El Papa Benedicto XVI
En la
Vigilia Pascual,
del Sábado Santo de 2006, sintetizaba la
vida cristiana con la
autobografía de san Pablo en la
Carta a los Gálatas: «Vivo
yo, pero no soy yo, es Cristo
quien vive en mí» (2,
20).»
«Vivo, pero ya no soy yo. El yo
mismo, la identidad esencial del
hombre –de este hombre, Pablo– ha
cambiado. Él todavía existe y ya no
existe. Ha atravesado un «no» y
sigue encontrándose en este «no»:
Yo, pero «no» más yo. Con estas
palabras, Pablo no describe una
experiencia mística cualquiera, que
tal vez podía habérsele concedido y,
si acaso, podría interesarnos desde
el punto de vista histórico. No,
esta frase es la expresión de lo que
ha ocurrido en el Bautismo. Se me
quita el propio yo y es insertado en
un nuevo sujeto más grande. Así,
pues, está de nuevo mi yo, pero
precisamente transformado, bruñido,
abierto por la inserción en el otro,
en el que adquiere su nuevo espacio
de existencia. Pablo nos explica lo
mismo una vez más bajo otro aspecto
cuando, en el tercer capítulo de la
Carta a los Gálatas, habla de
la «promesa» diciendo que ésta se
dio en singular, a uno solo: a
Cristo. Sólo él lleva en sí toda la
«promesa».
Pero, ¿qué sucede entonces con
nosotros? Vosotros habéis llegado a
ser uno en Cristo, responde Pablo
(cf. Ga 3, 28). No sólo una
cosa, sino uno, un único, un único
sujeto nuevo. Esta liberación de
nuestro yo de su aislamiento, este
encontrarse en un nuevo sujeto es un
encontrarse en la inmensidad de Dios
y ser trasladados a una vida que ha
salido ahora ya del contexto del
«morir y devenir». El gran estallido
de la resurrección nos ha alcanzado
en el Bautismo para atraernos.
Quedamos así asociados a una nueva
dimensión de la vida en la que, en
medio de las tribulaciones de
nuestro tiempo, estamos ya de algún
modo inmersos. Vivir la propia vida
como un continuo entrar en este
espacio abierto: éste es el sentido
del ser bautizado, del ser
cristiano. Ésta es la alegría de la
Vigilia pascual. La resurrección no
ha pasado, la resurrección nos ha
alcanzado e impregnado. A ella, es
decir al Señor resucitado, nos
sujetamos, y sabemos que también Él
nos sostiene firmemente cuando
nuestras manos se debilitan. Nos
agarramos a su mano, y así nos damos
la mano unos a otros, nos
convertimos en un sujeto único y no
solamente en una sola cosa. Yo,
pero no más yo: ésta es la
fórmula de la existencia cristiana
fundada en el bautismo, la fórmula
de la resurrección en el tiempo.
Yo, pero no más yo: si vivimos
de este modo transformamos el mundo.
Es la fórmula de contraste con
todas las ideologías de la violencia
y el programa que se opone a la
corrupción y a las aspiraciones del
poder y del poseer.
«Viviréis, porque yo sigo viviendo», dice Jesús en el Evangelio de San Juan (14, 19) a
sus discípulos, es decir, a
nosotros. Viviremos mediante la
comunión existencial con Él, por
estar insertos en Él, que es la vida
misma. La vida eterna, la
inmortalidad beatífica, no la
tenemos por nosotros mismos ni en
nosotros mismos, sino por una
relación, mediante la comunión
existencial con Aquél que es la
Verdad y el Amor y, por tanto, es
eterno, es Dios mismo. La mera
indestructibilidad del alma, por sí
sola, no podría dar un sentido a una
vida eterna, no podría hacerla una
vida verdadera. La vida nos llega
del ser amados por Aquél que es la
Vida; nos viene del vivir con Él y
del amar con Él. Yo, pero no más
yo: ésta es la vía de la Cruz,
la vía que «cruza» una existencia
encerrada solamente en el yo,
abriendo precisamente así el camino
a la alegría verdadera y duradera.»
En la Vigilia Pascual de 2008,
decía el Papa
-comentando Jn 13,36-,
así:
«'Me voy y
vuelvo a vuestro
lado',
justamente en su
irse, él
regresa. Su
marcha inaugura
un modo
totalmente nuevo
y más grande de
su presencia.
Con su muerte
entra en el amor
del Padre. Su
muerte es un
acto de amor.
Ahora bien, el
amor es
inmortal. Por
este motivo su
partida se
transforma en un
retorno, en una
forma de
presencia que
llega hasta lo
más profundo y
no acaba nunca.
En su vida
terrena Jesús,
como todos
nosotros, estaba
sujeto a las
condiciones
externas de la
existencia
corpórea: a un
determinado
lugar y a un
determinado
tiempo. La
corporeidad pone
límites a
nuestra
existencia. No
podemos estar a
la vez en dos
lugares
diferentes.
Nuestro tiempo
está destinado a
acabarse. Entre
el yo y el tú
está el muro de
la alteridad.
Ciertamente,
amando podemos
entrar, de algún
modo, en la
existencia del
otro. Queda, sin
embargo, la
barrera
infranqueable
del ser
diversos. Jesús,
en cambio, que a
través del amor
ha sido
transformado
totalmente, está
libre de tales
barreras y
límites. Es
capaz de
atravesar no
sólo las puertas
exteriores
cerradas, como
nos narran los
Evangelios (cf.
Jn 20,
19). Puede
atravesar la
puerta interior
entre el yo y el
tú, la puerta
cerrada entre el
ayer y el hoy,
entre el pasado
y el porvenir. …
Su partida se
convierte en un
venir en el modo
universal de la
presencia del
Resucitado, en
el cual Él está
presente ayer,
hoy y siempre;
en el cual
abraza todos los
tiempos y todos
los lugares.
Ahora puede
superar también
el muro de la
alteridad que
separa el yo del
tú. Esto sucedió
con Pablo, quien
describe el
proceso de su
conversión y
Bautismo con las
palabras: “vivo
yo, pero no soy
yo, es Cristo
quien vive en
mí” (Ga
2, 20). Mediante
la llegada del
Resucitado,
Pablo ha
obtenido una
identidad nueva.
Su yo cerrado se
ha abierto.
Ahora vive en
comunión con
Jesucristo, en
el gran yo de
los creyentes
que se han
convertido –
como él define –
en “uno en
Cristo” (Ga
3, 28).» (Benedicto
XVI, Homilía
de la Vigilia
Pascual,
Basílica
Vaticana, 22-III-2008.)
Y continuaba más adelante:
«Ésta es la realidad del Bautismo:
Él, el Resucitado, viene, viene a
vosotros y une su vida a la vuestra,
introduciéndoos en el fuego vivo de
su amor. Formáis una unidad, sí, una
sola cosa con Él, y de este modo una
sola cosa entre vosotros. En un
primer momento esto puede parecer
muy teórico y poco realista. Pero
cuanto más viváis la vida de
bautizados, tanto más podréis
experimentar la verdad de esta
palabra. Las personas bautizadas y
creyentes no son nunca realmente
ajenas las unas para las otras.
Pueden separarnos continentes,
culturas, estructuras sociales o
también acontecimientos históricos.
Pero cuando nos encontramos nos
conocemos en el mismo Señor, en la
misma fe, en la misma esperanza, en
el mismo amor, que nos conforman.
Entonces experimentamos que el
fundamento de nuestras vidas es el
mismo. Experimentamos que en lo más
profundo de nosotros mismos estamos
enraizados en la misma identidad, a
partir de la cual todas las
diversidades exteriores, por más
grandes que sean, resultan
secundarias. Los creyentes no son
nunca totalmente extraños el uno
para el otro. Estamos en comunión a
causa de nuestra identidad más
profunda: Cristo en nosotros. Así la
fe es una fuerza de paz y
reconciliación en el mundo: la
lejanía ha sido superada, estamos
unidos en el Señor (cf. Ef 2,
13).»
***
Romano Guardini
«ME VOY, Y VUELVO A VOSOTROS»
Lugar:
El Señor,
Ed.
Cristiandad, Madrid 2003, pp
534-544
Romano Guardini
ha sido
uno de los más ilustres
profesores de teología del siglo
XX, admirado por Juan Pablo II y
por Benedicto XVI. En uno de los
capítulos de su clásica obra «El
Señor. Meditaciones sobre la
persona y la vida de
Jesucristo», ofrece precisamente
una reflexión teológica
sumamente ineteresante sobre el
misterioso vivir de Cristo en el
cristiano, el cual, alcanza la
perfección de su ser sí mismo
siendo en Cristo; un hombre en
otro hombre: «Después
de la ascensión de Jesús al
cielo, el Espíritu Santo crea en
el
hombre una apertura, un espacio
interior, en el que puede
penetrar el
Señor transfigurado. Ahora, en
el Espíritu Santo, él está en
nosotros, y
nosotros en él. En Cristo, como
partícipes de su gracia, podemos
llevar
a cumplimiento su relación de amor al Padre. En él, nos presentamos
ante el Padre como conocidos y
conocedores, llenos de su
palabra y
capaces de devolvérsela.» Este
tema, obviamente se halla en
continuidad con la realidad
escatológica de la resurrección
del cuerpo. Sugerimos la lectura
o relectura de las Catequesis de
Juan Pablo II sobre el asunto,
a partir de la Audiencia general
del 11-XI-1981. Para tener una
idea adecuada de una obra de
arte es preciso verla terminada.
No sabremos cabalmente quién es
el hombre hasta tanto no
conozcamos, no sólo su vocación
«intramundana», en el tiempo,
sino también de algún modo, cómo
será ese ser creado a imagen y
semejanza de Dios en el seno
amoroso de la Trinidad, con su
íntegro ser (alma y cuerpo
resucitado,
sea
mujer
o varón);
por ello el estudio de la
escatología resulta
indispensable.
La vida terrena del Señor, el
conjunto de su actuación y sus
experiencias aquí en la tierra no
terminan con su muerte, sino con ese
acontecimiento que se narra al final
del evangelio según Lucas y al
principio del libro de los Hechos de
los Apóstoles. La narración es como
sigue:
«Querido Teófilo: Ya he contado en
mi primer libro todo lo que Jesús
hizo y enseñó desde el principio
hasta el día en que, después de dar
sus instrucciones a los apóstoles
que él había escogido bajo la acción
del Espíritu Santo, fue elevado al
cielo.
Después de su pasión, Jesús se les
presentó repetidas veces, dándoles
numerosas pruebas de que estaba
vivo, apareciéndoseles durante
cuarenta días y hablándoles del
reino de Dios.
Un día, mientras comían juntos, les
ordenó:
-No salgáis de Jerusalén. Más bien,
aguardad aquí a que se cumpla la
promesa que os hice de parte del
Padre; porque Juan bautizó con agua,
pero vosotros seréis bautizados con
Espíritu Santo dentro de pocos días.
Entonces, los que se habían reunido
le preguntaron:
-Señor, ¿es ahora cuando vas a
restaurar el reino de Israel?
El les contestó:
-No os toca a vosotros conocer los
tiempos y las fechas que el Padre ha
reservado a su autoridad. Vosotros,
por vuestra parte, recibiréis una
fuerza, el Espíritu Santo que vendrá
sobre vosotros, y seréis testigos
míos en Jerusalén, en toda Judea, en
Samaría y hasta los confines de la
tierra.
Después de pronunciar estas
palabras, lo vieron elevarse, hasta
que una nube lo ocultó de su vista.
Mientras miraban fijos al cielo
viendo cómo se marchaba, se les
presentaron dos hombres vestidos de
blanco, que les dijeron:
-Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando
al cielo? Ese mismo Jesús que acaba
de abandonaros para subir al cielo
volverá un día como lo habéis visto
marcharse»
(Hch 1,1-11).
Así se consuma la vida terrena de
Jesús; pero no su vida, sin más. Los
relatos evangélicos nos lo presentan
sujeto a las vicisitudes de la
existencia terrestre con todos sus
condicionamientos y limitaciones. Si
está en un sitio, no está en otro;
lo que realiza en esta ocasión no lo
hace en otra distinta. El relato de
su actividad mantiene el equilibrio
narrativo, como corresponde a la
propia naturaleza de los evangelios,
en cuanto fiel reproducción de un
mensaje que se articula en la
sucesión de episodio tras
episodio... Sigue la narración del
acontecimiento central de la Pascua.
Jesús pasó por el trance de la
muerte, pero resucitó a una nueva
vida; y no sólo por cuanto gozaba de
la propia «indestructibilidad de su
naturaleza», sino en su humanidad
específica. Él, Jesús de Nazaret en
persona, el Hijo de Dios hecho
hombre, está de nuevo en nuestro
mundo, pero en condición
transfigurada. A continuación,
vienen esos misteriosos «cuarenta
días», durante los que Jesús todavía
está entre los suyos, pero no de una
manera total (cf Hch 1,3). El modo
narrativo de los evangelios
experimenta aquí un cambio
sorprendente. El acontecimiento
oscila de una manera peculiar: de
repente, Jesús aparece, y desaparece
del mismo modo. A los discípulos que
abandonan Jerusalén se les hace
encontradiza, en el camino, una
figura que ellos no reconocen.
Llegados ya a su destino, se sientan
a la mesa; y en el gesto de partir
el pan, se les abren los ojos; pero
Jesús desaparece (Lc 24,13-31).
El Señor se mueve entre los límites
del tiempo y de la eternidad; y eso
se expresa en el nuevo ritmo de
estos relatos evangélicos...
Al final se cuenta un acontecimiento
misterioso, difícilmente
comprensible desde el punto de vista
terrestre: la ascensión de Jesús al
cielo, que se narra en nuestro
pasaje. Jesús se separa de los
suyos, como había predicho: «Salí
del Padre, y vine al mundo; ahora,
dejo el mundo para volver al Padre»
(Jn 16,28). Jesús sale de la
historia para entrar en el ámbito de
la consumación, donde ya no hay
devenir, ya no hay destino, sino
sólo existencia eterna. Jesús se va,
pero, al mismo tiempo, está aquí con
una nueva presencia, como lo había
dicho él mismo: «Me voy, y vuelvo a
vosotros» (Jn 14,28). De ese Cristo,
de nuevo presente en este inundo,
Pablo dice que está sentado a la
derecha del Padre, pero también está
en nosotros, y nosotros en él. Jesús
está en la eternidad, pero no por
eso deja de estar también en el
tiempo, en el seno mismo del devenir
histórico, aunque con una nueva
presencia... Y en los últimos
confines de la historia cristiana
tendrá lugar el acontecimiento
decisivo, aquél en el que todo
llegará a su plenitud y a su
perfecto cumplimiento: la venida de
Cristo como juez universal.
Entonces, Jesús estará aquí de
nuevo, de una manera completamente
distinta: como presencia de
eternidad. Ése es el tema central
del libro del Apocalipsis, en el que
culmina la luminosa presentación de
Pablo. Entonces, todo será «cielo».
Pues bien, ¿qué es ese cielo en el
que Jesús es recibido el día de su
ascensión, y que un día lo será
todo? El relato evangélico describe
claramente un movimiento de
elevación del que parece deducirse
que Jesús «subió», realmente, desde
la tierra. Entonces, ¿será el
«cielo» un lugar situado en lo alto
del espacio? Ciertamente, no. La
«altura» espacial es sólo una
apreciación de nuestros sentidos.
Además, tenemos la sensación de que
el movimiento ascensional no es más
que expresión de una cosa bien
distinta. Al cielo del que habla el
Nuevo Testamento no nos acercaríamos
más si subiéramos hasta el sol o
hasta cualquier lejana estrella, en
vez de quedarnos aquí, en nuestro
suelo terrestre. El cielo no está ni
en el espacio infinito ni en los
límites de nuestro mundo... El cielo
tampoco es una dimensión que
corresponda a expresiones de nuestro
lenguaje, como paz celestial o
belleza celeste. Eso es,
simplemente, un modo de expresar
ciertos estados anímicos, o de
describir realidades que escapan del
marco de la existencia cotidiana.
Pero lo que quiere decir la Sagrada
Escritura es una cosa totalmente
distinta.
Para entender esa realidad tenemos
que dejarnos de aproximaciones y
centrarnos en lo esencial. El cielo
es la exclusiva sacralidad de Dios,
es decir, el modo en que Dios está a
solas consigo mismo y que, por eso,
es inasequible a toda creatura. Es
lo que Pablo llama «luz
inaccesible», en la que Dios habita,
fuera del alcance de cualquier
realidad creada (1 Tim 6,16). Si uno
encuentra a otra persona en la calle
o en una casa, ese otro es una
realidad que está ahí; se la puede
observar, describir, hasta
fotografiar; se pueden descubrir
aspectos de su vida, de su
personalidad. Todo eso es, más o
menos, «público». Pero en el otro
siempre existe algo reservado: sus
actitudes personales, la
responsabilidad con que asume sus
tareas, la introspección de sí
mismo. Con mucha frecuencia, el
hombre se abre al exterior en su
gestualidad corporal, en sus
reacciones psíquicas, en el mundo de
las relaciones sociales, es decir,
en aspectos más o menos públicos.
Pero en ciertos momentos, el otro se
retrae y se refugia en su interior,
en lo más íntimo de su ser. Y esa
reserva, ese ámbito personal, es
absolutamente impenetrable, nadie
puede irrumpir en ese pequeño mundo
de lo puramente privado. Si eso sale
al exterior es porque se abre desde
dentro. Así sucede en el autor,
donde uno no se deja simplemente
observar, ni se limita a que se
hable de él; más bien, se entrega al
otro, en orden a su más completa
realización personal. Y si el otro
lo acepta y se abre, a su vez,
renunciando a la actitud de
observador o de crítico, si muestra
amor no a sí mismo, sino al otro, y
se expresa en una pura contemplación
y en una plena realización amorosa,
entonces esas dos intimidades se
unen en una sola comunidad de
existencia que, aunque abierta en sí
misma, está cerrada al exterior, es
decir, a terceros... Y este mundo
interior será tanto más inaccesible
cuanto más noble y profundo sea el
hombre, y cuanto más radicales sean
las decisiones de las que dependa la
plena realización de su existencia.
Pero, ¿cómo será eso, cuando ya no
se trate del hombre, sino de Dios,
que es misterio inaccesible,
naturaleza infinita, absoluta
simplicidad, verdad y santidad
sustanciales? La intimidad de Dios
es tal que no admite
condicionamientos; es absoluta,
impenetrable, transparente, porque
es la verdad sustancial. Dios es
todo luz, porque no hay en él ni la
más mínima sombra de oscuridad. Dios
es el Señor; libre, soberano, en
plena posesión de existencia, y con
dominio absoluto sobre el ser. Pero,
con ser la luz, resulta inaccesible;
con ser la verdad, está nimbado de
misterio; con ser el Señor, es
incomprensible su soberanía (1 Tim
6,16).
Esa exclusiva intimidad de Dios es
el cielo. Y ahí es donde ha sido
acogido Jesús, el Señor resucitado;
no el espíritu de Jesús, sino él, el
resucitado, en su plena realidad
viviente. Pero, ¿cómo será esto
posible, si «Dios es espíritu» (Jn
4,24)? ¿Cómo una realidad corpórea
puede entrar en la intimidad misma
de Dios?
Cierto, Dios es «espíritu», como
afirma el evangelio según Juan (Jn
4,24). Pero, ¡cuidado con
simplificar a la ligera esas
palabras! Si Dios es espíritu,
nuestra alma no lo es. Pero si mi
alma es espíritu, no tengo más
opción que buscar otro nombre para
definir a Dios. Eso es también lo
que quiere decir Juan, porque cuando
habla de «espíritu» piensa, lo mismo
que Pablo, en lo divino-espiritual,
cuya concreción es el Espíritu
Santo. Ya hemos tocado ese tema al
hablar de la resurrección.
Comparadas con el Espíritu Santo,
todas las realidades -cuerpo y alma,
materia y espíritu, persona humana y
cualquiera otra cosa- no son más que
«carne». Entre Dios vivo y todo lo
demás no sólo está la distancia de
lo infinito, como entre el creador y
la creatura, y no sólo la distancia
de la gracia, como entre la vida de
Dios y la de la naturaleza, sino
también la distancia de una
auténtica contradicción, como entre
la santidad y el pecado, una quiebra
que sólo puede salvar el amor de
Dios. Ante esa realidad, toda
diferencia entre cuerpo y espíritu,
a nivel terreno, resulta
insignificante.
Lo que es verdaderamente nuevo y
extraordinario es hecho de que Dios
perdone el pecado y reciba a la
creatura en el seno su vida divina.
Si eso es cierto y queda acreditado,
ya no será tan incomprensible el
hecho de que Dios admita en su
divina presencia no sólo espíritu
creado, sino hasta el mismo cuerpo
material.
El amor redentor de Dios no revierte
exclusivamente sobre «alma», sino
sobre el entero ser del hombre. El
hombre nuevo, el hombre redimido,
tiene su fundamento en la naturaleza
divino-humana de Jesús que, iniciada
en la anunciación, se consumó
plenamente en su ascensión. Sólo al
entrar en el cielo, es decir, en la
exclusiva intimidad del Padre,
Cristo Jesús es, plena e
indisolublemente, el perfecto y
consumado Hombre-Dios.
Jesús se ha ido, pero en ese mismo
momento ha vuelto a nosotros de un
modo nuevo... Cuando un ser que ama
a otro tiene que abandonarlo, se
produce una separación. Jamás dejará
de pensar en el otro, pero él estará
ausente. Si le fuera posible vivir
en una situación en la que no
hubiera distancias
espacio-temporales, ni limitaciones
fácticas, ni barreras de egoísmos,
sino sólo vínculos de amor puro,
estaría inmediatamente al lado del
ser querido. La realidad más
auténtica sería pensar con el
espíritu y amar con el corazón...
Pues, ¡eso es, precisamente, lo que
ha sucedido con Cristo! Ha entrado
en la eternidad, en el verdadero
«aquí» y «ahora», en la realidad más
absoluta. Ha entrado en una
existencia que es plenitud de amor,
puesto que «Dios es amor» (1 Jn
4,16). El modo de ser de Cristo es
el amor. Por consiguiente, si él nos
ama -y ésa es la síntesis de su
mensaje: que él nos ama-, su ida
hacia la consumación del amor
significa que él está, realmente,
con nosotros y entre nosotros. Poco
después del día de la ascensión,
llegará el día de Pentecostés. Y el
apóstol Pablo, inspirado por el
Espíritu Santo, nos transmitirá el
mensaje: «Cristo está en nosotros».
El Señor está sentado a la derecha
de Dios Padre, más allá de todas las
vicisitudes de la historia,
esperando en la tranquilidad de su
triunfo que se revele la victoria
definitiva del juicio, cuya gloriosa
manifestación sacudirá los cimientos
del universo. Pero, al mismo tiempo,
está continuamente entre nosotros,
en la raíz de todo acontecimiento,
en el corazón de cada creyente, en
el centro de la comunidad, como la
figura que con su poder guía y da
unidad a su Iglesia. «Al abandonar
Jesús el ámbito de la existencia
visible e histórica, se forma en
virtud del Espíritu Santo el nuevo
ámbito cristiano: la vida interior
de cada uno de los creyentes y de la
Iglesia, mutuamente vinculados y
unidos. En él se halla Cristo "con
nosotros todos los días hasta el fin
del mundo" (Mt 28, 20)».
EN EL ESPÍRITU SANTO
En la exposición precedente hemos
analizado el cambio que experimentó
la persona de Jesús tanto en su
espacio vital como en su relación
con el ser humano. Al principio,
Jesús era uno de nosotros, parte de
nuestra propia historia. Caminaba
por las calles, entraba en las
casas, hablaba con la gente. Los
relatos evangélicos nos cuentan su
actividad y las peripecias de su
vida. Al final, muere. Pero entonces
se produce ese acontecimiento
misterioso que revoluciona todas
nuestras concepciones espontáneas de
lo posible, pero que constituye el
fundamento de la idea cristiana
sobre el hombre y lo que Dios es
capaz de hacer por él: el Señor
resucita de entre los muertos, para
vivir una existencia nueva,
transfigurada. Durante los cuarenta
días siguientes, da la impresión de
que todavía está rozando la tierra,
pero ya en trance de abandonarla. Y
de hecho, la abandona; y se va. Pero
él mismo había dicho: «Me voy, y
vuelvo a vosotros» (Jn 14,28). Así
que se va, y vuelve de nuevo, más
poderoso y activo que nunca. Ahora
se abre el reino de la interioridad
cristiana; y no sólo en el
individuo, sino también en la entera
comunidad eclesial. Y ahí está
Jesús, viviente y activo, como
fundamento de una nueva existencia
para el creyente, en la que el
propio Jesús lo invade todo, dando
forma y figura a esa nueva
personalidad, y dirigiendo su acción
y su destino.
Jesús está en el interior del
hombre, y lo atrae hacia sí. El
hombre participa en la existencia de
Cristo; y recíprocamente, Cristo es
la vida de su vida. Y todo ello, por
la acción del Espíritu Santo. La
raíz de esa nueva existencia es el
acontecimiento de Pentecostés; de él
surge y, por su impulso, durará
hasta el final de los tiempos. Pero
eso no quiere decir exclusivamente
que el hombre piense en Cristo, o
que guarde su imagen en el corazón,
sino que se trata de una auténtica
realidad. Ahora bien, ¿es posible
que una persona esté en otra? ¿Tiene
algún sentido una expresión como
«ese hombre está en mí»?
Es verdad que a veces se dice:
«Tengo la sensación de que mi padre
está en mí». Y en alguna familia de
abolengo se puede oír la frase: «Ese
niño es tal o cual antepasado
redivivo». O también: «Es la viva
imagen de su padre (o de tal o cual
persona)». Pero eso no es irás que
una mera referencia
a ciertas cualidades, rasgos
fisonómicos, gestos o actitudes de
una persona, o coincidencias del
destino. Son maneras de ser, que se
manifiestan de un modo especial en
algún miembro de la familia y que,
si reaparecen en otro pariente,
avivan el recuerdo del antepasado.
Pero no habrá nadie que diga, a no
ser en lenguaje poético, que el
antepasado ha vuelto en su
descendiente... También puede
suceder que la imagen de una persona
viva se nos haya grabado en la
memoria por la profunda impresión
que nos ha causado. Por ejemplo, la
figura, las palabras, las actitudes
y los gestos de un maestro
especialmente influyente o querido.
Y también puede ser que se sienta un
amor tan entrañable a una persona,
que no se pueda menos de tenerla
continuamente presente. Pero,
prescindiendo de la poesía y de la
mitología, lo que realmente está en
nosotros es la imagen, la influencia
viva del otro, no su propia persona.
Existe el deseo de participar en lo
que es el otro, de compartir con él
su vida y su destino. Pero aun la
unión más íntima y profunda chocará
necesariamente con una barrera: el
hecho de que el otro «es él», y no
yo. El amor es consciente de ello.
El amor sabe que jamás podrá
convertir en realidad -y aun, quizá,
ni siquiera querer seriamente- su
ideal supremo, que consiste en la
plena identificación con la persona
amada. En el mundo humano no hay
ningún «nosotros» que pueda suprimir
las barreras del «yo». De hecho, la
dignidad y la gloria del hombre
radica, precisamente, en su
capacidad de afirmar -aunque con
ciertas reservas- que «yo soy yo
mismo». Su fundamento es su propio
yo; su actividad nace de él mismo, y
él es el único responsable.
Naturalmente, en eso radican también
sus limitaciones, porque siempre
tendrá que ser él mismo, soportarse
a sí mismo, y bastarse a sí mismo.
Ese «ser él mismo» lo aísla,
necesaria e inevitablemente, con
respecto al otro: «yo, y no tú»;
«tuyo, y no mío». Porque cada uno es
esa entidad concreta, con sus
propios recursos y su propio
destino, diferente e impenetrable
con respecto a todos los demás.
Pero en Cristo no sucede así. La
percepción de Cristo y, con ella, la
de todo el Nuevo Testamento, se
fundan en la realidad de un Dios
vivo y único; pero, al mismo tiempo,
no pueden prescindir del hecho de
que esa unidad y esa unicidad
encierran un sentido específico, un
modo de existir que supera nuestra
capacidad de comprensión. Es como si
la unidad de Dios se refractara en
múltiples aspectos. Por ejemplo, de
Dios se dice que es «Padre». Y no
sólo porque nos
ama
a nosotros, sus creaturas con un
amor paternal -un sentido totalmente
incapaz de agotar la hondura de su
propio ser-, sino porque tiene un
Hijo igual a él mismo. La capacidad
generativa de Dios se realiza dentro
de su propia esencia, engendrándose
a sí mismo en un «Tú» divino; su
infinita plenitud de ser se expresa
en una Palabra sustancial, que se
dirige a él mismo... De Dios se dice
también que es «Hijo». Pero no por
el hecho de que él se hace hijo del
hombre, tomando forma a partir del
corazón y la vida de un ser humano
-realidad que no agotaría lo
insondable de su propio ser-, sino
que Dios es «Hijo» porque es la
imagen viva y sustancial de un Padre
que lo engendra creativamente. En él
se desvela el misterio de Dios
Padre, y se le presenta como imagen
de sí mismo. Es la Palabra
pronunciada por el creador; una
Palabra que, en una infinita
plenitud de complacencia, se dirige,
a su vez, al que la pronuncia... Dos
aspectos, dos caras de un solo Dios;
dos personas, real y verdaderamente
distintas, pero que, a pesar de su
inexorable diferencia en cuanto a
dignidad, son un único Dios.
Entre esas dos realidades divinas
tiene que haber algo que no se da
entre los hombres, algo que hace
posible que sean dos existencias,
pero una sola naturaleza, una única
vida, una apertura recíproca
infinita que no se encuentra más que
aquí. Al mismo tiempo, entre esas
dos realidades divinas tiene que
faltar algo, intrínseco a la
creatura: la exclusividad del
individuo. Y eso tendrá que estar
relacionado con algo que no posee el
ser humano: la absoluta perfección
de la persona. Ninguna creatura es
plenamente ella misma. Y ese defecto
se aprecia con la mayor claridad en
el hecho de que la creatura es
totalmente incapaz de crear una
perfecta comunión con el otro. No
puede entregarse hasta el extremo,
porque tiene que afirmar su propio
ser mediante el dualismo «yo/no tú».
Precisamente, ese exclusivismo por
el que toda creatura se defiende de
quedar diluida en el otro demuestra
que aún no ha llegado a temer una
auténtica y plena posesión de sí
misma. En este aspecto, Dios es
totalmente distinto. Esas dos
entidades divinas de las que
hablamos aquí están totalmente
abiertas la una a la otra. Tan
plenamente, que no que una sola
vida en la que ambas participan;
sencillamente, la una vive en la
otra, y no hay ninguna pulsación,
ningún hálito, ninguna chispa de una
que sea ajena a la otra. Y eso es,