Por Antonio Orozco Delclós
Arvo Net, 17.03.2006
Dolor: La «pérdida» del Niño
Gozo: El encuentro del Niño en el Templo
Lc, 2, 40-52:
El niño crecía y se fortalecía,
llenándose de sabiduría; y la gracia de
Dios estaba sobre él. Sus padres iban
todos los años a Jerusalén a la fiesta
de la Pascua. Cuando tuvo doce años,
subieron ellos como de costumbre a la
fiesta y, al volverse, pasados los días,
el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin
saberlo su padres. Pero creyendo que
estaría en la caravana, hicieron un día
de camino, y le buscaban entre los
parientes y conocidos; pero al no
encontrarle, se volvieron a Jerusalén en
su busca.
Y sucedió que, al cabo de tres días, le
encontraron en el Templo sentado en
medio de los maestros, escuchándoles y
preguntándoles; todos los que le oían,
estaban estupefactos por su inteligencia
y sus respuestas. Cuando le vieron,
quedaron sorprendidos, y su madre le
dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho
esto? Mira, tu padre y yo, angustiados,
te andábamos buscando." El les dijo: "Y
¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que
yo debía estar en las cosas de mi Padre?
(in his quae Patris mei sunt oportet me
esse)" Pero ellos no comprendieron la
respuesta que les dio. Bajó con ellos y
vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos.
Su madre conservaba cuidadosamente todas
las cosas en su corazón. Jesús
progresaba en sabiduría, en estatura
(edad) y en gracia ante Dios y ante los
hombres.
Este último dolor y gozo que se contempla en
los Domingos de San José coincide con el
Quinto misterio Gozoso del Santo Rosario.
Suele enunciarse como «el Niño perdido, y
hallado en el Templo». Pero, en rigor, un
niño «perdido» no sabe dónde está, dónde se
encuentran sus padres, su casa, su hogar, no
sabe a dónde ir. Pero bien sabía Jesús dónde
estaba y qué hacía. No «se» había perdido,
«le» habían perdido sus padres, lo cual es
distinto. María y José son los
desconcertados y perplejos: «les había
dejado» sin despedirse, sin indicar a dónde
iba. Permitió, más aún, todo parece indicar
que quiso deliberadamente que le buscasen
durante tres jornadas de un modo que María
califica de «angustioso»: «Mira, tu padre y
yo, angustiados, te andábamos buscando».
María, Madre de Jesús -fruto de sus entrañas
por obra del Espíritu Santo, Asiento de la
Sabiduría- no entiende por qué «les» ha
hecho esto a ellos. Y José, si cabe, menos
aún; confirma con expresivo gesto las
palabras lógicamente quejumbrosas de su
esposa. «¿Por qué?»
PERPLEJIDAD *
I. Estar en las cosas del Padre
La pregunta y la queja no se refieren a lo
que estaba haciendo Jesús, una obra
admirable: «todos estaba estupefactos por su
inteligencia y sus respuestas». De modo que
cuando le vieron quedaron asombrados. Le
descubren de un modo nuevo, manejándose a su
manera de adolescente con hombres sesudos,
sabios de Israel. «Quedaron asombrados».
Estaba dando, sin duda discretamente, una
lección a los expertos en Sagradas
Escrituras. No había nada que objetar. De lo
que se queja María –y con ella José- es de
por qué «nos has hecho» esto: no de lo que
hace, sino de lo que «les ha hecho». ¿Qué
les ha hecho? Dejarles a sabiendas de que le
buscaran «angustiados» ¡durante tres días!
Se dice pronto. ¿Por qué? ¿Qué necesidad
había de pasar por aquella angustia? José y
María de mil amores hubieran consentido en
que cumpliese cualquier mandato de su Padre
celestial. ¡Faltaría más!. Hasta se hubieran
brindado a acompañarle. A lo mejor hubieran
insistido en ello hasta el cansancio.
La respuesta de Jesús es desconcertante: «Y
¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo
debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero
¿Cómo iban a saber que su Padre lo quería en
ese entonces en el Templo de Jerusalén? Cada
palabra de Jesús es una elevación del punto
de mira, una nueva perspectiva. No era cosa
nueva que tenía un Padre celestial, más
padre que todos los padres juntos. Pero era
el momento de profundizar en esa realidad
maravillosa de su natural filiación divina.
Como Dios, Jesús es Dios Hijo; como hombre
es también «el Hijo Amado» del Padre. Todo
su ser está referido al Padre celestial.
Todos sus afectos y amores han de estar
inmersos en el amor del Padre celestial,
asumidos gozosamente en la Voluntad del
Padre, incluso el amor de su Madre Virgen y
de José. Jesús es ante todo el Hijo del
Padre. Por decirlo de algún modo, lo es
hasta la médula más profunda de su ser
humano. Ha venido a cumplir la misión
encomendada por el Padre. No tiene otra
razón de ser su paso por la tierra. El amor
del Padre le llena del todo, enriquece e
ilumina todo otro amor que se encuentre en
su corazón (donde nos encontramos todos). No
ama menos ahora a María y a José, al
contrario, si cabe y en la medida y sentido
en que «crece», les ama más.
Un rayo de luz –deslumbrante y elevante-
debió de cruzar las almas de José y de
María. Ellos mismos se sienten más hijos del
Padre, entienden mejor la grandeza del amor
del Padre y del amor que va del Padre al
Hijo y del Hijo al Padre. José y María se
ven involucrados en ese amor que tiene que
ver con el Espíritu Santo, exhalado por el
Padre y el Hijo.
Asisitimos a un momento privilegiado de
elevación de la criatura, que sin embargo
sigue siendo criatura: «Pero ellos no
comprendieron la respuesta que les dio».
Esto es grandioso. A pesar de la plenitud de
gracia, a pesar de los dones sobrenaturales
que llenan a María y a José, ¡no entienden!
Nada. No entienden nada, pero su respuesta
los eleva, les indica como con el dedo lo
más alto: el Padre. Somos hijos de Dios.
Nuestro alimento más sabroso es hacer la
voluntad del Padre Dios… Ahora estaremos más
en los detalles. No basta evitar lo malo y
hacer cosas buenas: nos conviene hacer las
cosas buenas que agraden y diseñe nuestro
Padre celestial, que nos envuelve en sus
brazos poderosos y nos aprieta contra su
corazón. Es necesario que yo –como Jesús,
José y María- esté siempre «en las cosas de
mi Padre», en la obra de mi Padre, en el
pensamiento de mi Padre, en el corazón de mi
Padre. ¿Hay algo entre «mis cosas» que no
sea de mi Padre? ¿Hay algún espacio de
tiempo en mi vida que no esté en sintonía y
dedicado a mi Padre celestial? José y María
no dejan de ponderar todo esto con nueva
profundidad.
II. Importancia de buscar
Pero siguen sin entender «lo que les ha
hecho». No lo sabe María, no lo sabe José.
¿Y yo? ¡Qué voy a saber! Pero he de
ponderar, meditar, indagar, relacionar,
buscar, buscar, buscar… Debe de ser muy
importante buscar - buscar a Jesús -,
cuando es una actividad que no la ha evitado
Dios siquiera a las dos criaturas más
amadas, más santas. No las ha eximido ni de
la búsqueda ni de la angustia. «Pedid y se
os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os
abrirá. Porque todo el que pide recibe; el
que busca, halla; y al que llama, se le
abrirá.» (Mt 7, 7-8). Es preciso saberse
necesitados de Jesús (Salvador) y confiar.
Se nos ha dado el entendimiento para que
indaguemos, para que escrutemos hasta, de
algún modo, lo inescrutable. Era bueno y
necesario que lo hicieran María y José; que
crecieran, como lo estaba haciendo Jesús, en
sabiduría y gracia ante Dios y ante los
hombres.
¿Y qué sucede cuando se busca a Jesús? Algo
semejante a lo que aconteció en el Templo a
José y a María: se le descubre de un modo
nuevo, con una nueva dimensión, de un modo
más admirable y no menos entrañable. Ha
ganado en estatura, en edad, en sabiduría y
sin embargo, vuelve con ellos a su casa y
les está sujeto. ¡Que admiración sin
acostumbramiento en el hogar de Nazaret!
¡Qué conciencia de la filiación divina! Y de
querer estar hasta en los menores detalles
en las cosas del Padre, estando en las cosas
de Jesús.
Por tanto, un porqué puede ser este:
necesidad inesquivable de buscar a Jesús
-Verbo, Logos, Verdad, Sabiduría hecha
Hombre-, para encontrarle y amarle: «que
busques a Cristo, que encuentres a Cristo,
que ames a Cristo». Tres etapas clarísimas
que indica san Josemaría, para todos.
III. Importancia de «no entender»
José y María «no entendieron lo que Jesús
les había hecho». Es necesario que no
entendamos cosas. La facultad de
entender, hay que ejercitarla hasta donde
nos sea posible, todo lo que sea posible.
Pero ad sobrietatem, sabiendo que hay
más, mucho más a lo que no llegamos, porque
a todo sólo llega la infinitud de Dios.
Conviene que junto a los motivos de
credibilidad, que hacen razonable la fe,
haya motivos de perplejidad, que
hacen meritoria la fe. ¿Por qué nos has
hecho esto? José y María «no saben, no
contestan». En muchas cosas, la Iglesia, los
cristianos, «no saben, no contestan». En
ocasiones se han dirigido interrogantes al
papa Benedicto XVI. El 25 de julio de 2005,
en una reunión con numerosos sacerdotes de
la diócesis de Aosta, el Papa improvisa un
discurso: "[...] querría también decir que
el Papa no es un oráculo [...] Por tanto
comparto con vosotros vuestras preguntas,
estas cuestiones. Yo también sufro. Pero
todos juntos queremos por una parte, sufrir
con estos problemas y, sufriendo transformar
los problemas, porque el sufrimiento es
precisamente el camino de la trasformación y
sin sufrimiento no se transforma nada". Las
perplejidades no son razones para no creer
en lo cierto, hay muchos motivos de
credibilidad, es razonable creer. Pero
cuando la fe proyecta con su luz sombras
tras los objetos opacos, es preciso pensar
que las oscuridades prestan relieve al
cuadro, que no son humillación para la vista
ni el entendimiento, sino posibilidad de
conocer y saber más y admirar más y amar
más.
Es preciso redimir la soberbia,
raíz de todos los pecados diabólicos y
humanos. Es preciso que nuestra mente se
tope con el misterio. Es necesario que salga
de nuestro corazón algunas veces: «Jesús,
¿por qué me has hecho esto?», porque si no,
Dios se convertiría, como decían algunos, en
un «dios tapagujeros», en un dios a la
medida humana, tan mezquino como nosotros,
para resolver problemas temporales y nada
más, nada de redención, nada de salvación,
nada de santificación, nada de
trascendencia, nada de bienaventuranza
eterna.
A veces convendrá que los motivos de
perplejidad, subjetivamente se enormicen
hasta parecer insignificantes los motivos de
credibilidad, hasta quedar la fe sola, solos
aferrados casi a ciegas -subjetivamente
parece que a ciegas-, a la mano de Dios,
confiando absolutamente en Él. Esto es muy
importante, porque es la experiencia de la
verdadera insuficiencia radical de la
criatura, necesaria para conocer
experimentalmente nuestra real poquedad
junto a la grandeza de Dios. No olvidemos
que la autosuficiencia es el peor de los
males, el mal del siglo, especialmente de
los últimos siglos, el mal que ha conducido
al hombre a los crímenes más horrendos de la
historia de la humanidad y lo que conduce -
si no se rectifica - a la propia
autocondenación. La experiencia de la propia
insuficiencia unida a la suficiencia
superabundante de Dios es dolor y gozo,
purificación y certeza, profilaxis
espiritual, trampolín para una unión con
Dios cada vez más íntima. Tras la noche
viene el día.
Para esos momentos, quizá de angustia, san
Josemaría, nos ofrece una fórmula: Jesús
«¿qué me irás a dar cuando me exiges "eso"?»
(Camino, n. 153). Porque lo cierto es
que, para los que aman a Dios –enseña Pablo-
todas cosas son para bien. Dios no permite
que el mal nos supere. Esta es la victoria
que vence al mundo, dice Juan: nuestra fe.
La fe de María y de José, les otorgan un
gozo inmenso en un nuevo y más profundo
equilibrio que adquieren a partir del evento
del Tempo: desprendimiento del hijo y amor
sin medida, admiración sin acostumbramiento
ante el Deus absconditus, el
Emmanuel, Dios con ellos, Dios con nosotros,
el Hogar de Nazaret. A esa Familia
pertenecemos todos los cristianos. Qué
admiración, qué asombro in crescendo,
el de José, al ver a Jesús que gozando de la
libertad suprema, les está sujeto, les
obedece en todo año tras año. José se admira
de la infinita humildad de Dios Hijo y de
día en día crece su cariño, su adoración, su
desvivirse por Jesús y por su Madre Virgen.
Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al
Espíritu Santo, gloria a Santa María, gloria
a San José.
(*) Existe una relación entre complejo y
perplejo, comparten la misma raíz. Perplejo
viene del latín “perplexus”. Si perplejo
significa dudoso, incierto, confuso,
“perplexus” significaba embrollado,
embelesado, sinuoso. De perplejo se deriva
“perplejidad” que significa irresolución,
duda, confusión Obviamente no hablo aquí de
perplejidad como «duda» formal en las cosas
de fe, que sería improcedente, sino en el
sentido de cierta confusión o embrollo
subjetivo que produce la complejidad, al no
saber encajar todas las piezas conocidas en
el conjunto del puzzle que tenemos ante
nuestra mirada. Una aproximación irreflexiva
a la complejidad nos sitúa en un estado de
irresolución, duda y confusión. Pero una
persona de fe, por muchas «dudas» o
«complejidades» irresolubles que se le
presenten, tiene firmes unas convicciones
fundamentales, suficientes para desafiar la
duda y permanecer en el don autosuficiente
que siempre es la fe en la divina
revelación.