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1. 5. EL NIÑO PERDIDO (Antonio Orozco Delclós)

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SANTO ROSARIO, quinto misterio gozoso: el NIño perdido y hallado en el Templo

EL NIÑO PERDIDO

 



QUINTO MISTERIO GOZOSO DEL SANTO ROSARIO Y SÉPTIMO DOMINGO DE SAN JOSÉ: I. Estar en las cosas del Padre. II. Importancia de buscar. III. Importancia de no entender cosas.

Por Antonio Orozco Delclós
Arvo Net, 17.03.2006



Dolor: La «pérdida» del Niño

Gozo: El encuentro del Niño en el Templo

 

Lc, 2, 40-52: El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando." El les dijo: "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre? (in his quae Patris mei sunt oportet me esse)" Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura (edad) y en gracia ante Dios y ante los hombres.

 

Este último dolor y gozo que se contempla en los Domingos de San José coincide con el Quinto misterio Gozoso del Santo Rosario. Suele enunciarse como «el Niño perdido, y hallado en el Templo». Pero, en rigor, un niño «perdido» no sabe dónde está, dónde se encuentran sus padres, su casa, su hogar, no sabe a dónde ir. Pero bien sabía Jesús dónde estaba y qué hacía. No «se» había perdido, «le» habían perdido sus padres, lo cual es distinto. María y José son los desconcertados y perplejos: «les había dejado» sin despedirse, sin indicar a dónde iba. Permitió, más aún, todo parece indicar que quiso deliberadamente que le buscasen durante tres jornadas de un modo que María califica de «angustioso»: «Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». María, Madre de Jesús -fruto de sus entrañas por obra del Espíritu Santo, Asiento de la Sabiduría- no entiende por qué «les» ha hecho esto a ellos. Y José, si cabe, menos aún; confirma con expresivo gesto las palabras lógicamente quejumbrosas de su esposa. «¿Por qué?»

 

PERPLEJIDAD *

 

I.  Estar en las cosas del Padre

 

La pregunta y la queja no se refieren a lo que estaba haciendo Jesús, una obra admirable: «todos estaba estupefactos por su inteligencia y sus respuestas». De modo que cuando le vieron quedaron asombrados. Le descubren de un modo nuevo, manejándose a su manera de adolescente con hombres sesudos, sabios de Israel. «Quedaron asombrados». Estaba dando, sin duda discretamente, una lección a los expertos en Sagradas Escrituras. No había nada que objetar. De lo que se queja María –y con ella José- es de por qué «nos has hecho» esto: no de lo que hace, sino de lo que «les ha hecho». ¿Qué les ha hecho? Dejarles a sabiendas de que le buscaran «angustiados» ¡durante tres días! Se dice pronto. ¿Por qué? ¿Qué necesidad había de pasar por aquella angustia? José y María de mil amores hubieran consentido en que cumpliese cualquier mandato de su Padre celestial. ¡Faltaría más!. Hasta se hubieran brindado a acompañarle. A lo mejor hubieran insistido en ello hasta el cansancio.

 

La respuesta de Jesús es desconcertante: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ¿Cómo iban a saber que su Padre lo quería en ese entonces en el Templo de Jerusalén? Cada palabra de Jesús es una elevación del punto de mira, una nueva perspectiva. No era cosa nueva que tenía un Padre celestial, más padre que todos los padres juntos. Pero era el momento de profundizar en esa realidad maravillosa de su natural filiación divina. Como Dios, Jesús es Dios Hijo; como hombre es también «el Hijo Amado» del Padre. Todo su ser está referido al Padre celestial. Todos sus afectos y amores han de estar inmersos en el amor del Padre celestial, asumidos gozosamente en la Voluntad del Padre, incluso el amor de su Madre Virgen y de José. Jesús es ante todo el Hijo del Padre. Por decirlo de algún modo, lo es hasta la médula más profunda de su ser humano. Ha venido a cumplir la misión encomendada por el Padre. No tiene otra razón de ser su paso por la tierra. El amor del Padre le llena del todo, enriquece e ilumina todo otro amor que se encuentre en su corazón (donde nos encontramos todos). No ama menos ahora a María y a José, al contrario, si cabe y en la medida y sentido en que «crece», les ama más.

 

Un rayo de luz –deslumbrante y elevante- debió de cruzar las almas de José y de María. Ellos mismos se sienten más hijos del Padre, entienden mejor la grandeza del amor del Padre y del amor que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. José y María se ven involucrados en ese amor que tiene que ver con el Espíritu Santo, exhalado por el Padre y el Hijo.

 

Asisitimos a un momento privilegiado de elevación de la criatura, que sin embargo sigue siendo criatura: «Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio». Esto es grandioso. A pesar de la plenitud de gracia, a pesar de los dones sobrenaturales que llenan a María y a José, ¡no entienden! Nada. No entienden nada, pero su respuesta los eleva, les indica como con el dedo lo más alto: el Padre. Somos hijos de Dios. Nuestro alimento más sabroso es hacer la voluntad del Padre Dios… Ahora estaremos más en los detalles. No basta evitar lo malo y hacer cosas buenas: nos conviene hacer las cosas buenas que agraden y diseñe nuestro Padre celestial, que nos envuelve en sus brazos poderosos y nos aprieta contra su corazón. Es necesario que yo –como Jesús, José y María- esté siempre «en las cosas de mi Padre», en la obra de mi Padre, en el pensamiento de mi Padre, en el corazón de mi Padre. ¿Hay algo entre «mis cosas» que no sea de mi Padre? ¿Hay algún espacio de tiempo en mi vida que no esté en sintonía y dedicado a mi Padre celestial? José y María no dejan de ponderar todo esto con nueva profundidad.

 

II. Importancia de buscar

 

Pero siguen sin entender «lo que les ha hecho». No lo sabe María, no lo sabe José. ¿Y yo? ¡Qué voy a saber! Pero he de ponderar, meditar, indagar, relacionar, buscar, buscar, buscar… Debe de ser muy importante buscar - buscar a Jesús -, cuando es una actividad que no la ha evitado Dios siquiera a las dos criaturas más amadas, más santas. No las ha eximido ni de la búsqueda ni de la angustia. «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.» (Mt 7, 7-8). Es preciso saberse necesitados de Jesús (Salvador) y confiar. Se nos ha dado el entendimiento para que indaguemos, para que escrutemos hasta, de algún modo, lo inescrutable. Era bueno y necesario que lo hicieran María y José; que crecieran, como lo estaba haciendo Jesús, en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.

 

¿Y qué sucede cuando se busca a Jesús? Algo semejante a lo que aconteció en el Templo a José y a María: se le descubre de un modo nuevo, con una nueva dimensión, de un modo más admirable y no menos entrañable. Ha ganado en estatura, en edad, en sabiduría y sin embargo, vuelve con ellos a su casa y les está sujeto. ¡Que admiración sin acostumbramiento en el hogar de Nazaret! ¡Qué conciencia de la filiación divina! Y de querer estar hasta en los menores detalles en las cosas del Padre, estando en las cosas de Jesús.

 

Por tanto, un porqué puede ser este: necesidad inesquivable de buscar a Jesús -Verbo, Logos, Verdad, Sabiduría hecha Hombre-, para encontrarle y amarle: «que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo». Tres etapas clarísimas que indica san Josemaría, para todos.

 

 

III. Importancia de «no entender»

 

José y María «no entendieron lo que Jesús les había hecho». Es necesario que no entendamos cosas. La facultad de entender, hay que ejercitarla hasta donde nos sea posible, todo lo que sea posible. Pero ad sobrietatem, sabiendo que hay más, mucho más a lo que no llegamos, porque a todo sólo llega la infinitud de Dios. Conviene que junto a los motivos de credibilidad, que hacen razonable la fe, haya motivos de perplejidad, que hacen meritoria la fe. ¿Por qué nos has hecho esto? José y María «no saben, no contestan». En muchas cosas, la Iglesia, los cristianos, «no saben, no contestan». En ocasiones se han dirigido interrogantes al papa Benedicto XVI. El 25 de julio de 2005, en una reunión con numerosos sacerdotes de la diócesis de Aosta, el Papa improvisa un discurso: "[...] querría también decir que el Papa no es un oráculo [...] Por tanto comparto con vosotros vuestras preguntas, estas cuestiones. Yo también sufro. Pero todos juntos queremos por una parte, sufrir con estos problemas y, sufriendo transformar los problemas, porque el sufrimiento es precisamente el camino de la trasformación y sin sufrimiento no se transforma nada". Las perplejidades no son razones para no creer en lo cierto, hay muchos motivos de credibilidad, es razonable creer. Pero cuando la fe proyecta con su luz sombras tras los objetos opacos, es preciso pensar que las oscuridades prestan relieve al cuadro, que no son humillación para la vista ni el entendimiento, sino posibilidad de conocer y saber más y admirar más y amar más.

 

Es preciso redimir la soberbia, raíz de todos los pecados diabólicos y humanos. Es preciso que nuestra mente se tope con el misterio. Es necesario que salga de nuestro corazón algunas veces: «Jesús, ¿por qué me has hecho esto?», porque si no, Dios se convertiría, como decían algunos, en un «dios tapagujeros», en un dios a la medida humana, tan mezquino como nosotros, para resolver problemas temporales y nada más, nada de redención, nada de salvación, nada de santificación, nada de trascendencia, nada de bienaventuranza eterna.

 

A veces convendrá que los motivos de perplejidad, subjetivamente se enormicen hasta parecer insignificantes los motivos de credibilidad, hasta quedar la fe sola, solos aferrados casi a ciegas -subjetivamente parece que a ciegas-, a la mano de Dios, confiando absolutamente en Él. Esto es muy importante, porque es la experiencia de la verdadera insuficiencia radical de la criatura, necesaria para conocer experimentalmente nuestra real poquedad junto a la grandeza de Dios. No olvidemos que la autosuficiencia es el peor de los males, el mal del siglo, especialmente de los últimos siglos, el mal que ha conducido al hombre a los crímenes más horrendos de la historia de la humanidad y lo que conduce - si no se rectifica - a la propia autocondenación. La experiencia de la propia insuficiencia unida a la suficiencia superabundante de Dios es dolor y gozo, purificación y certeza, profilaxis espiritual, trampolín para una unión con Dios cada vez más íntima. Tras la noche viene el día.

 

Para esos momentos, quizá de angustia, san Josemaría, nos ofrece una fórmula: Jesús «¿qué me irás a dar cuando me exiges "eso"?» (Camino, n. 153). Porque lo cierto es que, para los que aman a Dios –enseña Pablo- todas cosas son para bien. Dios no permite que el mal nos supere. Esta es la victoria que vence al mundo, dice Juan: nuestra fe.

 

La fe de María y de José, les otorgan un gozo inmenso en un nuevo y más profundo equilibrio que adquieren a partir del evento del Tempo: desprendimiento del hijo y amor sin medida, admiración sin acostumbramiento ante el Deus absconditus, el Emmanuel, Dios con ellos, Dios con nosotros, el Hogar de Nazaret. A esa Familia pertenecemos todos los cristianos. Qué admiración, qué asombro in crescendo, el de José, al ver a Jesús que gozando de la libertad suprema, les está sujeto, les obedece en todo año tras año. José se admira de la infinita humildad de Dios Hijo y de día en día crece su cariño, su adoración, su desvivirse por Jesús y por su Madre Virgen.

 

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, gloria a Santa María, gloria a San José.


 

(*) Existe una relación entre complejo y perplejo, comparten la misma raíz. Perplejo viene del latín “perplexus”. Si perplejo significa dudoso, incierto, confuso, “perplexus” significaba embrollado, embelesado, sinuoso. De perplejo se deriva “perplejidad” que significa irresolución, duda, confusión Obviamente no hablo aquí de perplejidad como «duda» formal en las cosas de fe, que sería improcedente, sino en el sentido de cierta confusión o embrollo subjetivo que produce la complejidad, al no saber encajar todas las piezas conocidas en el conjunto del puzzle que tenemos ante nuestra mirada. Una aproximación irreflexiva a la complejidad nos sitúa en un estado de irresolución, duda y confusión. Pero una persona de fe, por muchas «dudas» o «complejidades» irresolubles que se le presenten, tiene firmes unas convicciones fundamentales, suficientes para desafiar la duda y permanecer en el don autosuficiente que siempre es la fe en la divina revelación.
 

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