enviando a su propio Hijo
en una carne semejante a la carne
pecadora y por causa del pecado
condenó al pecado en la carne» (Rom
8 3-4)
A la vera del Jordán, Juan señalará
con el dedo a Jesús, diciendo: «Este
es el cordero de Dios que quita el
pecado del mundo». Pero los exegetas
estudian la posibilidad de que el
sentido de las palabras del
Bautista, a la luz de los textos del
Antiguo Testamento, bien pudieran
traducirse por «Este es el cordero
de Dios que carga con los pecados
del mundo». Y ciertamente, los va a
quitar, cargando con ellos, expiando
en su alma, en su carne y en su
sangre el pecado de la humanidad en
la medida que ningún otro mortal
podía hacer. Porque es preciso saber
que el pecado es siempre una
negación práctica del Amor infinito
y por eso supera siempre
infinitamente al hombre finito que
lo comete. La autorredención es
imposible. Por eso el Verbo se ha
hecho carne, para sufrir en su carne
la medida de la expiación –amor,
contrición, penitencia- que ningún
otro ser humano puede realizar. En
esa medida, que nosotros jamás
hubiéramos podido alcanzar, nos
sustituye, solidarizado hasta la
identificación espiritual, mística,
con todos los pecadores que han
sido, son y serán. Su amor no tiene
medida; su entrega es total. Él es
el Redentor del mundo. Sólo Él puede
cargar con todo el pecado, con cada
pecado del hombre y, por eso,
quitarlo. Para liberarnos de
nuestros pecados, el único camino es
la correspondiente incorporación a
Cristo, la identificación con Él en
la humildad y el sacrificio.
Haciendo lo que está de nuestra
parte, Él colmará con creces la
medida necesaria para la absolución
y, además, nos conseguirá la
libertad gloriosa de los hijos de
Dios. Él es el Hijo Unigénito del
Padre.
Nadie lo sabía, porque había
mantenido hasta ahora lo que
podríamos llamar «el principio de
asimilación» o «la lógica de la
Encarnación»: identificación con
la existencia humana, sin trampa ni
cartón, sin aprovecharse de su
omnipotencia divina, sin guardarse
ninguna ventaja mientras recorre el
camino de su vida terrena, con la
más humilde normalidad. No ha hecho
nada extraordinario. Incluso hace un
momento se ha puesto a la cola de
los que se bautizan en el Jordán.
3. Epifanía mesiánica y
trinitaria
Pero va a comenzar la proclamación
del Evangelio - la Gran Noticia de
la liberación de los pecados del
mundo junto a la llamada universal a
la santidad: todos podremos ser
santos, libres de las ataduras del
pecado, del demonio y de la muerte,
con la libertad de los
verdaderamente hijos y, en
consecuencia herederos de la eterna
gloria.
Jesús bautizado emerge de las aguas
del Jordán, permanece recogido en
oración (Lc), y entonces «se abre el
cielo», se hace una luz increíble,
procedente de la «luz inaccesible»
en la que habita el Padre. Y se oye
su voz: «Este es mi Hijo, el Amado,
en quien me complazco». Nunca se ha
oído una música igual en el mundo,
ni se oirá (sólo en el Tabor, cuarto
misterio de luz). Por eso es preciso
guardar esas palabras únicas como el
tesoro más preciado, tanto en su
música –toda palabra es música y el
pensamiento también- como en su
letra. Nunca se ha oído a un padre,
a una madre, a unos abuelos,
pronunciar palabras tan cargadas de
ternura. «Este es mi Hijo, el
Bien-Amado, en quien encuentro mis
delicias». Este Hijo es la completa
felicidad del Padre. Este Hijo ha
sido -¡es!- engendrado en el seno
eterno del Padre: «Hoy te he
engendrado yo» (Lc, 3, 22; Sal 2),
dice la voz, significando el hoy
eterno, sin comienzo ni término. El
Amor infinito habla de su Bien
Infinito, infinitamente amado. ¿Cómo
no conmoverse? ¿Cómo no «en-amorarse»
de este Hijo unigénito del Padre?
4. Contemplación «con María». Por
Él, con Él y en Él
¿Cómo resonaron en el corazón de la
Madre de Jesús las palabras del
Padre Dios? ¿No se las había dicho
Ella a sí misma muchas veces?: «Este
es mi Hijo, el Amado, en quien
encuentro mi felicidad, mi
alegría... No hay otro amor para
mí..., a no ser por Él, con Él, en
Él». Este es precisamente el modo
que han de alcanzar nuestros amores
buenos. Todo lo que no sea «por Él,
con Él, en Él» se distancia del modo
divino y del modo mariano, de la
verdad de Dios Uno y Trino y de la
verdad de la criatura inteligente.
María todo lo hacía por Él, con Él y
en Él.
«Todo fue hecho por él, y sin él no
se hizo nada de cuanto ha sido
hecho» (Jn 1, 3). Por Él han sido
hechas todas las cosas que ha hecho
el Padre celestial, es decir, todas
las cosas. Y al estar llamados a ser
«perfectos como el Padre celestial
es perfecto» (Mt 5, 48), es preciso
imitarle en todo lo posible. Y lo
primero es hacerlo todo por el Hijo,
para su gloria, con Él y en Él. Y
como Él, que «todo lo hizo bien».
En ocasiones parece que los amores
humanos -limpios y santos-, se
tambalean, se cuartean, corren el
riesgo de frustrarse. Es la hora de
mirar el rostro de Cristo y escuchar
las palabras del Padre y concluir:
amo por Él, con Él, en Él. Así se
alcanza la raíz y fuente de todo
amor y - por Él, con Él, en Él - se
salvan todos los amores buenos,.
Es probable que nuestra mente y
nuestro corazón se encuentren lejos
de ese orden perfecto del amor y de
la felicidad. Quizá, en la práctica,
solemos hacer las cosas «por mí,
para mí y conmigo». Parece imposible
desprenderse del yo y alcanzar en
todo y siempre aquel amor específico
y necesario del cristiano. ¿Cómo
avanzar, cómo acercarnos a la
cumbre?
5. El Espíritu Santo
Junto a la voz que sintetiza la
reciedumbre y la ternura del Padre,
sucede otro misterio de luz:
desciende el Espíritu Santo en forma
de paloma, indicando reconciliación
gozosa y paz inmensa: es la
Persona-Don, el Amor en persona.
hacedora del prodigio de la
Encarnación del Verbo, de la alegría
de Juan cuando aún se hallaba en el
seno de su madre, porque María
–portadora del Espíritu- había
entrado en su casa y saludado a
Isabel.
Ya tenemos ante nuestros sentidos,
en nuestra imaginación, las tres
Personas de la Trinidad. Se puede
subir sin esfuerzos jadeantes la
escalera que sube al Padre. Tenemos
dos alas para volar, dos brazos para
abrazar: el Hijo y el Espíritu. Lo
tenemos todo.
La Virgen Santísima ha caído en
adoración y la luz divina baña su
rostro –tan semejante al de Jesús-
con resplandores nuevos. Nos
acogemos a Ella, Hija de Dios Padre,
Madre de Dios Hijo, Esposa y
Sagrario del Espíritu Santo. Ella,
por obra de la Persona-Amor y en
virtud de su fiat! nos
engendró en Cristo. Ella sabe bien
que no hay otro nombre por el que
podamos ser salvados: Jesús. Per
ipsum, et cum Ipso, et in Ipso.
Aunque Ella pudiera prescindir por
un momento de contemplar enamorada
el rostro de su Hijo, nos miraría
con inmenso cariño; pero no puede
prescindir; y ese tener a Jesús en
sus pupilas, esa mediación de
Cristo, como análogamente sucede a
Dios Padre, no sólo no disminuye su
amor por cada uno de sus hijos sino
que se enriquece indeciblemente. La
mejor manera de ver una obra de arte
es situarse en la perspectiva del
artista y, si pudiera ser, inmersos
en su estro poético. Así se ve en
profundidad el conjunto y el
detalle, la intención, el
simbolismo, los defectos y las
perfecciones. Dios es el autor de
esos «cuadros», imágenes suyas, que
son lo que son a la luz de sus ojos.
Así se ve toda entera, y los
defectos no pueden ocultar la
belleza profunda. La mejor manera de
conocer y amar a las criaturas, al
marido o a la mujer, a los hijos, a
los padres, a los hermanos, al
trabajo y al descanso, es situarse
en el punto de mira de Cristo,
verdadero Dios y verdadero hombre,
por quien fueron creadas y han sido
redimidas todas las cosas. El es el
Mediador nato entre Dios y los
hombres. «En Él» hemos de ver y
amar. Y con este aparente rodeo,
mediando esa suerte de mediación, no
se conoce y ama menos a las
criaturas, sino más, porque se ven
más tal como son y lo que están
llamadas a ser. «Tienes miedo de
hacerte, para todos, frío y envarado
–dice san Josemaría Escrivá-. ¡Tanto
quieres despegarte! / -Deja esa
preocupación: si eres de Cristo
-¡todo de Cristo!-, para todos
tendrás -también de Cristo- fuego,
luz y calor.» (Camino, n.
154).
La mejor manera de conocer es «en
Cristo»; la mejor manera de amar es
«en Cristo». Luego, es preciso
conocer y amar a Cristo ante todo y
sobre todo, para superar la
mediocridad, el crepúsculo, la
indiferencia, la medida mezquina del
amor. ¿Cómo? Tratándole de tú a Tú,
conviviendo con María, contemplando
su rostro con Ella y dejándose
llevar por el Espíritu, que clama
dentro de nosotros, como Jesús:
Abbá!, Padre mío...!.
5. Conclusión
Ante la epifanía trinitaria y la
revelación del Amado –Cordero de
Dios que carga y quita los pecados
del mundo, hermoseándolo todo-, es
natural rezar con María como el
Espíritu inspire, por ejemplo:
-Gloria
al Padre, gloria al Hijo, gloria al
Espíritu Santo... Y gloria a ti,
Santa María.
-Dios te salve, Llena de Gracia,
muéstranos al Jesús del Jordán. Que
yo comprenda que en las aguas del
Bautismo renací por Él, con Él y en
Él; que fui santificado del todo
para fuera creciendo en santidad, en
todo (sin límite), en la fe, en la
esperanza y en el amor. Que yo
comprenda que el compromiso
bautismal se llama santidad, unión
con Dios a toda hora, en medio de
todas mis actividades, con una vida
coherente.
- «Dame, Señor, el amor con que
quieres que te ame» (Forja,
n. 270)
-Desde
ahora, «te seguiré adonde quiera que
vayas». (Mt 8, 19)
-Tú eres el Amor hecho verdadero
hombre, Tú eres la Alegría, el
Camino, el Descanso, la Verdad, la
Vida.
-«Quiero dar gusto a mi Dios, a mi
Amado, cumpliendo su Voluntad en
todo..., como si no hubiera premio
ni castigo: solamente por
agradarle.» (Forja 1008)
- [...] "Per Ipsum, et cum Ipso, et
in Ipso" -¡por mi Amor!, ¡con mi
Amor!, ¡en mi Amor! [...] (Forja
541)
«Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso...,
por Cristo, con Cristo y en Cristo,
Amor nuestro, a Ti, Padre
Todopoderoso, en unidad del Espíritu
Santo, te sea dado todo honor y
gloria por los siglos de los siglos»
(Es Cristo que pasa, 90)
En fin,
«Mi
amado es para mí, y yo soy para mi
amado» (Cant 2, 16)
«Perseverar es persistir en el amor,
"per Ipsum et cum Ipso et in Ipso...",
que realmente podemos interpretar
también así: ¡El!, conmigo, por mí y
en mí.» (Surco 366)
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