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«SAULO, SAULO, ¿POR QUÉ ME PERSIGUES?» (Antonio Orozco) |
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Apuntes sobre san Pablo, perseguidor y apóstol
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«SAULO, SAULO,
¿POR QUÉ ME
PERSIGUES?»
APUNTES I
Benedicto XVI ha querido
establecer un ‘Año Paulino’
con la finalidad de celebrar
el bimilenario del
nacimiento de san Pablo, que
se supone entre el año 5 y
10 d.C. Se abrió el 28 de
junio del 2008 y concluirá
el 29 de junio del 2009.
A continuación solo apuntaré
unas notas que tal vez
puedan servir como punto de
partida para elaborar una mejor
presentación de san Pablo en los
siguientes aspectos:
1) el ambiente cultural del que
procedía el Apóstol;
2) por qué persiguió a los
cristianos;
3) algunos aspectos del Misterio
de Cristo que Pablo «vio»,
camino de Damasco, en su
encuentro con el Resucitado, al
menos implícitamente.
San Pablo es sin duda, junto a
los Doce apóstoles, una de las
máximas figuras de la vida de la
Iglesia de todos los tiempos y
de las más sugestivas y
admirables del Nuevo Testamento.
Lo es por querer de Dios,
habiendo sido elegido por una
benevolencia divina, enteramente
gratuita, de modo sorprendente.
Él se define de hecho,
explícitamente, como «apóstol
por vocación, escogido para el
Evangelio de Dios» (Rm 1,1),
«apóstol de Jesucristo por
voluntad de Dios» (2Co 1,1; Ef
1,1; Col 1,1); también, con
vigorosa expresión en defensa de
su apostolado: «apóstol, no de
parte de los hombres ni por
mediación de hombre alguno, sino
por Jesucristo y Dios Padre» (Ga
1,1). Por otra parte, al hablar
de su llamada lo hace
remontándose mucho más allá del
acontecimiento que tuvo lugar en
el camino a Damasco, pues afirma
que Dios tuvo a bien llamarlo
«por su gracia», «desde el seno
materno» (Ga 1,15).
¿Quién es Pablo de Tarso?
Benedicto XVI, lo ha resumido en
varias ocasiones:
San Pablo:
«llamado por el Señor mismo,
por el Resucitado, a ser
también él auténtico
Apóstol, es sin duda Pablo
de Tarso. Brilla como una
estrella de primera magnitud
en la historia de la
Iglesia, y no sólo en la de
los orígenes. San Juan
Crisóstomo lo exalta como
personaje superior incluso a
muchos ángeles y arcángeles
(cf. Panegírico 7, 3). Dante
Alighieri, en la Divina
Comedia, inspirándose en la
narración de san Lucas en
los Hechos de los Apóstoles
(cf. Hch 9, 15), lo define
sencillamente como "vaso de
elección" (Infierno 2, 28),
que significa: instrumento
escogido por Dios. Otros lo
han llamado el "decimotercer
apóstol" -y realmente él
insiste mucho en que es un
verdadero apóstol, habiendo
sido llamado por el
Resucitado, o incluso "el
primero después del Único".»
(Así, Benedicto XVI, Au.
G., 25.10.2006)
Según el profesor M. A. Tabet,
«la personalidad y el
pensamiento de Pablo quedan
ampliamente reflejados en la
abundante información que de él
nos ha llegado, más que de
ninguno de los otros personajes
de los orígenes cristianos, a
excepción de Jesús. Bajo este
aspecto, Pablo sobresale de modo
único, tanto por el amplio
numero de escritos suyos que
poseemos (las trece cartas
paulinas), una de las
correspondencias más célebres de
toda la antigüedad, como por la
extensa narración de su vida y
de su actividad apostólica
recogida en los Hechos de los
Apóstoles, donde noticias de
otras figuras de los orígenes
cristianos se encuentran solo
fragmentariamente. Gracias a esa
documentación sabemos, entre
otras cosas, que Shaul o
Saulo, como originariamente se
llamaba (Hch 7,58; 8,1 etc.),
era un judío de la diáspora,
perteneciente al grupo de los
fariseos (Flp 3,5; Hch 23,6),
nacido en la «no oscura» ciudad
de Tarso, capital de la
provincia romana de Cilicia (Hch
21,39).»
Pablo se presenta a sí mismo (Hch
22, 3-10)
«Yo soy judío, nacido en Tarso
de Cilicia, pero educado en esta
ciudad [Jerusalén], instruido a
los pies de Gamaliel en la
exacta observancia de la Ley de
nuestros padres; estaba lleno de
celo por Dios, como lo estáis
todos vosotros el día de hoy. Yo
perseguí a muerte a este Camino,
encadenando y arrojando a la
cárcel a hombres y mujeres, como
puede atestiguármelo el Sumo
Sacerdote y todo el Consejo de
ancianos. De ellos recibí
también cartas para los hermanos
de Damasco y me puse en camino
con intención de traer también
encadenados a Jerusalén a todos
los que allí había, para que
fueran castigados. Pero yendo de
camino, estando ya cerca de
Damasco, hacia el mediodía, me
envolvió de repente una gran luz
venida del cielo; caí al suelo y
oí una voz que me decía: "Saúl,
Saúl, ¿por qué me persigues?".
Yo respondí: "¿Quién eres,
Señor?". Y él a mí: "Yo soy
Jesús Nazareno a quien tú
persigues". Los que estaban
vieron la luz, pero no oyeron la
voz del que me hablaba. Yo dije:
"¿Qué he de hacer, Señor?". y el
Señor me respondió: "Levántate y
vete a Damasco; allí se te dirá
todo lo que está establecido que
hagas"» [Hch.22, 3-10]
Hombre de tres culturas, la
helénica, la romana, y la
hebrea.
Oriundo de Tarso de Cilicia,
ciudad situada en el sureste de
la actual Tarso. Ciudad
cosmopolita, ya «grande y
próspera» (Jenofonte) al menos
desde el siglo IV a.C.
Fundada por los fenicios y
situada en ambas márgenes del
río Cidno, a 19 km del mar,
sobre una importante ruta
comercial que unía Siria con el
occidente del Asia Menor.
Era, según el mismo Pablo, «una
ciudad nada desconocida» (Hch
21, 39). Bulliciosa y transitada
por gentes muy diferentes
naciones y creencias. Un puerto
importante. Un concurrido centro
comercial. Su familia, como él
mismo hacía para ganar su
sustento, confeccionaría
tiendas. Tarso fue muy pronto
helenizada, con especial
intensidad en el s. II a.C, por
Antíoco IV Epífanes. Se hallaba,
pues, en ese momento influida
por las culturas de la Grecia
clásica y por la romana.
Gravitaba en ella el pensamiento
de los grandes filósofos
griegos; recordemos a Platón y a
Aristóteles, éste preceptor de
Alejandro Magno que dominó
aquellos territorios (s.IV a.C).
La ciudad era un centro de
cultura, filosofía y enseñanza,
principalmente del estoicismo
y del epicureismo. Se ha
dicho que estas filosofías
influyeron en gran medida en el
pensamiento de Pablo, pero quizá
no fue para tanto. Pablo conocía
bien esas culturas, pero él era
y se considera radicalmente
hebreo. Se muestra siempre
satisfecho de ser judío,
israelita,
«hebreo, descendiente de hebreos
(Fil 3, 5)»….
Y – hasta su conversión a Cristo
- en cuanto a la Ley, fariseo (Flp
3, 6; cf Hch 23,6), «el partido
más estricto de nuestra
religión» (Hch 26, 5; cf Gal 1,
14).
Conocía y hablaba el griego, la
antigua lengua tradicional de la
diplomacia; y quizá el arameo
era su lengua materna.
Utilizó imágenes helenas:
por un lado tenemos el ejercicio
del atleta que corre en el
estadio (1 Cor 9, 25), el
pugilato («Así
pues, yo corro, no como a la
ventura; y ejerzo el pugilato,
no como dando golpes en el
vacío»: 1 Cor
9,
26) y el espectáculo de la lucha
contra fieras en el la arena («Si
por motivos humanos luché en
Éfeso contra las bestias ¿qué
provecho saqué? Si los muertos
no resucitan, comamos y
bebamos, que mañana moriremos»
1Cor
15,
32). También utiliza imágenes
hebreas: la del pan ázimo
que el ama de casa cocina en la
Pascua (5, 7), el buey que
trilla y no se le puede poner
bozal (9, 9), el hijo que llama
a su padre, Abba (Rm 8,
15; Gal 4, 6).
Se afirma que nació en Tarso,
seguramente por haberse
facilitado el establecimiento en
la ciudad de una colonia de
judíos con el propósito de
fomentar la industria y el
comercio. En el año 66 a.C,
Pompeyo reorganizó el Asia Menor
y creó la provincia Ciliciae con
capital en Tarso. Marco Antonio
cedió a la ciudad la libertad y
el derecho de ciudadanía.
Augusto confirmó estos
privilegios. De ahí que Pablo
ostentara el título de civis
romanus (ciudadano romano),
que esgrimirá Pablo a la
hora de defender sus derechos (Hch
22, 26).
Según J. Jeremías, en
Tarso, la clase alta se
caracterizaba por la cultura
helenística. Los romanos, aunque
tuvieran altos cargos no eran
bien vistos si no hablaban el
griego. Sin embargo la ciudad
seguía siendo, básicamente, una
ciudad oriental. Se mantenía por
ejemplo la costumbre de llevar
el velo. Aquí la mujer, de
acuerdo con el traje oriental,
llevaba puesto el velo en la
calle, aunque al oeste de Tarso
este requisito se dispensaba
cada vez más, hasta que la mujer
apareció en público sin velo.
Lucas nos informa de que Pablo
transcurrió sus años de
educación y formación en
Jerusalén, en donde vivía una
hermana del Apóstol (Hch 23,
16). Según este dato, sus padres
se habrían trasladado a
Jerusalén desde que Pablo era
niño o muy joven. Esto descarta
que haya sido “muy grande” la
influencia de la filosofía
estoica en el período de su
maduración (cfr.
J. Jeremias).
La cultura espiritual de Tarso
en ningún caso es clave para
comprender la teología de Pablo.
[vd.
Per comprendere la teologia
dell'apostolo Paolo,
Benedicto XVI, 8.1.2009].
El judaísmo
en tiempos de Pablo
Es indispensable para entender
las
Cartas
de San Pablo conocer el papel
que
«la
Ley»
en el pueblo judío y un mínimo
de las circunstancias
históricas.
La Ley (Torah):
«La ley (Torah)
y el judaísmo. Posición de Jesús
con respecto a ello. La ley,
registrada en el Pentateuco a
través de los siglos, remonta en
su esencia a Moisés y se fue
desarrollando con los profetas,
alcanzó efectos de importancia
histórica mundial cuando Esdras,
en el año 445 a. de J.C. por
encargo del rey de los persas,
la hizo obligatoria para los
judíos que volvieron de
Babilonia. La imposibilidad de
toda política exterior, hizo que
las energías apasionadas del
pueblo judío se concentraran
completamente en lo interno. Los
dos polos alrededor de los
cuales giró en lo sucesivo la
vida nacional de Israel fueron
los siguientes: la ley, que
regulaba los más pequeños
detalles de la vida humana, era
retrospectiva y vinculada a la
tradición, y la esperanza
mesiánica, a la espera de una
situación final que sería el
establecimiento del reino de
Dios y la soberanía de los
judíos sobre las naciones
paganas. Tal fue el comienzo del
judaísmo propiamente dicho. La
soberanía de la ley confirió al
pueblo aquella inaudita cohesión
interna bajo la dirección de los
sacerdotes, así como su radical
exclusividad con relación al
exterior, por todo lo cual vino
a ser el pueblo judío un
indescifrable enigma de la
historia. Junto a la
divinización de la ley aparece
como labor sumamente importante
el estudio y la exposición de la
misma. La piedad con que se
estudiaba la ley vino a
convertirse en un virtuosismo
técnico. Esta labor estaba
encomendada a los «escribas»
que constituían el segundo rango
con relación a la clase
sacerdotal, a la que superaban
en importancia. El «punzón para
escribir de los escribas», vino
a suplantar a la profecía. En
esta tarea existían dos
tendencias distintas: la de los
fariseos y la de los saduceos.
El derecho consuetudinario (halakha)
de los fariseos fue recopilada
en el siglo II en la Mishná
y en el siglo V en la Gemara,
para constituir el nuevo código
de los judíos, el Talmud.» Jesús
a la vez que denunció las
tradiciones de los hombres (Mc
7, 8) que se sobreponían a la
palabra de Dios, se sometió
voluntariamente a la ley, a fin
de «vencer» la ley por medio de
la ley en su muerte. Nadie vio
con más perspicacia que Pablo
todo esto, ni nadie supo deducir
más certeramente las
consecuencias correspondientes.»
(Joseph Holzner, San Pablo,
ed. Herder 1964, p. 510-511)
En Palestina reinaba el
emperador Claudio. Israel no era
ya un Estado independiente sino
subordinado. Pero en lo que
hacía a lo propio de los judíos
el gobierno, de hecho, estaba en
posesión de los fariseos.
El Evangelio nos habla de:
Fariseos:
Según Flavio Josefo, en tiempos
de Pablo el grupo de los
fariseos, movimiento muy
influyente en la sociedad judía,
contaba con unos seis mil
partidarios. Las fuentes
históricas nos hablan del rigor
con que observaban la ley y la
importancia que daban a las
tradiciones de los antepasados.
Eran «celosos de la gloria de
Dios», observantes escrupulosos
de la Ley, y algunos llegaron
hasta el fanatismo y la
violencia. (vd.
M. Herranz,
San Pablo en sus Cartas,
2008, p 124-125).
Los saduceos.
Así como «los fariseos, según
Flavio Josefo, han transmitido
ciertas normas, recibidas por
los padres y no consignadas en
la ley de Moisés, los saduceos
las rechazan, pues para ellos
sólo deben considerarse válidas
las prescripciones que están
escritas (en la Sagrada
Escritura) y las transmitidas
por generaciones anteriores no
deben observarse» (Cfr. M.
Herranz, p 118).
«Los saduceos, por su parte,
eran personas de la alta
sociedad, miembros de familias
sacerdotales, cultos, ricos y
aristócratas. De entre ellos
habían salido desde el inicio de
la ocupación romana los sumos
sacerdotes que, en ese momento,
eran los representantes judíos
ante el poder imperial. Hacían
una interpretación muy sobria de
la Torah, sin caer en las
numerosas cuestiones casuísticas
de los fariseos, y por tanto
subestimando lo que aquellos
consideraban Torah oral. A
diferencia de los fariseos no
creían en la pervivencia después
de la muerte, ni compartían sus
esperanzas escatológicas. No
gozaban de la popularidad ni el
afecto popular del que
disfrutaban los fariseos, pero
tenían poder religioso y
político, por lo que eran muy
influyentes.» (F. Varo)
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Enviado por Arvo.net - 23/01/2009 |
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